El olor a humo llegó antes del sonido de las llamas. Clara despertó sobresaltada, los ojos ardiendo, la garganta cerrándose como si manos invisibles la estrangularan. Por un instante de confusión absoluta, pensó que aún estaba soñando, aquella pesadilla recurrente donde corría por pasillos infinitos sin encontrar la salida. Pero el calor que subía del suelo de madera bajo sus pies descalzos era demasiado real, demasiado visceral.

—¡Mamá! —gritó, la voz ronca quebrándose en el aire espeso.

Silencio. Solo el crepitar siniestro que venía del piso de abajo, cada vez más alto, como si la casa entera respirara fuego. Clara tambaleó hasta la puerta del cuarto, el corazón martillando contra las costillas como un pájaro atrapado. La manija quemó su palma cuando intentó girarla, arrancando un grito de dolor. Retrocedió, mirando alrededor con desesperación creciente. La ventana. Tenía que ser la ventana.

Pero antes de dar dos pasos, la puerta explotó hacia adentro en una ola de calor y humo negro. Clara cayó de espaldas, protegiendo el rostro con los brazos a través de las lágrimas que corrían descontroladas. Vio las lenguas de fuego lamiendo las paredes del pasillo, devorando las fotografías de la familia que su madre había enmarcado con tanto cariño. Allí estaba ella a los 7 años, cubierta de harina en la panadería. Allí estaba su padre, sonriendo ampliamente con el primer premio del mejor pan artesanal de Santa Rita del Valle. Todo convirtiéndose en cenizas en segundos.

—¡Clara! ¡Clara, dónde estás!

La voz de Pedro cortó el rugido del incendio. Su hermano menor apareció en la escalera, el rostro ennegrecido, los ojos muy abiertos de terror.

—¡Pedro! —Clara se obligó a levantarse, ignorando el mareo—. ¡Mamá! ¿Dónde está mamá? —¡No está en su cuarto! —Pedro toscía violentamente, doblado sobre sus propias rodillas—. Papá está abajo, ¡intentando salvar los hornos!

Un peso aplastante se desplomó sobre el pecho de Clara. Por supuesto que sí. Su padre jamás abandonaría la panadería. Aquellos hornos eran su legado. Tres generaciones de maestros panaderos. Aunque eso le costara la vida.

—Ven. —Clara agarró el brazo del hermano y lo jaló hacia la ventana de su cuarto. Las llamas ya subían por las escaleras, cortando cualquier posibilidad de bajar. —¡Tenemos que salir ahora! —Pero ¿y ellos? —Pedro resistió, los ojos empañados no solo por el humo—. ¡No podemos dejarlos!

Clara sintió algo despedazarse dentro de ella, pero mantuvo la voz firme.

—Si morimos aquí, no podremos ayudar a nadie. ¡Vamos!

Abrió la ventana con fuerza, el aire fresco de la madrugada invadiendo el cuarto ahumado como una promesa cruel de vida. Allá abajo, una pequeña multitud ya se aglomeraba en la calle. Vecinos en pijamas, algunos con baldes inútiles de agua, todos con expresiones de horror. La Panadería Santini, corazón pulsante de aquella calle desde 1952, estaba siendo consumida ante sus ojos.

—¡Salta! —Clara empujó a Pedro por la ventana. Él vaciló apenas un segundo antes de lanzarse al vacío, aterrizando con un golpe sordo en el toldo de la tienda vecina.

—Mi turno. —Clara dio una última mirada al pasillo en llamas. Alguna parte irracional de su cerebro aún esperaba ver a sus padres aparecer, cubiertos de hollín, pero vivos, listos para escapar juntos como una familia. Pero solo había fuego. Fuego y la certeza terrible de que nada sería como antes.

Ella saltó. El impacto robó todo el aire de sus pulmones. Por un momento eterno, Clara se quedó allí acostada sobre el toldo rasgado, mirando al cielo aún oscuro, donde estrellas tercas brillaban indiferentes a la tragedia humana abajo. Entonces Pedro estaba a su lado, jalándola para bajar, y había manos de vecinos sosteniéndola, voces hablando todas al mismo tiempo.

—Los bomberos están llegando. —¿Alguien vio a doña Marcia? —Dios mío, ¿todavía hay gente adentro?

