Ernesto Alonso: ¿”El Señor Telenovela” o Brujo? El Secreto del Sótano con Estatuas del DIABLO.

7 de agosto de 2007, Polanco, Ciudad de México. Mientras el país dormía, un hombre que había controlado durante décadas lo que millones de personas veían cada noche en televisión, dejó de respirar. No hubo sirenas, no hubo cateos, no hubo un arresto espectacular, solo médicos firmando un acta y una casa cerrando sus puertas. El nombre en ese documento era Ernesto Alonso. Para el público, el señor telenovela. Para quienes lo conocieron de cerca, algo mucho más incómodo de nombrar, porque durante años, mientras México lo celebraba como el arquitecto del melodrama, comenzaron a circular historias que nadie se atrevía a confirmar en voz alta.
un sótano al que casi nadie tenía acceso, objetos que no eran decorativos, un cuadro que no se quedaba colgado y una obsesión por el mal que no se limitaba a los guiones. No, esto no es una leyenda urbana más, es un rompecabezas construido con testimonios, silencios, fechas y decisiones que hoy vistas en conjunto dibujan una figura inquietante. En 1983, cuando el país seguía siendo profundamente católico, Ernesto Alonso llevó algo inédito al horario estelar. El maleficio, satanismo, pactos, invocaciones, un demonio con nombre propio, no como insinuación, sino como eje central de una telenovela.
Las protestas llegaron, los sacerdotes alzaron la voz, los actores rezaban antes de grabar y aún así la producción siguió adelante porque cuando Ernesto Alonso tomaba una decisión no había marcha atrás. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, el origen de su obsesión por el control y el momento exacto en el que el éxito dejó de ser suficiente. Segundo, los rumores persistentes sobre un supuesto pacto y los viajes a lugares donde la fe y la brujería conviven sin pedir permiso.
Tercero, como las tragedias más duras no golpearon su carrera, sino a su familia, a sus hijos adoptivos, a su vida íntima. Y cuarto, ¿por qué incluso después de su muerte su imagen regresó a la pantalla como si se negara a desaparecer? Te voy a avisar cuando lleguemos a cada una, pero antes necesitas volver al principio. Al niño que creció en un México rígido, aprendiendo que la autoridad se impone y que la sensibilidad es una debilidad. Porque ahí, mucho antes del sótano, del demonio y del silencio, empezó a formarse el hombre que convirtió la oscuridad en espectáculo y el poder en religión.
Todo comenzó lejos del poder, muy lejos del ruido de los foros, de las luces, de los aplausos y del miedo que provocaría su nombre décadas después. 28 de febrero de 1917. Aguas Calientes, México. Un país que todavía no terminaba de curar las heridas de la revolución, recibe a un niño llamado Ernesto Alonso. No nació en la miseria absoluta, pero tampoco en el privilegio cómodo. Nació en un México rígido, jerárquico, donde el orden lo era todo y la obediencia no se cuestionaba.
Su familia era conservadora, estructurada, marcada por una idea clara del deber. En casa no se hablaba de emociones, se hablaba de disciplina, de respeto, de no fallar. Desde muy temprano, Ernesto aprendió algo que lo acompañaría toda la vida. El mundo no premia a los sensibles, premia a los que controlan. Y él no estaba dispuesto a ser controlado por nadie. En los años 20 y 30, mientras otros niños jugaban en la calle, Ernesto observaba. Miraba como los adultos imponían silencio con una sola mirada, cómo el miedo funcionaba mejor que los gritos, como la autoridad no necesitaba explicarse, se ejercía.
Ese aprendizaje temprano fue más importante que cualquier escuela. A finales de los años 30, siendo todavía muy joven, se trasladó a la Ciudad de México. Era 1937, la capital herbía. El cine mexicano estaba en plena transformación y comenzaba a convertirse en industria. Para Ernesto, ese mundo no representaba solo arte, representaba poder, influencia, permanencia. Entró al cine como actor, participó en películas, compartió créditos, aprendió los códigos desde adentro, pero algo no encajaba. Actuar significaba obedecer órdenes, esperar turnos, depender de decisiones ajenas y eso lo incomodaba profundamente.
