
Febrero de 1987, Puebla. La tarde cae gris y fría cuando Marta Quiñones, 19 años, cierra la papelería de don Esteban en la avenida Juárez, ajusta la correa de su bolsa cruzada café claro y roza, por costumbre, el colgante redondo de metal plateado que cuelga en su cuello: un disco del tamaño de una moneda de cinco pesos, regalo de su padre antes de marcharse al norte cuando ella tenía 12. Marta vive con su madre y su prima Julia en una casa de dos pisos de la colonia La Paz; ayudan con la ropa los domingos, comen frijoles refritos bajo estampas del Sagrado Corazón, y cada lunes repiten horarios y rutas: microbús a las 10, regreso a comer a las 3:15, curso nocturno de contabilidad junto al mercado de La Victoria. Nada parece malo, sólo estrecho. Su novio, Raúl, velador de una fábrica textil, se ha vuelto interrogatorio constante: con quién habla, por qué tarda, a qué hora sale. Julia, tres años mayor, le dice que él no la deja crecer; Marta asiente, pero no rompe. El colgante es su reflex, su manera de respirar cuando el miedo aprieta.
El jueves 26 amanece nublado. Camisa a cuadros, olor a cigarro: Raúl aparece frente al local a la una y, junto al teléfono público, la acusa de hablar con un compañero del curso. Ella intenta explicarlo; él la corta: mejor terminar. Marta, agotada de meses de pleitos, dice que sí. Raúl la llama desagradecida y se va hacia la terminal. La tarde se desordena dentro de Marta: suma mal, confunde billetes. A las 3:10, don Esteban le dice que se vaya; ella toma el microbús habitual, verde y blanco con calcomanías de la Virgen. Pero no puede regresar. Baja antes, frente a una iglesia que no reconoce. Camina. Las calles son parecidas y distintas: abarrotes, taller mecánico, puesto de tacos cerrado. Huele a gasolina y tortillas quemadas. Toca el colgante, sigue. Sin saber cuándo cruza la frontera invisible entre lo familiar y lo ajeno, Marta camina hasta que oscurece, tiembla en una banca. Un señor de elotes le ofrece uno; lo acepta. No pregunta cómo volver. Duerme en la banca.
Esa noche, Marta no regresa. Julia espera hasta las 11. La madre llama a Raúl: terminaron, no sabe nada. Don Esteban dice que Marta se fue a las tres, alterada. Julia recorre La Paz: tiendas, tacos, farmacias. Nadie la ha visto. La madre reza y espera. Marta no vuelve. Ni esa noche, ni la siguiente.
Viernes 27: Julia levanta reporte en la delegación. “Espere 48 horas”, dice el agente que toma nota en papel carbón. Señales: estatura media, cabello negro largo, suéter beige, jeans, tenis blancos, bolsa cruzada, colgante redondo. Julia insiste: Marta no es de irse. El agente repite el protocolo.
Sábado: Julia imprime 200 volantes con la única foto de cuerpo entero—frente a la papelería, colgante visible, teléfono público al lado—y los reparte por La Paz, Juárez, terminal, La Victoria. Vecinas prometen estar pendientes; otras asienten con lástima. En Puebla, 1987, no hay alerta Amber, cámaras ni redes. Lunes: el comandante Salazar escucha, manda agentes con don Esteban: Marta se fue temprano, nerviosa. Interrogatorio a Raúl: discusión, ruptura, caminó a la terminal; dice que Marta no tiene amigas fuera, ni familia en otros estados. En marzo y abril, Julia recorre hospitales (General, Universitario, IMSS Reforma, Cruz Roja), la Comisión de Derechos Humanos. “Paciencia”, le dicen. La madre deja el trabajo: espera llamadas, puertas, pasos. Julia la obliga a comer y levantarse. Rezan el rosario cada noche.
Mayo: la policía cierra investigación preliminar: sin indicios de delito, probable voluntad propia de irse. Julia grita, llora, promete traer nueva información. Lluvias borran los volantes; la gente deja de preguntar; la colonia sigue. Sólo Julia y la madre sostienen el nombre en voz alta.
1988: Julia pierde el empleo por tantas ausencias; consigue otro en una fábrica de uniformes, más horas y menos sueldo. La madre ya no sale: espera. 1990: Julia conoce a un hombre; boda en 1991, mudanza a Azcárate; la madre se va con una hermana; la casa de La Paz queda vacía. Julia guarda la foto, volantes, recortes, libreta de teléfonos de hospitales en una caja de cartón. Cada 26 de febrero, la abre, repasa: suéter, bolsa, colgante. 1995: la madre muere de infarto. Velorio escaso. “¿Supieron algo de la muchacha?” pregunta una señora; “Nunca”, responde Julia.
