Marla, una de las hijas del reconocido cantante Marco Antonio Solís, conocido como ‘El Buki’, reveló recientemente la razón detrás de su decisión de no usar públicamente el apellido de su padre en su carrera artística. La joven, que ahora se da a conocer como Mar,
desea construir su trayectoria en la música sin depender de la fama de su familia. Este domingo 17 de noviembre, Mar asistió a los Kids Choice Awards 2024, celebrados en la Ciudad de México, donde habló con la prensa sobre este tema.
En su encuentro con los medios, Mar, quien también es compositora, explicó que en el ámbito artístico prefiere ser identificada únicamente por su nombre. “No uso mi apellido. En el cartel del festival, sólo aparece Mar. Cuando me presento, es simplemente Mar”,
comentó en una entrevista con Eden Dorantes, captada en un video publicado en YouTube. Con esto, reafirma su intención de ser reconocida por su talento y no por su conexión familiar.

La cantante detalló que esta decisión responde a su deseo de demostrar que está construyendo su propia identidad artística. “Es un gran orgullo para mí ser Solís, obviamente, pero creo que es muy importante que me conozcan también por quién soy y lo que hago. Quiero ganar el respeto del público por mi trabajo y no por otras razones”, expresó. Este enfoque ha sido adoptado también por otras figuras públicas con padres famosos, como Mía, hija de Andrea Legarreta y Erik Rubín.
En una entrevista previa con People en Español, Mar compartió que busca mostrar más de su esencia a través de su arte. “La mayor parte de quién soy, mucha gente no la conoce. Creo que la única manera de realmente conocer a alguien es dedicándole tiempo, no juzgándolos por redes sociales o lo que se ve en la superficie”, reflexionó. Con estas palabras, Mar refuerza su compromiso de abrirse paso en la industria con autenticidad y esfuerzo propio.
News
Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un…
Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la…
El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión…
Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan…
Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre…
El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma…
End of content
No more pages to load