Muy pronto entendió que la verdadera fuerza no estaba frente a la cámara, sino detrás. En los años 40 y 50, mientras el cine de oro mexicano alcanzaba su punto más alto, Ernesto Alonso comenzó a moverse con cuidado quirúrgico. Observaba a los productores, aprendía cómo se cerraban tratos, cómo se construían carreras y, sobre todo, cómo se destruían cuando alguien dejaba de ser útil. El espectáculo era brillante por fuera, pero cruel por dentro. y él decidió dominar ese juego antes de que el juego lo devorara.
Trabajó con figuras clave del cine mexicano. Vio de cerca como el talento sin protección se extinguía, como los actores envejecían y eran reemplazados sin piedad. Ahí nació una obsesión silenciosa. No desaparecer, no convertirse en un nombre olvidado en un archivo polvoriento. Ernesto no quería ser recordado. Quería seguir mandando incluso cuando ya no estuviera visible. Mientras muchos artistas buscaban amor, reconocimiento o aplausos, él buscaba algo distinto, control absoluto de los tiempos, de las historias, de las personas. y entendió que la televisión, ese medio que apenas comenzaba a infiltrarse en los hogares mexicanos, sería la herramienta perfecta.
La televisión no solo entretenía, educaba, moldeaba, hipnotizaba, entraba directamente en la intimidad de las familias y quien controlara ese medio controlaría algo mucho más profundo que el gusto del público. Controlaría su imaginación. Para finales de los años 50 y principios de los 60, Ernesto Alonso ya había tomado una decisión definitiva. Dejaría de ser una pieza del engranaje para convertirse en el ingeniero que lo diseñaba. Abandonó progresivamente la actuación y se volcó a la producción. No fue un salto inmediato, fue una transición fría, calculada, sin sentimentalismos.
En ese proceso también se fue quedando solo. Nunca construyó una familia tradicional, no tuvo hijos biológicos. Las relaciones personales siempre parecieron secundarias frente a su proyecto mayor. Algunos lo atribuían a discreción, otros a secretos. Lo cierto es que Ernesto prefería los vínculos que podía administrar, las personas que no cuestionaban, las que entendían que el precio de estar cerca de él era el silencio. A mediados de los años 60, cuando ya comenzaba a tener poder real dentro de la industria, algo en su mirada había cambiado.
Quienes lo conocieron entonces lo recuerdan como un hombre elegante, educado, pero distante. Nunca levantaba la voz, no hacía falta. Bastaba una pausa, un gesto, una llamada que no llegaba. Así aprendió a gobernar. Este no es todavía el Ernesto Alonso que provocaría miedo. Este es el hombre que se estaba preparando, el que entendía que para dominar un imperio primero había que vaciarse por dentro. El que aprendió que el control no nace del amor, sino de la ausencia de él.
Porque antes del pacto, antes del sótano, antes del demonio, hubo algo más simple y más peligroso. Un niño que decidió que jamás volvería a estar a merced de nadie y que estaba dispuesto a pagar cualquier precio por cumplirlo. Hay un momento en la vida de ciertas personas en el que el poder deja de ser una meta y se convierte en una necesidad física como el aire. Y cuando eso ocurre, ya no basta con talento, ya no basta con trabajo, ya no basta con disciplina.
Se necesita algo más, algo que no se pueda explicar en una junta de producción ni en una entrevista elegante. Algo que solo se busca cuando el miedo a perderlo todo es más grande que el miedo a cruzar una línea. A finales de los años 70, cuando Ernesto Alonso ya entendía los engranajes internos de la industria y empezaba a moverlos con la precisión de quien no duda, comenzó a circular un rumor que siempre regresaba al mismo lugar, como una mosca obsesiva.
Veracruz, Catemaco, el territorio donde México mezcla devoción católica con brujería ancestral, sin pedirle permiso a nadie. Un sitio donde las velas y los rezos no se contradicen con los amarres, donde la fe convive con el miedo como si fueran familia. No hay actas oficiales de lo que pasó ahí. No hay fotografías para presumir, no hay declaraciones grabadas. Lo que existe son versiones repetidas durante décadas por gente que jura haberlo escuchado de primera mano, por visitantes que entraron a su casa y salieron con la sensación de que habían visto algo que no debía contarse.