Años iguales. Julia trabaja en tienda de ropa del centro; su esposo maneja camioneta de reparto, ausente; tienen un hijo en 1997: Martín, por su prima. Le cuenta historias de Marta cuando es pequeño, luego deja de hacerlo: la tristeza pesa. 2003: Julia va a una papelería en San Pedro Cholula; contabilidad autodidacta la lleva allí. Cholula es más tranquila: mercado, pirámide. Atiende clientas mayores con bolsa cruzada y piensa en Marta, luego sacude la cabeza. Han pasado 15, 20, 25 años. 2010: cierra la papelería; Julia entra a un Oxxo en la 14 Oriente, turno de 3 a 11. El hijo en secundaria, el esposo sigue en carretera. Cada año, 26 de febrero: caja, foto, colgante.
2020: pandemia; Julia deja el Oxxo, cuida al esposo con diabetes. El hijo vive ya en Ciudad de México. Vida de televisión y cocina; caminatas al mercado con cubrebocas. 2023: muere su esposo. Julia, 59 años, sola en Azcárate, medio tiempo en una tintorería. Domingos: mercado de Cholula.
Enero de 2024: cielo gris, frío; vapor de comal en un puesto de tlacoyos, sillas plásticas azules y verdes, vendedoras gritando, la iglesia sobre la pirámide al fondo, desenfocada. Julia ve un gesto que le detiene el corazón: una mujer mayor, cana y arrugada, mirada tranquila, con bolsa cruzada café claro y colgante redondo al cuello. El metal opaco, pero inconfundible. La mano rosa el disco; la otra ajusta la correa. Es Marta.
Julia se acerca, paralizada. “¿Marta?” La mujer parpadea, deja el tlacoyo, inclina la cabeza. “¿Eres Marta Quiñones, la de la papelería de Puebla?” Sus ojos se llenan de lágrimas. Asiente. La bolsa de mandado cae. Abrazo tembloroso entre vapor y murmullos ajenos. Al separarse, Julia pregunta: ¿dónde estuvo, qué pasó, por qué no volvió? Marta habla con voz ronca y pausas: no recuerda todo, algunos pedazos se borraron. La conocían como “María” en los puestos; trabajó en tianguis, cocinas económicas, mercados de San Andrés, San Pedro, Cuautlancingo; comió cuando había trabajo; nunca tuvo papeles, nunca hijos, nunca pareja estable. A veces la ayudaron, a veces la explotaron. No la retuvo nadie: fue la vergüenza, el miedo, la disociación de una vida que se estrecha hasta romper. El colgante fue su único punto fijo. Sabe que la buscaron; sabe que su madre murió. No supo regresar: cada día que pasaba hacía el regreso más imposible. Aprendió a existir sin historia. Julia le toma las manos: no importa, estás viva. Marta llora: no merece perdón. Julia insiste: lo arreglarán, aunque haya trámites, autoridades, papeles, ADN, y miradas de desconfianza. Primero: sacarla de ahí. Vivía en un cuartito rentado cerca del mercado, pagado con platos lavados y verdura picada. Julia la invita a Puebla; Marta duda; acepta. Caminan despacio, apenas hablando, sosteniéndose del brazo. Para Julia, termina una espera de 37 años. Para Marta, empieza la posibilidad de volver a existir.
En casa, Julia ofrece un cuarto: cama individual, clóset, ventana al patio. Marta deja la bolsa, se sienta, se quita el colgante por primera vez en años y lo mira como si fuera ajeno. Al día siguiente, Julia llama al 911. Protección Civil llega: paramédico y trabajadora social. Datos básicos: nombre completo (Marta Quiñones), fecha de nacimiento (15 de octubre, 1967), última dirección (La Paz, 1987); CURP inexistente; acta de nacimiento quizá guardada por la madre fallecida. Signos vitales: presión ligeramente elevada, pulso y temperatura normales; dolores de rodillas, insomnio. Recomiendan chequeo en el Hospital General y reportar a Fiscalía y Comisión de Búsqueda; pedirán ADN, huellas antiguas si existen, entrevistas; el proceso puede tardar semanas; Marta puede quedarse con Julia, disponible para citaciones.
En el Hospital General, doctora de trabajo social ordena evaluación física y psicológica: desnutrición leve, desgaste dental, artritis incipiente en rodillas y manos, cicatriz antigua en brazo izquierdo por cocina; sin violencia reciente ni enfermedades graves. Vitamina y analgésicos; plan de alimentación. El psiquiatra observa ansiedad crónica, disociación leve, memoria episódica fragmentada; sin ideas suicidas ni agresivas; recomienda terapia de apoyo ambulatorio.
