Te pareces a Maradona, pero él nunca tomaría el autobús. Diego se quitó los lentes y todo el autobús se quedó congelado…

Te pareces a Maradona, pero él nunca tomaría el autobús. Diego se quitó los lentes y todo el autobús se quedó congelado…

Relato dramatizado e inspirado en hechos reales. Algunos detalles y nombres fueron modificados para proteger identidades.

Buenos Aires, 3 de octubre de 1997. Viernes. Cinco de la tarde. Esa hora en la que la ciudad deja de ser ciudad y se convierte en una sola cosa: apuro. Avenida Corrientes parecía una garganta atascada. Autos pegados como ladrillos, colectivos avanzando a los tirones, bocinazos como gritos de guerra, y peatones cruzando con esa valentía resignada del porteño que ya sabe que nadie frena del todo.

En medio de ese caos había un punto rojo que brillaba como una provocación.

Un Ferrari.

Hermoso. Carísimo. Inútil.

Y al lado de ese Ferrari, parado con las manos en la cintura y el gesto de quien no sabe si reírse o putear al universo… estaba Diego Armando Maradona.

No el Diego de los pósters gigantes. No el Diego del Azteca. No el Diego con la Copa en alto. Este era el Diego de carne y hueso, con el cuerpo cansado, el humor fino y esa mirada que decía “la vida me la hizo mil veces… pero igual me sorprende”.

El Ferrari F300 estaba muerto. Sin batería. Sin forma de arrancarlo. Un pedazo de lujo clavado en el lugar más incorrecto del mundo: el centro de Corrientes, en plena hora pico, con miles de personas tratando de volver a su casa para arrancar el fin de semana.

Los bocinazos eran una lluvia pesada. Algunos insultos salían por las ventanillas como flechas:

—¡Movelo, genio!
—¡Corré eso!
—¡Dale, campeón!

Otros, cuando lo reconocían, cambiaban el tono:

—¡Dale, Diego, te bancamos!
—¡Te empujamos si querés!

Diego miraba el auto como si fuese un animal traicionero. Venía de almorzar con sponsors en Puerto Madero. Había tomado dos copas de vino más de las que debía, de esas que te aflojan la risa y te hacen creer que todo está bajo control… hasta que el control te abandona.

Su mecánico, a la mañana, se lo había dicho.

—Diego, ese auto está jodido de electricidad. No te confíes.

Diego había asentido… y después se olvidó. Como se olvida uno de lo que no quiere pensar. Como se olvida uno de lo que cree que nunca le va a pasar.

Pero ahí estaba. Con el Ferrari atravesado como una piedra preciosa en medio del río. Llamó a su asistente. No respondió. Llamó al mecánico. Buzón de voz. Llamó a una grúa.

—Treinta, cuarenta minutos mínimo… capaz una hora con este quilombo.

Diego miró el reloj. Tenía entrenamiento en Boca a las siete. Si se quedaba esperando, llegaba tarde. Si buscaba taxi, era un chiste: un viernes a las cinco, en Corrientes… conseguir taxi era como conseguir silencio en una cancha.

Por un segundo, Diego sintió algo raro. No era miedo. No era enojo. Era una sensación vieja. Una sensación que no se compra. La sensación de estar… atrapado. Como cuando era pibe y el mundo te pasaba por arriba y vos no tenías más opción que aguantar.

Y entonces, entre los autos y la bronca, vio algo que lo sacó de la escena como una puerta secreta.

Una parada de colectivo. A unos veinte metros.

Y el cartel, gastado por el tiempo, decía: Línea 60.

Diego se quedó mirándolo como si esa línea fuese una máquina del tiempo.

Esa era la misma línea que tomaba con catorce años para ir desde Villa Fiorito hasta Argentinos Juniors. La misma que había visto subir a su viejo con la cara de sueño y manos de trabajo. La misma que había jurado, en silencio, no volver a necesitar cuando tuviera plata.

Miró su Ferrari muerto. Miró la parada. Y se rió.

Una risa chiquita, incrédula.

—¿Por qué no?