Según esas versiones, Ernesto Alonso no viajó por curiosidad folclórica, no fue de turista. Fue cómo va un hombre cuando siente que el éxito no le pertenece, cuando sospecha que la fama es un animal salvaje que en cualquier momento puede morderle la mano. Dicen que conoció a una mujer, una supuesta bruja de origen cubano, alguien que hablaba con una calma que ponía nervioso a cualquiera. No la describen como caricatura, sino como algo más inquietante, más normal de lo que uno quisiera.
una mujer que no gritaba, que no hacía espectáculo, que escuchaba y que cuando hablaba lo hacía como si ya supiera lo que él venía a pedir antes de que él lo dijera. Y aquí es donde la historia se oscurece de verdad, porque según los relatos, Ernesto no pidió un éxito más. No pidió una telenovela hit, no pidió un premio, pidió control, pidió permanencia, pidió poder absoluto dentro de una industria donde los ídolos envejecen y se desechan como utilería.
Pidió que nadie pudiera tocarlo, que nadie pudiera reemplazarlo, que su nombre fuera ley, aunque él no estuviera en la habitación. Pero toda petición en ese tipo de relatos siempre viene con una condición. Y la condición, dicen, fue simple y brutal. Si quieres que el poder no te abandone, tienes que alimentarlo, tienes que expandirlo, tienes que convertirlo en contagio. No basta con poseerlo, hay que difundirlo. Y no hay mejor amplificador que una pantalla encendida en millones de casas.
Guarda este detalle porque aquí nace la idea que cambia todo. La telenovela no como entretenimiento, sino como ritual masivo. Una ceremonia nocturna repetida capítulo tras capítulo, metida en la sangre del país sin que el país se dé cuenta. Y entonces, como si el destino hubiera estado esperando el momento exacto, llega 1983, el año en que México, todavía profundamente católico, se sienta en su sala y mira algo que nunca había visto en horario estelar. El maleficio no era solo una historia de brujería, era una provocación, era una puerta abierta, era un espejo oscuro puesto frente a millones de ojos.
Y alrededor de esa producción comenzaron a multiplicarse las historias que no se cuentan con ligereza. El cuadro, el demonio Bael, el incolgable. Gente diciendo que se caía solo, que no se quedaba quieto, que la mirada parecía distinta según quién lo viera, que la atmósfera en el set se volvía densa como si el aire se espesara. Algunos lo atribuyeron a su gestión colectiva, a nervios, a paranoia alimentada por el tema. Otros juraron que no era eso, que había algo más, que había una intención, que Ernesto Alonso no estaba jugando con símbolos, que los entendía demasiado bien.
Y con el paso de los años, esa sospecha se volvió más venenosa, porque comenzaron a sumarse nombres y frases sueltas, acusaciones lanzadas como piedras desde la sombra. Se mencionó a Pedro Romero hablando de un supuesto sacerdocio satánico. Se mencionó una supuesta secta llamada Luz Bella. Se habló de redes, de ceremonias, de gente del espectáculo involucrada. Nada fácil de probar, todo demasiado fuerte para decirlo con la seguridad de un expediente, pero lo suficientemente insistente como para que el rumor no muriera.
Y mientras el país consumía ese miedo como si fuera ficción, Ernesto Alonso seguía construyendo su imperio con una calma que parecía blindada, como si ya supiera que la televisión podía convertir cualquier sombra en costumbre, como si ya hubiera aceptado que el precio del poder no se paga en público, sino en privado, en silencios, en pérdidas, en cosas que se rompen dentro de una casa cuando las cámaras se apagan. Porque si ese pacto fue real o solo una metáfora del hambre de control, hay un dato que nadie puede negar.
Después de esa época, las tragedias comenzaron a tocar lo más íntimo y cuando el poder se cobra, casi nunca empieza por el negocio, empieza por la familia. Hay una idea que se repite siempre cuando se habla de hombres como Ernesto Alonso, que el poder lo protege, que el éxito lo blinda, que la influencia funciona como una muralla contra la tragedia, pero la vida tiene un punto ciego, uno que ningún productor, ningún magnate y ningún señor de nada puede controlar.