Clara apenas podía procesar las palabras. Sus ojos estaban fijos en la panadería, no, en el infierno en que la panadería se había convertido. Las ventanas del piso bajo vomitaban llamas anaranjadas, el techo ya comenzaba a ceder… y entonces, en un momento que quedaría grabado en su memoria como una cicatriz que nunca sanaría, ella escuchó un grito. No un grito cualquiera, sino el grito de su madre. Agudo, desesperado, cortado abruptamente.

—¡No! —Clara intentó correr de regreso, pero brazos fuertes la sostuvieron. —¡Mamá! ¡Mamá! —¡No, niña, no puedes entrar ahí! —¡Suéltenme! ¡Suéltenme!

Ella luchó con una fuerza que no sabía que poseyera, pero eran muchos sosteniéndola. A su lado, Pedro había caído de rodillas, sollozando.

Las sirenas finalmente rasgaron la noche. El camión de bomberos dobló la esquina, luces rojas girando, pero Clara ya sabía en el fondo de su alma, en aquel lugar donde las verdades más dolorosas se esconden, ella sabía que era demasiado tarde.

Tomó 40 minutos controlar el incendio. Cuando las llamas finalmente se rindieron, dejando solo el cascarón humeante de lo que un día fuera un negocio próspero y un hogar lleno de amor, encontraron dos cuerpos en el sótano. Su padre había muerto intentando salvar los hornos, como Clara había sospechado. Su cuerpo fue encontrado abrazado al horno principal, aquel que su abuelo había construido con sus propias manos en 1952. Y su madre… su madre había bajado para salvarlo.

Los tres días siguientes pasaron como una mancha gris. Clara se movió por el funeral en piloto automático, usando el vestido negro que doña Amelia, la vecina, le había prestado. El suyo había ardido junto con todo lo demás; su cuarto, su ropa, sus fotos, sus diarios. Setenta y dos años de historia de la familia Santini, reducidos a escombros y memorias dolorosas.

La iglesia de Santa Rita del Valle estaba repleta. No era de sorprenderse. Sus padres eran queridos en el pueblo y la panadería alimentaba a la mitad de los habitantes cada mañana. Clara vio rostros conocidos en cada banca. Don Tomás de la farmacia, que siempre pedía pan de molde sin corteza; las hermanas Carballo, que venían cada domingo a comprar buñuelos rellenos; la profesora Elena, que tenía una cuenta abierta en la panadería porque su padre no tenía corazón para cobrarle a una viuda con tres hijos. Todos tenían historias, todos tenían recuerdos, y todos miraban a Clara con aquella mezcla de lástima e incomodidad que hace que una persona se sienta como un animal herido en el zoológico.

—Fue una tragedia, Clara —decía uno. —Tus padres eran personas tan buenas. Si necesitas algo… —ofrecía otro, sin especificar qué. —Dios tiene un plan, querida —murmuraba un tercero.

Y Clara tenía que morderse la lengua para no gritar que si ese era el plan de Dios, ella no quería nada con él.

Pedro estaba en shock. A los 16 años, su hermano parecía haber encogido, convirtiéndose en una versión pálida y silenciosa de sí mismo. Él, que siempre había sido el payaso de la familia, siempre con una broma en la punta de la lengua, ahora apenas abría la boca. Cuando bajaron los ataúdes, cerrados, porque los cuerpos habían sido dañados demasiado por el fuego, Clara sintió sus rodillas ceder. Fue el padre Antonio quien la sostuvo, murmurando palabras de consuelo que no llegaban hasta ella a través de la niebla de dolor.

Después, en el cementerio, mientras arrojaba la primera palada de tierra sobre el ataúd, Clara hizo una promesa silenciosa. Voy a salir de aquí. Voy a hacer algo con mi vida. No voy a dejar que ustedes hayan muerto en vano.

Pero las promesas son fáciles de hacer en medio del dolor. Cumplirlas es otra historia.

La realidad se impuso brutalmente la semana siguiente. Clara y Pedro fueron a vivir temporalmente con la tía Valdete, hermana mayor de su padre. Valdete era una mujer delgada de cabellos grises recogidos en un moño apretado, con una línea permanente de desaprobación entre las cejas. Se había ofrecido a acogerlos, no por amor, Clara lo percibía, sino por obligación familiar.