En ese instante, nadie imaginaba que esa decisión —una pavada, un impulso— iba a convertirse en una historia que se iba a contar durante veinte años en sobremesas, asados, taxis, peluquerías y oficinas. Nadie imaginaba que los próximos cuarenta minutos iban a mostrar un Diego que no salía en la televisión. Un Diego que, en el fondo, mucha gente necesitaba ver.

Dejó el Ferrari con las balizas puestas, cerró la puerta con llave y caminó hacia la parada como uno más.

Había siete personas esperando. Una mujer mayor, de más de setenta, con bolsa de compras y un saquito viejo. Dos estudiantes con mochilas y cara de cansancio. Un hombre de traje con maletín y el alma derrotada. Una madre joven con un bebé dormido. Y dos obreros con ropa manchada de cemento, riéndose de algo que solo ellos entendían.

Diego llevaba gorra, lentes de sol, ropa casual. Podía pasar por cualquier tipo que volvía a casa. Nadie lo reconoció de inmediato. Y esa invisibilidad le resultó… extrañamente cómoda.

El 60 llegó tres minutos después, viejo y ruidoso. Ventanas que no cerraban bien. Asientos gastados. Un olor a diésel mezclado con humanidad. Buenos Aires en forma de colectivo.

Diego subió. Se paró frente a la máquina que cobraba el pasaje… y ahí le cayó el golpe.

No tenía monedas.

Ni una.

Solo un billete de 100 pesos en la billetera.

El chofer, un tipo de unos cincuenta años con cara de haber manejado esa ruta toda la vida, lo miró sin paciencia.

—Tres pesos.

Diego extendió el billete, casi como pidiendo disculpas.

—¿Me hacés…?

El chofer soltó una risa seca.

—¿Cambio de eso? ¿Vos me estás cargando? No tengo. Nadie tiene. No soy banco.

Diego se quedó parado, bloqueando la entrada. Por primera vez en mucho tiempo, sintió vergüenza. Pero no esa vergüenza que se arma con titulares. Era una vergüenza real. Chiquita. Humana. La de un hombre que se da cuenta de que, con toda su fama, en un colectivo… no es más que alguien sin monedas.

Detrás de él se escuchó una voz suave:

—Yo pago.

Diego giró la cabeza.

La anciana de la bolsa de compras le extendía tres pesos en la mano.

—No es problema, hijo. A cualquiera le pasa.

Diego tomó las monedas con las manos temblándole apenas, como si le doliera aceptar ayuda.

—Gracias, señora… se lo devuelvo.

Ella agitó la mano con un gesto de “no hinches”.

—Sentate. Está lleno. Andá.

Diego puso las monedas, salió el ticket y caminó hacia el fondo buscando un lugar. No había asientos libres. Se quedó parado, agarrado de una barra, mientras el colectivo arrancaba con una sacudida que te acomodaba los huesos.

La anciana lo miraba desde su asiento. No con morbo. Con curiosidad. Con esa intuición fina que tienen las personas grandes cuando sienten que algo no encaja.

—Perdón por mirarte así —dijo—. Pero te parecés muchísimo a Maradona.

Diego sonrió detrás de los lentes.

—Me lo dicen seguido.

Ella negó con la cabeza, convencida de su sospecha.

—Es increíble el parecido. Pero vos no sos él, ¿no? Maradona nunca viajaría en colectivo. Tiene Ferraris. Tiene choferes. Gente como él no usa transporte público.

Diego la miró como si esa frase le hubiera tocado una fibra.

—¿Por qué no? —preguntó, genuino—. ¿Porque es famoso? ¿Porque es millonario? ¿Porque puede pagar lo que sea?

La mujer se encogió de hombros, como diciendo “y sí”.

Diego suspiró.

—Tal vez lo extraña. Tal vez se acuerda de cuando era pibe y era la única manera de moverse. Tal vez el colectivo le recuerda de dónde viene.

La anciana lo estudió más, achicando los ojos.

—Hablás como él también. Ese acento… sos de zona sur.

Diego respondió sin pensar:

—Villa Fiorito.

