Los enterró vivos para salvarlos: La esclava que escondió a sus 8 hijos bajo tierra durante 25 años

Era el año de 1820 y la tierra de Michoacán olía a caña quemada y a desesperanza. En la Hacienda La Purísima, el sol no calentaba igual para todos. Para los patrones, era el brillo del oro en los trigales; para los esclavos, era el fuego que les quemaba la espalda de sol a sol.

Don Hernando Villareal, el dueño de aquellas 4,500 hectáreas, tenía una regla de hierro, una ley no escrita que todos conocían y temían más que al propio látigo: ningún hijo de esclava se quedaba en la hacienda. Para él, las familias eran un estorbo. Un esclavo con hijos piensa en el futuro, piensa en la rebelión. Un esclavo solo, piensa únicamente en sobrevivir. Por eso, cada vez que una mujer daba a luz, el bebé era arrancado de sus brazos antes de cumplir el mes y vendido al mejor postor, desapareciendo para siempre en los caminos polvorientos de la Nueva España.

Durante veinte años, más de cuarenta madres habían llorado en silencio, viendo cómo sus hijos se convertían en monedas de cambio.

Pero Petra era diferente.

Tenía 19 años, era pequeña, de manos curtidas por el trabajo en el campo y ojos que guardaban un silencio antiguo. Era huérfana, hija de una madre que murió cuando ella tenía seis años. No recordaba abrazos, ni canciones de cuna, solo la soledad inmensa de los barracones. Sin embargo, cuando su vientre comenzó a crecer, fruto del amor secreto con Simón, un peón del establo, Petra no lloró. Tampoco suplicó clemencia a un amo que no tenía corazón.

Simón, desesperado, quiso hablar con el capataz, ofrecer su vida entera de trabajo a cambio de quedarse con la criatura. —No —le dijo Petra con una voz que no temblaba—. Si saben que existe, se lo llevarán. —¿Y qué haremos, mujer? No podemos esconder un llanto, no podemos esconder una vida. Petra miró hacia el monte, hacia una zona de matorrales espinosos donde nadie iba nunca. —No conocen lo que está bajo la tierra —susurró.

Durante cuatro meses, mientras ocultaba su embarazo bajo ropas holgadas y fingía dolores para trabajar menos, Petra y Simón cavaron. Lo hacían de noche, bajo la luna nueva, con las manos sangrando y el miedo clavado en la nuca. Cavaron un túnel detrás de los barracones, un agujero estrecho que descendía hacia la oscuridad. Al final, abrieron una cámara pequeña, apenas un hueco de cuatro metros donde el aire pesaba y la humedad se pegaba a la piel.

Reforzaron las paredes con tablas robadas. Crearon respiraderos con cañas de bambú ocultas entre la maleza. Era una tumba, sí, pero una tumba donde se podía respirar.

En noviembre de 1820, Petra dio a luz en silencio. El parto fue en la oscuridad de ese agujero, iluminado solo por una vela temblorosa. Nació un varón. Lloró una sola vez y luego calló, como si desde su primer aliento hubiera entendido que su vida dependía del silencio. Lo llamaron Luz.

A la mañana siguiente, Petra se presentó a trabajar con los ojos secos y el vientre vacío. —¿Y la barriga? —preguntó el mayordomo con indiferencia. —Nació muerto anoche, patrón —dijo ella, con la mirada fija en el suelo—. Lo enterré en el monte. El hombre hizo una mueca, anotó una pérdida en su libro de cuentas y siguió su camino. Nadie pidió ver el cuerpo. Un esclavo muerto no valía la pena el esfuerzo de una investigación.

Así comenzó la mentira que duraría veinticinco años.

Cada noche, cuando la hacienda dormía y solo se escuchaban los grillos y los ladridos lejanos, Petra se deslizaba fuera de su petate. Se arrastraba por el túnel, raspándose las rodillas que con los años se volverían callosidades de piedra, para llegar hasta su hijo. Allí, en la penumbra, lo amamantaba, lo limpiaba y le susurraba canciones.

Pero el destino es caprichoso y la vida se abre paso incluso en las grietas. En 1822, Petra volvió a embarazarse. Luego en 1824. Y así, año tras año, vida tras vida. Nació Esperanza. Luego Simón hijo. Luego Consuelo, Francisco, Mercedes, Salvador. Y finalmente, en 1838, la pequeña Milagros.

Ocho hijos. Ocho veces Petra fingió la muerte de un bebé. Ocho veces el mayordomo anotó “nacido muerto” en sus libros, maldiciendo la mala suerte de esa esclava, sin sospechar que bajo sus pies crecía una familia entera.

El agujero creció con ellos. Simón padre y Petra cavaron más profundo, ampliando aquel mundo subterráneo. Hicieron cuartos conectados por pasillos estrechos, tapizaron el suelo con petates viejos, construyeron un pozo artesanal que llegaba a una vena de agua. Era un laberinto de sombras, húmedo y claustrofóbico, pero era el único lugar donde eran libres.

Allí abajo, el tiempo no existía. Los niños mayores criaban a los pequeños. Luz, el primogénito, se convirtió en el padre sustituto durante el día. Inventaron juegos que no necesitaban correr. Aprendieron a ver con las manos en la oscuridad total. Aprendieron a leer con un viejo libro de oraciones que Simón había robado, trazando las letras en la tierra húmeda de las paredes.

