Ecatepec, 1998. Una foto tomada en el baño de azulejos celestes: dos hermanos de pie, serios, mirando a cámara. Ruth (19) y Marcelo (21) Delgado Hernández. Veintiséis años después, un video desde una azotea en la colonia Guerrero muestra a dos personas de mediana edad bajo una lona azul; alguien reconoce esas caras. Entre la imagen del baño y la de la lona hay más de dos décadas de silencio, explotación y calles que borraron todo rastro. Esta es la historia de cómo desaparecer siendo mayor de edad puede significar perderse para siempre sin que nadie lo considere un crimen.

A finales de los años 90, Ecatepec de Morelos es calles sin pavimentar, casas de block sin terminar, camiones urbanos que levantan polvo. En una de esas casas viven Teresa, sus hijos Ruth y Marcelo, los menores, y Ernesto, el padrastro. La casa es pequeña: dos cuartos, un baño de azules celestes, una cocina que da a un patio de lámina. Lo básico está; lo que falta es paz. Ernesto llega tarde, huele a cerveza, grita por cualquier cosa. Teresa baja la mirada; los niños se encierran. Ruth y Marcelo —ya no tan niños— aguantan en silencio: ella ayuda en una tiendita a dos cuadras, limpia casas cuando puede, cuida a sus hermanos cuando Teresa trabaja; él encadena chambas, carga bultos en bodega, ayuda en obra, vende en el tianguis los domingos. Sin contrato, sin certeza de ingreso. Sueñan con irse, rentar un cuarto lejos de los gritos de Ernesto. El dinero nunca alcanza.

En julio de 1998, Ruth le dice a una amiga que algún día ella y su hermano se irán y no regresarán. La amiga lo toma como desahogo. Ese viernes, Ernesto llega borracho, tira platos, grita que la comida está fría. Ruth se planta, le pide que se calme; él responde con insultos. Marcelo se interpone; Ernesto lo empuja. Teresa llora. Al día siguiente, sábado 18 de julio, desayunan en silencio: café recalentado y tensión. Ruth recoge platos; Marcelo barre el patio. Nadie menciona el pleito. A media mañana, Ruth le dice a Teresa que saldrán a hacer mandados, quizá tianguis, luego centro comercial. Teresa asiente sin levantar la vista. Ernesto ronca en el cuarto. Ruth y Marcelo se cambian, tenis, puerta sin ruido. Una vecina los ve rumbo a la avenida; el taquero de la esquina los saluda; responden con la mano. El dueño de una papelería dice haberlos visto subir a una combi blanca con franja verde hacia Indios Verdes. Es lo último que alguien registra de Ruth y Marcelo en Ecatepec ese día.

Cae la tarde y no vuelven. Ernesto dice que seguro están con amigos, que ya son grandes. Pasan horas, llega la noche, no aparecen. Teresa sale, pregunta; nadie sabe nada. Domingo: va con la amiga de Ruth, quien repite que Ruth habló de irse. El lunes, Teresa va al Ministerio Público: llena formularios, da nombres, describe, entrega la foto del baño. El agente escucha, toma nota, y suelta lo que Teresa no quiere oír: Ruth tiene 19, Marcelo 21; son mayores, pueden haberse ido voluntariamente. No hay indicios de delito. Revisarán hospitales y separos, dice, pero no garantiza nada. Teresa sale con la sensación de que nadie hará mucho.

Esa semana, Teresa y familiares recorren hospitales de Ecatepec, Tlalnepantla, Naucalpan; Cruz Roja, centros de salud; nada. Van a separos; revisan listas; nada. Imprimen volantes con la foto del baño: nombres, edades, fecha, teléfono, y un detalle: el llavero amarillo que Ruth colgaba en el baño, herencia de una tía. Teresa piensa que alguien podría recordarlo. Pega volantes en postes, tiendas, paraderos. El barrio murmura: unos culpan a Ernesto, otros dicen que se fueron a otro estado. Teresa sólo sabe que sus hijos no están y cada día sin noticias es un día más de angustia.

