Me casé con el hombre perfecto, pero en nuestra luna de miel descubrí el oscuro secreto que guardaba en una habitación cerrada

El calor de junio en Mérida caía como un velo espeso sobre las casas de piedra blanca. En la calle 60, detrás de un portón de hierro oxidado, Catalina Uribe supo desde la primera noche que su esposo no era como los demás hombres. No porque tuviera algo extraño en el cuerpo, sino porque sus ojos la miraban como si ella fuera un objeto que él había comprado con derecho absoluto.
Mérida en 1896 era una ciudad de contrastes. La riqueza del henequén construía palacios, pero también escondía secretos detrás de muros gruesos. Catalina había conocido a Ezequiel Mendoza cinco meses antes. Era un hombre pálido, elegante, de modales europeos y una puntualidad obsesiva. Su padre, don Aurelio, quedó encantado. Ezequiel era el yerno ideal: rico, educado y sin vicios aparentes. El cortejo fue impecable. Ezequiel visitaba la casa tres veces por semana, siempre con flores blancas. Nunca de otro color. —El amarillo es demasiado vulgar —le dijo una vez a Catalina cuando ella expresó su gusto por los girasoles—. El blanco es pureza. Y tú eres pura.
Solo Mercedes, la hermana menor de Catalina, sintió el frío. —Hay algo en él que no me gusta —le susurró una noche—. Te mira como si fueras una muñeca que quiere guardar en una caja. Pero las dudas de una niña no detienen una boda conveniente. Se casaron un 15 de mayo sofocante. Ezequiel, vestido de negro impecable, no sudó ni una gota, mientras los invitados se derretían bajo el sol.
La casa de la calle 60, donde vivirían, era una fortaleza blanca sin adornos. Al entrar, el olor a encierro golpeó a Catalina. —Aquí estaremos seguros —dijo Ezequiel cerrando el portón con llave—. El mundo de afuera es peligroso, Catalina. Aquí nada te pasará.
La primera noche, Catalina se preparó para cumplir sus deberes de esposa. Se acostó en la cama matrimonial, temblando. Ezequiel entró, apagó todas las velas menos una y se sentó en una silla frente a ella. No la tocó. —Quiero memorizarte —dijo con voz suave—. Eres perfecta. Mía. Pasó la noche entera observándola dormir, inmóvil como una estatua.
Los días siguientes fueron una espiral de control silencioso. Ezequiel salía a trabajar, pero regresaba al mediodía para interrogarla. —¿Qué hiciste? ¿Miraste por la ventana? ¿En qué pensaste? Si Catalina admitía haber mirado a la calle, él se entristecía. —¿No te basta con tu hogar? ¿Por qué buscas afuera lo que tienes aquí? Le prohibió las visitas. Cuando Mercedes intentó verla, Ezequiel la corrió con una cortesía helada. —Catalina necesita adaptarse. No la perturbes.
Pero lo que más inquietaba a Catalina era la habitación al final del pasillo. La puerta siempre estaba cerrada con llave. —Era el cuarto de mi madre —le dijo Ezequiel—. Es sagrado. Prométeme que nunca intentarás entrar. Catalina lo prometió, pero la curiosidad y el miedo crecían. Josefa, la vieja criada que apenas hablaba, le contó la verdad en susurros temblorosos una tarde en la cocina. —La madre del señor no murió de enfermedad, niña. Murió de tristeza. Él la encerró. Decía que la amaba tanto que no podía dejarla salir. Ella se volvió loca. Tenga cuidado.
Ezequiel tuvo que viajar a Campeche por negocios. Fue la oportunidad que Catalina necesitaba. Esa misma tarde, forzó la cerradura de la habitación prohibida. El olor a flores podridas la golpeó. Las cortinas estaban cerradas. En el centro, sobre una mesa, había un altar macabro: un vestido blanco rodeado de velas apagadas y docenas de fotografías. Eran fotos de la madre de Ezequiel. Pero no eran retratos normales. Eran fotos robadas: ella durmiendo, ella llorando, ella mirando por la ventana con ojos de terror absoluto. Y junto a las fotos, un diario. Catalina leyó las últimas entradas con el corazón en la garganta: “Dice que es amor, pero es una prisión. No me deja respirar. Si no puedo ser libre, prefiero morir”.
Escuchó la puerta de la calle abrirse. Ezequiel había vuelto antes. Catalina corrió a su cuarto, pero él ya sabía. Siempre sabía. Entró a la habitación con una calma aterradora. —Entraste —dijo. No era una pregunta. —Ezequiel, déjame ir —suplicó ella—. Por favor. Él negó con la cabeza, con una tristeza fingida. —¿Por qué todas intentan irse? Mi madre también quiso irse. Tuve que enseñarle. Ahora tendré que enseñarte a ti.
Esa noche, Ezequiel puso un candado en la puerta de la habitación de Catalina. —Te quedarás aquí hasta que entiendas —le dijo a través de la madera—. Hasta que aceptes que me perteneces. Pasaron semanas. Catalina perdió la noción del tiempo. Comía lo que él le traía, escuchaba sus monólogos sobre el amor eterno y la posesión absoluta. Se estaba desvaneciendo, convirtiéndose en el fantasma que él quería.
Pero Catalina tenía algo que la madre de Ezequiel no tuvo: rabia. Una noche, fingió sumisión. Le dijo que había entendido, que lo amaba. Ezequiel, hambriento de esa entrega, bajó la guardia. Se acercó a la cama para besarle la frente. Catalina tenía un plato de sopa caliente en la mesa de noche. Se lo arrojó a la cara con todas sus fuerzas. Ezequiel gritó, llevándose las manos al rostro quemado. Catalina corrió. Bajó las escaleras como una exhalación, abrió el portón y salió a la calle gritando.
—¡Ayuda! ¡Me tiene prisionera! Los vecinos salieron. Mercedes, que vivía cerca y nunca había dejado de vigilar la casa, corrió a abrazarla. Ezequiel apareció en la puerta, rojo de furia y dolor. —¡Es mi esposa! ¡Está enferma! Pero ya nadie le creyó. La policía entró a la casa. Encontraron el cuarto de la madre, los diarios, las fotos. Encontraron la evidencia de una obsesión que había durado años.
Ezequiel fue arrestado. Días después, se ahorcó en su celda con su propia camisa. Dejó una nota para Catalina: “Si no puedes ser mía en vida, serás mía en mis pensamientos eternos. Nunca te dejaré ir”.
Catalina vivió. Nunca se volvió a casar. Abrió una escuela para niñas y les enseñó que el amor no es una jaula. Pero la historia no terminó ahí. Años después, cuando demolieron la casa de la calle 60, encontraron una caja de metal enterrada bajo los cimientos. Dentro había mechones de pelo de Catalina, cortados mientras dormía. Y una última foto, la más aterradora de todas. Era Catalina durmiendo en su cama, tomada desde la silla donde Ezequiel se sentaba a vigilarla. Y en el espejo del fondo, se veía el reflejo de él, sonriendo en la oscuridad. Al reverso decía: “Mi luna de miel eterna. Así te poseo cuando no lo sabes”.
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