
En las tierras áridas de la frontera de Sonora, año del Señor de 1887, el viento arrastraba polvo y recuerdos de muertos. La hacienda de Las Ánimas ya no era más que vigas quemadas y paredes comidas por el sol; un esqueleto reseco de lo que alguna vez fue hogar. Sólo quedaba en pie un jacal humilde, y allí vivía doña Refugio Domínguez: viuda del finado Capitán Domínguez, abatido por los rurales tres años atrás. Tenía 32 años, la piel aún tersa, los ojos negros como obsidiana mojada y una tristeza más pesada que el luto riguroso que ya casi no usaba.
Una tarde de finales de septiembre, cuando el calor aflojaba y los coyotes empezaban a cantar a lo lejos, dos jinetes aparecieron en el horizonte. Venían del norte, de las sierras donde los apaches chiricahuas todavía desafiaban a México y a los Estados Unidos. Eran altos como pinos, anchos de hombros, con el torso desnudo brillando de sudor y grasa de oso. Llevaban rifles Winchester cruzados a la espalda, cuchillos de desollar en la cintura y el cabello largo, negro, trenzado con plumas de águila.
El más joven, de unos 28 años, se llamaba Nissoni: en su lengua, “hermoso”. El otro, cercano a los 40 inviernos, era Goklaya: primo del gran Jerónimo, temido en tres territorios. Los dos medían más de seis pies y medio sin botas; sus brazos parecían troncos de mezquite. Refugio los vio llegar desde la puerta del jacal. No tuvo miedo: en aquellos años, una mujer aprendía a reconocer la muerte montada a caballo. Sacó la escopeta de dos cañones que guardaba detrás de la puerta, pero no la cargó. Algo en la forma en que los apaches miraban la casa sin saquear, sin quemar, le dijo que no venían por guerra.
Desmontaron con calma. Nissoni llevaba una cicatriz que le cruzaba el pecho como un río rojo seco. Goklaya tenía los ojos de un halcón que ha visto demasiados cadáveres. Permanecieron de pie frente a la viuda sin hablar al principio. El silencio pesó hasta que Goklaya, con voz grave que parecía brotar de la tierra misma, habló en español aprendido en las misiones: “Mujer, llevamos seis lunas sin conocer el calor de una mujer. Seis lunas sin el consuelo de un abrazo femenino. Nuestras mujeres quedaron atrás en las montañas. Los soldados las mataron o las llevaron. Nosotros huimos. Ahora estamos solos.”
Nissoni asintió, sin apartar los ojos del escote de luto —desabrochado por el calor— que Refugio llevaba. “Seis meses sin compartir lecho con mujer alguna”, repitió, más joven, más directo. “Y tú estás sola también. Lo vemos en tus ojos.” El corazón de Refugio le golpeó las costillas. No era miedo; era otra cosa. Algo dormido desde que enterró a su marido en el panteón de Bacadechi. “¿Y qué quieren de mí, pues?”, preguntó, con la voz firme a pesar del temblor en las piernas.
Goklaya dio un paso adelante. El suelo pareció temblar. “No queremos tomar por la fuerza. Los apaches no forzamos a ninguna mujer. Te ofrecemos trato: nosotros te protegemos. Nadie te tocará más: ni rurales, ni bandidos, ni los jáquis que bajan rabiosos. A cambio, tú nos das el consuelo que un hombre necesita cuando lleva medio año con la muerte por compañera y no ha sentido ternura alguna.” Refugio soltó una risa seca, amarga: “Dos gigantes apaches pidiéndome permiso como señoritos de hacienda. El mundo se está volviendo loco.”
Nissoni sonrió por primera vez; tenía los dientes blancos como maíz nuevo. “No somos señoritos. Somos hombres que saben que una mujer manda en su cuerpo. Y también sabemos que llevas tres años durmiendo con fantasmas. Tres años sin que nadie te abrace fuerte ni te recuerde que estás viva.” El viento movió la falda negra de Refugio. Recordó las noches en que se abrazaba sola bajo la cobija, mordiéndose los labios para no gritar el nombre de un muerto. Recordó el vacío.
