Maté a mi esposa y al pastor que nos casó 15 días antes: la noche en que el taxi no volvió igual

Quince días después de prometerse fidelidad frente a un altar, Juan Carlos abrió una puerta en un departamento barato del centro de Puebla y encontró en la cama a su esposa… con el mismo pastor que los había casado.
Lo que vino después no fue una escena de telenovela, sino cuatro disparos, dos cuerpos inmóviles sobre sábanas revueltas y un taxista manejando sin rumbo con una pistola en la guantera y la vida hecha pedazos.
Esta es la historia completa de cómo un matrimonio recién estrenado, una consejería “espiritual” y una serie de señales ignoradas terminaron en un doble homicidio calificado.
No es una ficción: es el retrato crudo de cómo se rompe un hombre que se siente traicionado, y de lo que pasa cuando el orgullo y los celos toman el volante.
Año 2019. Ciudad de Puebla.
En el sur de la capital, donde las colonias populares se llenan de puestos de tacos, altavoces anunciando promociones de “3 por 10” y niños jugando futbol en calles estrechas, vivían Juan Carlos Hernández, de 34 años, y Mariana López, de 27.
No eran pobres extremos, tampoco clase media acomodada. Se movían en ese filo angosto de la clase trabajadora que vive al día pero sueña con algo mejor.
Juan Carlos era taxista desde los veinte. Tenía un Tsuru blanco con techo marcado con el número del sitio, radio viejo y un rosario colgando del espejo. Sus días se medían en viajes: mercado, escuela, hospital, antro. Aprendió a leer la ciudad en los ojos de los pasajeros: quién venía asustado, quién borracho, quién con cara de problema.
Su rutina era brutal:
Despertar antes del amanecer.
Café aguado y unos huevos preparados por Mariana en la cocina estrecha.
Beso rápido en la frente.
Doce horas de volante, gasolina, tráfico, policías de tránsito que siempre encontraban “algo” que revisar.
Mariana trabajaba como recepcionista en una pequeña clínica privada. Ocho horas sentada, voz amable al teléfono, dedos veloces llenando formularios, cara paciente ante reclamos por retrasos y cobros.
Cada quincena:
Pagaba parte de la renta simbólica de la casa de su mamá.
Separaba algo para el abono de la sala comprada a meses.
Soñaba con ahorrar para un viaje pequeño que nunca terminaba de concretarse.
Su casa era una vivienda de interés social: dos recámaras, sala-comedor apretados, cocina con azulejos viejos y un patio mínimo con un lavadero y un tendedero.
Para cualquiera que pasara, era una casa más en una fila larga. Para ellos, era el símbolo de un milagro: la hipoteca que Juan Carlos llevaba años pagando no se había perdido. Por fin era suya. El recibo de la luz llegaba con el apellido Hernández.
Se casaron primero por lo civil en una oficina sencilla, con familia inmediata y pastel comprado en la panadería de la esquina. La verdadera ceremonia, la que pesó, fue la religiosa.
No en una catedral, sino en una pequeña iglesia cristiana de la colonia: paredes blancas, bancas de madera, teclado desafinado y bocinas que distorsionaban los coros.
Allí conocieron al pastor Rubén Aguilar.
Cuarenta y dos años, casado, padre de dos adolescentes. No era un gigante, pero tenía presencia. Traje sencillo, Biblia en mano, voz firme. Citaba versículos con naturalidad, hablaba de “restaurar hogares”, de “levantarse en victoria”. En la zona, su palabra pesaba, sobre todo entre mujeres que buscaban consejo y matrimonios en crisis.
Rubén vivía de la iglesia y de lo que la iglesia generaba:
Venta de biblias y discos de alabanzas.
“Cursos de sanidad interior para parejas”.
Consejerías individuales “a la voluntad”.
Fue en esa iglesia donde Mariana empezó a sentirse vista.
Una compañera de la clínica la invitó un domingo. Juan Carlos, por horario, no pudo ir. Ella entró sola, se sentó a mitad del templo, cantó con timidez y al final se acercó al pastor. Él la saludó con una sonrisa y una mirada que parecía atravesar las preocupaciones.
Regresó la semana siguiente. Y la otra. Y la otra.
Primero solo los domingos. Luego los jueves a la reunión de mujeres. Después al ensayo de coro. A veces a la oración de los martes.