Una semana después, Fiscalía cita. El agente del Ministerio Público especializado en personas desaparecidas revisa el reporte en papel de 1987, comparan foto de 19 con la mujer actual: rasgos coinciden, el tiempo pasó. ADN: Julia ofrece muestra por ser prima hermana. Laboratorio forense toma saliva; 4–6 semanas de espera. Registran detalles: discusión con Raúl, salida de la papelería, microbús, búsqueda inicial. Marta confirma lo que puede; admite lagunas. El agente pregunta si hubo delito, retención. Marta niega: fue decisión propia; no denunciará. Si cambia de opinión, puede volver. Se van con copia del acta y fechas.
Cinco semanas después, llaman: ADN compatible. La Comisión de Búsqueda cierra el caso como localizada con vida. Julia llora de alivio; Marta asiente en silencio. Siguiente paso: legalidad. Registro Civil expide copia certificada del acta de nacimiento. Renapo tramita CURP; la empleada, curiosa, dice que casi nunca ve reapariciones sin papeles falsos; Marta responde que simplemente vivió sin ellos. Llenan formularios, foto reciente con colgante; el comprobante estará listo en dos semanas.
Terapia en centro de salud comunitario: psicóloga joven, voz suave, sin prisa. Primeras sesiones sin palabras; luego surgen: mercados, cuartos rentados, manos que ayudan y que maltratan, miedo que crece cada día de no regresar. La psicóloga llama disociación al mecanismo de supervivencia; dice que no es culpa, que muchos reaccionan así, que ahora toca reconstruir identidad y narrativa. Julia muestra fotos viejas: cumpleaños, paseos a La Malinche, Navidad; Marta mira con ojos húmedos, algunos recuerdos nítidos, otros ajenos.
La convivencia es difícil: Marta se levanta antes del amanecer, mira el cielo; el celular le asusta; come poco, deja siempre algo en el plato; se sobresalta con ruidos. Julia se frustra y aprende que la chica de 19 no existe; hay que conocer a la mujer moldeada por décadas de soledad.
CURP listo; módulo del INE: credencial de elector. Foto seria, cabello recogido, colgante. Mira la credencial largo rato: primer documento oficial en 37 años. ¿Trabajo? No sabe en qué. Julia sugiere tienda o cocina. Marta quiere primero acostumbrarse a tener casa, nombre, rutina. Entre cafés, Marta confiesa culpa: dejó pasar años, dejó morir a su madre sin verla. Julia le toma la mano: basta de castigo, estás viva, empieza de nuevo. La tristeza persiste en los ojos.
A los tres meses, don Ignacio, dueño de una cocina económica cerca del mercado de La Victoria, acepta a Marta por recomendación de Julia: lavar trastes, picar verdura; llegar a las 7; trabajar con ganas. Primeros días difíciles: horarios, órdenes. Luego le gusta el ritmo: platos, sopas, arroz, frijoles; le recuerda Cholula, con la diferencia de tener a dónde volver. Los clientes son gente trabajadora; nadie pregunta ni juzga; Marta prefiere así: no quiere ser “la mujer que reapareció”. Sólo otra señora que sirve agua de jamaica.
Fines de semana: mercado con Julia, bancas del zócalo, observar gente. Silencio cómodo. Marzo: viaje a Cholula; se sientan en las mismas sillas plásticas frente al puesto del reencuentro, piden tlacoyos con salsa verde. Marta mira largo; agradece a Julia. Abril: Marta ya va sola a terapia; psicóloga dice que avanza, que conecta fragmentos, que acepta su historia con menos culpa; Marta no sabe si es verdad, pero respira mejor. Una clienta la reconoce: trabajaron juntas hace 20 años en un puesto de quesadillas en Cholula; “te llamabas María”. Marta se acelera, responde con cautela; la mujer la saluda, dice que se ve bien, se va. Marta toca el colgante; don Ignacio pregunta si está bien; “solo un momento”.
Mayo: compra un celular usado; Julia le enseña a usarlo. Guarda el número de Julia. Barrer el patio, mirar cielo despejado: piensa en su madre, en lo no dicho ni perdonado, en los 37 años perdidos y en los que tiene ahora: vida, trabajo, prima, techo. ¿Segunda oportunidad? Tal vez. Por primera vez, puede estar bien.
Junio: cumple 56; comida pequeña: mole poblano, arroz rojo, horchata; dos vecinas respetuosas; sin pastel ni canto. Julia regala un álbum nuevo: “para que construyas recuerdos”. Marta lo abraza. La primera foto: sonriendo levemente, delantal blanco junto a don Ignacio; no es gran foto, pero es suya, del presente. Julio: carta de la Comisión de Búsqueda: caso cerrado exitosamente, identidad confirmada científicamente; número de folio, constancia para futuras gestiones. Carpeta con CURP, INE, acta y constancia. Julia sugiere curso; miedo a aulas, pero quizá repostería. Agosto: visita Martín, hijo de Julia; primeros momentos raros; cena simple; conversación sobre su trabajo de diseño, clima, tacos de la esquina. A solas, Martín dice que admira su valentía; ella dice que no se siente valiente; él responde que seguir adelante es ser valiente. Le regala un libro de recetas mexicanas; Marta marca moles, tamales, chiles en nogada.