—Es solo hasta que se arreglen —dijo Valdete la primera noche, sirviendo una cena sin sal de arroz y frijoles—. Entiendo que fue una tragedia, pero la vida es la vida. Pedro puede terminar el colegio aquí, pero tú, Clara, tú tendrás que arreglártelas.

Clara tragó un pedazo de pan duro —comprado, no hecho en casa, lo que era una ironía cruel— y asintió. No tenía energía para discutir.

—¿Existía seguro? —preguntó Pedro tímidamente. Valdete hizo un ruido de desdén. —Tu padre era demasiado orgulloso para preocuparse por esas cosas. Siempre pensando que nada malo iba a pasar. —Miró a Clara con algo que podría ser lástima o acusación—. Los dejó sin nada.

Las palabras eran verdaderas, pero la forma en que fueron dichas cortó profundo. Sí, no había seguro. Sí, no había ahorros significativos. Su padre invertía cada centavo de vuelta en la panadería, siempre mejorando, siempre expandiendo. Y ahora no había ni la panadería.

—Mañana voy a buscar trabajo —dijo Clara, más para sí misma que para la tía. —Buena suerte. —Valdete se levantó de la mesa, dejando el plato a la mitad—. Trabajo no es lo que falta, pero cosa buena… eso es otra historia.

Aquella noche, acostada en el sofá incómodo de la sala —su cuarto era el sofá, ahora—, Clara miró al techo manchado y dejó que las lágrimas silenciosas corrieran. Había pasado los últimos días siendo fuerte para Pedro, siendo fuerte para los vecinos, siendo fuerte ante todo el pueblo. Pero sola en la oscuridad podía admitir la verdad. Estaba aterrorizada. Había trabajado en la panadería desde los 15 años, pero siempre como ayudante, siempre bajo la orientación de sus padres. Hacía panes, sí, y bien hechos, pero no sabía nada sobre administrar un negocio, tratar con proveedores, gestionar dinero. Nunca había necesitado hacerlo. Y ahora, a los 23 años, estaba sola, sin trabajo, sin casa, sin nada, excepto un hermano traumatizado y una tía resentida.

Santa Rita del Valle, el pueblo que siempre había sido su hogar, de repente parecía una prisión. Demasiado pequeño, demasiado asfixiante. Cada esquina tenía una memoria, cada calle susurraba recuerdos de sus padres. La panadería quemada era un monumento grotesco a la pérdida, imposible de ignorar. Necesito salir de aquí, pensó Clara, sorprendiéndose a sí misma con la claridad de la certeza. Si me quedo, voy a ahogarme.

Las dos semanas siguientes fueron una sucesión de humillaciones pequeñas. Clara tocó todas las puertas de Santa Rita del Valle buscando trabajo. Se ofreció como panadera, como cocinera, como mesera, como limpiadora. Cualquier cosa. Las respuestas variaban de “no estamos contratando” a “voy a pensar en tu caso”, lo que todos sabían era una forma educada de decir “no”. El problema no era falta de calificación. El problema era que todo el pueblo sabía de su tragedia y nadie quería contratar a la “pobrecita” que perdió a los padres. Había demasiada lástima en los ojos, demasiada incomodidad en las voces. Era como si su dolor fuera contagioso.

En la tiendita de don Osvaldo, donde había trabajado durante las vacaciones de la adolescencia, la respuesta fue particularly dolorosa. —Mira, Clara —dijo Osvaldo, rascándose la panza prominente—, me encantaría ayudarte, de verdad, pero los tiempos están difíciles. Tuve que despedir a Junior el mes pasado, y mira que es mi sobrino. Clara vio la mentira detrás de las palabras. Había visto a Osvaldo contratando a la hija de la concejala la semana anterior. Pero sonrió, agradeció y salió con dignidad. Llorar en la calle no iba a cambiar nada.

Por las noches, durante cenas silenciosas en la casa de Valdete, la tía dejaba caer comentarios envenenados. —La comida no cae del cielo, Clara. Tu madre, que Dios la tenga, siempre supo hacerse útil. No sé cuánto tiempo puedo mantener a dos jóvenes saludables. Pedro se encogía cada vez más y Clara sentía una rabia impotente creciendo en su pecho. Rabia contra la tía, contra el pueblo, contra el destino. Contra todo.

