LE LLAMABAN “LA BESTIA” Y LE CUBRIERON EL ROSTRO PARA HUMILLARLA, PERO CUANDO EL FORASTERO LE QUITÓ EL SACO, LA VERDAD HIZO TEMBLAR AL PUEBLO ENTERO.

La plaza del pueblo olía a polvo, sudor y a la crueldad silenciosa de los hombres que se creen justos. En el centro, una figura pequeña permanecía atada, con la cabeza envuelta en un saco de arpillera que se inflaba y desinflaba con cada respiración aterrorizada. Nadie se atrevía a mirarla a los ojos, decían que era un monstruo, una bestia salvaje que bajaba de los cerros para robar, pero la realidad era mucho más oscura. Cuando un vaquero desconocido desmontó de su caballo y caminó hacia ella, el silencio se volvió tan pesado que podía cortarse con un cuchillo; él no sabía que al desatar ese nudo, no solo liberaría a una mujer, sino que desataría un infierno que llevaba años esperando arder.

Algunos actos de crueldad no se anuncian con violencia estrepitosa; llegan en silencio, envueltos en un falso lenguaje de justicia, ejecutados por hombres convencidos de estar haciendo lo correcto ante los ojos de Dios y de la ley. La mujer estaba sentada en el centro de la plaza, bajo un sol que caía a plomo, blanqueando la madera de los edificios y secando las gargantas. Un saco de arpillera sucia cubría su cabeza con fuerza, apretado con una cuerda áspera que rodeaba su cuello, irritando la piel con cada trago de saliva. Sus muñecas estaban atadas detrás de la espalda con sogas gruesas, tan tensas que se clavaban lentamente en su piel, amoratando sus manos.

La multitud observaba desde la pasarela de madera, resguardada en la sombra de los aleros. Estaban allí con los brazos cruzados y los rostros endurecidos, una mezcla de miedo, morbo y satisfacción. La llamaban “la bestia”. Decían que robaba ganado desde hacía meses, que vivía salvaje en las colinas como un animal, alimentándose de carroña y odio. Nadie había visto su rostro en años, y eso facilitaba el odio; es más fácil despreciar lo que no tiene cara.

El saco había sido idea de Garret Stone. El hombre más poderoso de la región decía que era por protección, que mirarla a los ojos traería mala suerte, o quizás una maldición antigua. La verdad era más simple y, por ende, más cruel: querían quitarle el último rastro de humanidad que le quedaba, convertirla en un objeto, en un bulto que merecía ser descartado.

Cuando Gerson llegó al pueblo esa mañana, el sonido de los cascos de su caballo fue lo único que rompió el murmullo del viento. No tenía intención de involucrarse en problemas ajenos; llevaba años evitando conflictos, cargando con sus propios fantasmas. Había venido buscando trabajo, agua para su montura y quizás un trago de whisky barato. Pero al verla sentada en el polvo, con las cuerdas cortándole los brazos y el saco subiendo y bajando con su respiración forzada, algo antiguo se rompió dentro de él. Una cicatriz en su memoria comenzó a sangrar de nuevo.

Gerson desmontó lentamente. Sus botas golpearon el suelo con un sonido suave pero firme, un ritmo que pareció demasiado fuerte en el silencio pesado de la plaza. Calena, la mujer bajo el saco, no se movió. No podía ver nada a través del tejido áspero, pero sus otros sentidos estaban agudizados por el miedo. Hacía una hora que había dejado de resistirse. Los hombres que la arrastraron hasta allí habían disfrutado su silencio, tomándolo como prueba de su culpabilidad, como la confirmación de su naturaleza “salvaje”.

Garret Stone observaba satisfecho desde la terraza del salón principal. Era un hombre corpulento, de cabello gris acero y manos grandes que habían construido medio asentamiento. La gente confiaba en Garret, o al menos, temían lo suficiente su influencia como para no cuestionarlo. Esa confianza ciega lo había vuelto peligroso, lo había vuelto un dios en su pequeño reino de tierra y ganado.

Gerson caminó entre la multitud como el agua se abre paso entre las rocas. Nadie lo detuvo. Estaban demasiado ocupados esperando el siguiente acto de la tragedia. Cuando llegó junto a Calena, Gerson se arrodilló en el polvo. De cerca, vio el temblor incontrolable de sus hombros. Llevó sus dedos hasta el borde del saco con cuidado extremo.

El cuerpo de Calena se tensionó de inmediato. A través de la tela, él escuchó una inhalación aguda, preparándose para un golpe. Pero Gerson no golpeó. Sus dedos encontraron el nudo en la base del cráneo. Era un nudo complejo, hecho con una precisión que hablaba de saña deliberada. —Esa mujer es una ladrona y representa un peligro —la voz de Garret cortó el aire desde el salón. Era firme, afilada—. No tienes ningún derecho a intervenir, forastero.

Gerson no levantó la vista. Continuó trabajando en el nudo. —Tengo asuntos con la crueldad donde quiera que la encuentre —respondió con una voz baja, cavernosa, el tipo de voz que hace que los hombres prudentes retrocedan.