Pasan semanas. Teresa vuelve al MP: ¿avances?, ¿cámaras?, ¿testigos? El expediente está abierto, no avanza. Sin indicios de delito, difícil mover recursos, repiten. Citación a Ernesto: dice que salieron como siempre, que no hubo pleito, que dormía. Sin pruebas en contra, lo dejan ir. Los volantes se decoloran, se rompen, se pierden bajo otros anuncios. A finales de 1998, una llamada desde Pachuca: una chica parecida a Ruth en la central de autobuses. Teresa y un primo viajan, preguntan, muestran la foto; nadie la reconoce. 1999: un conocido dice que un amigo vio a un joven parecido a Marcelo en obra en Nezahualcóyotl. Teresa va; el encargado revisa listas, niega; muestra la foto, no lo reconoce. Teresa vuelve con manos vacías.

Para 2000, el caso casi no se menciona. Teresa sigue buscando sola. Ernesto ya no vive con ella: lo corrió, cansada de su violencia y sospechas. Los menores crecen viendo la foto del baño en la sala, desteñida y arrugada. Entre ellos, Lidia —sobrina— que tenía seis años en 1998. Recuerda poco de Ruth y Marcelo, pero escucha a Teresa repetir nombres, cómo eran, qué les gustaba, cómo se veían en la foto. Con los años, Lidia memoriza esos rostros jóvenes y serios.

En 2001, Teresa vuelve al MP. El expediente sigue abierto, archivado en la práctica. El agente ya no está; el nuevo sugiere periódico, organizaciones civiles; sin recursos para un caso sin delito evidente. Teresa sale sintiendo que perdió. 2002, 2003, 2004 pasan lentos: trabajar, cuidar, rezar. La foto en la sala; Teresa se queda mirándola, imaginando dónde estarán, si estarán bien, si la recuerdan. Los aniversarios se vuelven fechas silenciosas. Ya no imprime volantes; guarda la esperanza de que suene el teléfono. No suena.

2005: Teresa se muda a una casa más pequeña. Guarda la foto en una caja con cosas de Ruth y Marcelo: ropa, cuadernos, el llavero amarillo original que Ruth dejó colgado y Teresa recogió. No sabe que había otro llavero amarillo, el que Ruth llevaba ese día y nunca soltó. 2006: salud deteriorada; trabaja menos; depende de sus otros hijos. Lidia, ya adolescente, pregunta por qué dejó de buscar. Teresa dice que no dejó: dejó de hacer ruido, pero cada vez que sale sigue mirando rostros, esperando reconocerlos entre la multitud. Años más tarde, cuando nazcan las redes sociales, Lidia recordará esa frase y decidirá que alguien tiene que seguir buscando, aunque sea en internet.

2011. Han pasado trece años. Teresa tiene más de sesenta, camina con dificultad, ya no puede trabajar. Vive con un hijo menor y con Lidia, que ahora tiene 19, la misma edad que tenía Ruth. Lidia estudia una carrera técnica, trabaja medio tiempo en un call center, pasa horas frente a la computadora. Un día, en Facebook, encuentra “Desaparecidos en el Estado de México”. Lee historias, fotos, pedidos de ayuda. Piensa en Ruth y Marcelo. Busca en las cajas de Teresa, halla la foto del baño, la escanea y publica: nombres completos, edades en 1998, fecha, lugar, detalle del llavero amarillo. Al principio, nada; días después, la comparten en otros grupos, luego en uno de Ecatepec. La foto circula: recuerdos de volantes en los 90, gente que conoció a la familia, una mujer que trabajó en la tienda donde Ruth ayudaba y recuerda que hablaba de irse. Lidia responde a todos, pregunta si hay información nueva. Nada concreto, pero la historia vuelve al aire.

