Las margaritas de cada lunes pararon… y descubrí quién me veía en silencio

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Lamentablemente, esto no es un caso aislado. Muchos creadores están pasando por una ola de desmonetización dentro de la plataforma.

En este momento el canal no genera ningún ingreso. Y para mí esto es muy doloroso porque sostengo a mi familia y a mis dos hijos con lo que YouTube me pagaba, y hoy me encuentro sin esa fuente de apoyo.

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Seguiré firme en mi misión de crear historias cautivadoras para ustedes, mis queridos amigos, todos los días. Pero necesito de su apoyo para que estos nuevos canales puedan monetizarse y así volver a tener la estabilidad necesaria para sostener a mi familia.

Gracias de todo corazón por el cariño, el apoyo y la confianza de siempre. Que Dios te bendiga a ti y a toda tu familia.

Ahora quédate conmigo… porque lo que vas a escuchar me partió y me reconstruyó al mismo tiempo.

Las flores estaban ahí otra vez, como cada lunes por la mañana.

Un ramo sencillo de margaritas blancas, envuelto en papel periódico, recargado contra mi puerta con ese cuidado casi irreverente que siempre me hacía sentir observada y protegida al mismo tiempo.

Lo tomé con las manos temblorosas.

No por el frío.

Sino por esa sensación que había crecido dentro de mí durante años, de lunes tras lunes: alguien me estaba viendo… sin atreverse a nombrarse.

Me llamo Yolanda, aunque en el edificio la mayoría me conocía como “la viuda del 203”.

Supongo que cuando tu esposo muere y te quedas sola en un lugar donde todos te conocieron como parte de una pareja, te conviertes en una sombra de lo que fuiste. Una sombra educada, puntual, silenciosa.

El edificio era viejo, de esos barrios tradicionales donde las paredes son gruesas y los pasillos huelen a comida casera por las tardes. Ahí viví muchos años, primero con Roberto, mi esposo, y después sola.

Las flores comenzaron a aparecer poco después de que Roberto murió.

Al principio pensé que era alguna vecina bondadosa que quería reconfortarme en mi duelo. Busqué notas. Busqué letras. Algún “ánimo, Yolanda”.

Nunca había nada.

Siempre margaritas blancas.

Siempre envueltas en periódico.

Siempre los lunes, antes de que el sol entrara por completo al pasillo.

Durante el primer año pregunté a todos. A la señora Domínguez del primer piso, que negó con la cabeza aunque los ojos le brillaron de curiosidad. A don Fernando, el portero, que llevaba ahí desde que el edificio se construyó: se encogió de hombros y juró que jamás vio a nadie dejar nada.

Hasta el matrimonio joven del cuarto piso, por si era un gesto de “nuevos vecinos”. Tampoco.

Con el tiempo dejé de preguntar.

Las flores se volvieron parte de mi rutina, como poner a hervir agua para el té o acomodar la colcha.

Ese lunes, mientras sostenía el ramo y aspiraba su olor limpio, algo me hizo voltear hacia la puerta del 204.

Ahí vivía Tomás.

Un hombre que siempre había estado, pero al que yo nunca había mirado de verdad.

Callado. Discreto. De los que saludan con un movimiento de cabeza y siguen caminando.

Roberto decía que Tomás era raro, que un hombre que vivía solo y nunca recibía visitas “algo debía traer”.

Yo nunca le hice caso. La soledad no es un crimen. Y después, cuando me tocó quedarme sola, entendí que a veces la gente simplemente se guarda porque no puede con el ruido.

La puerta del 204 estaba cerrada como siempre.

Tomás era puntual con su rutina. Salía temprano, antes de que el edificio despertara, y regresaba cuando el sol ya estaba bajito.

Decían que trabajaba en algo de contabilidad o papelería. A mí me parecía un hombre diseñado para pasar desapercibido: estatura promedio, camisas planchadas, pantalones gastados pero limpios.

Cabello gris, peinado hacia atrás, como de otra época.

Lo que más recuerdo de él son sus ojos.