Ese punto ciego es la familia. Y cuando el precio empieza a cobrarse, rara vez lo hace en la oficina, lo hace en la sala, en la mesa, en el teléfono que suena de madrugada, en el silencio que se instala para siempre. Ernesto no tuvo una familia como la entendía el México tradicional. No fue el hombre de la foto perfecta, la esposa sonriente y los hijos alineados en una fila. Su vida íntima se construyó de otra manera, más frágil, más silenciosa y, por eso mismo peligrosa.
Adoptó, buscó herederos, buscó continuidad, buscó dejar algo que respirara cuando él ya no estuviera. Y ahí, justo ahí es donde la historia se vuelve más amarga, porque hay decisiones que nacen del amor, sí, pero también nacen del miedo, del miedo a desaparecer, del miedo a morir solo, del miedo a que el poder se apague y nadie lo recuerde. Lupita fue una de esas presencias que, según quienes conocieron el entorno, él amó con una intensidad que no mostraba en público y por eso su pérdida fue una fractura brutal, no una pérdida elegante, no una pérdida que se explica en un comunicado.
Fue un golpe seco de esos que parten la vida en dos. Lupita murió en un accidente automovilístico y con esa muerte, según se cuenta, algo en Ernesto cambió para siempre. Porque el dolor no solo le quitó a una hija, le recordó que la vida no negocia con la fama, que el destino no firma contratos con Televisa, que el control absoluto es una ilusión que se sostiene mientras no llega a la tragedia. guarda este detalle, porque después de esa pérdida, él no se volvió más humano hacia afuera, se volvió más hermético, más cerrado, más obsesivo, como si en lugar de aceptar el dolor hubiera decidido encerrarlo bajo llave.
Y entonces vino la otra historia, la que no se cuenta con música de fondo, sino con incomodidad. Juan Diego, el otro hijo adoptivo. Y aquí el relato se vuelve complejo porque no estamos hablando de una muerte inmediata, sino de un desgaste, de una ruptura lenta, de esas que se sienten como un incendio que no hace ruido, pero lo quema todo. Juan Diego construyó su vida, se casó, se separó y en medio de esa separación apareció un nombre que en esta historia es una herida constante.
Teresa Anaya. Tere, para los cercanos. Lo que se dice, lo que se repite en versiones y testimonios es que Ernesto Alonso tomó partido, no por su hijo, por la exnuera. Y esa elección, más que un gesto familiar, se sintió como una sentencia. Porque cuando un hombre como él decide a quién protege, no lo hace como un padre común, lo hace como alguien acostumbrado a imponer realidad. Y esa decisión abrió una grieta que ya no se cerró. Imagínalo, un hijo adoptivo que crece bajo la sombra del hombre más poderoso de las telenovelas, intentando ser algo propio,
intentando respirar por sí mismo y de pronto descubriendo que el afecto también puede ser un territorio de control, que incluso en lo íntimo la lealtad se mide, que incluso en lo familiar hay castigos que no se nombran pero se aplican. La ruptura con Juan Diego fue definitiva, según las versiones. Y más tarde, cuando él murió por problemas de salud, el golpe volvió a sentirse como una ironía cruel. Porque Ernesto, el hombre que buscó herencia y continuidad, terminó viendo cómo ese linaje adoptivo se apagaba frente a él.
Lupita primero, Juan Diego después. Y lo que quedó no fue una dinastía, fue una ausencia. Se dice que Ernesto crió a su nieto tras la muerte de Lupita. Ese gesto, si fue así, revela algo que pocas veces se menciona de él, que bajo el poder había una necesidad desesperada de familia, de sentido, de pertenencia, pero también revela algo más inquietante, que cada intento de construir afecto terminaba marcado por la tragedia, como si lo íntimo fuera el terreno donde el destino se desquitaba.
Y mientras todo eso ocurría, su vida sentimental siguió envuelta en sombras. Se habló de una relación conflictiva con Carlos Piñar. Se mencionaron rumores con Eduardo Yáñez, versiones que giraban entre mentoría, cercanía y negaciones públicas. Nada que pueda afirmarse como expediente, pero sí lo suficiente para entender el patrón. Ernesto vivía rodeado de gente y aún así se aislaba. Construía imperios hacia afuera, pero hacia adentro cada vínculo parecía terminar en ruptura, pérdida o silencio. Y entonces llegas al punto más frío de todos, la soledad como desenlace.