Lidia crea una página de Facebook dedicada a Ruth y Marcelo: foto del baño de perfil, historia completa en descripción, pide que compartan. Suma seguidores: gente de Ecatepec, otros estados, colectivos de familias. De vez en cuando, publica recordatorios de la fecha. 2012: mensaje privado. Una mujer dice que vio a alguien parecido a Marcelo pidiendo fuera de un Oxxo en la colonia Morelos. Lidia pide detalles; la mujer no está segura, fue hace meses, estaba muy delgado y sucio. Lidia obtiene una dirección aproximada; viaja con un primo, recorre, muestra la foto. Nadie lo reconoce. Regresa frustrada, no se rinde.

2013: otro mensaje. Alguien dice haber visto a una mujer parecida a Ruth en un albergue de Cuautitlán Izcalli. Lidia va, habla con encargadas, muestra la foto, revisan registros: ninguna Ruth Delgado. Pide ver a las mujeres; no puede entrar por políticas. Sale una lista de nombres; ninguno coincide. Se va sin respuestas. Así pasan 2014, 2015, 2016: una o dos pistas falsas por año; cada pista mueve a Lidia y a Teresa; cada una termina en nada. Lidia no cierra la página. La foto del baño se vuelve conocida en ciertos círculos, grupos de búsqueda, colectivos.

2017: un colectivo de madres buscadoras invita a Teresa. Va con Lidia. Escucha historias de años, décadas. Teresa cuenta su caso: lo más difícil es que las autoridades nunca consideraron grave la desaparición porque eran adultos y no había señales de violencia. Las demás asienten: el mismo discurso. La coordinadora sugiere subir la historia a plataformas más grandes, usar hashtags, etiquetar medios. Lidia lo hace. 2018: un medio digital pequeño publica una nota sobre Ruth y Marcelo, con la foto; se comparte cientos de veces. Llegan más mensajes, más supuestos avistamientos; ninguna pista concreta.

2019: Teresa casi no puede salir; Lidia se encarga de todo: mantener la página, responder, coordinar con el colectivo. La foto, ya con más de 20 años, es la única imagen de ambos juntos. Lidia intenta imaginar cómo se verían ahora: Ruth con cuarenta y tantos, Marcelo igual; no puede: sólo ve los rostros congelados de 19 y 21.

2020: la pandemia detiene el mundo, no las búsquedas. Lidia publica desde casa; el call center cerró temporalmente. La página crece; se conecta con administradores de otras páginas; comparten casos, se apoyan. En un grupo de WhatsApp, alguien comparte videos de TikTok de “noticias ciudadanas”: clips de personas en situación de calle para que familias los reconozcan. Lidia sigue esas cuentas, ve decenas de videos: gente durmiendo en banquetas, bajo puentes, en estaciones del Metro. Cada video golpea. ¿Estarán Ruth o Marcelo ahí? No quiere pensarlo, no puede evitarlo.

2021: mensaje desde la colonia Doctores. Una mujer dice que ve desde hace años a un hombre y una mujer de mediana edad durmiendo en un cajero automático abandonado; le recuerdan la foto. Lidia pide fotos; la mujer no se atrevió, se ven muy asustados. Pide dirección; apenas puede salir, Lidia toma camiones, busca el cajero. Comerciantes dicen que sí hubo gente durmiendo ahí, pero la policía los corrió hace semanas. ¿A dónde? No saben: esa gente aparece y desaparece. Lidia se queda mirando el cajero vacío, sintiendo que estuvo cerca y perdió la oportunidad. Regresa sin nada. Teresa —ya de más de 70— le dice que no se torture, quizá Ruth y Marcelo ya no están en este mundo. Lidia no quiere aceptar eso, sigue publicando, sigue buscando.