El nudo cedió. Gerson retiró el saco con suavidad. Lo que vio debajo le robó el aliento y congeló la sangre de los espectadores más cercanos. No había un monstruo. No había colmillos ni deformidad. Vio a una mujer joven, de rasgos indígenas, con ojos oscuros y profundos, abiertos por el pánico. El cabello negro estaba pegado a su frente por el sudor y la sangre seca de una herida superficial.

Calena lo miró. Vio a un extraño con ropa gastada y ojos tristes. Vio a alguien que eligió arrodillarse en el polvo con ella. Garret bajó las escaleras del salón, seguido por tres de sus hombres. El sonido de sus botas sobre la madera era una cuenta regresiva. —Apártate —ordenó Garret, deteniéndose a unos metros—. Esto no es asunto tuyo. Ha robado quince cabezas de mi ganado.

Gerson se puso de pie, interponiéndose entre la mujer y los hombres armados. —¿La viste llevárselas? —preguntó Gerson. —No necesito verla. Es una salvaje. Vive en las colinas. El ganado no desaparece solo.

—No tomé nada —la voz de Calena salió rasposa, como si no la hubiera usado en días—. Sobrevivo de lo que cazo. Garret soltó una risa seca. —Claro. Y nosotros debemos creerte.

La tensión escaló. Las manos de los hombres de Garret flotaban cerca de sus revólveres. Gerson calculó las distancias. Tres contra uno. Malas probabilidades, pero había estado en peores. Estaba a punto de desenfundar cuando un grito lejano detuvo el tiempo. Un jinete entró al galope en la plaza, frenando tan bruscamente que el caballo casi derrapa. —¡Señor Stone! —gritó el muchacho, jadeando—. ¡El ganado! ¡Lo encontramos! El silencio que siguió fue absoluto. La cara de Garret se transformó: de la arrogancia a una palidez mortal en un segundo. —¿Qué? —siseó. —En el Cañón Box. Están encerrados en un corral improvisado. Nadie se los llevó lejos. Solo… los movieron.

Gerson sonrió, una sonrisa fría y sin alegría. —Parece que el ganado no fue robado, solo escondido —dijo, mirando fijamente a Garret—. Quizás alguien quería culpar a la “bestia” para cubrir sus propias huellas.

Garret intentó recuperar el control, ordenando que soltaran a Calena, pero el daño estaba hecho. La duda había sido sembrada en el pueblo. Sin embargo, antes de irse, Garret se inclinó hacia Calena y susurró una amenaza que solo ella y Gerson escucharon: —Esto no ha terminado. Vete de mis tierras o la próxima vez no habrá saco, habrá una bala.

Esa noche, el viento soplaba frío en las colinas rocosas donde Calena había establecido su precario campamento. Gerson estaba allí, junto a un fuego pequeño. Se habían unido por necesidad, y por la revelación de Curtis, el joven peón que, carcomido por la culpa, les había confesado todo: Garret estaba en bancarrota. Había escondido su propio ganado para cobrar un seguro y vender las reses por el mercado negro después. Calena era el chivo expiatorio perfecto.

—Tenemos que entrar a su rancho —dijo Calena, afilando su cuchillo con movimientos rítmicos—. Curtis dijo que el libro de cuentas real está en su caja fuerte. Sin eso, es su palabra contra la de una “salvaje” y un vagabundo. —Es una misión suicida —replicó Gerson, echando más leña al fuego—. Tiene hombres vigilando el perímetro. —Conozco caminos que sus hombres ni sueñan —respondió ella, sus ojos brillando con una determinación feroz—. Me quitaron mi tierra, mi familia y mi nombre. No dejaré que me quiten la vida sin pelear.

Gerson la miró. Recordó a su hermana, muerta por un hombre violento mientras él no hacía nada. —Prometo hacer todo lo necesario para que esta sea la última noche que tengas miedo —dijo él, completando un juramento silencioso.

Se infiltraron en la hacienda Stone pasada la medianoche. Calena se movía como un fantasma; tres años viviendo en la naturaleza la habían convertido en una maestra del sigilo. Gerson la seguía, su revólver pesado en la mano. Evitaron a los guardias usando las sombras de los establos y el ruido del viento en los árboles. Llegaron a la casa principal. Una ventana trasera estaba mal cerrada, tal como Curtis había prometido.

Dentro, la casa olía a tabaco caro y madera vieja. El despacho de Garret estaba en la planta baja. Gerson forzó la cerradura de la puerta con su navaja. Entraron. La caja fuerte estaba tras un cuadro. Gerson, que había tenido una vida menos que honesta antes de ser vaquero, pegó el oído al metal frío. —Click. Click. Clack. La puerta de acero se abrió. Allí estaba: el libro de contabilidad negro.

—Qué conmovedor —una voz resonó desde la oscuridad de una esquina de la habitación. Una cerilla se encendió, iluminando el rostro burlón de Garret Stone. Sostenía una escopeta de doble cañón apuntando directamente al pecho de Gerson. —Sabía que ese cobarde de Curtis hablaría. Y sabía que tú, salvaje estúpida, vendrías aquí.