Juan Carlos lo veía como algo bueno. Pensaba:
“Mejor que esté en la iglesia, no en la calle.”
No imaginaba que el verdadero peligro no era la calle.
Cuando Mariana le contó al pastor que iban a casarse, Rubén se mostró encantado. Los felicitó, habló de la importancia de “hacer las cosas bien delante de Dios” y les ofreció pláticas prematrimoniales gratis en su oficina, al fondo del templo.
Ellos, con el dinero contado, lo tomaron como una bendición.
En esas pláticas, Rubén hizo lo que sabía hacer mejor: escuchar.
Sentado tras un escritorio lleno de libros de “matrimonio cristiano”, los animó a hablar de todo:
Temores de Mariana: quedarse sola, que Juan Carlos fuera como “los hombres de la colonia” que se pierden en el alcohol.
Inseguridades de él: ganar poco, no ser suficiente, repetir errores de su padre.
Peleas por dinero, planes de hijos, sueños difusos.
La oficina del pastor se convirtió en una confesión continua.
El día de la boda, Rubén se paró frente a ellos con la Biblia abierta. Les habló de fidelidad, de “dejar padre y madre”, de “proteger el lecho conyugal de cualquier intruso”. Cuando dijo “hasta que la muerte los separe”, nadie imaginaba que esa frase sería literal tan rápido.
Al final, todos se tomaron fotos.
En una de ellas, que luego circularía en noticias, se ve a:
Mariana con vestido blanco sencillo, sonrisa amplia.
Juan Carlos con traje barato pero bien planchado, mirando orgulloso.
Rubén a un lado, Biblia en mano, sonrisa segura.
Esa imagen, que parecía un recuerdo bonito, se transformaría después en ironía cruel.
En la colonia, la historia era fácil de resumir:
“El taxista por fin se casó con la muchacha de la clínica. El pastor los bendijo. Ojalá les vaya bien.”
Nadie veía, todavía, las grietas.
Después de la boda, la vida tomó un ritmo que desde fuera parecía envidiable.
Casa propia (aunque chica).
Empleo estable (aunque cansado).
Pareja joven, sin hijos aún, con terreno para crecer.
Juan Carlos se levantaba a las cinco, se duchaba con agua a veces fría, desayunaba rápido. Mariana, con ojos hinchados de sueño, le ponía café soluble y pan. Él salía con la promesa de “hoy llego temprano”, promesa que el tráfico y los pasajes a veces hacían imposible.
Ella se quedaba recogiendo la cocina, acomodando la sala como podía, revisando mentalmente cuentas: luz, agua, abono de la cama, crédito del refri. Después se arreglaba para la clínica.
Los fines de semana se repartían entre:
Comer en casa de la mamá de Mariana, que preguntaba “¿y los nietos para cuándo?”.
Visitar a los padres de Juan Carlos, que miraban con satisfacción que su hijo, al fin, tenía familia y techo.
En medio de todo, la iglesia fue ocupando un espacio cada vez mayor en la agenda de Mariana.
Donde antes iba solo domingos, ahora sumaba:
Jueves: reunión de mujeres.
Sábados: ensayo de coro.
Algunos martes: oración.
Siempre, el pastor Rubén al frente, voz suave, mano en el hombro, “¿cómo sigues, hija?”.
Mariana empezó a ver en él algo más que un líder. Era alguien que:
Le preguntaba cómo estaba.
Le decía que tenía valor.
Le recordaba que “Dios ve tus lágrimas”.
Juan Carlos no dimensionaba. Pensaba que era bueno que ella “tuviera en qué entretenerse” mientras él trabajaba. Confiaba. No tenía tiempo ni energía para sospechar.
El primer mensaje de WhatsApp fuera del horario de iglesia llegó una noche de domingo.
Mariana se estaba cambiando en la recámara cuando vibró el celular.
—Hermana, solo quería agradecerte por tu disposición hoy. Dios ve tu corazón. ¿Llegaste bien a casa?
Era Rubén.
Mariana dudó. No era común que el pastor escribiera así de manera tan personal. Pero tampoco sonaba abiertamente mal. Respondió cortésmente: “Sí, pastor, gracias a Dios”.
Minutos después, llegó un audio: voz baja, tono confidencial.