“¿Y si digo que no?”, preguntó al fin. “Nos vamos”, dijo Goklaya simplemente, “y nunca volveremos. Pero si dices que sí, esta noche cenamos contigo y después, lo que tú quieras; nada que tú no quieras.” La viuda miró los caballos, miró los rifles, miró los cuerpos de aquellos hombres tallados por los dioses antiguos de la montaña. Y sintió algo que no sentía desde antes de la guerra: deseo puro, animal, sin culpas. “Pasen”, dijo al fin, abriendo del todo la puerta. “Pero primero se bañan. Huelen a muerte y a sudor de caballo. Tengo una tina de cobre y agua del pozo. Y hay frijoles con chile colorado. Después veremos.”
Los apaches sonrieron como niños grandes. Entraron al jacal. La puerta se cerró.
La luna llena de septiembre bañó las tierras de Sonora con plata fría. Dentro del jacal, Refugio calentó agua en el fogón. Los guerreros se quitaron las pocas ropas que traían: sus cuerpos eran mapas de batallas, cicatrices de bala, de lanza, de cuchillo. Nissoni tenía tatuajes de serpientes emplumadas en los brazos. Goklaya llevaba el símbolo del rayo en el pecho. Refugio los miró sin pudor mientras echaba agua caliente en la tina; nunca había visto hombres así. Su marido había sido alto, sí, pero delgado, casi frágil al final, consumido por la tisis. Estos eran montañas con vida.
Primero se metió Goklaya. El agua apenas le llegaba a la cintura. Refugio le llevó jabón de cebo y una esponja de ixtle. Él la tomó de la mano y la sentó en el borde de la tina. “Lávame tú”, dijo, “quiero sentir tus manos antes de sentir todo tu cariño.” Ella obedeció. Al principio sus manos temblaron; pronto se hicieron firmes. Recorrió el pecho ancho, los hombros, el vientre duro como piedra. Cuando llegó más abajo, sintió la fuerza del deseo y tragó saliva. Nissoni miraba desde la puerta, apoyado en el marco, con los ojos llenos de fuego.
Cuando terminó con Goklaya, fue el turno de Nissoni. El más joven ardía de impaciencia. El contacto encendió también el cuerpo de Refugio; hacía tanto tiempo. Luego cenaron en silencio: frijoles, tortillas recién hechas, carne seca que los apaches trajeron, y mezcal que Refugio guardaba desde la muerte de su marido. Bebieron y se miraron. El aire estaba cargado de promesas.
Refugio se levantó y fue al cuarto. Los dos guerreros la siguieron como lobos. La cama, de madera de mezquite, tenía un colchón de lana que crujió bajo el peso de los tres cuerpos. Primero la besó Goklaya: labios con mezcal y tabaco, manos grandes que le quitaron el vestido negro como si fuera papel. Nissoni se encargó del corsé y de las enaguas. En minutos, Refugio estaba desnuda, temblando no de frío, sino de ganas. Nunca había estado con dos hombres a la vez. Nunca imaginó que pudiera ser así.
Goklaya la tomó por la cintura y la atrajo con ternura y fuerza. La unión fue lenta, poderosa. Un gemido profundo le brotó de puro gozo. Nissoni se colocó detrás, besándole la espalda, acariciándola, hasta que ella, en un arrebato, susurró: “También tú… los dos. Quiero sentirlos a los dos, completamente.” Nunca lo había hecho así. El primer instante fue intenso; enseguida llegó un placer inmenso que la llenó entera. Aquella noche, el jacal de Las Ánimas se pobló de susurros en español y en apache, de caricias apasionadas, de sudor y de vida regresando a un cuerpo que se creía muerto. Durmieron los tres juntos, enredados como raíces.