Fue un jueves, después de otro día de rechazos, que Clara finalmente se quebró. Estaba parada frente a las ruinas de la panadería. No había vuelto allí desde la noche del incendio, pero algo la jaló aquella tarde. Quizás masoquismo, quizás necesidad de confrontar la realidad. Las paredes aún estaban de pie, negras de hollín, pero el techo había colapsado completamente. A través de la ventana rota, Clara veía el interior devastado: los hornos agrietados, los estantes retorcidos por el calor, el piso cubierto de escombros. Una cinta amarilla de aislamiento se balanceaba en la brisa ligera, emitiendo un sonido fantasmagórico.

—¿Vas a demoler? Clara se volteó. Era doña Amelia, la vecina, sosteniendo una bolsa de compras. —No sé —admitió Clara—. No sé qué hacer con esto. Amelia suspiró, mirando las ruinas con tristeza. —Tus padres amaban tanto este lugar. Tu abuelo lo construyó con sus propias manos, ¿sabías? —Lo sé. Llegó aquí sin nada, inmigrante italiano. No hablaba una palabra de español, pero tenía el don. Amelia sonrió con nostalgia. —Sus manos hacían magia con la masa. Igual que tu padre. Igual que tú. Clara sintió un nudo en la garganta. —No sirve de nada tener el don si no hay lugar para usarlo. —Entonces busca un lugar. —Amelia tocó su brazo gentilmente—. Tu madre me dijo una vez que tenías sueños más grandes que Santa Rita. Que hablabas de ir a la capital a abrir una panadería gourmet. —Eso era solo conversación —murmuró Clara—. Fantasía. —Quizás sea la hora de transformar la fantasía en realidad. —Amelia apretó su brazo antes de seguir caminando—. No hay nada que te ate aquí ahora, querida. Nada, excepto el miedo.

Las palabras reverberaron en Clara mucho después de que Amelia se hubiera ido. Se quedó allí mirando las ruinas mientras el sol descendía en el horizonte, tiñendo todo de naranja y rojo. Colores de fuego, irónicamente. Nada me ata aquí, excepto el miedo.

Pero tenía a Pedro. ¿Cómo podía abandonar al hermano? ¿Cómo podía ser tan egoísta de pensar en sí misma cuando él aún estaba destruido, traumatizado, necesitando apoyo?

Cuando llegó a casa —a la casa de Valdete, que nunca sería su casa de verdad—, encontró a Pedro en la cocina haciendo la tarea de matemáticas. Estaba pálido, ojeras profundas bajo los ojos. Ni siquiera levantó la cabeza cuando ella entró.

—Pedro… necesito hablar contigo. Algo en el tono de su voz hizo que el hermano finalmente mirara hacia arriba. Clara jaló una silla y se sentó a su lado. —He estado pensando… sobre salir de Santa Rita. El rostro de Pedro no mostró sorpresa, solo una resignación cansada. —Lo sé. —¿Lo sabes? —Te veo, hermana. —Pedro dejó caer el bolígrafo—. Veo cómo miras a este pueblo ahora. Como si te estuvieras ahogando. Clara sintió los ojos arder. —Pero no puedo dejarte. Eres mi hermano. Tú necesitas… —Yo necesito que seas feliz. —La voz de Pedro se quebró—. Si no, las muertes de ellos no van a significar nada. —No digas eso. —Es verdad. —Lágrimas corrían por el rostro del muchacho ahora, las primeras que Clara le veía derramar desde el funeral—. Sé que fui una carga para ellos. Yo era el hijo que siempre se metía en problemas, que sacaba malas notas… —Nunca fuiste una carga. —Clara tomó sus manos—. Ellos te amaban. Nosotros te amamos. —Entonces, déjame hacer esto por ti. —Pedro apretó sus manos de vuelta—. Déjame quedarme aquí y terminar el colegio. Y tú ve allá afuera y haz algo increíble. Abre una panadería que haga orgullosos a los padres. Vive la vida que ellos querían para ti. —Pero la tía Valdete… —Es una bruja. —Pedro casi sonrió—. Pero sé lidiar con ella. Y solo falta un año y medio para que yo termine. Después voy detrás de ti, ¿está bien? Donde sea que estés.

