Lo tiraron al pozo por “diversión”… y el desierto aprendió a no callarse
El sol caía como castigo sobre el desierto de Durango.
Y aun así, lo más pesado no era el calor.
Era el silencio.
Don Refugio Salazar, 72 años, se sostuvo del bastón de encino como si se sostuviera de su propia historia. El capitán Ezequiel Montes lo tenía sujetado del cuello de la camisa, pegándolo al borde del pozo.
—¿Así que “sagrado”, viejo? —escupió Montes, con aliento a mezcal rancio.
Don Refugio no levantó la voz. No suplicó como suplican los que todavía creen que la piedad existe en ciertos hombres.
Solo dijo, despacio:
—Capitán… aquí no manda usted. Aquí manda la tierra.
Y ese fue su error.
O más bien: ese fue el error de un país que había permitido que un uniforme valiera más que una vida.
Montes soltó una carcajada borracha, como si el mundo fuera su cantina.
Los soldados detrás rieron por reflejo, por miedo, por estupidez.
Y el pueblo… miró desde lejos, con los labios apretados, con las manos quietas, no porque no quisiera ayudar, sino porque en esos tiempos ayudar era firmar la muerte de tu familia.
Don Refugio cerró los ojos.
Como quien hace una oración sin palabras.
Y entonces pasó.
El cuerpo del anciano desapareció en la boca negra del pozo.
Un segundo de aire.
Un golpe de realidad.
Y desde abajo subió un sonido que nadie olvidaría: el cascabeleo, la furia de la piedra, el miedo hecho eco.
Arriba, en el borde, se quedaron congelados.
Hasta los que se reían dejaron de reír.
Porque hay crueldades que, aunque nacen del alcohol, despiertan algo más antiguo: vergüenza, o terror, o ambas.
Montes, sin embargo, se quedó mirando hacia abajo con una satisfacción seca.
—Así aprenden —dijo, como si hubiera dado una lección.
Y dio media vuelta.
El desierto siguió igual.
Pero el pueblo ya no.
Santa Rosa del Cobre era de esos lugares donde todos saben de todos, pero nadie pregunta de más. Un pueblo pequeño, acostumbrado a sobrevivir, a cuidarse en silencio.
Ahí vivía don Refugio Salazar.
No era “un viejito”.
Era el curandero.
El que había recibido a la mitad del pueblo con manos firmes y limpias.
El que había cerrado los ojos de la otra mitad cuando ya no había nada que hacer, murmurando oraciones antiguas, acomodando la dignidad en la cara del que se iba.
Pequeño, delgado como vara de mezquite, cabello blanco como algodón.
Sus ojos eran lo único que no parecía viejo: brillaban con una calma que no se aprende en libros, se aprende en pérdidas.
Vivía solo, en una casita de adobe en las orillas, rodeado de su jardín: romero para la memoria, manzanilla para los nervios, árnica para los golpes, gobernadora para las heridas.
Cada planta tenía su lugar.
Como si él todavía creyera que el mundo podía ordenarse.
Y además de curar, cuidaba un pozo antiguo.
Un pozo de treinta metros, excavado en roca viva, con paredes lisas, agua clara al fondo.
Los viejos decían que era sagrado, que su agua “ayudaba” cuando el corazón venía limpio.
Don Refugio nunca lo confirmó ni lo negó. Solo sonreía, como quien entiende que hay cosas que se respetan sin explicación.
Pero el pozo guardaba otro secreto: en las grietas vivían víboras de cascabel.
No una o dos.
Una colonia.
Y don Refugio las respetaba.
Les enseñó a los niños del pueblo a no molestarlas, a entender que también eran parte del equilibrio.
—Si no las buscas, no te buscan —decía.
Y así vivían: con distancia, con respeto, con esa sabiduría simple que a veces salva más que un rifle.
Todo estaba en paz… hasta que llegaron los federales.
Enero de 1917.
Un destacamento de 25 soldados, bajo el mando del capitán Ezequiel Montes.
Alto, fornido, bigote negro, una cicatriz en la mejilla derecha que él contaba como “herida de guerra”, aunque todos sabían que olía más a cantina que a campo de batalla.
Venían con órdenes del gobierno carrancista: buscar simpatizantes villistas, confiscar armas, requisar provisiones, “mantener control”.
Pero Montes entendía “control” como lo entienden los cobardes con poder: miedo puro.
Desde el primer día, el pueblo supo que aquello no era autoridad. Era abuso.
Requisaban comida sin pagar.
Entraban a las casas sin pedir permiso.
Se emborrachaban con el tequila de la cantina y luego se reían del dueño.
Acosaban a las muchachas con palabras que las dejaban mirando al suelo, como si el piso fuera más seguro.
Montes instaló su cuartel en la casa del presidente municipal, sacando a la familia a empujones.
Desde ahí gobernó como virrey, dando órdenes que nadie se atrevía a cuestionar.
Don Refugio lo observaba con tristeza.
Él había vivido lo suficiente para reconocer a los hombres enfermos de alma.