2022: 24 años después, Lidia organiza una pequeña marcha en Ecatepec con el colectivo: pancartas con fotos de desaparecidos, entre ellas la foto del baño. Caminan hasta el Ministerio Público. Exigen reactivar casos. Un funcionario promete revisar expedientes. Lidia sabe que probablemente no ocurrirá, pero al menos alzan la voz. 2023: consigue trabajo más estable, sigue dedicando sus noches a la página. Cada cierto tiempo, alguien comparte videos o fotos de personas en calle preguntando si podrían ser Ruth o Marcelo. Lidia revisa cada imagen: 25 años cambian un rostro, más si vivió en la calle. ¿Los reconocería realmente?

A inicios de 2024, Lidia publica: “26 años sin Ruth y Marcelo Delgado Hernández. Si los ven, por favor reporten.” Se comparte miles de veces. Llegan mensajes de apoyo, de familias que también buscan. No llega información útil. Lidia empieza a perder la esperanza. Teresa está muy enferma, casi no habla, se pasa el día acostada. Lidia teme que muera sin saber qué pasó con sus hijos.

Marzo de 2024. Lidia revisa su feed y ve un video compartido en un grupo de noticias de la Ciudad de México. Un joven se queja de las condiciones de su vecindad en la colonia Guerrero Cuauhtémoc. Muestra la azotea: una lona azul improvisada como techo; debajo viven dos personas. El video es borroso: tinacos, ropa colgada, baldes. Dice que esas personas llevan años ahí, sin servicios, insalubre. La cámara se acerca: por un segundo, dos figuras sentadas bajo la lona, hombre y mujer de mediana edad, ropa gastada. Lidia pausa. Hay algo en la postura, en la forma de sentarse, que le resulta familiar. Descarga el video, lo pasa cuadro por cuadro, amplía un rostro: cabello canoso, piel curtida, arrugas profundas; la estructura, la mandíbula… le recuerda a Marcelo. Un escalofrío. Congela más cuadros: la mujer, pómulos marcados, cabello largo y gris, ojos hundidos. Saca la foto del baño, la pone al lado. Compara: Ruth tenía 19; ahora tendría 45. Ojos, distancia entre nariz y boca, forma de la frente. Podría ser. Lidia siente el corazón acelerar; no quiere ilusionarse —ya le ha pasado—, pero algo le dice que esta vez es distinto. El hombre del video menciona que esa pareja lleva años, nadie sabe quiénes son, no hablan con vecinos. En comentarios, habitantes de la colonia confirman: siempre están arriba, nunca bajan; alguien dice que intentó ayudarlos con comida, pero no quisieron abrir la puerta; otro dice que su salud se ve mal, que deberían reportarlo a Protección Civil.

Lidia guarda el video, toma capturas, abre WhatsApp con una amiga del colectivo, envía las capturas y la foto del baño, pregunta su opinión. La amiga responde: “Es difícil estar segura, pero si tú sientes que puede ser, tienes que ir.” Lidia sabe que debe ir. Al día siguiente, sábado, le dice a Teresa que irá a la Ciudad de México por trabajo; no menciona el video. Teresa asiente desde su cama. Lidia toma el camión; llega a la colonia Guerrero al mediodía: edificios viejos, vecindades de varias plantas, calles estrechas. Busca en Google Maps por referencias del video, pregunta; un señor la guía dos cuadras. La vecindad: cuatro pisos, fachada deteriorada, ropa colgada, escaleras de metal. Entra al pasillo central, sube. En el tercer piso, una puerta de lámina da a una escalera angosta que sube a la azotea; candado viejo. Toca: silencio. Más fuerte: silencio. Baja y pregunta a una vecina mayor: sí, allí vive una pareja desde hace años; casi no hablan con nadie; a veces bajan por agua o comida, regresan rápido. ¿Nombres? No sabe. Lidia muestra la foto del baño; ¿podrían ser ellos? La vecina mira, duda: la foto es muy vieja; las personas de la azotea lucen muy distintas; agrega: podría ser. Lidia pide llamar a la policía para abrir; la vecina advierte que esa gente se asusta mucho con autoridad; Protección Civil vino alguna vez y ellos no abrieron.