—Sé que no es fácil llevar un matrimonio cuando el esposo trabaja tantas horas. Si alguna vez necesitas hablar más a fondo, sabes que mi puerta está abierta.
Así, poco a poco, el chat se volvió rutina.
Primero:
Recordatorios de reuniones.
Versículos de ánimo.
Frases: “Dios te fortalecerá”.
Luego:
Comentarios sobre su vida: “Te vi cansada hoy, ¿estás bien?”.
“Me duele ver que te sientas sola”.
“A veces los hombres no valoran lo que tienen”.
Todo envuelto en vocabulario espiritual.
Mariana, con meses sintiéndose en segundo plano, encontró en esa atención algo adictivo. El pastor:
Le preguntaba cómo fue su día en la clínica.
Se interesaba por su mamá.
Le decía que merecía ser amada “como Cristo ama a la Iglesia”.
Empezó a comparar:
Los mensajes cortos y cansados de Juan Carlos: “Ya voy”, “Estoy muerto”, “Mañana hablamos”.
Con los párrafos largos y medidos de Rubén, llenos de palabras de afirmación.
Sin darse cuenta, comenzó a volcar en él sus quejas:
“Me siento invisible.”
“Juan Carlos solo llega a dormir.”
“A veces preferiría estar en la iglesia todo el tiempo.”
Rubén escuchaba. Respondía con frases que sonaban pastorales, pero cruzaban líneas:
“Eres una mujer muy especial.”
“No cualquiera tiene tu corazón.”
“No todos los hombres están a la altura de una esposa así.”
Luego vino la consejería privada “solo con ella”.
Al inicio, Juan Carlos iba también.
Rubén le decía:
—Hermano, tienes que escuchar a tu esposa. Debes ser el sacerdote del hogar. Dedícale tiempo.
Juan Carlos asentía, pero su mente estaba en la cuenta de la gasolina, en la llanta que ya pedía cambio.
Con el tiempo, el esquema cambió:
Primera sesión: solo Mariana “para entender su corazón”.
Otro día, si se podía, hablaban con Juan Carlos.
Muchas veces él no llegaba por trabajo. Esos huecos los llenaba Rubén con sesiones a puerta cerrada:
Música suave, libros de autoayuda cristiana en los estantes.
Mariana contando lo que nunca se atrevía a decir en casa.
El pastor asentía, exaltaba su esfuerzo, cuestionaba (sutilmente) la falta de atención de Juan Carlos.
Después de una sesión especialmente emotiva, en la que Mariana lloró hablando de su soledad, Rubén:
Se levantó de su silla.
Le puso la mano en el hombro.
La miró a los ojos.
Dijo: “No estás sola. Dios, y yo, estamos aquí para sostenerte.”
El abrazo que siguió duró un par de segundos más de lo que corresponde a un simple consuelo.
Mariana lo sintió. No se apartó.
A partir de ahí:
Los mensajes cambiaron de “Dios está contigo” a “pienso mucho en ti”.
De “me preocupa tu matrimonio” a “me preocupa cómo te sientes cuando él no está”.
Aparecieron emoticonos de corazones discretos.
La primera salida “neutral” fue a una cafetería en el centro.
Justificación:
“Para hablar del evento de mujeres, aquí nadie nos interrumpe.”
Mariana llegó nerviosa. Rubén, con ropa casual (sin camisa de pastor), parecía distinto: menos figura de autoridad, más hombre.
Entre café y pastel:
Él habló de su propio matrimonio: “Tampoco es perfecto. A veces me siento incomprendido. Siempre doy, nadie me da”.
Ella se sintió identificada: “Somos dos almas sacrificadas”.
Allí se consolidó algo peligroso: el “somos tú y yo contra el mundo”.
Un día saliendo de una reunión nocturna, Rubén ofreció llevarla a casa. Estacionó en una esquina oscura para “orar antes de despedirse”.
No hubo oración.
Hubo silencio, cercanía, un beso rápido pero definitivo.
De ahí en adelante, la relación se volvió abiertamente clandestina:
Mensajes: “Te extraño”, “Pienso en ti en el púlpito”.
Frases: “Si las cosas fueran diferentes…”, “Dios sabe lo que hay en nuestros corazones”.