Pero no se metía en política.
Curaba a quien llegara.
Y eso incluía a los federales.
Cuando alguno se enfermaba por comer carne echada a perder, don Refugio lo atendía.
Cuando se lastimaban en sus borracheras, él vendaba.
Cuando el propio capitán Montes cayó con una disentería que lo dejó tres días doblado, fue don Refugio quien le preparó el té de corteza de encino que le salvó el cuerpo… aunque no le salvó el corazón.
Don Refugio creía que su trabajo era curar, no juzgar.
Que la medicina no tenía banderas.
Que un hombre enfermo era un hombre enfermo, aun con uniforme.
Ese fue el error fatal.
Porque Montes no era hombre de gratitud.
Era hombre de caprichos.
Y cuando un capricho se le mete, el respeto se vuelve provocación.
Fue una tarde de febrero cuando todo se torció.
El sol pegaba como hierro al rojo vivo.
Los federales habían pasado la mañana bebiendo en la cantina, celebrando una victoria imaginaria con mezcal que no pagaron.
Montes, con el orgullo inflado y el juicio apagado, decidió que quería conocer el pozo “mágico” del que hablaba el pueblo.
No por curiosidad.
Por dominio.
Porque para hombres como él, lo que otros respetan es algo que hay que romper.
—Muchachos —gritó—, dicen que hay un pozo mágico en este pueblo de muertos de hambre. Vamos a conocerlo.
Los 25 lo siguieron como procesión torcida.
Tropezándose, riendo, cantando obscenidades.
Asustando a los niños.
Cuando llegaron a la casa de don Refugio, el viejo estaba en su jardín, acariciando hojas como quien acaricia la vida.
Levantó la vista y vio venir esa marea verde olivo.
Sintió en el pecho un presentimiento frío.
Montes habló con voz que quería ser autoritaria pero se le caía la borrachera.
—¡Don Refugio! Queremos ver ese pozo famoso.
Don Refugio se enderezó con toda la dignidad que le permitían los años.
—Capitán, con todo respeto… ese pozo es lugar sagrado. No se visita así. Hay que pedir permiso a los ancianos. Hay ritual.
La cara de Montes se puso roja.
—¿Permiso? ¿A mí me pides permiso, viejo? Yo soy la autoridad aquí.
Don Refugio respiró hondo.
—No es cuestión de autoridad. Es cuestión de respeto. Y además… es peligroso. Hay víboras de cascabel.
Las risas estallaron.
—¡Víboras! —se burló un sargento gordo de dientes podridos—. ¿Le tenemos miedo a las víboras?
Montes se acercó hasta quedar a centímetros del rostro arrugado.
El aliento olía a mezcal y soberbia.
—Viejo… ¿me vas a llevar ahorita mismo o te llevo arrastras?
Don Refugio supo que no tenía opción.
Contradecirlo era peor.
Tomó su bastón, con un suspiro de cansancio que no era del cuerpo: era del país.
Y caminó hacia el pozo.
El pueblo miró desde las ventanas, con el corazón encogido.
Nadie gritó.
Nadie se movió.
A veces el miedo no se nota por lo que haces, sino por lo que no te atreves.
El pozo estaba a un kilómetro.
En un claro rodeado de mezquites retorcidos y nopales enormes.
Una estructura circular de piedra antigua, brocal negro pulido por siglos.
Don Refugio había puesto ofrendas alrededor: velas, flores secas, figuritas de barro.
Un círculo de respeto.
Montes se asomó y se burló:
—¿Y dónde están las famosas víboras?
Como respuesta, el cascabeleo subió desde las profundidades.
Un coro de advertencias.
Varias gargantas se secaron al mismo tiempo.
Hasta los más borrachos sintieron el golpe de realidad y retrocedieron un paso.
Montes, en cambio, se rió más fuerte.
Arrojó una piedra al pozo.
El sonido rebotó en la roca y el cascabeleo se volvió más intenso.
Don Refugio se acercó, firme.
—Capitán, por favor… no las moleste. Son guardianas de este lugar.
“Sagradas” fue la palabra que terminó de encenderlo.
Montes la escupió como veneno.
—¿Sagradas? Pues te voy a enseñar qué tan sagradas son.
Lo agarró.
Lo arrastró.
El bastón se le fue un poco de las manos.
Don Refugio, débil por los años, no pudo resistirse.
Un teniente joven intentó decir algo, casi sin voz:
—Capitán… tal vez deberíamos…
—¿Qué? —rugió Montes—. ¿Tienes miedo? ¿Eres soldado o niña?
Don Refugio cerró los ojos.
En ese segundo supo que su vida iba a terminar por una crueldad inútil.
Murmuró lo único que le quedaba, como un hilo de dignidad:
—Virgencita… recibe mi alma.
Y Montes lo lanzó al pozo.
Los gritos que siguieron no se contaron como chisme.
Se guardaron como herida.
Arriba, algunos federales se quedaron tiesos, sin saber qué hacer con lo que acababan de permitir.
