¡Revelación explosiva! Cristina Saralegui confiesa cómo despidieron a todos tras su salida
En entrevista con Lourdes Del Río, la veterana conductora habló de su cláusula con Univision y de cómo ve hoy la televisión
Ya han pasado 14 años desde que Cristina Saralegui se retiró, pero la gente la quiere como si jamás se hubiera ido de la televisión. En realidad, para muchos, nunca se fue, pues dejó un estilo y forma de hacer este medio que marcó una época.
En una conversación entre colegas y nuevas mejores amigas en el podcast En Positivo, de Lourdes Del Río, la conductora cubana habló como siempre, a corazón abierto, de esa y otras muchas cosas de su vida.
Desde el tiempo y la distancia, pueda abordar con tranquilidad y en paz el tema de un despido que muchos siguen considerando injusto, inesperado y sin sentido.
Lourdes y Cristina.Youtube/Lourdes Del Río
“¿Piensas que eso lo has sanado y sigues pensando que fue una mala decisión?”, le preguntó la comunicadora puertorriqueña. Cristina lo tiene más claro que nunca. “Yo me di cuenta de que lo que me pasó a mí es que yo fui primero. Eso está pasando todavía. Me di cuenta que así es televisión… Después de mí botaron al resto. Ahí no quedó nadie, pregúntale a María Celeste, a Bárbara Bermudo, a Don Francisco…”, compartió Saralegui.
También tiene clara cuál fue la razón de todas esta salidas inesperadas de programas que iban viento en popa. “Sencillamente no es que te saquen cuando te está yendo bien, mira que le hemos dado millones de dólares a esa cadena… Todos estaban bien, quitan a la gente para poner a otra gente porque son más baratos los que vienen que los que se van”, dijo convencida. “Tú cuestas un billetal, entonces hay una jovencita o un jovencito que están locos por estar en televisión que va a cobra 15 kilos por lo que haces tú, lo va a hacer mal, no va a pegar con el público, pero cuestan 15 kilos y están esperando en la puerta así como unos perritos para que los dejen entrar, y entran”.
¿Cómo ve ella actualmente el medio donde hizo tan feliz a su público? “Hoy todo el mundo quiere estar en televisión, todo el mundo quiere ser rico y famoso, todo el mundo quiere las cámaras, todo el mundo quiere la limusina, no todo el mundo quiere ser periodista ni estudiar en la universidad”, prosiguió con un halo de tristeza por lo que esto representa.
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Ella hizo historia de la televisión con su programa El show de Cristina, un programa del que está orgullosa por cómo se abordaron los temas sensibles, incluso tabúes, como el Sida o la homosexualidad. Esa libertad de poder hablar de lo que quería se la ganó a pulso. “Yo me aseguré por la enseñanza que me dieron mis padres que tuviera por contrato completo control creativo de mi programa y de lo que hablaba o hacía. Mi programa no era el show de Univision sino El Show de Cristina“, confesó.
Algo que quizá le trajo algunos problemas, pero también la satisfacción de hacer aquello en lo que creía. El resultado fueron más de dos décadas de una puesta en escena televisiva que, a día de hoy, el público sigue recordando, extrañando y aplaudiendo.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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