Rubén justificaba:
“El amor no es pecado si es sincero, solo hemos cometido errores.”
Mariana, dividida entre culpa y emoción, empezó a considerar al pastor su verdadero compañero emocional.
Juan Carlos, en la periferia, seguía manejando.
Comenzó a notar cosas:
El celular de Mariana siempre boca abajo.
Contraseña nueva.
Risas apagadas frente a la pantalla que se borraban al verlo entrar.
La prima que mencionó haberlos visto juntos en una cafetería del centro. El compañero taxista que juraba haber visto al pastor con “una mujer igualita a tu esposa”.
Él lo negó.
—Seguro se parecen —murió el tema.
Hasta que un día, tomando por accidente el celular de Mariana, vio en las notificaciones la primera línea de un mensaje:
“Te extraño incluso cuando acabo de verte…”
El remitente: Rubén.
Ella entró a la sala en ese momento. Le arrebató el teléfono con una risa nerviosa:
—Es un hermano de la iglesia bromeando.
Esa noche, por primera vez, Juan Carlos se acostó sin decirle “buenas noches”.
La grieta interior ya no era pequeña.
La chispa final llegó en forma de un mensaje frío:
“Estoy en oración con las hermanas. No puedo hablar. Salgo tarde.”
Él estaba frente a la iglesia. Cerrada. Con candado.
No había oración. No había hermanas.
Había una mentira en la pantalla.
Y, en el centro de la ciudad, un departamento donde ella lo estaba esperando.
La noche del crimen empezó como otra jornada más.
Sábado. Noche fuerte de trabajo para taxis.
Juan Carlos llevaba horas en la calle. Cerca de las nueve, le entró por radio un viaje largo a las afueras de la ciudad. El tipo de servicio que podía salvar el día. Mientras esperaba, en la oscuridad del estacionamiento de una unidad habitacional, el operador avisó:
—Se canceló, JC. El cliente ya no sale.
La noche quedó, de pronto, vacía.
Pensó en:
Pasar por unos tacos.
Llegar a casa antes de medianoche.
Sorprender a Mariana con una película.
Le marcó.
Llamada sin respuesta. Volvió a intentar. Nada.
Instantes después, mensaje de WhatsApp:
“Estoy en oración con las hermanas. No puedo hablar. Salgo tarde, luego te llamo.”
Él miró la pantalla. El texto era correcto, pero sonaba… demasiado correcto. Frío. Redactado, no espontáneo.
Algo en el estómago se le encogió.
Encendió el motor y condujo hacia la iglesia.
Se dijo:
“Solo quiero ver luces encendidas, escuchar cantos, confirmarme que estoy paranoico.”
Llegó a la calle. Vio:
Fachada a oscuras.
Candado en la reja.
Silencio total.
En la banqueta, un vecino tiraba basura. Juan Carlos, tratando de sonar casual, preguntó:
—¿Hoy no hay reunión?
—No, joven —contestó el hombre—. El pastor avisó que hoy no habría nada, que iba a salir con la familia.
“Salir con la familia”.
Las palabras resonaron con sarcasmo en la mente de Juan Carlos.
Se subió al taxi de nuevo. El mensaje de Mariana seguía abierto en la pantalla.
Se sintió ridículo. Engañado.
Recordó la mención de Mariana semanas atrás:
“El pastor se va a quedar unos días en un departamentito del centro. Le prestaron para unos cursos.”
En ese momento, ese detalle tomó un peso distinto.
Buscó en el chat con ella. Deslizó hacia arriba. Encontró la foto: una calle del centro con edificios viejos y una papelería en la esquina.
“Parece de película”, había escrito Mariana.
Amplió la imagen. Vio:
Letrero gastado de la papelería.
Anuncio de “se renta” pegado en una ventana.
Balcones con rejas oxidadas.
Como taxista, conocía esa zona. No podía ubicar la calle exacta, pero sí tenía una idea.
Miró la guantera.
Meses atrás, ante el aumento de asaltos, un compañero le había conseguido una pistola “para defensa”. Nunca la había usado. Viajaba con él, oculta.
Abrió la guantera. Tomó el arma.
El peso metálico le tembló en las manos.
Un pensamiento cruzó, fugaz:
“Déjala ahí. No te metas en problemas.”