La mujer abrió grande los ojos.

—¿Qué?

—Villa Fiorito —repitió Diego, y recién ahí se dio cuenta de lo que acababa de decir.

La anciana se quedó helada.

—Maradona es de Villa Fiorito…

—Ya sé.

La mujer tragó saliva, como si estuviera por llorar o por gritar.

—Yo también crecí ahí. Dos cuadras de su casa. Conocí a Doña Tota… comprábamos en el mismo almacén.

Lo miró con una intensidad que a Diego le apretó el pecho.

—Sacate los lentes.

Diego vaciló. Por un segundo. Porque quitarse los lentes era abrir la puerta a lo inevitable: el reconocimiento, el ruido, el circo.

Pero al final, despacio, se los sacó.

Y también se sacó la gorra.

La mujer se llevó la mano a la boca.

—Dios mío… sos vos.

El murmullo explotó en el colectivo como un trueno.

—¡Es Maradona!
—¡No puede ser!
—¡Diego en el 60!

Las cabezas se giraron. Algunos se pararon para ver mejor. Otros se quedaron congelados. Como si el ídolo se hubiera bajado del cielo a un pasillo lleno de gente apretada.

Diego levantó un dedo.

—Por favor… no quiero circo. Solo necesito llegar a Boca. Se me rompió el auto.

La mujer mayor asintió con una ternura firme.

—Sentate, Diego.

Se dio vuelta hacia el hombre de traje que estaba sentado al lado suyo.

—Dale el asiento.

El tipo se ofendió.

—Yo también pagué…

—Sos joven. Él también pagó, ¿o no? Dale el asiento. No seas duro.

El hombre refunfuñó y se levantó. Diego se sentó junto a la anciana.

—Gracias, señora…

—Marta —dijo ella—. Marta Ramírez. Viví en Fiorito cuarenta años. Ahora estoy en Flores con mi hija. Pero todos los viernes tomo este mismo colectivo, a la misma hora. Nunca imaginé que iba a viajar sentada junto a vos.

Diego sonrió, y por primera vez esa tarde dejó de sentirse preso.

—El placer es mío, Doña Marta.

Afuera el tráfico seguía igual. Pero adentro, el colectivo se había transformado en otra cosa. En un pequeño mundo donde la gente respiraba distinto, como si todos hubieran recordado algo que se olvida rápido: que las estrellas también se cansan.

—Contame cómo está Fiorito —le pidió Diego—. ¿Cómo está la gente?

Marta habló. Y en cada palabra había verdad.

Dijo que seguía siendo duro. Que las calles todavía eran de tierra. Que los pibes seguían jugando descalzos. Que la pobreza seguía ahí, pegada a la piel.

Pero también dijo que había esperanza.

Que su sobrino, inspirado por Diego, había estudiado y ahora era maestro. Que la canchita donde Diego jugaba tenía nombre, que la gente la cuidaba como un altar. Que cada nene que pateaba una pelota ahí soñaba con salir, no solo por plata… sino por dignidad.

Diego escuchaba con los ojos húmedos. Y de pronto, Marta le hizo la pregunta que casi nadie se anima a hacerle a un ídolo:

—¿Y vos, Diego… cómo estás de verdad?

Diego tardó en responder. Miró por la ventana sucia, viendo pasar Buenos Aires como un recuerdo vivo. La ciudad que lo amó y lo destrozó. Que lo levantó como rey y lo juzgó como enemigo.

—Estoy cansado, Marta… cansado de verdad. Viví mil vidas en treinta y seis años. Fui héroe, fui villano, gané todo, perdí todo… y hoy… hoy solo quiero ser un tipo normal en un colectivo. Sin cámaras. Sin guardaespaldas. Solo yo… y la ciudad.

Marta le puso la mano encima, arrugada y cálida, como una madre.

—¿Sabés qué te hace especial, Diego? No son los goles. No son las copas. Es que no te olvidaste de dónde venís. Hoy, con todo lo que tenés, te subiste acá como cualquiera. Eso te hace uno de nosotros para siempre.