Clara quería protestar, pero mirando a los ojos determinados del hermano, vio que él estaba decidido. Y más que eso, vio que tenía razón. Ella se estaba ahogando. Cada día en Santa Rita sentía un poco más de sí misma morir.

—Buenos Aires —dijo Clara, la decisión cristalizando mientras hablaba—. Voy a ir a Buenos Aires. Hay más oportunidades allá. Más panaderías, más chances de aprender, de crecer. —Entonces, ve. —Pedro se levantó y la abrazó fuerte—. Ve. Y no mires atrás.

Se quedaron así por un largo momento, dos huérfanos abrazados en una cocina que no era de ellos, planeando futuros inciertos con una valentía que ninguno de los dos realmente sentía.

Tomó dos semanas para que Clara organizara la partida. Vendió el terreno de la panadería a un constructor que quería construir un edificio de apartamentos. El valor no fue lo que el lugar valía sentimentalmente, pero fue suficiente para darle un colchón de seguridad: tres meses de alquiler y comida, si era cuidadosa. Dejó la mitad del dinero para Pedro en una cuenta a la que solo él podría acceder. “Para emergencias”, dijo. Él protestó, pero ella fue inflexible.

Compró un pasaje de autobús solo de ida a Buenos Aires. La fecha del viaje fue marcada para un lunes lluvioso de mayo. El pueblo entero parecía saber de su partida, porque en Santa Rita del Valle no había secretos. Las personas la abordaban en la calle con opiniones no solicitadas.

—Eres muy joven para ir sola a la ciudad grande. —Buenos Aires es peligroso, niña. Te van a devorar viva allá. —Tu madre estaría decepcionada de que abandones a tu hermano.

Esta última, dicha por la señora Teresita en la fila de la farmacia, casi hizo explotar a Clara. Pero respiró profundo, sonrió educadamente y siguió adelante. No debía explicaciones a nadie.

La noche anterior a la partida, Clara hizo una última visita al cementerio. Era casi medianoche y no debería estar allí. El portón cerraba al atardecer, pero saltó la reja baja y caminó entre las lápidas iluminadas apenas por la luna menguante. Las tumbas de sus padres eran simples. No había dinero para nada elaborado, solo dos cruces de madera con los nombres grabados a mano: Alesandro Santini. Marcia Santini. Eternamente amados.

Clara se arrodilló en el césped aún húmedo de la lluvia de la tarde.

—No sé si pueden escucharme —comenzó, la voz quebrándose—. No sé si existe algo después o si es solo nada. Pero necesito decir esto. —El viento sopló suavemente, balanceando los árboles alrededor—. Lo siento. Siento no haber podido salvarlos. Siento irme y dejar a Pedro. Siento no ser lo suficientemente fuerte para quedarme y reconstruir todo aquí. —Las lágrimas caían libremente ahora—. Pero necesito intentar. Necesito ver si puedo hacer algo de mi vida. Porque si me quedo, voy a morir también. No literalmente, pero por dentro. Y sé que ustedes no querrían eso.

Tocó la tierra sobre las tumbas, imaginando que podía sentir el amor de ellos fluyendo de regreso hacia ella. Quizás era solo imaginación, quizás era real. No importaba.

—Voy a hacerlos orgullosos —prometió—. De alguna forma, voy a encontrar la manera. Y voy a cuidar de Pedro, aunque sea de lejos. Lo juro por todo lo sagrado.

Clara se quedó allí por una hora más, memorizando los contornos de las cruces, la forma de las letras, la sensación del césped bajo sus rodillas. Cuando finalmente se levantó, sintió algo diferente. No paz. Sería demasiado pronto para paz. Pero quizás… aceptación. Un comienzo de aceptación.

La mañana de la partida amaneció gris y fría. Pedro ayudó a Clara a cargar su única maleta —comprada en una tienda de segunda mano, porque la suya había ardido— hasta la parada de autobús. Valdete no se dio el trabajo de ir. Apenas saludó desde la ventana con una media sonrisa que podría haber sido alivio.

—¿Vas a llamarme? —preguntó Pedro, intentando sonar casual, pero fallando miserablemente. —Cada semana —prometió Clara—. Y tú también. Si Valdete está siendo demasiado insoportable, me cuentas. —Ella no es tan mala. —Una mentira obvia—. Voy a estar bien. —Sé que sí. —Clara abrazó al hermano fuerte—. Eres más fuerte de lo que piensas. —Tú también.