Septiembre: don Ignacio le propone ayudar a preparar, no sólo lavar. Sazonar sopas y guisos: los clientes notan mejor sabor; sube el sueldo. Picando cilantro, Marta descubre que hace semanas no aprieta el colgante al sentir miedo. Sigue usándolo, pero ya no es salvavidas: es memoria.
Octubre: Julia propone visitar La Paz para cerrar ciclo. Marta accede, con nudo en el estómago. Camión y ventanas que muestran calles familiares y extrañas. La casa, ahora azul claro, con rejas nuevas y letrero de “Se renta”. Recuerda pan dulce, café de olla, tortillas. ¿Entrar? No: ya no es su casa; lo de adentro ya no existe. La papelería ahora es “Compusel”, tienda de celulares; el teléfono público ya no está. “Todo cambia”, dice Marta. La parada del microbús ahora tiene techo y bancas—en 1987 era una esquina. ¿Se arrepiente? No sabe si “arrepentirse” aplica: hizo lo que su mente le permitió; otra persona quizá habría actuado distinto; ella tomó decisiones que no puede cambiar. Regresan en el camión de la tarde; Marta está agotada y aliviada: corroboró que no pertenece allí; su vida está en otro lado.
Esa noche, Marta escribe en un cuaderno: madre, papelería, microbús, años en Cholula, reencuentro. No es carta: es orden interno. Lo entrega a Julia para guardarlo en la caja de cartón junto a fotos y volantes de 1987.
Noviembre: estabilidad desconocida. Marta prepara los guisos principales; clientes la saludan por su nombre, piden más cilantro o menos sal. Julia, menos horas en la tintorería; desayunan y cenan juntas; domingos de televisión; compañía suficiente. Una mañana, Marta se sienta en el patio; el aire huele a tortillas recién hechas; se quita el colgante, lo observa bajo el amanecer: opaco y gastado, pero el mismo disco de su padre. Piensa en todo lo que el colgante “vio”: papelería, microbús, calles extrañas, mercados, manos de Julia. Fue el punto fijo en medio del caos. Tal vez ya no lo necesita igual: tiene casa, trabajo, familia; su identidad no depende del metal. Se lo coloca de nuevo: no por miedo, sino porque es parte de ella.
Se inscribe en un curso gratuito de repostería del DIF Municipal: martes y jueves por la tarde. Pan de muerto, galletas de mantequilla, pay de limón. Harina, azúcar, mantequilla: cocina con dulzura. Compañeras diversas, historias propias; nadie le pregunta de dónde viene: comparten recetas, baten juntas, se ríen. Marta se siente cómoda, por fin sin explicarse. Diciembre: don Ignacio propone postres en la cocina económica; Marta hornea en casa y vende galletas y panes dulces: ventas pequeñas y constantes. Vuelve la clienta de abril; le dice que se alegra de verla bien; prueba una galleta: deliciosa. Se va sin más preguntas. Marta piensa que quizá aparecerán otras “Marías” de su pasado; está bien: María y Marta son la misma; ahora tiene nombre completo, historia reconocida, lugar.
El 26 de diciembre, Julia y Marta compran ingredientes para Año Nuevo en el mercado de Cholula. Pasan por el puesto del reencuentro; el vapor aún sube; la iglesia se ve al fondo. Marta se detiene, mira y sigue: ya no necesita quedarse ahí.
De regreso en casa, Julia pregunta si es feliz. Marta piensa: no sabe si “feliz” es la palabra, pero está tranquila; tiene techo, trabajo, familia; duerme mejor; el miedo ya no pesa—eso le basta. Julia asiente: sobreviviste 37 años en condiciones imposibles y reconstruiste tu vida. No es poca cosa. Marta agradece: sin Julia, nada habría sido posible.
Esa noche, Marta abre el álbum de cumpleaños: páginas llenas de presente—cocina económica, curso de repostería, paseos por Cholula, cenas en casa. Pega una nueva foto: ambas, sonriendo con bolsas de mandado, la iglesia borrosa al fondo. Cierra el álbum, lo deja en el buró y apaga la luz. Toca el colgante una última vez antes de dormir. Mañana hay que levantarse temprano: preparar arroz, lavar trastes, hornear galletas. Tiene una vida que vivir. Y eso, después de todo, es más de lo que tuvo durante mucho tiempo.
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