Sergio Mayer investigará cuánto dinero gana Maryfer Centeno: “Monetiza con el dolor ajeno”
El diputado federal por Morena reaccionó a los rumores sobre el presunto tráfico de influencias que han manchado el caso contra Mr. Doctor y la supuesta desaparición de la grafóloga

Sergio Mayer, artista y diputado federal por el partido Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), acusó a Maryfer Centeno de monetizar con el dolor ajeno a través de sus análisis de lenguaje corporal y cometer presunta violencia de género. Asimismo, habló sobre los rumores de supuesto tráfico de influencias que pesan en contra de la grafóloga por el caso legal que sostiene contra Octavio Arroyo ‘Mr. Doctor’.
El exintegrante de Garibaldi sostuvo un encuentro con medios de comunicación en la inauguración de un restaurante en la Ciudad de México, donde fue cuestionado tanto por la demanda que Ninel Conde perdió contra Anabel Hernández como por la denuncia que Maryfer Centeno interpuso en contra del youtuber a raíz de un video en donde la tachó de charlatana.

Sergio Mayer quiere saber cuánto dinero gana Maryfer Centeno por monetizar con el ‘dolor ajeno’
En ese encuentro con la prensa, el diputado no solo dejó entrever que se encuentra al pendiente del caso, también reveló que está en contacto con Mr. Doctor y que está investigando cuánto dinero gana la grafóloga con la publicación de sus análisis de lenguaje corporal en redes sociales.

Finalmente, reaccionó a las especulaciones que circulan en redes sociales sobre la supuesta desaparición de la grafóloga; aseguró que es una estrategia de ella y confesó que también lo haría si estuviera en su posición:
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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