Encima de ese pensamiento, otro, más fuerte:
“¿Y si te encuentras lo que temes? ¿Te vas a quedar mirando?”
Guardó la pistola bajo la camisa, a la altura de la cintura. Cerró la guantera de golpe.
El ruido seco dentro del taxi sonó como un punto sin retorno.
Condujo al centro. Las calles adoquinadas, los portales, las luces amarillas de farolas viejas. Daba vueltas, comparando la foto con las esquinas.
Finalmente, una calle encajó:
Misma papelería.
Mismos balcones descuidados.
Mismo aire de abandono.
Estacionó el taxi a mitad de cuadra. Bajó.
En la entrada de un edificio antiguo, un portón metálico abierto y un hombre sentado en una silla de plástico, fumando.
—Buenas noches —saludó Juan Carlos—. ¿Aquí vive un pastor? Rubén… cristiano. Me dijeron que estaba dando un curso.
El vigilante improvisado lo miró.
—¿El padrecito? Sí, joven. En el tercero. Subió hace rato con una muchacha.
Silencio.
«Con una muchacha».
Juan Carlos sintió que se le bloqueó la garganta. No preguntó más. Subió las escaleras.
El edificio olía a humedad, a comida recalentada, a vida gastada. De departamentos vecinos salía sonido de televisión, de risas, de música.
Cada peldaño era una pregunta:
¿Y si no es ella?
¿Y si sí es, pero solo platican?
¿Qué hago si los encuentro?
Su mano tocaba el metal frío del arma por instinto, buscando seguridad.
Llegó al tercer piso. Pasillo estrecho, foco amarillento parpadeando. Al fondo, una puerta con un hilo de luz por debajo.
Se acercó.
Escuchó.
Risas ahogadas. Murmullos. El rechinar de una cama contra la pared. No eran voces genéricas.
Reconoció, agudo, el tono de Mariana. Y otra voz, masculina, grave.
El pastor.
Se congeló frente a la puerta, mano alzada.
Podía:
Tocar, obligarlos a vestirse, exigir explicación.
Llamar a la policía, a la familia de ella.
Dar media vuelta, irse.
Orgullo herido, humillación imaginada, el peso del arma. Todo se combinó.
No tocó.
Empujó.
La chapa se venció con facilidad. La puerta se abrió de golpe.
La escena se imprimió en su retina:
Cama matrimonial, sábanas revueltas.
Ropa en el suelo: blusa de Mariana, cinturón de hombre, pantalón.
Ella, desnuda hasta la cintura, intentando cubrirse con la sábana.
Rubén, también desnudo, incorporándose, ojos abiertos de par en par.
Silencio absoluto por un segundo.
Los tres se miraron.
Rubén reaccionó primero, con reflejo de pastor en problemas:
—Hermano, esto… esto no es lo que parece, podemos hablar…
La frase “no es lo que parece” quedó flotando ridícula sobre la cama.
Mariana balbuceó:
—Juan Carlos, yo…
El cuerpo de él se tensó. Imágenes se amontonaron:
El sermón de Rubén sobre fidelidad.
La mano del pastor sobre el hombro de Mariana en la consejería.
La foto los tres juntos el día de la boda.
Mariana escribiendo “estoy en oración” mientras se desnudaba en otro lugar.
Sintió que algo en su pecho se prendía fuego.
Sacó la pistola.
No lo hizo con elegancia de película. La mano le tembló, la respiración se le aceleró. Pero el arma salió, pesada, negra, apuntando hacia la cama.
Rubén levantó las manos.
—Tranquilo, hermano. Piensa en Dios, en tu futuro, en tu libertad. Todo se puede restaurar…
Cada palabra, cada “hermano”, cada mención de Dios en esa boca le sonó a burla.
Mariana lloraba, envuelta en la sábana.
—Podemos hablar, por favor. Te lo puedo explicar…
Juan Carlos escuchaba, pero las voces parecían llegar desde muy lejos. En el pasillo, la vecina del departamento contiguo bajó el volumen de la novela, intrigada por el ruido.
Nadie sabe exactamente qué dijo él.
Algunos vecinos, interrogados después, aseguraron haber oído un grito:
“¡Con él, tenía que ser con él!”
Otros solo recuerdan el ruido de los disparos.
Lo que sí se sabe es que Juan Carlos apretó el gatillo.