Lidia piensa rápido: no quiere asustarlos, pero no puede irse. Llama al 911: explica que es familiar de dos desaparecidos desde 1998, que cree que pueden estar viviendo en la azotea, que necesita ayuda para contactarlos. Mandan una patrulla. Llegan dos policías, un hombre y una mujer. Lidia muestra video, foto, da nombres completos. Dicen que subirán; Lidia debe quedarse abajo. Insiste; la policía mujer niega: primero verificarán; si son ellos, la llamarán. Lidia acepta. Los policías suben; vecinos curiosos salen. Diez minutos: los policías tocan la puerta de lámina, gritan: “Policía, abran, por favor.” Silencio. Golpean de nuevo. Se oye un arrastre; la puerta se abre un poco; entran. El tiempo se detiene. Cinco minutos después, la policía mujer baja: “Hay un hombre y una mujer arriba. Están en situación de calle. Dicen que llevan muchos años en la Ciudad de México. No tienen identificación, no están seguros de sus nombres completos.” Cuando les preguntaron si conocían Ecatepec, la mujer comenzó a llorar. Lidia tiembla: ¿puede subir? Asienten.

Lidia sube casi corriendo. La azotea: tinacos, antenas, ropa tendida; al fondo, la lona azul atada. Debajo, colchones viejos, cobijas, baldes, bolsas con ropa; sentados en el suelo, un hombre y una mujer. Cabello canoso corto, piel morena y arrugada, ropa sucia; ella, cabello largo y gris, rostro delgado, ojos rojos. Miran a Lidia con desconfianza y miedo. Lidia se detiene en la entrada, luego avanza despacio, se arrodilla a unos metros. Dice: “Ruth… Marcelo.” La mujer alza la vista, confundida; el hombre no reacciona. Lidia repite: “Ruth Delgado Hernández. Marcelo Delgado Hernández.” El hombre parpadea. Lidia saca el celular, muestra la foto del baño: “Esta es su mamá, Teresa. Ella los busca desde 1998. Yo soy Lidia, su prima.” La mujer mira la foto, tiembla; el hombre se inclina y mira. Segundos largos. Finalmente, la mujer dice, con voz quebrada: “Teresa.” Lidia se rompe por dentro: “Sí, Teresa, su mamá. Está viva. Nunca dejó de buscarlos.” El hombre cierra los ojos, se cubre la cara; la mujer llora. “¿Son ustedes? ¿Son Ruth y Marcelo?”, pregunta Lidia. La mujer asiente despacio: “Creo que sí… no sé… hace mucho.” Lidia se acerca; ahora a un metro. Busca a la Ruth de 19 en ese rostro envejecido: difícil, pero los ojos, la boca, algo coincide. Mira al hombre: reconoce la mandíbula. Son ellos. Quiere explotar de emoción; se contiene. Pregunta: “¿Qué pasó? ¿Dónde estuvieron?” La mujer niega: “No sé cómo explicar… fue mucho tiempo. Nos perdimos.” El hombre: “Queríamos volver… pero ya no sabíamos cómo.” Lidia asiente: “Está bien. No tienen que explicar ahora. Lo importante es que están vivos.”

Entonces ve en la pared, colgado de un clavo oxidado: un llavero amarillo, viejo, desteñido, sucio. “¿Es suyo?”, pregunta. La mujer asiente: “Lo tengo desde que salimos de la casa. Es lo único que quedó.” El llavero conecta la azotea con el baño de Ecatepec: 26 años de búsqueda. Todo encaja. Los policías dicen que deben llevarlos al hospital y la fiscalía tomará declaración. Ruth y Marcelo se asustan; Lidia promete acompañarlos. Aceptan. Recogen algunas cosas: el llavero, una bolsa con ropa, una cobija. Bajan despacio; Ruth se sostiene del barandal; Marcelo camina encorvado. Vecinos miran. Afuera, segunda patrulla y camioneta de fiscalía. Un agente del MP se presenta: acompañará al hospital y abrirá carpeta. Lidia sube con ellos. Ruth mira por la ventana como si no reconociera la ciudad; Marcelo fija la vista en el piso. Lidia pregunta por 1998. Ruth: “Salimos para estar lejos de Ernesto. Íbamos a estar fuera unos días… luego pasó todo y no pudimos volver.” Marcelo: “Teníamos miedo. Pensamos que si volvíamos, Ernesto iba a estar… o que la policía no nos iba a creer.” Habrá tiempo para detalles.