El autobús apareció en la curva, ruidoso y exhalando diésel. Esto estaba pasando. No había vuelta atrás. Clara subió los escalones del autobús, su maleta golpeando contra sus piernas. El conductor, un hombre de mediana edad con bigote gris, apenas le dirigió una mirada mientras escaneaba su boleto.

—Buenos Aires. A11B —gruñó.

El interior del autobús olía a desinfectante barato y a los restos del desayuno de alguien. Clara caminó por el pasillo estrecho, consciente de las miradas curiosas de los otros pasajeros. Una ciudad pequeña significaba que probablemente la mitad de ellos la conocía. Sabían su historia. Sentían lástima por ella. Se dejó caer en su asiento junto a la ventana y apretó la cara contra el vidrio frío. Afuera, Pedro permanecía en la acera, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta demasiado grande. Parecía tan joven, tan vulnerable. Clara sintió una punzada de culpa tan aguda que casi se levantó para bajar del autobús. No. Él tiene razón. Esto es lo correcto.

El motor rugió y el autobús comenzó a moverse. Clara levantó la mano en un último adiós y Pedro hizo lo mismo, intentando sonreír, pero con los ojos claramente húmedos, incluso desde la distancia. Ella lo vio hacerse más y más pequeño, hasta que fue solo un punto, y luego nada.

El autobús giró en la plaza principal, pasando frente a la farmacia de don Tomás, la iglesia donde había enterrado a sus padres, la escuela donde había estudiado desde niña… y luego, por última vez, pasó frente a las ruinas ennegrecidas de la panadería Santini. Clara no apartó la mirada. Se obligó a ver cada detalle de la destrucción: las paredes carbonizadas, el techo colapsado, la cinta amarilla de peligro ondeando en la brisa. Necesitaba grabarlo en su memoria. No para torturarse, sino para recordar por qué estaba haciendo esto. Para recordar que el pasado estaba muerto y que lo único que podía hacer era seguir adelante.

Entonces, Santa Rita del Valle quedó atrás, las casas dando paso a campos verdes y extensos, y Clara finalmente permitió que las lágrimas cayeran.

El viaje a Buenos Aires tomaba ocho horas. Durante las primeras dos, Clara lloró en silencio, la frente apoyada contra la ventana, viendo pasar el paisaje borroso. Campos de trigo, granjas dispersas, pueblos pequeños que parecían copias de Santa Rita del Valle, cada uno con su propia plaza, su propia iglesia, sus propias vidas pequeñas y tranquilas. A su lado, una mujer mayor dormitaba con la boca ligeramente abierta. Del otro lado del pasillo, un hombre de negocios tecleaba furiosamente en su laptop. Vida normal. Gente viviendo vidas normales mientras el mundo de Clara se había desmoronado.

Alrededor de la tercera hora, cuando las lágrimas finalmente se secaron, dejando solo un dolor sordo en el pecho, Clara sacó un cuaderno arrugado de su bolso. Era uno de los pocos objetos personales que había logrado salvar; lo había dejado en casa de una amiga semanas antes del incendio. Abrió en una página en blanco y comenzó a escribir.

Cosas que sé hacer:

Hacer pan (todo tipo)
Pasteles y tartas
Galletas
Masas en general
Atención al cliente
Manejo de caja registradora
Inventario básico

Miró la lista. No era mucho, pero era algo. Luego volteó la página.

Cosas que necesito aprender:

Administración de negocios
Marketing
Costos y finanzas
Recetas modernas (gourmet)
Redes sociales para negocios

La lista se hizo más larga a medida que pensaba. Había tanto que no sabía, tantas cosas de las que sus padres se habían encargado y ella nunca había prestado atención. Su padre manejaba las finanzas, su madre trataba con los proveedores. Clara solo había sido las manos que amasaban, nunca el cerebro que pensaba. Pero podía aprender. Tenía que aprender.

Plan:

    Encontrar trabajo en una panadería (cualquier posición).
    Encontrar departamento barato.
    Ahorrar dinero.
    Aprender todo lo posible.
    Eventualmente… abrir mi propio negocio (?).