Petra era su puente con la vida. Cada noche llegaba cargada con comida robada de las cocinas, con agua fresca y, lo más importante, con historias. Les hablaba del sol, esa bola de fuego que ellos creían un mito. Les describía los pájaros, las nubes, el color verde de los árboles. —¿Por qué no podemos subir, mamá? —preguntaba Luz cuando ya tenía siete años. Petra le acariciaba el rostro en la penumbra. —Porque arriba hay hombres que los llevarían lejos de mí. Porque arriba, nuestra piel es una condena. Aquí abajo no hay sol, hijo, pero tampoco hay cadenas.

Los años pasaron y cobraron su precio. Simón padre murió en 1835, aplastado por un caballo. Petra tuvo que cargar sola con el secreto. Sus rodillas quedaron destrozadas de tanto arrastrarse; sus pulmones silbaban por respirar el aire viciado del túnel y el humo de las cocinas. Pero nunca falló. Ni una sola noche.

Sus hijos crecieron extraños, pálidos por la falta de luz, con los sentidos agudizados como animales nocturnos. Luz desarrolló terror a los espacios abiertos que imaginaba en las historias de su madre. Esperanza tenía pesadillas donde el techo se les venía encima. Simón hijo dejó de hablar por años, perdido en su propia mente. Pero también había belleza: Francisco cantaba con una voz que hacía llorar a sus hermanos, y Salvador tallaba figuras en la tierra, creando un museo de sueños en la oscuridad.

Era una vida imposible, pero era vida. Hasta que llegó 1843.

Don Hernando, el viejo amo cruel, murió. Su hijo heredó la hacienda y trajo consigo a Ortega, un administrador moderno de la Ciudad de México que no creía en dejar rincones sin revisar. Ortega caminaba por la hacienda contando cada grano de maíz, cada cabeza de ganado. Una tarde, caminando por los matorrales, vio algo que no encajaba: unos tubos de bambú que salían de la tierra, ocultos entre la hierba seca. Se acercó. Y entonces, escuchó algo que le heló la sangre. Risas. Risas de niños que venían de las entrañas de la tierra.

Esa noche, Ortega regresó con hombres armados y palas. Petra, desde la cocina, escuchó el alboroto. Corrió hacia el monte con el corazón estallándole en el pecho, pero llegó tarde. Vio cómo abrían la entrada del túnel. Vio la cara de espanto de Ortega al asomarse con una lámpara. —Hay gente ahí abajo —gritó el administrador, pálido—. ¡Son personas!

Los sacaron uno por uno. Fue una escena que nadie en la hacienda olvidaría jamás. Ocho seres humanos emergiendo de la tierra, cubiertos de harapos, gritando de dolor cuando la luz de las antorchas tocó sus ojos por primera vez en su vida. Luz tenía ya 23 años; Milagros, apenas cinco. Se abrazaban entre ellos, aterrorizados, buscando a su madre. Cuando Petra los vio, cayó de rodillas. Veinticinco años de silencio se rompieron en un solo grito de dolor.

La noticia corrió como pólvora. “Los hijos del agujero”, los llamaron. La gente venía de todas partes para ver a los fantasmas de Michoacán. El nuevo patrón, furioso por la pérdida económica de tantos esclavos no registrados, quiso venderlos a todos y castigar a Petra con cien latigazos. Pero México estaba cambiando. Eran tiempos donde la esclavitud empezaba a oler a podrido.

La historia de Petra llegó a los periódicos. No la pintaron como una criminal, sino como lo que era: una madre desesperada. La sociedad se conmocionó. ¿Qué clase de mundo obligaba a una mujer a enterrar a sus hijos para salvarlos? El gobernador tuvo que intervenir. Se celebró un juicio.

Petra entró a la sala del tribunal cojeando, pequeña, envejecida antes de tiempo, pero con la cabeza alta. —¿Por qué lo hiciste? —le preguntó el juez, horrorizado—. Los criaste como topos, sin luz, sin libertad. Petra lo miró a los ojos y su voz resonó en la sala: —Sin cadenas, señor juez. Sin latigazos. Mis hijos nunca fueron vendidos como ganado. Mis hijos crecieron juntos, con el amor de su madre y de sus hermanos. Usted llama libertad a ver el sol mientras te rompen la espalda. Yo les di la única libertad que pude: la de permanecer juntos.

El silencio en la sala fue absoluto. Nadie pudo refutarla. La presión pública fue tal que el hacendado no tuvo opción. El 3 de mayo de 1845, Petra y sus ocho hijos recibieron sus cartas de libertad.

La adaptación fue brutal. Luz nunca pudo soportar el cielo abierto; siempre buscó habitaciones pequeñas y oscuras para sentirse seguro. El ruido del mundo los aturdía. Sus ojos tardaron meses en tolerar el sol de mediodía. Pero estaban vivos. Y lo más importante: estaban juntos.

Vivieron el resto de sus días en una pequeña propiedad a las afueras de Morelia, trabajando la tierra, siempre unidos, incapaces de separarse unos de otros. Petra murió siete años después, en 1852. Su cuerpo, agotado por el sacrificio sobrehumano, finalmente descansó. Murió rodeada de los ocho hijos que el mundo creía muertos. Sus últimas palabras fueron para ellos: —Valió la pena. Cada noche en ese túnel, cada minuto de oscuridad… valió la pena.

En su tumba, sus hijos escribieron un epitafio que hoy resuena como una sentencia de amor eterno: “Petra, madre de ocho. Cavó un hoyo para darnos vida, nos escondió para salvarnos, nos amó en la oscuridad y nos enseñó que la libertad no es un lugar, sino estar juntos.”