Una, dos, tres, cuatro veces.
El primer disparo impactó cerca del tórax de Rubén, que estaba de frente. Cayó hacia atrás sobre la cama. El segundo, la alcanzó a ella. Los siguientes completaron el cuadro.
En cuestión de segundos:
La cama pasó de escenario de caricias clandestinas a altar de muerte.
La sábana se tiñó de rojo.
El aire se llenó de olor a pólvora y sangre.
Mariana y Rubén murieron prácticamente al instante. No hubo tiempo de correr, ni de defenderse.
El eco de los tiros recorrió el edificio.
La vecina del lado soltó un grito. Alguien en el segundo piso apagó la televisión. Un perro ladró desesperado.
Juan Carlos quedó jadeando, con el arma todavía en alto.
Miró la cama. Miró sus manos.
No se acercó a ver si respiraban. La escena era más que suficiente.
Guardó la pistola casi por reflejo, la metió de nuevo en la cintura. Salió del cuarto tambaleándose. Dejó la puerta semiabierta.
Bajó las escaleras.
En la planta baja, el vigilante lo vio pasar, con la cara blanca como papel. Lo observó subir al taxi. Memorizó, casi sin querer, el número de sitio.
Juan Carlos arrancó.
La noche de Puebla seguía su curso: parejas cenando, camiones circulando, vendedores ambulantes guardando sus puestos.
Nadie, fuera de ese edificio, sabía todavía que en un cuarto barato del tercer piso había dos cadáveres que cambiarían varias vidas.
Y que el hombre al volante del taxi que se alejaba era ya, aunque aún no lo entendiera del todo, un doble homicida.
Los disparos desataron un efecto dominó.
En el edificio:
La vecina del tercer piso, con la mano en la boca, empujó la puerta entreabierta.
Vio la cama, las sábanas manchadas, los cuerpos inmóviles.
Retrocedió gritando.
Otro inquilino llamó al 911.
—Se escucharon balazos en el tercer piso. Hay dos personas que no se mueven.
En minutos, sirenas cortaron el bullicio del centro. Patrullas y ambulancia.
Los paramédicos subieron con camilla y maletines. Entraron al cuarto, revisaron signos vitales: nada. Declararon los decesos ahí mismo.
La policía municipal acordonó el área. Los curiosos se agolparon en la calle, tratando de ver algo por las ventanas.
En planta baja, el vigilante les dijo a los agentes:
—Vi salir a un hombre hace rato. Subió a un taxi del sitio tal. Traía cara de asustado.
Memorizó:
Modelo del taxi.
Color.
Número económico.
La información corrió por radio a las patrullas y al sistema del municipio. También al sitio de taxis.
En la escena, peritos criminalistas comenzaron el ritual técnico:
Fotos de la cama, de los cuerpos, de las posiciones.
Marcadores numerados junto a los casquillos.
Medidas de distancias, ángulos.
Ropa esparcida en el suelo.
Celulares en el buró.
Los teléfonos de Mariana y Rubén fueron embolsados y etiquetados.
En el vehículo, horas después, la policía detuvo un taxi que coincidía con la descripción.
Una patrulla reconoció el número. Encendió torretas. Le marcó el alto.
Juan Carlos, al ver las luces, pisó el acelerador. Intentó escapar por una calle lateral.
Otra patrulla le cerró el paso. Bloqueo.
Con pistola apuntando, los agentes le ordenaron bajar. Lo esposaron contra el cofre. Al revisar la guantera encontraron la pistola.
Cargador incompleto. Olor a pólvora reciente.
El arma fue asegurada.
La conexión, para los investigadores, era didáctica:
Casquillos en el cuarto.
Arma en la guantera.
Número de taxi reconocido.
Testigos que lo vieron entrar y salir del edificio.
En los días siguientes, el caso se fue armando pieza a pieza.
Peritajes y chats
En el departamento:
El perito en criminalística determinó que:
No había signos de forcejeo prolongado.
La mayoría de los disparos se hicieron a corta distancia.
Mariana y Rubén estaban en posición de supina, sin desplazamiento notable.
En el laboratorio:
El balístico comparó las estrías del arma con las de los casquillos. Coincidencia total.
En informática:
Extrajeron los chats de los celulares.
