“Nadie me va a querer”, susurró… y cuando alzó su blusa, yo me quedé
“No one wants to date me,” susurró.
Lo dijo en inglés, bajito, como si probar otro idioma le doliera menos que decirlo en español. Como si así pudiera fingir que no era su voz la que temblaba.
Estábamos en su cuarto. La luz de la lámpara era tibia, pero en su cara había una sombra que no venía de la noche. Venía de algo más viejo que cualquier oscuridad: la vergüenza.
Luego, sin mirarme a los ojos, levantó la blusa.
No fue un gesto rápido ni dramático. Fue lento. Como quien abre una puerta que ya sabe que trae un golpe detrás.
Yo me quedé inmóvil. No por sorpresa morbosa, sino por respeto. Por ese segundo en el que uno entiende que no está viendo piel: está viendo historia. Está viendo miedo.
Ella respiró hondo, como si se estuviera preparando para que yo me fuera.
Como si su cuerpo fuera una prueba final.
Como si en ese momento se decidiera si era “digna” o no de ser amada.
Y ahí, con la garganta apretada y el corazón en la mano, yo le dije lo único que me salió con verdad:
—No me voy a ningún lado.
No lo dije como promesa de película. Lo dije como una decisión adulta. Como cuando uno firma algo sin necesidad de aplausos.
Ella no respondió. Solo dejó caer la blusa otra vez, despacito, y se abrazó a sí misma, como quien se recoge después de haberse mostrado demasiado.
Fue en ese silencio donde supe que el amor, a veces, no empieza con un beso.
A veces empieza con quedarse.
La conocí meses antes de esa noche, en una tarde cualquiera que no parecía importante.
Nos presentaron en una reunión pequeña. Nada elegante. Unos amigos, café tibio, risas a medias. Ella estaba sentada en una esquina, escuchando más de lo que hablaba.
No era la típica persona que “entra” a un lugar para llamar la atención.
Ella entraba como pidiendo permiso.
Como si el mundo la hubiera entrenado para no estorbar.
Yo la vi y pensé: “Qué bonita manera de mirar.”
Porque sí, tenía unos ojos que te miraban con cuidado. No con intensidad de novela, sino con esa atención que se siente como un abrazo leve.
Platicamos un rato.
De cosas simples: el calor, el tráfico, una canción vieja que sonó en el fondo.
Se reía bajito. Y cuando se reía, parecía que por un momento se le olvidaba cargar lo que cargaba.
Me dio su número, pero no fue coqueta.
Fue práctica.
—Por si un día se te antoja un café —dijo.
Ese “por si” se me quedó clavado.
Porque había personas que te dicen “cuando quieras” como quien abre una puerta grande.
Y hay personas que te dicen “por si” como quien deja una ventana chiquita, por miedo a que entre demasiado aire.
Salimos a tomar ese café una semana después.
Se presentó puntual. Traía una blusa sencilla, el cabello recogido, maquillaje casi nada. Era bonita de una forma que no se esforzaba.
Pero había algo raro: estaba siempre “un poquito” tensa.
Como si cada gesto suyo estuviera siendo evaluado por alguien invisible.
Al principio pensé que era nervio por la cita.
Luego entendí que era otra cosa.
Nos reímos, platicamos, caminamos un rato por una calle con árboles. Ella me contó de su trabajo, de su mamá, de lo cansado que era lidiar con gente que no te escucha.
Yo le conté de mí, lo básico.
Todo iba bien… pero cada vez que la conversación se acercaba a temas personales, ella cambiaba el rumbo. Como si tuviera un mapa mental con zonas prohibidas.
A veces se le iba la mirada, como si recordara algo, y luego regresaba con una sonrisa que no llegaba por completo a los ojos.
Esa primera cita terminó con un “gracias” muy educado.
No hubo beso.
No hubo promesa.
Solo un abrazo breve, como de “fue bonito, pero hasta aquí”.
Y yo, en lugar de sentirme rechazado, sentí curiosidad.
No una curiosidad indiscreta.
Una curiosidad humana.
De la que nace cuando te das cuenta de que alguien está aprendiendo a existir otra vez.
En la segunda salida, me soltó la primera frase que me dejó pensando toda la noche.
Estábamos comiendo unos tacos tranquilos, de esos lugares donde la salsa pica y el señor de la plancha te pregunta “¿con todo?”.
Ella mordió despacio, limpió su boca con la servilleta, y de pronto dijo:
—No soy buena para esto de salir con alguien.
La miré.
—¿Para qué?
Ella se encogió de hombros.
—Para que me quieran… ya sabes.
Lo dijo riéndose, pero no era risa de verdad. Era risa de escudo.
Yo no supe qué responder. Uno cree que tiene palabras para todo, hasta que alguien te muestra una herida sin enseñártela todavía.
Solo le dije:
—A mí me gusta estar contigo.