Otros miraron al suelo.
Y el capitán, como si no hubiera una persona muriendo ahí abajo, escupió dentro del pozo.
—Vámonos. Ya se acabó la diversión.
Regresaron al pueblo en silencio.
Hasta ellos cargaban un peso.
Como si el desierto, por primera vez, les hubiera devuelto la mirada.
La noticia corrió como pólvora.
Las mujeres lloraron en casa, mordiendo el rebozo para no hacer ruido.
Los hombres apretaron los puños hasta marcarse las palmas.
Los niños preguntaron por qué habían matado al abuelito que curaba raspones.
Y nadie supo qué responderles.
Porque no hay respuesta limpia para la maldad.
Esa noche, en el establo de Pancho Ramírez, se reunieron tres hombres.
—No puede quedar así —dijo Ramírez, golpeando la mesa.
—Somos tres —respondió Miguel Soto—. Son veinticinco armados. Si hacemos algo, nos matan… y luego van por nuestras familias.
Tomás Leiva, el arriero, se quedó callado mucho rato.
Luego habló, como quien enciende una vela en la oscuridad:
—Hay alguien que no perdona esto.
—¿Quién?
—Pancho Villa.
El nombre cayó pesado.
No como promesa de sangre.
Como promesa de que alguien, en algún lugar, todavía reconocía el límite.
Leiva salió esa misma noche.
Cabalgó dos días y dos noches, siguiendo caminos que solo los arrieros conocen.
Llegó al cañón donde Villa tenía un campamento.
Lo detuvieron los dorados, desconfiados.
—Busco al general Villa —dijo Leiva—. Traigo palabra de injusticia.
Lo llevaron.
Villa estaba junto al fuego, limpiando su rifle como quien limpia una herramienta, no un símbolo.
Cuando Leiva contó lo de don Refugio, el campamento entero se quedó quieto.
Villa apretó los dientes.
No gritó.
Solo preguntó, con voz grave:
—¿Cómo se llama?
—Ezequiel Montes.
Villa escupió al fuego.
—Se va a enterar.
Pidió veinte hombres.
Los mejores.
Pero antes dijo algo que sorprendió incluso a los suyos:
—Esto no es por gusto. Esto es por límite.
Esa noche llegaron a Santa Rosa del Cobre.
Se movieron como sombras.
Rodearon el cuartel.
Entraron sin disparar.
Amarraron a los federales dormidos, uno por uno, con una precisión fría.
Los sacaron al patio.
Villa caminó frente a ellos.
—¿Quién trató de detener al capitán?
Silencio.
Nadie.
Villa miró a un muchacho de cara joven. Temblaba.
—¿Y tú?
El joven lloró.
Dijo que lo reclutaron a la fuerza, que se alejó y vomitó.
Villa lo dejó ir.
—Vete. Y no vuelvas con ese uniforme.
El muchacho corrió hacia la oscuridad.
A los demás los miró con una tristeza dura.
—Ustedes vieron… y callaron. Eso también pesa.
Trajeron a Montes.
Quiso hablar de autoridad. Villa lo calló.
—Tú tiraste a un curandero al pozo.
Montes trató de justificarse.
Pero ya no había palabras.
Villa anunció un juicio ahí mismo, frente al pueblo despierto.
Y la sentencia fue clara: lo que se hizo por “diversión” no podía quedar impune.
Lo que pasó después no fue celebrado.
Fue temido.
Fue llorado.
Fue una justicia áspera, de tiempos violentos, que dejó el corazón del pueblo con alivio… pero también con una cicatriz.
Al amanecer, Villa hizo algo inesperado: pidió una cuerda.
No para “presumir”.
Para recuperar el cuerpo de don Refugio.
Lo envolvió con respeto.
—Merece entierro digno.
Lo enterraron en la plaza, bajo un mezquite.
El herrero forjó una cruz.
Villa dejó su sombrero sobre la piedra.
—Gracias por lo que hiciste por tu gente —murmuró—. Ojalá el país no necesitara hombres como yo.
Y se fue.
No con gritos de “viva”.
Se fue con miradas.
Con un silencio que, por primera vez, no era solo miedo.
Era duelo.
Y era memoria.
Con los años, Santa Rosa del Cobre siguió siendo desierto y polvo.
Pero cambió algo invisible: la gente aprendió que el abuso no siempre se detiene con fuerza, sino con comunidad.
Que el silencio puede ser refugio… pero también puede ser condena.
Y que don Refugio, aun muerto, dejó una enseñanza que quedó más fuerte que cualquier capitán:
La dignidad de un pueblo no se cura con hierbas.
Se cura cuando deja de aceptar que la crueldad sea “normal”.
Desde entonces, cuando alguien confundía autoridad con permiso para humillar, los viejos del lugar decían bajito, como advertencia:
—Acuérdate del curandero.
Porque hay muertes que no se “superan”.
Se cargan.
Y si se cargan con verdad, al menos sirven para que el siguiente no tenga que vivir lo mismo.
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