En las pocas veces que coincidimos en el pasillo o el elevador, noté esos ojos profundamente tristes, color madera oscura, mirando al mundo con resignación. Ojos que habían visto mucho y aprendieron a tragarse las palabras.

Entré al 203 con las flores y las coloqué en el mismo florero de siempre: un jarrón de cristal tallado que fue regalo de bodas y que ahora servía exclusivamente para esos ramos misteriosos.

Mi hogar era pequeño, pero acogedor, lleno de recuerdos de una vida compartida que ya no existía. Fotos de Roberto y yo en tiempos felices. Una de nuestra boda, sonriendo con esa inocencia de la juventud.

La mañana siguió normal. Café aguado, como siempre, porque Roberto era quien sabía hacerlo bien.

Me senté junto a la ventana a ver el mundo moverse, y me pregunté lo mismo de siempre:

¿Quién estaba detrás de las flores?

¿Por qué margaritas?

¿Por qué los lunes?

Y por qué, después de tantos años, esa persona nunca se había mostrado.

Había algo reconfortante en el misterio.

En una vida predecible y solitaria, las flores eran un recordatorio de que alguien, en algún lugar, pensaba en mí.

Por la tarde escuché un ruido inusual en el pasillo.

Voces. Movimiento. El arrastre de algo pesado.

Abrí la puerta apenas, por instinto.

Y se me heló la sangre.

Desde el pasillo se veía la entrada del edificio: una ambulancia. Paramédicos subiendo con una camilla. Don Fernando señalando hacia arriba con la cara hundida en tristeza.

Varios vecinos habían salido. La señora Domínguez lloraba, apretando un pañuelo arrugado.

—¿Qué pasó? —pregunté a una vecina joven, recién llegada.

—Es el señor del 204 —susurró—. Don Fernando lo encontró… no salió como siempre. Entró con llave de emergencia. Murió en la noche.

El mundo se detuvo.

Tomás, el hombre silencioso, el de los ojos tristes… había muerto.

Y nadie parecía saber más que eso.

Los paramédicos bajaron con la camilla cubierta. Ver ese bulto anónimo bajo la sábana blanca me rompió algo adentro. Porque no era un “bulto”: era una vida entera, reducida a un traslado.

Regresé a mi departamento con las piernas temblorosas. Me senté en el sillón grande que Roberto insistió en comprar y miré las margaritas en su florero.

De repente, todas las flores de esos años pesaron distinto.

¿Qué sabía yo de Tomás?

¿Había sido feliz?

¿Alguien lo había amado?

Esa noche no dormí. Escuché los crujidos del edificio, esos sonidos que de día ignoras, pero de noche parecen preguntas.

Pensé en Tomás muriendo solo.

Pensé en mí.

Y en lo fácil que es desaparecer sin que nadie se entere de lo que llevabas dentro.

Los días siguientes el edificio se sintió más vacío. Don Fernando me contó que nadie reclamó el cuerpo de inmediato, que tuvieron que buscar papeles hasta encontrar a una hija en otro estado.

—¿Tenía una hija? —repetí, sorprendida.

—Sí… estaban distanciados —dijo don Fernando—. Viene la próxima semana a vaciar el departamento.

Y entonces llegó el lunes siguiente.

No hubo flores.

Salí esperando encontrar el ramo familiar… y me topé con un pasillo vacío.

Me quedé parada frente a mi puerta viendo ese espacio como si fuera una ausencia con forma.

Era más que extrañar margaritas.

Era sentir que se rompía un hilo invisible que me sostenía.

Volví a entrar y lloré.

Lloré por las flores que ya no vendrían.

Lloré por Tomás.

Lloré por Roberto.

Lloré por mí, por la vida que se me había vuelto pequeña.

Hola, espero que estés disfrutando del video. Soy un poco curioso y me gustaría saber desde qué ciudad estás viendo esto y qué hora es allá ahora mismo. Gracias por verlo… y ahora seguimos.

Pasaron más días. Cada lunes era un golpe chiquito.

Hasta que escuché voces frente al 204.

Reconocí la voz grave de don Fernando hablando con una mujer.