El último punto terminó con un signo de interrogación porque parecía tan lejano, tan imposible. Pero escribirlo lo hacía real de alguna manera. Un sueño en papel era más tangible que un sueño solo en la cabeza.

—¿Primera vez en Buenos Aires? Clara levantó la vista. La mujer mayor que había estado durmiendo ahora estaba despierta, mirándola con ojos amables y curiosos. —Sí —admitió Clara, cerrando el cuaderno. —Se nota. Tienes esa mirada. —La mujer sonrió, revelando dientes manchados de café—. Yo me llamo Estela. Clara. ¿Vas por trabajo, familia, amor? Estela se acomodó en su asiento, claramente preparada para una conversación larga. Clara dudó. No tenía ganas de compartir su historia con una extraña, pero había algo en la calidez de Estela que la desarmaba. —Trabajo. Y un nuevo comienzo, supongo. —Ah. —Estela asintió con sabiduría—. Huyendo de algo o corriendo hacia algo. La pregunta la tomó por sorpresa por su precisión. —Un poco de ambos. —Buenos Aires es el lugar correcto para eso. —Estela sacó una bolsa de caramelos de menta de su bolso y le ofreció uno a Clara—. Es una ciudad que traga gente y la escupe cambiada. A veces mejor, a veces peor. Depende de qué tan duro pelees.

Clara aceptó el caramelo, dejando que la menta fresca se disolviera en su lengua. —¿Usted vive allá? —Toda mi vida. Nací en el barrio de Almagro. Me casé y me mudé a Caballito. Enviudé y volví a Almagro. —Estela rió—. La ciudad tiene sus garras en mí. No podría vivir en otro lugar aunque quisiera. —¿Cómo es? —preguntó Clara—. La ciudad, quiero decir. Estela pensó por un momento, mirando por la ventana como si pudiera ver Buenos Aires a través de los kilómetros. —Es ruidosa, caótica, a veces cruel. La gente es apurada, todos siempre corriendo a algún lado. Pero también es viva. Tan viva. Hay arte en cada esquina, música saliendo de los bares, el olor a parrilla y a café. Hay un millón de historias pasando al mismo tiempo. —Miró a Clara—. No es fácil, especialmente para alguien de pueblo. Pero si sobrevives los primeros meses, si no dejas que te aplaste, puede ser mágica. —Los primeros meses… —repitió Clara—. ¿Tan difícil es? Estela le dio una palmadita en la mano. —No quiero asustarte, querida. Solo prepárate. La ciudad no le hace favores a nadie. Tienes que ganártela.

Hablaron durante otra hora. Estela le dio consejos prácticos: qué barrios eran seguros y baratos, qué líneas de subte evitar en hora pico, dónde encontrar comida decente por poco dinero. Clara absorbió cada palabra como una esponja, dándose cuenta de cuán poco preparada estaba realmente. —¿Tienes dónde quedarte? —preguntó Estela eventualmente. Clara asintió. —Encontré un hostal por internet. Es temporal, hasta que encuentre algo permanente. —Bien. No duermas en la calle. Nunca. —Estela buscó en su bolso y sacó un trozo de papel arrugado—. Toma. Este es mi número. Si te metes en problemas, si necesitas ayuda, llámame. No tengo mucho, pero tengo un sofá y puedo preparar un buen guiso. Clara sintió sus ojos picar nuevamente, pero esta vez no de tristeza, sino de gratitud abrumadora. —Gracias. No sé qué decir. —No digas nada. Solo sobrevive allá afuera. Y cuando lo logres, cuando tengas éxito, ayuda a la siguiente chica asustada que llegue del pueblo. —Estela sonrió—. Así es como funciona.

Buenos Aires apareció gradualmente en el horizonte. Primero edificios dispersos, luego más y más construcciones, hasta que el cielo quedó cortado por rascacielos y el paisaje se transformó en un mar de concreto y vidrio. El autobús entró a la terminal de Retiro justo cuando el sol comenzaba a ponerse, bañando la ciudad en una luz dorada que hacía que todo pareciera irreal, como una postal o un sueño.

Clara presionó la cara contra la ventana, tratando de absorber todo a la vez. Había tanta gente, multitudes en las aceras, autos tocando bocinas, vendedores ambulantes gritando sus productos. El ruido era ensordecedor, incluso dentro del autobús. Y el tamaño… Dios, era tan grande. Santa Rita del Valle cabría cien veces en lo que podía ver solo desde la ventana. —Es mucho, ¿verdad? —dijo Estela suavemente. —Sí —susurró Clara.