Porque cuando un hombre pierde a quienes iban a sobrevivirlo, cuando rompe con quien debía llamarlo padre, cuando el amor se vuelve un rumor y la familia se vuelve un duelo, el poder deja de brillar, se vuelve un cuarto sin aire. La pregunta que queda es simple y brutal. Si el control era su religión, ¿qué sucede cuando la vida le arrebata lo único que no se puede producir, no se puede editar y no se puede regrabar? la familia, la sangre, la presencia real.
Y aquí es donde el relato debe avanzar hacia el lugar que más asusta, porque cuando el dolor no se procesa, se transforma. Y en el caso de Ernesto Alonso, según los rumores que lo persiguieron durante décadas, ese dolor no se habló, se encerró, se guardó, se llevó a una casa y quizá a un sótano. Hay casas que no son solo casas, son extensiones del poder de quien las habita. Espacios diseñados no para vivir, sino para controlar, para observar, para imponer presencia incluso cuando el dueño no está en la habitación.
Y en la vida de Ernesto Alonso hubo una casa así, un lugar del que se hablaba en voz baja, como se habla de las cosas que incomodan, de las cosas que no conviene confirmar en público. A mediados de los años 80, cuando su nombre ya era intocable y su autoridad dentro de la televisión mexicana no se discutía, Ernesto mandó construir y adaptar una residencia que no respondía al modelo clásico de lujo ostentoso. No era una casa para presumirse en revistas, no era una mansión de fiestas, era un territorio privado, cerrado, hermético.
Y dentro de ese territorio existía un espacio del que casi nadie hablaba directamente. El sótano. No era un sótano común, no era una bodega, no era un cuarto de herramientas. Según los testimonios que circularon durante décadas, era un espacio separado del resto de la casa con acceso restringido, donde no entraban empleados sin autorización expresa, un lugar que no se enseñaba, un lugar donde el silencio pesaba más que las paredes. Algunas personas que estuvieron ahí hablaron de símbolos, de objetos que no encajaban con la estética católica tradicional de un país como México.
figuras, cuadros, imágenes que no estaban ahí por decoración. Estaban colocadas como se colocan las cosas que tienen un significado personal, íntimo, casi ritual, nada improvisado, nada casual. Guarda este punto, porque aquí es donde la historia deja de ser un rumor aislado y empieza a conectarse con un patrón. Ernesto Alonso no era un hombre supersticioso a la ligera. No era el típico productor que cargaba un amuleto por costumbre. Era meticuloso, calculador, controlador y por eso quienes lo conocieron de cerca insistían en lo mismo.
Si él creía en algo, lo hacía con disciplina. Si practicaba algo, no era por moda, era por convicción. Se habló de ceremonias privadas, de reuniones nocturnas, de personas que no pertenecían al mundo del espectáculo entrando a la casa sin anunciarse. Gente que no daba entrevistas, gente que no aparecía en fotografías, gente que no dejaba rastro. Se habló de rezos que no eran rezos católicos, de palabras pronunciadas en voz baja, de velas encendidas, no para pedir, sino para sellar.
Pruebas, no. No hay videos, no hay documentos notariales, no hay denuncias formales y eso es precisamente lo inquietante, porque el poder real no deja recibos. El poder verdadero se ejerce sin testigos. Y cuando alguien preguntaba cuando algún periodista intentaba acercarse al tema, la respuesta siempre era la misma. Silencio, cambio de tema, advertencia disfrazada de consejo. Mientras tanto, la carrera de Ernesto Alonso seguía avanzando como si nada. Producciones exitosas, audiencias récord, historias cada vez más oscuras, más violentas, más obsesionadas con el castigo, la culpa, la traición.
Sus telenovelas dejaron de ser simples melodramas. se convirtieron en rituales nocturnos donde el mal siempre estaba presente, donde la inocencia siempre era aplastada, donde el sufrimiento parecía inevitable. Algunos guionistas comenzaron a anotarlo. Temas recurrentes. Personajes que pagaban precios desproporcionados. Mujeres castigadas hasta el límite. Hombres que ejercían poder absoluto sin consecuencias reales. Era como si el mensaje fuera siempre el mismo. El que manda sobrevive, el que se somete cae. Y aquí la pregunta inevitable. ¿El sótano alimentaba la obra o la obra justificaba el sótano?