En una parada subieron tres personas más. Entre ellas, un hombre de treinta años con camiseta de Boca. Apenas lo vio, se congeló.

—¿Maradona? ¿En colectivo?

Diego asintió, como si fuera lo más normal del mundo.

—Se me rompió el auto.

El tipo se rió tan fuerte que todo el colectivo lo miró.

—¡Esto es lo más argentino que vi en mi vida! El mejor jugador del mundo… en el 60.

Se sentó en un asiento libre, cruzando el pasillo.

—Diego… ¿me firmás la camiseta?

Diego se revisó los bolsillos.

—No tengo lapicera.

—Yo tengo —dijo uno de los estudiantes, estirando una birome mordida.

Y ahí empezó algo que parecía una escena soñada.

Diego firmó la camiseta. Firmó un cuaderno. Firmó un boleto de colectivo. Firmó un pedazo de diario. Firmó la mano de un nene porque la madre no tenía papel.

Pero lo más fuerte fue cómo firmaba: mirándolos a los ojos, preguntando nombres, diciendo “gracias” como si el agradecido fuese él.

El chofer, que venía escuchando todo por el espejo, prendió el micrófono:

—Atención, pasajeros… hoy tenemos el honor de llevar a Diego Armando Maradona. Todos estamos cansados, todos queremos llegar a casa… pero este viaje lo vamos a contar toda la vida. Bienvenido a casa, Diego.

El colectivo entero aplaudió.

Diego se puso de pie con dificultad, hizo una reverencia exagerada y se sentó de nuevo. Y todos rieron, como si durante un rato se hubieran olvidado de la crisis, del estrés, de la vida.

Parada tras parada, la noticia corría dentro del colectivo.

—Maradona está acá, sentado.
—¿Cómo que Maradona?
—Mirá, es él.

Algunos se santiguaban. Otros lloraban sin saber por qué. Otros simplemente sonreían, como si el mundo por fin les hubiera dado una escena amable.

Cuarenta minutos después, Diego llegó a su parada cerca de La Bombonera. Se levantó.

—Gracias a todos —dijo en voz alta—. Este fue el mejor viaje en colectivo de mi vida.

Marta también se puso de pie.

—Yo bajo acá. Camino dos cuadras más, pero bajo contigo.

Bajaron juntos.

El colectivo se alejó con gente agitando las manos por las ventanas, como si despidieran a un amigo.

Diego caminó con Marta esas dos cuadras, hablando de cosas simples. La vida, la familia, el barrio, el tiempo que pasa sin pedir permiso.

En la puerta de la casa de la hija de Marta, Diego se detuvo.

—Doña Marta… ¿cuánto le debo por el pasaje?

—Tres pesos.

Diego sacó la billetera. Sacó el billete de 100.

—Esto es por el pasaje… y por la conversación. Por recordarme quién soy.

Marta empujó el dinero de regreso con una suavidad firme.

—No necesito tu plata, Diego. Yo también necesitaba esto. Necesitaba recordar que los famosos son humanos. Que los millonarios también se quedan a pata. Que no importa qué tan alto llegues… siempre podés volver a tierra.

Diego la miró un segundo largo. Como si le hubiera metido un gol al corazón.

—Entonces… ¿cómo se paga?

Marta sonrió.

—No se paga conmigo. Se paga con alguien más. Cuando veas a uno que esté solo, que nadie lo mire, que nadie le crea… acordate de este colectivo. Y dale una mano.

Diego asintió despacio.

—Te lo prometo.

—No me lo prometas —dijo ella—. Hacelo.

Y ahí, sin cámaras, sin flashes, sin periodistas, Diego Armando Maradona se quedó parado un segundo en la vereda, sintiendo que ese viaje de cuarenta minutos le había dado algo que ni el Ferrari ni los aplausos podían comprar.

Un regreso.

Porque a veces, la vida te deja sin batería en el peor lugar, en el peor momento… solo para devolverte lo que estabas a punto de olvidar: que antes de ser leyenda, fuiste persona.

Y la gente, cuando te ve persona, te quiere de verdad.