Abrí la puerta con cuidado y vi a una señora de mediana edad, elegante de manera discreta, vestida de oscuro. Traía el cabello recogido y un rostro marcado por culpa reciente.

—Este es el departamento de su padre —decía don Fernando, dándole las llaves.

No sé qué me impulsó, pero salí.

—Disculpe… yo vivo enfrente. Soy Yolanda.

La mujer volteó y vi algo que me dolió: los mismos ojos de Tomás.

Se presentó con la voz apretada:

—Elena. Soy la hija de Tomás.

Le dije lo único que se dice en esos casos, aunque nunca alcanza:

—Lo siento mucho.

Ella miró la puerta cerrada.

—No hablamos en mucho tiempo… no sé qué voy a encontrar.

Don Fernando se excusó y nos quedamos solas en el pasillo, con un silencio incómodo que, por alguna razón, se sintió necesario.

—Si necesita ayuda para empacar… —ofrecí—. Sé que es difícil hacerlo sola.

Elena intentó negarse, pero al final asintió, agotada.

Abrimos juntas el 204.

Y lo que encontramos adentro no se parecía a la idea que todos teníamos de Tomás.

El departamento estaba impecable, austero, pero lleno de vida.

Plantas.

Por todas partes.

Helechos colgando, suculentas en cada repisa, y junto a la ventana una colección de orquídeas en flor.

Olía a tierra húmeda, a hojas verdes, a paciencia.

—No sabía que le gustaban las plantas —susurró Elena, con sorpresa real.

En la sala había un sillón gastado frente a una tele vieja y una repisa llena de libros.

Me acerqué esperando ver manuales de contabilidad.

Pero encontré poesía.

Antologías marcadas, páginas dobladas, lecturas repetidas.

—Era lector… —murmuré.

Elena estaba viendo fotos.

Sacó una descolorida de una niña en brazos de un Tomás joven, sonriente.

—Soy yo… de bebé.

Otra foto: una mujer de sonrisa radiante al lado de Tomás.

—Mi mamá.

Le pregunté, con cuidado, qué había pasado.

Elena tragó saliva.

—Murió cuando yo tenía 12… cáncer. Después mi papá se cerró. Yo necesitaba que estuviera… y era como si él también se hubiera ido con ella. Nos distanciamos. Yo hice mi vida… y él se quedó aquí.

No supe qué decir, así que le puse una mano en el hombro.

—Lo siento.

Elena se limpió la cara, respiró.

—Mejor empecemos.

Clasificamos ropa para donar, documentos, objetos personales. Aprendí más de Tomás en unas horas que en años de ser su vecina.

Hasta que, en el dormitorio, Elena abrió un cajón y sacó un cuaderno viejo de cubierta de cuero.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué es? —pregunté.

—Un diario —susurró.

Lo abrió. Leyó dos líneas. Se le llenaron los ojos de lágrimas y lo cerró contra el pecho como si fuera un animalito herido.

—Necesito leerlo… necesito entenderlo.

Se sentó en la cama, lo abrió otra vez y comenzó a leer.

Yo me quedé junto a la puerta, sin saber si respirar.

Pasaron minutos largos.

Vi en su cara sorpresa, dolor, comprensión.

Hasta que levantó la vista hacia mí.

—Yolanda… hay algo que necesitas saber. Algo sobre mi padre. Algo sobre ti.

Me empezó a latir el corazón como cuando una cree que va a escuchar su nombre en una noticia.

Elena me extendió el diario.

—Lee.

Tomé el cuaderno con manos temblorosas. La letra de Tomás era pequeña, cuidadosa, como si escribiera con miedo de hacer ruido.

Leí la entrada marcada:

“Hoy la vi por primera vez. Ella y su esposo se mudaron al departamento de enfrente. Es hermosa, con una risa que ilumina todo el pasillo. Me recuerdan a María y a mí cuando éramos jóvenes.”

Me senté.

Seguí leyendo.

Años de entradas donde Tomás hablaba de mí sin que yo lo supiera. De cómo le dolía vernos felices. De cómo mi risa le recordaba la vida.