Al amanecer, Refugio despertó primero. Los miró dormir. Hermosos en su fuerza salvaje. Pensó en su marido y no sintió culpa. La vida sigue y a veces llega de la forma más inesperada. En los meses siguientes, los dos apaches se quedaron. Arreglaron la hacienda, levantaron lo caído, apuntalaron paredes. Ahuyentaron y dieron muerte a bandidos que venían a robar. Enseñaron a Refugio a disparar el Winchester, a limpiar y cargar, a apuntar sin temblor. Y cada noche, los tres se amaban como si el mundo fuera a acabarse al día siguiente.
El rumor llegó un día, recio como trueno: el ejército mexicano y scouts apaches renegados venían por Goklaya y Nissoni. Los querían muertos o encadenados. Al oírlos, el silencio del jacal se volvió espera. Refugio no dudó. “Váyanse”, les dijo con lágrimas. “Pero antes… una última vez.”
Se entregaron en el corral, bajo el sol del mediodía, sin importar quién pudiera ver. Fue feroz y tierno a la vez; despedida y promesa. La tierra caliente, el olor a mezquite, la respiración al unísono. Cuando los guerreros montaron sus caballos, Refugio les dio un beso a cada uno: “Vuelvan cuando puedan. Esta casa siempre será de ustedes… y yo también.” Goklaya le puso en la mano un collar de garras de oso: áspero, poderoso, talismán. “Cuando nos veas otra vez, mujer, será para quedarnos para siempre o para morir juntos.”
Se fueron hacia las sierras. El polvo los tragó. El horizonte quedó vacío como una cicatriz. Refugio se quedó en la puerta del jacal, con el collar apretado y la mano en el vientre —una intuición secreta ya palpitaba. El viento de Sonora llevó un eco que parecía traducirse en lengua apache: pronto.
El rumor de la caza siguió. El ejército avanzaba, los renegados husmeaban cañadas, trenzas negras siguiendo rastros en la arena. Refugio, sola, sostuvo la hacienda. Sabía usar el Winchester, medir el agua del pozo, trocar carne seca y chile por sal y tabaco con arrieros que pasaban cada luna. La cama guardaba el olor de los tres. Las paredes, las sombras de la luna plateada. Y el corral, el sonido de un adiós que fue promesa.
Nueve meses después, nació un niño fuerte de ojos negros y piel cobriza. Lo llamó Santiago Nissoni Domínguez: un nombre que hilaba la sangre del Capitán con la de los hombres de la sierra. El primer llanto fue como un grito de victoria del desierto. Las manos de Refugio —curtidas por mezquite y agua de pozo— sostuvieron al pequeño con delicadeza nueva. En el jacal, la vida había vuelto con forma de hijo.
Las noches de luna llena se volvieron rito. Refugio salía al corral, miraba hacia las montañas y susurraba: “Vuelvan pronto, mis gigantes. Aquí los espero con los brazos abiertos… y el corazón también.” En las sierras, dos guerreros apaches miraban hacia el sur y decían, sonriendo: “Pronto, hermano… pronto volveremos con nuestra mujer.” En el desierto, el amor a veces llega vestido de guerra y se queda para siempre.
La hacienda de Las Ánimas siguió en pie por la voluntad de una mujer y el recuerdo de dos hombres de montaña. Refugio dejó de usar el luto; eligió llevar el collar de garras de oso sobre la blusa, cerca del pecho. El Winchester colgado tras la puerta, la tina de cobre brillante, el fogón con olor a frijoles y chile. El jacal guardaba tres voces: la grave de Goklaya, la joven de Nissoni, la firme de ella. Y ahora, una cuarta: la del niño, Santiago, que crecía entre mezquites, oyendo cuentos de sierras y águilas.