¿Era la ficción un reflejo de creencias privadas o eran las creencias una excusa para el control público? Nadie pudo responderlo con certeza porque nadie se atrevió a hacerlo en voz alta mientras él estaba vivo. Hay quienes aseguran que después de ciertas noches, Ernesto amanecía distinto, más tranquilo, más seguro, como si hubiera reafirmado algo, como si hubiera renovado un pacto invisible. Y hay quienes dicen que cuando la tragedia golpeó a su familia, cuando la soledad comenzó a instalarse, esas visitas al sótano se volvieron más frecuentes, como si el dolor buscara respuestas donde la razón ya no alcanzaba.
Lo que sí es innegable es esto. Ernesto Alonso construyó un imperio basado en el control absoluto, control del relato, control de las carreras, control del miedo. Y todo imperio tiene un centro oscuro, un lugar donde se guardan las cosas que no se pueden mostrar. Tal vez ese sótano fue real, tal vez fue exagerado, tal vez fue una metáfora creada por quienes necesitaban explicar un poder que parecía inhumano. Pero hay algo que no se puede negar. Nadie salió ileso de su órbita y cuando el poder se ejerce sin límites, siempre deja una huella, aunque esté bajo tierra.
Hay producciones que se recuerdan por su éxito, otras por su fracaso, y hay unas pocas que se recuerdan porque algo se rompió mientras se hacían. El maleficio pertenece a ese último grupo no fue solo una telenovela, fue un punto de quiebre, un antes y un después en la historia de la televisión mexicana. Y también, según quienes estuvieron ahí, un límite que jamás debió cruzarse. 1983, México todavía se persigna antes de dormir. La televisión entra en los hogares como una extensión del altar familiar.
Y en ese contexto, Ernesto Alonso decide poner en horario estelar una historia de brujería, pactos, invocaciones y un demonio con nombre propio. Bael no como metáfora, no como sugerencia, como presencia. Desde el primer día, el set no se comportó como cualquier otro. Técnicos veteranos, gente que había trabajado en cientos de producciones, comenzaron a notar cosas pequeñas, luces que se fundían sin razón, micrófonos que captaban ruidos cuando no había nadie hablando, corrientes de aire en estudios cerrados, nada lo suficientemente grave como para detener una grabación, pero sí lo bastante insistente como para generar incomodidad.
El objeto que concentró todas las miradas fue el cuadro, el rostro del demonio Bael, un retrato que debía colgarse en el set principal. Lo intentaron una vez cayó. Lo aseguraron con clavos más largos. volvió a caer. Reforzaron el marco, cambiaron la pared. Al día siguiente, el cuadro estaba en el suelo, sin marcas, sin roturas, como si alguien lo hubiera bajado con cuidado. Así nació su apodo entre los trabajadores, el incolgable. Algunos actores comenzaron a negarse a ensayar frente a él.
Otros llevaban rosarios escondidos en el vestuario. Patricia Reyes Espíndola, protagonista de la historia, confesó años después que rezaba antes de entrar al set, que sentía una presión en el pecho, una sensación de estar siendo observada, no por cámaras, por algo más. Y mientras el miedo crecía, Ernesto Alonso se mantenía imperturbable. Nunca suspendió una grabación, nunca retiró el cuadro. Nunca permitió que el guion se suavizara, al contrario, exigía precisión absoluta en los rituales, en las palabras, en los gestos.
No aceptaba improvisaciones, no aceptaba cambios, como si aquello no fuera solo una historia que se contaba, sino algo que debía hacerse bien. Los incidentes aumentaron. Pequeños incendios eléctricos, caídas inexplicables, accidentes menores que acumulados, empezaron a parecer un patrón. Se habló de traer a un sacerdote para bendecir el foro. Se hizo. El ritual católico se realizó y según algunos la sensación no desapareció del todo, como si la bendición hubiera sido insuficiente, como si lo que se había invocado no respondiera ta cierre.