Llegan al hospital público en Cuauhtémoc. Urgencias: desnutrición, deshidratación, problemas dentales y de piel. Quedan en observación; análisis y evaluación psicológica. Lidia llama a Teresa: “Tía, los encontré. Están vivos. Son ellos.” Silencio, un sollozo, preguntas: “¿Dónde? ¿Cómo están?” Lidia explica: azotea en Guerrero, ahora hospital; mañana podrá verla. Teresa llora; no cree que tras 26 años haya noticias. Lidia también. Un trabajador social registra la historia: desaparecidos en 1998, sin reporte de delito al ser adultos, búsqueda fallida por años. Coordinarán con fiscalía y programas sociales; necesitarán apoyo psicológico. Por la tarde, un psicólogo evalúa. Trauma complejo, dificultad para articular lo vivido; se recomienda acompañamiento especializado. El MP pregunta si pueden declarar; el psicólogo sugiere gradual y sin presión. Noche: Ruth y Marcelo internados; Lidia duerme en una silla.

Domingo: declaraciones. Ruth narra: se fueron por no aguantar a Ernesto; tomaron combi a Indios Verdes; un señor se les acercó: trabajo en bodega en el centro y cuarto para quedarse. Parecía confiable; no tenían plan; aceptaron; los llevaron cerca del Centro Histórico a una bodega de ropa y mercancía, otros jóvenes trabajando; dormirían en un cuarto trasero; pagarían por semana. Al principio, parecía normal; luego el señor cambió: trabajar más para pagar renta y comida; “les hago un favor”. Ruth pidió pago; “todavía no”: primero gastos. Intentaron irse; el señor amenazó con llamar a la policía y acusarlos de robo; les quitó sus identificaciones “para el IMSS”; sin documentos, se sintieron atrapados. ¿Cuánto tiempo? Meses; luego los movieron a otra bodega, otra colonia, peor trato: casi no les daban de comer; colchones en el piso; encerrados con llave; un día Marcelo intentó escapar, lo golpearon. Ruth llora; Lidia le toma la mano; agua; sigue: hubo problemas entre los manejadores; redada; todo se dispersó; Ruth y Marcelo salieron, pero ya no sabían dónde estaban; sin dinero ni documentos; intentaron pedir ayuda; miedo de la policía: temían acusaciones o regreso a Ecatepec con Ernesto; se quedaron en calle. Al principio, intentaron trabajar: Marcelo cargaba en mercados; Ruth pedía dinero; a veces dormían en albergues, llenos o de una noche; enfermaron; perdieron sus pocas cosas; hubo un punto en que Ruth ya ni recordaba bien el nombre de su mamá; Marcelo empezó a tener problemas, a veces no reconocía a Ruth. ¿La azotea? Hace años encontraron esa vecindad; subieron por la lona; nadie los molestaba; bajaban a comprar comida, casi siempre escondidos arriba; miedo de que los sacaran o pasara algo malo otra vez. Ruth concluye: nunca olvidó a su mamá; guardó el llavero porque le recordaba la casa; no sabía cómo volver; pensaba que era tarde y que su familia no la querría. Marcelo confirma: bodega, explotación, miedo, calles, azotea; intentó proteger a Ruth; culpa; el MP le dice que fueron víctimas.

La fiscalía abrirá investigación por trata y explotación; intentarán identificar responsables, difícil tras tantos años; lo inmediato es recuperar identidad legal y salud.