Y entonces llegué a la página que me dejó sin aire:

“Roberto murió. Escuché su grito. Quise derribar la puerta, estar ahí… pero qué derecho tenía. Llamé a emergencias desde mi teléfono sin identificarme.”

Sentí un golpe seco en el pecho.

Tomás había escuchado mi peor día.

Y había actuado… desde el silencio.

Más adelante, la frase que lo explicó todo:

“He decidido hacer algo. Cada lunes dejaré flores en su puerta. Margaritas blancas, porque son sencillas y honestas. No quiero que sepa que soy yo. Solo quiero que sepa que alguien piensa en ella.”

Me temblaron las manos tanto que casi tiro el diario.

Tomás.

Tomás había sido el de las flores.

El vecino callado.

El que nunca conversaba.

El que yo apenas notaba.

“Hay más”, dijo Elena, y me señaló.

Seguí.

Tomás describía cómo envolvía las flores, cómo bajaba antes del amanecer, cómo se escondía cuando yo salía temprano, cómo esos lunes se volvieron su razón de levantarse.

Luego leí sobre Elena, sobre su culpa, sobre la visita tardía.

Y al final, la última entrada, con letra temblorosa:

“Si alguien encuentra este diario… amé sin ser amado, pero amé. Fue suficiente. A Elena, lo siento por el padre que no pude ser. A Yolanda… gracias por existir.”

Cerré el diario.

Me tapé la cara.

Lloré como no lloraba desde Roberto.

Elena me abrazó y nos quedamos así, dos mujeres llorando por un hombre que vivió a centímetros… y al que nadie conoció.

Antes de irse, Elena me dio un paquete de semillas.

—Son de margaritas —dijo—. Creo que él querría que las tuvieras.

Una tarde, semanas después, Elena regresó con una caja.

—Encontré esto.

Eran recibos de florería, ordenados por fecha.

Cada uno, lunes.

Cientos.

También sacó un sobre con mi nombre.

Una carta.

La leí ahí mismo, con la voz apretada:

Tomás explicaba por qué empezó el ritual. Cómo la muerte de su esposa María lo cerró al mundo. Cómo, cuando Roberto murió, vio mi dolor y quiso ayudar sin invadir.

Y escribió una frase que me dejó marcada:

“Solo quería que supieras que fuiste vista. Que merecías flores cada semana simplemente por existir.”

Hola, soy yo otra vez. Tu opinión es importante: ¿del 1 al 10 qué te está pareciendo la historia? Gracias… continuamos.

Esa noche entendí algo: yo no solo había recibido flores. Había recibido presencia.

Y Tomás no solo me dio consuelo a mí. También, sin querer, abrió una puerta que yo llevaba años cerrando.

Planté esas semillas en mi balcón.

Empecé a hablar más con los vecinos.

A invitar a la señora Domínguez a pasar cuando traía tamales.

A quedarme platicando con don Fernando, a preguntar por su día.

A saludar a los nuevos, no solo con la cabeza, sino con nombre.

Porque el silencio de Tomás me enseñó dos cosas al mismo tiempo:

Que la bondad puede ser discreta.

Y que el silencio, cuando se vuelve costumbre, también te roba vida.

Las margaritas florecieron en verano. Blancas, simples, honestas.

Elena y yo nos hicimos amigas. De esas amistades raras que nacen de una pérdida, pero se sostienen por una verdad compartida.

Un lunes, años después, una vecina nueva —Daniela— me dejó un ramo en mi puerta.

—Tú siempre me has dado flores… ya tocaba devolverte el favor.

Me llené de lágrimas sosteniendo ese ramo.

No por nostalgia.

Por gratitud.

Porque entendí que el amor de Tomás sí fue correspondido.

No de la manera que él imaginó.

Pero en ondas.

En la comunidad.

En la apertura.

En cada lunes donde alguien se siente visto.

Y desde entonces, cada lunes corto algunas margaritas de mi balcón y las comparto.

A veces las dejo sin nota.

Como él.

Porque hay gestos que no buscan aplauso.

Solo buscan decir: “Aquí estás. Importas.”