Lo que encontraron confirmó el contexto:
Meses de mensajes entre Mariana y Rubén con contenido afectivo:
“Te extraño.”
“Dios unió nuestros corazones.”
“Aprovechamos cuando él está de turno.”
Coordinación de citas en el mismo departamento del centro:
“Llego en 20, ya sabes, por la entrada de siempre.”
“Hoy no hay reunión, nadie sospecha.”
La noche del crimen:
Mariana a Rubén: “Ya salgo de la casa. Le diré que estoy con las hermanas.”
Mensaje a Juan Carlos: “Estoy en oración con las hermanas, no puedo hablar.”
La mentira quedó documentada.
Los investigadores también tocaron puertas en la colonia:
Vecinos: “El pastor siempre muy cerquita de Mariana.”
Compañero taxista: “Yo le dije que había visto al pastor con una mujer igualita a su esposa.”
Todo eso fue armando el relato oficial:
Un hombre, engañado por su esposa con el pastor que los casó, descubrió la mentira y fue armado a confrontarlos. Encontró la infidelidad en flagrancia y disparó.
Interrogatorios y versiones
En la mesa de interrogatorio, Juan Carlos pasó por varias versiones.
-
Negación:
—No estuve ahí. Solo coincidió que mi taxi pasaba por el centro.
Tras la presentación del arma y de los peritajes, esa línea se derrumbó.
-
Forcejeo:
—Fui a hablar con el pastor. Todo se salió de control. El arma se disparó.
Los peritos señalaron:
No había rasgos de lucha en el cuerpo de Juan Carlos.
Ningún rastro de forcejeo prolongado en la escena.
Múltiples disparos dirigidos, no uno accidental.
-
Emoción violenta:
—Sí, disparé. Pero fue porque los vi juntos. Se me nubló la vista. No recuerdo cuántos tiros. Estaba cegado.
Dijo:
Que se sintió humillado.
Que la imagen de la cama lo devastó.
Que en su cabeza sonaba la frase del pastor en la boda.
El Ministerio Público escuchó, pero recalcó:
Él tuvo tiempo de pensar entre la iglesia cerrada y el edificio.
Entre tomar el arma y subir las escaleras.
Entre escuchar risas y empujar la puerta.
Ninguno de esos momentos fue reacción instantánea. Había deliberación.
El juicio
Meses después, todo se trasladó al juzgado.
La prensa lo bautizó como “el caso del taxista que mató a la esposa y al pastor”.
En sala:
Juan Carlos con uniforme beige del penal.
La madre de Mariana con rostro devastado.
La esposa de Rubén, entre lágrimas, procesando a la vez la infidelidad y el asesinato.
La fiscalía presentó:
Peritajes físicos, balísticos, informáticos.
Testimonios de vecinos, del vigilante, de compañeros del sitio.
Mensajes proyectados en pantalla: citas, frases de amor, planes de encuentro.
La defensa buscó:
Presentar el caso como un crimen pasional.
Argumentar “emoción violenta” ante una traición extraordinaria.
Señalar que la conducta de Rubén había sido abusiva, aprovechando su posición de pastor.
Un psicólogo declaró que:
Juan Carlos tenía poca capacidad de manejo emocional.
Era un hombre bajo estrés permanente (económico, laboral).
Ver a su esposa con el pastor generó un colapso.
La fiscalía contraargumentó que nada de eso justificaba matar; que los celos no son atenuante legal.
El tribunal, tras escuchar y revisar todo, decidió:
Juan Carlos disparó consciente del daño que causaría.
Tomar el arma, buscar la dirección, confrontar armado, todo eso era parte de una cadena de decisiones.
No hubo legítima defensa. No hubo accidente.
La condena:
Más de 40 años de prisión por doble homicidio calificado.
En ese momento, en la sala, no hubo aplausos.
Solo silencio.
La madre de Mariana lloró. La esposa de Rubén también.
Ambas perdieron a alguien. Ninguna recuperó nada con la sentencia.
Juan Carlos escuchó la pena sin armar escenas. Solo bajó la cabeza.
Quizá, por primera vez, dimensionó que el disparo que sonó en ese cuarto del centro seguiría retumbando cuatro décadas en una celda.
Después del juicio, la historia dejó los titulares. Pero siguió viviendo en lugares pequeños.