El episodio más perturbador ocurrió durante la filmación del proyecto cinematográfico posterior. Una escena de invocación. Un actor joven, Armando Araisa, participando en un ritual ficticio. De pronto, algo cambió. Su mirada se perdió. Su cuerpo dejó de responder, empezó a gritar, a forcejear y terminó lanzándose por una ventana. La versión oficial habló de un accidente, de estrés, de una mala noche, pero en el set nadie lo creyó del todo. Televisa cerró filas. No hubo escándalo público, no hubo investigación visible.
La maquinaria funcionó como siempre. El programa continuó, el rating acompañó, el país siguió mirando y ese es quizá el detalle más inquietante de todos. Millones de personas participando cada noche de una historia que para algunos había dejado de ser solo ficción. Con los años surgió una pregunta incómoda. ¿Y si el maleficio no fue solo una telenovela, sino un ritual masivo? Y si cada emisión, cada mirada fija en la pantalla, cada emoción compartida alimentaba algo más grande, no hay forma de probarlo.
Pero la sospecha persiste porque encaja demasiado bien con el carácter de su creador. Un hombre obsesionado con el control, con el poder, con la permanencia. Después de el maleficio, nada volvió a ser igual. Ernesto Alonso consolidó su dominio absoluto. Sus decisiones no se cuestionaban. Su presencia imponía silencio y al mismo tiempo su vida personal seguía deteriorándose como si el equilibrio se hubiera roto, como si el precio comenzara a cobrarse en otro plano. Algunos dicen que él mismo entendió lo que había abierto.
Otros creen que jamás se arrepintió. que para alguien como Ernesto, el miedo ajeno era solo otra herramienta de producción, otra forma de mandar. Lo cierto es que el maleficio dejó una marca que sigue viva. Se repite en entrevistas, en rumores, en miradas incómodas cuando se menciona su nombre, porque hay historias que no se apagan cuando termina el último capítulo. Historias que continúan respirando en la memoria colectiva, como una puerta que se abrió una noche de 1983 y que nadie ha podido cerrar del todo.
No hay un gran escándalo al final. No hay gritos, ni cámaras, ni música dramática. El cierre de la vida de Ernesto Alonso ocurre como ocurren en los finales que nadie quiere mirar de frente. En silencio, en una casa demasiado grande para un solo hombre, rodeado de objetos, recuerdos y ausencias. El hombre que controló durante décadas el horario estelar de la televisión mexicana, el arquitecto de pasiones, traiciones y destinos ajenos, pasó sus últimos días lejos del ruido que él mismo había creado.
A principios de los años 2000, su salud empezó a quebrarse. La neumonía regresaba una y otra vez como un visitante insistente. Los médicos recomendaban hospitalización constante, vigilancia, cuidados permanentes. Él se negó. No quería morir en una cama blanca, bajo luces frías, rodeado de máquinas. quiso volver a su fortaleza de Polanco, a su territorio, al lugar donde había decidido quién subía y quién desaparecía de la industria. En esa casa, donde tantos actores entraron temblando y salieron transformados, ya no había visitas, no había risas, no había ensayos, solo pasillos largos, colecciones inquietantes y un silencio que pesaba más que cualquier acusación.
Las historias hablan de habitaciones cerradas con llave, de espacios donde nadie entraba sin permiso, de una atmósfera densa, casi ritual, que no se disipó ni siquiera cuando su cuerpo empezó a fallar. El 7 de agosto de 2007, Ernesto Alonso murió a los 90 años, oficialmente por complicaciones respiratorias, sin misterio médico, sin violencia visible. Pero la muerte no borró las preguntas. Al contrario, las multiplicó, porque cuando alguien vive rodeado de rumores, de pactos no dichos y de poder absoluto, incluso la muerte más tranquila parece sospechosa.
No hubo herederos directos reclamando su legado. No hubo hijos que lloraran públicamente. La persona que estuvo a su lado fue Teresa Anaya, su exnuera, la única figura constante en sus últimos años. Fue ella quien administró lo que quedó. ¿Quién cerró puertas? ¿Quién decidió qué se conservaba y qué se borraba? El hombre que creó imperios narrativos murió dependiendo de una sola persona para contar o callar su historia final. Su funeral fue sobrio, respetuoso, lleno de figuras importantes de la televisión, pero también cargado de miradas esquivas.