—Se acabó, Garret —dijo Gerson, levantando las manos lentamente—. El pueblo ya sospecha. Si nos matas, confirmas todo. —El pueblo creerá lo que yo les diga. Diré que entraron a robarme y los maté en defensa propia. Dos cadáveres más en mi propiedad no harán diferencia.

Garret amartilló la escopeta. El sonido fue ensordecedor en la habitación pequeña. Pero Garret cometió el error de subestimar a la “bestia”. No miró a Calena; su atención estaba en el hombre armado. En un movimiento que el ojo humano apenas pudo registrar, Calena lanzó el cuchillo que tenía oculto en su manga. No apuntó al hombre, sino a la lámpara de queroseno que colgaba justo encima de la cabeza de Garret.

El vidrio estalló. El aceite hirviendo y el fuego llovieron sobre el terrateniente. Garret gritó, disparando la escopeta al techo por reflejo mientras intentaba quitarse el fuego de la ropa. —¡Ahora! —gritó Calena. Gerson se abalanzó, golpeando a Garret con la culata de su revólver antes de que pudiera recuperar el arma. El hombre cayó pesado, gimiendo. El fuego comenzó a lamer las cortinas y la alfombra. El humo llenaba la habitación rápidamente.

Gerson agarró el libro de cuentas. —¡Vámonos! —¡No! —Calena se detuvo sobre Garret. El hombre la miraba con terror, esperando el golpe final. Ella levantó una mano, pero no para golpearlo. Lo agarró del cuello de la camisa y lo arrastró hacia la salida. —¿Qué haces? —gritó Gerson entre la tos. —¡Si muere aquí, se convierte en mártir! —gritó ella—. ¡Quiero que viva para ver cómo se derrumba su mentira!

Salieron al porche justo cuando los hombres de Garret corrían hacia la casa, alertados por el disparo y el humo. Pero se detuvieron en seco. Iluminados por las llamas que ya devoraban la mansión, Gerson y Calena estaban de pie. Gerson tenía el libro en alto. Calena tenía a Garret de rodillas, con su propio cuchillo (recuperado del suelo) presionado contra la garganta del patrón.

—¡Nadie se mueva! —rugió Gerson. Su voz tenía la autoridad del trueno—. ¡Tengo la prueba de que este hombre les ha estado robando a ustedes, no ella! ¡Les robó sus pagos, sus tierras y su dignidad!

El sheriff del pueblo, un hombre viejo que había llegado con los peones, se adelantó. Gerson lanzó el libro a sus pies. El sheriff lo abrió, iluminado por el incendio de la casa. Sus ojos recorrieron las páginas. Las deudas, las ventas ilegales, el plan para defraudar al seguro… todo estaba ahí, escrito con la propia mano arrogante de Garret.

Los hombres de Garret bajaron las armas. No iban a morir por un hombre que los había traicionado. Calena soltó a Garret. El hombre cayó al suelo, derrotado, viendo cómo su imperio se convertía en cenizas, no por el fuego de la casa, sino por la verdad que acababa de salir a la luz.

El sheriff esposó a Garret. —Garret Stone —dijo el sheriff con voz cansada—. Queda arrestado por fraude, conspiración y el intento de asesinato de esta mujer.

Calena se quedó parada frente a las llamas. Por primera vez en tres años, no tenía que correr. No tenía que esconderse. Se giró hacia la multitud de peones y pueblerinos que comenzaban a llegar. Ya no veían a una bestia. Veían a una mujer con la cara manchada de hollín, fuerte, inquebrantable. Uno de los niños que le había lanzado piedras el día anterior estaba allí. Bajó la mirada, avergonzado.

Al amanecer, la plaza estaba tranquila. Gerson ensilló su caballo. El trabajo estaba hecho. Garret sería juzgado y Calena… Calena era libre. La encontró junto al abrevadero, lavándose la cara. El agua clara se llevaba la suciedad, revelando cicatrices antiguas, pero también una belleza digna que el sufrimiento no había podido borrar.

—¿Te irás? —preguntó ella, secándose con un paño limpio. —El camino es lo único que conozco —respondió Gerson, ajustando la cincha de su silla. Se sentía más ligero. Haberla salvado a ella había sanado, en parte, la herida de no haber salvado a su hermana.

Calena asintió. No hubo súplicas. Ambos eran sobrevivientes, y los sobrevivientes entienden las despedidas mejor que nadie. —Gracias —dijo ella. No por salvarle la vida, sino por devolverle algo más importante: su nombre. —Cuídate, Calena. No dejes que nadie te vuelva a poner un saco encima. —Nunca más —prometió ella.

Gerson montó. Mientras se alejaba hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a pintar de oro las montañas, no miró atrás. No hacía falta. Sabía que ella estaba de pie, con la cabeza alta, dueña de su propio destino. La bestia había muerto esa noche; la reina de las colinas acababa de nacer.