En el penal, la vida de Juan Carlos se encogió.
Pasó de recorrer toda Puebla a caminar en círculos en un patio de concreto. Sus días se llenaron de:
Pases de lista.
Talleres de carpintería.
Comida de cazuela metálica.
Misas y cultos impartidos por internos y capellanes.
La ironía de escuchar a otros hablar de fidelidad, perdón y pecado no se le escapaba.
A veces asistía a los servicios por costumbre. A veces se quedaba en la celda, mirando el techo, repitiendo una y otra vez la escena de la puerta, la cama, los disparos.
En esas entrevistas con psicólogos del penal, repetía:
Que se arrepentía.
Que no debió sacar el arma.
Que no soportaba imaginarse a Mariana con Rubén.
Su arrepentimiento estaba atravesado por resentimiento:
Culpaba al pastor por “meterse donde no debía”.
Culpaba a Mariana por “no hablar antes”.
A veces se culpaba a sí mismo por “no ver la realidad a tiempo”.
En la colonia donde había vivido con ella, la casa no se quedó vacía para siempre.
La familia de Mariana la ocupó un tiempo. Luego, otra familia rentó. Muebles nuevos, risas nuevas, otra ropa colgando en el tendedero.
Para los vecinos, sin embargo, siguió siendo “la casa del taxista”.
Cuando pasaban por ahí, recordaban:
La boda sencilla.
Las fotos en la sala.
La ilusión de una pareja joven que muchos decían que “se veía bien”.
Un comentario recorría las reuniones:
“Nunca sabes lo que pasa dentro de las casas.”
La iglesia donde había predicado Rubén se fracturó.
Algunos fieles se alejaron, escandalizados.
Otros se refugiaron en congregaciones distintas.
Un pequeño grupo intentó seguir, insistiendo en que “la obra es de Dios, no del hombre”.
El nombre de Rubén quedó manchado.
Sus sermones grabados, donde hablaba de cuidar el matrimonio, sonaban ahora huecos, casi grotescos. Su esposa, lejos del púlpito, vivía con la carga doble de:
Haber sido engañada.
Haber perdido al padre de sus hijos en condiciones humillantes.
En la familia de Mariana, el duelo fue confuso.
Su madre lloraba a su hija, pero también lidiaba con los detalles de la infidelidad. No la canonizaba ni la condenaba del todo. La veía como una joven que:
Se sintió sola.
Buscó atención donde no debía.
Y terminó en una situación que nadie supo frenar.
En el edificio del centro, el departamento del tercer piso dejó de ser escena de crimen. Terminó desocupado un tiempo. Más tarde, alguien lo rentó de nuevo.
Los nuevos inquilinos tal vez nunca supieron.
Solo algunos vecinos antiguos, al pasar frente a esa puerta, bajaban la voz y decían:
“Ahí fue lo del pastor y la señora…”
Y el vigilante, ya más viejo, seguía recordando aquella noche en que un taxista le pidió información, subió las escaleras y luego bajó diferente.
En las charlas de taxi, de madrugada, el caso se volvió advertencia.
—¿Te acuerdas del de Puebla? —preguntaba alguno.
—Sí, el que agarró al pastor con la esposa.
—Pues sí, pero mira cómo terminó: allá adentro.
La lección se resumía en voz baja:
“Celos, pistola y coraje no mezclan.”
No hubo mensajes de “justicia divina”, ni moralejas de película. Solo vidas rotas.
Tres personas murieron en ese departamento.
Dos físicamente: Mariana y Rubén.
Una social y jurídicamente: Juan Carlos.
Alrededor, varias más tuvieron que aprender a vivir con:
La vergüenza del escándalo.
La rabia hacia los infieles.
El miedo a repetir patrones.
La historia no deja héroes.
Mariana no es mártir.
Rubén no es solo villano, aunque abusó de su posición.
Juan Carlos no es monstruo incoherente, pero tampoco víctima inocente.
Son seres humanos que:
Guardaron silencios.
Cruzaron límites.
Y, en el caso de él, eligieron la peor salida posible.
Si algo queda como recordatorio, es esto:
La traición duele. La humillación quema. Pero apretar un gatillo nunca repara lo perdido. Solo multiplica el daño.
Al final, todos pierden. Incluso el que dispara.
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