No llegaron cartas ni señales de guerra ganada; el desierto no escribe su historia con tinta, sino con arena y viento. A veces, arrieros traían noticias: que Jerónimo negociaba, que columnas de soldados subían, que unos pocos apaches cruzaban a Arizona buscando tregua. Refugio escuchaba y volvía al corral, al mismo punto donde la luna plateaba el mezquite y el horizonte se hacía promesa. “Vuelvan”, decía. “Esta casa es de ustedes.”
Pasaron estaciones. El niño aprendió a caminar descalzo, a oler la lluvia antes de que caiga, a distinguir el canto del coyote del aullido del viento. Aprendió a decir “mamá” y a palpar el collar de garras de oso con respeto de sangre. Refugio le contó quién era su padre —el Capitán— y quiénes eran los hombres que la salvaron del miedo y la guerra con su ternura valiente. Le enseñó que hay amores que llegan con rifles Winchester y tatuajes de serpientes, y aun así son hogar. Que hay despedidas que son principios. Que hay noches en que el desierto, bajo la luna, guarda los nombres de quienes deben volver.
Una tarde, cuando el sol lamía las cumbres y el niño dormía con el brazo sobre el rostro, Refugio se sentó en la puerta del jacal. Miró el camino al norte: una línea de polvo, un susurro de posibilidades. Cerró los ojos y vio a Goklaya acercarse, grave, con el rayo en el pecho brillando; a Nissoni sonriendo con dientes de maíz nuevo. Abrió los ojos y el camino estaba vacío. Sonrió de todos modos. La esperanza en Sonora no es ingenua: es terca. Se clava como mezquite en tierra reseca.
Esa noche, la luna llenó el corral de plata. Refugio, con el collar sobre la piel, susurró: “Pronto.” El viento respondió con olor a montaña. Y allá lejos, donde la sierra guarda secretos, dos sombras altas pararon sus caballos, miraron de nuevo hacia el sur y repitieron, para la noche y para sí mismos: “Pronto.”
Porque en el desierto —donde el polvo trae memoria y el amor se disfraza de guerra— hay historias que no se acaban: se quedan. En una casa de adobe, con un Winchester detrás de la puerta, una tina de cobre y un niño de ojos negros, el corazón de una viuda late al ritmo de una promesa. Y en las sierras, dos guerreros apaches llevan esa promesa atada al cabello trenzado con plumas de águila. Cuando se encuentren —sea para quedarse para siempre o para morir juntos— el desierto sabrá que, alguna vez, el amor llegó vestido de guerra… y decidió quedarse.
News
El peso de los puños rotos
El peso de los puños rotos El aire dentro del Olympic Auditorium de Los Ángeles, aquel 15 de marzo de…
En el estacionamiento del aeropuerto de la Ciudad de México, encontré a mi hija dormida dentro de su coche junto a sus gemelos. Le pregunté: —¿Dónde están los ocho millones de pesos (150 mil dólares) que invertí en tu startup? Rompió en llanto. —Mi esposo y su familia se llevaron todo… me hicieron pasar por loca. Sentí que se me nublaba la vista. —Recoge tus cosas —le dije—. Vamos a arreglar esto ahora mismo.
En el estacionamiento del aeropuerto de la Ciudad de México, encontré a mi hija dormida dentro de su coche junto…
Lo dejaron plantado en el altar, y él se casó con su esclava que tanto lo amaba…
Lo dejaron plantado en el altar, y él se casó con su esclava que tanto lo amaba… Ella lloraba escondida….
El peso de lo invisible
El peso de lo invisible Don Esteban Montoya entendía el silencio mejor que nadie. En su mundo, el ruido solía…
La herencia del silencio: El precio de un hilo suelto
La herencia del silencio: El precio de un hilo suelto El calor en Cuernavaca siempre ha tenido una textura particular;…
El eco de una sonrisa perdida
El eco de una sonrisa perdida Catalina Reyes creía en el poder de las imágenes. Durante una década, su agencia…
End of content
No more pages to load