Lunes: alta médica. El trabajador social coordina con Lidia para un centro de atención a víctimas: terapia psicológica y trámites de documentos. Lidia pregunta si pueden ir a Ecatepec a ver a Teresa; recomiendan un espacio tranquilo. Esa tarde, Lidia los lleva en camión: largo trayecto; Ruth reconoce zonas y dice que todo cambió; Marcelo calla, nervioso. Llegan a la casa pequeña de Teresa; ella está en la sala con oxígeno. Ruth y Marcelo entran; Teresa levanta la vista y se queda inmóvil. “Tía, son ellos”, dice Lidia. Teresa llora. Ruth se arrodilla: “Mamá, soy yo.” Teresa toca su rostro como si no pudiera creerlo. Marcelo llora al fondo; Teresa lo llama; se arrodilla; los abraza sin decir nada. Lidia les da espacio. Minutos después, los tres, sentados, en silencio. “¿Están bien?”, pregunta Teresa. “Ahora sí”, responde Ruth. “¿Por qué no volvieron antes?”, pregunta. Ruth no sabe; Marcelo: “Teníamos miedo, mamá. Perdón.” “No se disculpen. Lo importante es que están aquí”, dice Teresa.

Esa noche, duermen en colchones en el cuarto de Lidia; ella en la sala. Es extraño: no están acostumbrados a techo cerrado; se despiertan asustados; Lidia escucha, no interviene. Los días siguientes son complicados: no saben cómo vivir en familia otra vez. Silencios largos, momentos incómodos. Teresa quiere cocinar; Ruth no tiene hambre, le duele el estómago. Marcelo pasa horas mirando el cielo en el patio. La familia no sabe cómo ayudar. Lidia coordina con el centro; empiezan terapia. El psicólogo explica: será lento; es normal sentirse perdidos; llevan 26 años viviendo otra manera; no hay prisa; cada quien encontrará su ritmo. Comienzan trámites: actas de nacimiento, CURP; no tienen credencial de elector ni comprobantes ni historial laboral; oficial y administrativamente, desaparecidos. Los trámites toman semanas.

Aparecen medios: un periodista toca la puerta; Lidia dice que no; publican nota con la foto; se vuelve viral; cientos de mensajes: apoyo, entrevistas, ofertas de ayuda. Lidia consulta al colectivo; aconsejan poner límites, proteger privacidad. Lidia publica un comunicado: agradece, pide respeto; no habrá entrevistas; están en recuperación. Algunos medios respetan, otros no; aparecen notas sensacionalistas con datos incorrectos. Lidia se frustra.

En medio de todo, Ruth y Marcelo intentan adaptarse. Ruth sale al patio y ayuda con tareas; Marcelo habla más: cuenta fragmentos de años en calle, gente y lugares. La familia escucha sin juzgar. Pasan semanas. Ruth aprende a usar el celular que Lidia le presta; aplicaciones le cuestan. Marcelo sale a caminar con un hermano ahora adulto. Hay momentos buenos y crisis: Ruth tiene pesadillas, despierta llorando, cree estar de vuelta en la bodega; Lidia la abraza, le recuerda que está en casa. El psicólogo explica el TEPT: necesitarán paciencia. Abril de 2024: obtienen credenciales de elector; paso importante: banco, trabajo formal. El trabajador social los inscribe en un programa de apoyo económico mensual, pequeño pero útil. Lidia pregunta si quieren trabajar: Ruth quiere, no sabe en qué; Marcelo teme trabajar para alguien que no confía. Les sugieren enfocar en salud por ahora.

Con el tiempo, hablan de tener su propio espacio: no por huir de Teresa, sino por autonomía. Teresa entiende; duele. Lidia busca programas de vivienda social; requisitos, tiempos. Mientras tanto, se quedan en Ecatepec, con incertidumbre. Mayo: Marcelo quiere volver a la azotea, no para quedarse, sino recoger una cobija importante para él; ya hay otras personas; sus cosas no están. Observa el lugar: “Aquí estuve mucho tiempo. No era una vida, pero era lo que tenía.” Lidia guarda silencio.