Y ella asintió, como quien escucha algo lindo pero no lo cree del todo.
Ese fue el patrón por semanas.
Momentos buenos.
Risas sinceras por ratitos.
Y luego, de repente, ella se apagaba.
Nunca fue grosera.
Nunca me empujó.
Solo se retiraba hacia adentro.
Como si tuviera miedo de que si se acercaba demasiado, yo me diera cuenta de algo y me fuera.
Una tarde, caminando hacia su casa, vi que se detuvo frente a un espejo del pasillo del edificio. Se arregló la blusa, se acomodó el cabello, y se tocó el cuello como si le faltara aire.
—¿Todo bien? —le pregunté.
—Sí —dijo rápido—. Es que… no sé. Me siento rara.
Yo pensé en preguntarle más, pero me contuve.
A veces la gente no necesita que la interrogues. Necesita que la acompañes.
Ese día me invitó a pasar.
Yo entré y me sorprendió lo ordenado que tenía todo. Olía a jabón y a té. Había libros apilados y una cobija doblada con cuidado.
Era una casa donde se notaba que alguien se obligaba a seguir adelante.
Nos sentamos.
Platicamos de tonterías.
Y en un momento, como si algo se hubiera resbalado dentro de ella, dijo:
—Me da miedo que me veas… de verdad.
La miré con calma.
—Te estoy viendo.
Ella negó con la cabeza.
—No. Me ves así… como estoy vestida, como me arreglo. Pero no me has visto.
Me quedé callado, esperando. No por presión, sino por respeto.
Ella se levantó por agua, y cuando regresó traía los ojos brillosos.
—Perdón —dijo—. Se me va la onda.
La frase se quedó flotando.
“Que me veas de verdad.”
Ahí empezó mi lucha interna.
Porque yo quería saber, sí.
Pero no quería cruzar esa línea donde el amor se vuelve curiosidad.
Así que me hice una promesa silenciosa:
Voy a estar aquí, sin exigirle que se explique antes de tiempo.
Con los días, me fue contando pedazos, como quien deja migajas para ver si el otro se queda.
Me dijo que había vivido una etapa dura.
Que hubo hospitales.
Que hubo tratamientos.
Que hubo una palabra que cambia la manera de mirarte al espejo.
No dijo mucho más.
Yo no pregunté nombres médicos ni fechas. Solo asentí, la escuché, y le dije:
—Gracias por decirme.
Ella respiró como aliviada.
Y luego se apresuró a cambiar de tema, como si hubiera hablado demasiado.
Pero ya no era “nada”.
Ya era el inicio de algo.
Hasta que llegó esa noche.
No fue una noche romántica. No hubo velas. No hubo música.
Fue una noche común, y por eso dolió más.
Habíamos cenado algo sencillo. Ella estaba callada. Yo lo noté desde que abrió la puerta.
Me ofreció agua.
Se sentó.
Se quedó con las manos juntas, apretándose los dedos.
Su mirada no se quedaba quieta.
Parecía estar juntando valor para algo.
Yo le pregunté si estaba bien.
Ella asintió, pero su voz salió diferente:
—¿Tú… tú estás saliendo conmigo en serio?
La pregunta me sacudió, porque no era coqueta. Era desesperada, contenida.
—Sí —dije—. Estoy contigo en serio.
Ella tragó saliva.
—¿Por qué?
Esa palabra… “¿por qué?”… es el eco de alguien que no se siente merecedor.
—Porque me gustas —le dije—. Porque me haces sentir en paz. Porque contigo no tengo que actuar.
Ella cerró los ojos un segundo. Como si estuviera intentando recibir eso sin romperse.
Luego soltó una risa corta.
—Es que… —empezó— es que nadie se queda.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Quién se fue? —pregunté suave.
Ella no contestó de inmediato. Miró hacia el piso.
Y entonces lo dijo, pero no como queja. Como sentencia:
—No one wants to date me.
Ahí entendí que esa frase la había repetido sola muchas veces. En el espejo. En la ducha. En la cama antes de dormir.
Como si fuera un rezo al revés.
Yo me incliné hacia ella, tratando de encontrarle la mirada.
—¿Por qué dices eso?
Ella negó con la cabeza, y el gesto fue más fuerte que cualquier palabra.
—Porque cuando ven…
Se le quebró la voz.
Se quedó callada.
Yo esperé.
Y entonces, sin mirarme, levantó la blusa.
Fue un movimiento lento, tembloroso, lleno de dignidad y terror mezclados. Como si no quisiera dar lástima pero tampoco pudiera seguir fingiendo.
Yo vi lo que ella necesitaba que yo viera.
No voy a describirlo con morbo. No se trata de eso.
Basta decir que era la marca de una batalla real. Una batalla que le había cambiado el cuerpo y, con él, la manera de sentirse mujer, deseable, suficiente.
Ella se quedó inmóvil, esperando el golpe final: mi rechazo.