Nadie se atrevía a hablar demasiado. Nadie quería decir en voz alta lo que todos pensaban. que Ernesto Alonso no fue solo un productor brillante, fue un hombre que entendió el miedo, la devoción y la obediencia como herramientas narrativas y personales. Con su muerte no se cerró el ciclo, solo cambió de forma porque años después su imagen volvió a aparecer en pantalla, recreada, resucitada digitalmente, como si incluso muerto se negara a desaparecer del todo. Para muchos fue solo tecnología, para otros una ironía inquietante.
El hombre que jugó con el mal como ficción regresando desde la muerte para encarnarlo otra vez. Ernesto Alonso pasó su vida construyendo finales trágicos para otros. villanos castigados, almas condenadas, pactos que siempre se cobraban algo. Pero cuando llegó su turno, no hubo juicio público, no hubo castigo visible, solo soledad. Y quizás esa fue la factura más alta, porque el verdadero poder no garantiza compañía y la inmortalidad simbólica no sirve de consuelo cuando las luces se apagan y nadie queda para escuchar.
Así terminó el ciclo, sin aplausos, sin redención, con una pregunta suspendida en el aire. ¿Cuánto de lo que contó en sus historias era ficción y cuánto era confesión? El 7 de agosto de 2007, Ernesto Alonso murió en silencio. No hubo escándalos finales, ni confesiones tardías, ni una carta que ordenara el caos. Murió como vivió sus últimos años, recluido, rodeado de objetos, memorias y rumores que nadie supo o quiso desactivar. El hombre que enseñó a México a mirar la oscuridad desde la sala de su casa se fue sin explicar si esa oscuridad era solo ficción.
o algo que lo acompañó siempre. Su funeral fue solemne, rostros conocidos, discursos medidos, palabras de respeto, pero también hubo miradas que evitaban sostenerse, silencios demasiado largos y una sensación compartida. Con Alonso no se enterraba solo a un productor, sino a un enigma. El señor telenovela dejaba atrás una obra monumental y una pregunta imposible de clausurar. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de quien convierte el mal en espectáculo? Durante años, su nombre estuvo ligado a El Maleficio, la obra que cambió las reglas y cruzó un umbral que nadie había cruzado en horario estelar.
Para algunos fue audacia artística, para otros una provocación peligrosa, para muchos una puerta que no volvió a cerrarse. Tras su muerte las historias no se disiparon. Se multiplicaron el cuadro que caía solo, las luces que estallaban, la casa de Polanco como santuario de secretos. Nada se probó del todo, nada se olvidó. La herencia quedó en manos de quien supo guardar silencio. Los objetos se dispersaron, los archivos se sellaron. La casa poco a poco dejó de ser visitada, pero el mito no se mudó con los muebles, se quedó flotando en la cultura popular.
alimentado por testimonios a medias y por una industria que aprendió que el miedo también fideliza audiencias. Y entonces ocurrió lo impensable. En 2023, la imagen de Ernesto Alonso regresó no como homenaje póstumo, no como archivo histórico, sino como presencia recreada. Televisa utilizó inteligencia artificial para devolverle el rostro al villano para que estuviera otra vez allí. Para algunos fue un logro técnico, para otros una decisión ética inquietante. Para quienes creen en símbolos fue algo más. La confirmación de que Bael no muere solo cambia de forma.
Porque ahí está la paradoja final. Alonso buscó la inmortalidad a través de la obra y la consiguió, no en la paz, sino en la repetición. Su figura sigue apareciendo cuando se habla del mal en la televisión mexicana. Su nombre vuelve cada vez que alguien pregunta si hay límites que no deberían cruzarse. Su sombra acompaña a una industria que aprendió de él a construir imperios narrativos y a pagar precios silenciosos. Hubo pacto, no hay pruebas, hubo costo. Los hay por todas partes.
En las biografías rotas, en los afectos imposibles, en la soledad del final. La redención, si existe, no llegó en vida. Quizá está en la advertencia que deja su historia. El poder absoluto siempre exige algo a cambio, aunque nadie firme nada. Hoy Ernesto Alonso es leyenda completa, luz y sombra, genio y rumor, creador y prisionero de su propio mito. Bael no murió con él, vive en la pregunta que persiste y en cada pantalla que decide. Una vez más, mirar a la oscuridad sin parpadear.
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