En casa, la vida sigue: Teresa delicada, pero tranquila; les dice que pensó morir sin saber; ahora puede irse en paz. Junio: el colectivo invita a Lidia a contar la historia; da esperanza a otras familias. “¿Crees que todos los desaparecidos están vivos como Ruth y Marcelo?”, preguntan. “No lo sé. Cada caso es diferente. Vale la pena seguir buscando porque a veces sí aparecen”, responde. Lidia se va feliz por haberlos encontrado, consciente de que no todas las historias terminan así.

Julio de 2024: un mes desde el regreso; la familia organiza una comida sencilla; no es celebración, es estar juntos. Ruth y Marcelo participan poco, les cuesta estar en grupo, pero están. Teresa mira con ojos llenos de lágrimas y alivio. Pasan los meses: pequeñas mejoras. Ruth va sola a la tienda de la esquina. Marcelo acompaña a su hermano a un partido; mira el juego desde gradas. La terapia continúa: Ruth procesa más claramente; Marcelo avanza más lento. Un psiquiatra confirma secuelas cognitivas por años de estrés y malnutrición; con tratamiento puede mejorar; le recetan medicación; Lidia ayuda.

Febrero de 2025: notificación de vivienda social: hay un cuarto disponible en Ecatepec a nombre de Ruth y Marcelo: pequeño pero funcional. Ru se emociona; Marcelo se asusta; el psicólogo propone mudanza gradual. A mediados de febrero, se mudan: una habitación, baño, cocineta, ventana, luz, puerta con llave; más de lo que tuvieron en años. Primeros días: difícil; se despiertan asustados; se acostumbran poco a poco. Lidia los visita, lleva comida; Teresa habla por teléfono diario. Marzo: Ruth busca trabajo formal; consigue en una tienda de abarrotes: empaquetar y acomodar; contrato temporal, sueldo mínimo, inicio digno; llora de felicidad con el primer pago. Marcelo aún no busca; empieza a salir solo al barrio.

Abril: la fiscalía cierra formalmente la carpeta por trata. No hay detenidos; no hay justicia punitiva; queda registrado que fueron víctimas de explotación y desaparecieron 26 años. Lidia guarda la copia: reconocimiento, aunque insuficiente. Mayo: Ruth pide recuperar el llavero amarillo; Lidia se lo había llevado el día del reencuentro; se lo entrega. Ruth lo limpia y cuelga en la pared del cuarto nuevo; dice que los acompañó todo el tiempo, lo único que queda de 1998. “¿Pensaste tirarlo?”, pregunta Lidia. “No”, responde Ruth. “Siempre supe que era importante, aunque no recordara bien por qué.”

Junio de 2025: Lidia cierra la página de búsqueda en Facebook. Publica un último mensaje: “Después de 26 años, Ruth y Marcelo están de vuelta con su familia. No es un final perfecto, pero están vivos, en recuperación y construyendo una nueva vida. Gracias a quienes compartieron y no perdieron la esperanza.” Cientos de comentarios: apoyo, alegría. Lidia responde algunos y cierra la página: ya no es necesaria. La vida de Ruth y Marcelo ahora es privada.

Teresa, con más de setenta, sabe que no le queda mucho, pero está tranquila: vio regresar a sus hijos; están vivos; intentan reconstruirse. Eso le basta. Ruth y Marcelo siguen adelante, día a día: terapia, trabajo, rutinas pequeñas. No hay monumentos, ni ceremonias, ni cierre cinematográfico. Sólo dos personas que sobrevivieron 26 años de silencio, explotación y olvido, intentando recordar cómo se vive. Y una foto de baño de 1998 —dos rostros serios ante azulejos celestes— que por fin tiene otra imagen con la que dialogar: una lona azul en la azotea de Guerrero, bajo la cual los encontraron. Entre ambas, una prima que no dejó de mirar. Y un llavero amarillo que hizo puente entre los años.