Como si el rechazo fuera lo “normal”.
Y yo, en ese segundo, sentí algo muy claro: la injusticia silenciosa de vivir pensando que tu valor depende de la mirada del otro.
No pude evitar que se me humedecieran los ojos.
No por lástima.
Por respeto.
Por coraje contra todo lo que le hicieron creer.
Ella se cubrió rápido, como arrepentida.
—Ya —dijo, casi en un suspiro—. Ya ves.
Y fue ahí donde yo le dije:
—No me voy a ningún lado.
Ella me miró por primera vez directo.
Como si buscara una mentira.
—No digas eso por… por bonito —susurró.
—No lo digo por bonito. Lo digo porque es verdad —contesté—. Y porque lo que te pasó no te quita nada. No te quita tu risa. No te quita tu mirada. No te quita lo que eres.
Ella apretó los labios. Se le movió la barbilla.
—Pero… —dijo— ya no soy igual.
—No —respondí—. No eres igual. Eres tú. Y eso es lo que yo estoy eligiendo.
Ella bajó la cabeza, y por fin lloró.
No como drama.
Lloró bajito, como lloran los que han aguantado demasiado.
Se tapó la cara con las manos, avergonzada, como si pedir cariño fuera una falta.
Yo no la jalé a la fuerza. No la abracé de golpe.
Solo me acerqué despacio y le puse la mano en el hombro, dándole opción, dándole control.
Ella se recargó en mí.
Y en ese silencio, yo entendí que mi papel no era “salvarla”.
Era acompañarla sin exigirle que fuera “fuerte” todo el tiempo.
Los días después no fueron mágicos.
Eso también hay que decirlo.
Porque la gente cree que con una frase bonita se cura todo.
No.
Una frase no borra años de miedo.
Pero sí puede ser el inicio de algo diferente.
Ella empezó a hablar más. A veces se abría y luego se arrepentía.
—Perdón, ya me puse intensa —decía.
Y yo le respondía:
—No estás intensa. Estás siendo honesta.
Hubo días en que se arreglaba con mucha ilusión y luego se miraba en el espejo y se apagaba.
Yo lo veía.
Y la tentación de decir “no te preocupes, estás perfecta” estaba ahí, pero entendí algo: a veces, decir “estás perfecta” no ayuda, porque suena a negación.
Así que empecé a decirle otra cosa:
—Te veo. Y me importas.
Es diferente.
Porque no le pedía que se sintiera bien. Solo le ofrecía presencia.
Hubo un momento que para mí fue un segundo giro, silencioso, pero importante.
Estábamos sentados en el sofá. Ella se volteó y me dijo:
—Yo pensé que iba a tener que escoger entre estar sola o estar con alguien que me aguante con cara de favor.
Esa frase me dolió.
—No quiero que estés conmigo por miedo a estar sola —le dije—. Quiero que estés conmigo porque quieres, porque te nace.
Ella respiró hondo.
—Y si un día te cansas…
La interrumpí, con calma:
—Si un día algo no funciona, lo hablaremos como adultos. Pero yo no me voy a ir por esto. No te voy a castigar por sobrevivir.
Ella se quedó quieta. Sus ojos se llenaron de lágrimas otra vez, pero ahora no era vergüenza.
Era alivio.
Y el alivio, cuando llega después de mucho tiempo, también duele.
La resolución de esta historia no fue una boda, ni un final perfecto, ni un “vivieron felices para siempre” de azúcar.
La resolución fue más real.
Fue justicia, pero no justicia de venganza.
Justicia íntima.
Justicia de esas que nadie aplaude pero que cambian una vida: la justicia de dejar de tratar el cuerpo de una mujer como mercancía.
La justicia de recordar que el amor no es premio para quien “cumple” con una imagen.
La justicia de mirar a alguien y decirle, sin ruido:
“Tu historia no te hace menos.”
Con el tiempo, ella dejó de decir esa frase.
“No one wants to date me.”
No porque el mundo cambiara de golpe.
Sino porque ella empezó a cambiar la forma en que se hablaba a sí misma.
Y sí, yo me quedé.
No como un héroe.
Como un hombre común que decidió no tener miedo de lo humano.
Hoy, cuando pienso en aquella noche, no recuerdo la escena como algo triste.
La recuerdo como un acto de valentía.
Porque levantar la blusa fue su manera de decir:
“Esto soy. Con esto vivo. ¿Te vas?”
Y mi respuesta no fue una frase romántica.
Fue una postura.
—No me voy a ningún lado.
Hay gente que cree que el amor se demuestra con grandes gestos.
Yo creo que el amor se demuestra quedándote cuando la otra persona te muestra lo que más le cuesta mostrar.
Y también se demuestra así:
sin prisa,
sin presión,
sin convertir el dolor en espectáculo.
Como se comparten las cosas sagradas.
Bajito.
Con respeto.
Con dignidad.
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