El autobús se detuvo con un chirrido de frenos. Los pasajeros comenzaron a levantarse, agarrando sus pertenencias, empujándose mutuamente en su prisa por salir. Clara se quedó sentada un momento más, su corazón latiendo rápido. Puedes hacer esto. Tienes que hacer esto.

Finalmente se levantó, agarró su maleta del compartimiento superior y siguió el flujo de gente hacia la salida. El aire de Buenos Aires la golpeó como una pared: caliente, espeso, oliendo a escape de diésel, comida callejera y algo indefinible que era simplemente “ciudad”. —¡Clara! —Estela la alcanzó en la plataforma, jadeando ligeramente—. No olvides, cualquier cosa, llama. —Lo haré. Gracias, Estela. Por todo.

Se abrazaron brevemente, y luego Estela desapareció en la multitud, tragada por la ciudad que la había parido. Clara se quedó parada en medio de la terminal de autobuses, agarrando su maleta con ambas manos, viendo el caos humano fluir a su alrededor. Había pantallas digitales mostrando horarios de salida, kioscos vendiendo revistas y snacks, familias reuniéndose con lágrimas y abrazos, viajeros de negocios caminando rápido con maletines y auriculares. Y ella estaba completa, absolutamente sola.

Por un momento de pánico puro, quiso correr de regreso al autobús, comprar un boleto de vuelta, refugiarse en lo conocido, aunque lo conocido fuera doloroso. Pero el autobús ya estaba arrancando, llevándose esa opción con él.

Clara respiró profundo. Una vez. Dos veces. Tres veces. Luego abrió el celular y sacó la dirección del hostal que había reservado. Según Google Maps, estaba a 30 minutos en subte. Podía hacer esto. Un paso a la vez.

Siguió los carteles hacia el metro, bajando escaleras que parecían descender a las entrañas de la tierra. El subte estaba abarrotado, incluso a esta hora. Cuerpos apretados contra cuerpos, el aire caliente y viciado. Clara se aferró a una barra metálica mientras el tren se sacudía y rugía a través de túneles oscuros. Alguien le pisó el pie, alguien más la empujó sin disculparse. Una voz robótica anunciaba estaciones con nombres que no significaban nada para ella: Constitución, Independencia, San Juan… y finalmente su parada.

Emergió a nivel de calle en un barrio que Estela había mencionado: Santelmo. Las calles eran estrechas y adoquinadas, flanqueadas por edificios antiguos con balcones de hierro forjado. Había un encanto desgastado en todo, como una anciana hermosa que había visto mejores días, pero aún conservaba su elegancia.

El hostal estaba en el tercer piso de un edificio sin ascensor. Clara arrastró su maleta escaleras arriba, sus brazos ardiendo para cuando llegó a la puerta de vidrio esmerilado con un cartel escrito a mano: “Hostal Luna Nueva”. La recepción era apenas más grande que un armario. Detrás de un escritorio repleto de papeles, una chica joven con pelo teñido de morado levantó la vista de su teléfono. —¿Sí? —Hola, tengo una reserva. Clara Santini. La chica tecleó perezosamente en una computadora vieja. —Ajá. Dormitorio compartido, cuatro camas. Pagaste dos semanas por adelantado. Correcto. —Recitó las reglas con el tono de alguien que las había dicho mil veces—. Las sábanas se cambian los lunes. Cocina compartida, baño compartido. No drogas, no prostitución, no ruido después de las 11. Checkout a las 10 de la mañana. Efectivo o tarjeta para el depósito. —Efectivo. —Clara contó los billetes con cuidado. Cada peso contaba ahora. La chica le dio una llave con una etiqueta de plástico amarillo con el número 3. —Tu cuarto está al final del pasillo. Buena suerte.

La habitación número tres era exactamente lo que Clara esperaba de un hostal barato. Cuatro literas de metal, una ventana pequeña con vista a una pared de ladrillos, pintura descascarándose y una luz fluorescente que parpadeaba irritantemente. Dos de las camas ya estaban ocupadas, aunque no había señales de sus dueños, solo mochilas desparramadas en el suelo.