Telemundo sacude los domingos: revela cambios drásticos en su programación estelar para derrotar a Univision

Los domingos en Telemundo prometen encenderse aún más con una programación cargada de sorpresas y emoción.
Tras el cierre de Pase a la fama, la cadena ha preparado una propuesta especial para mantener a su audiencia pegada a la pantalla durante toda la noche.

La cuarta temporada de Top Chef VIP, conducida por la carismática Carmen Villalobos, amplía su horario para ofrecer tres horas consecutivas de pura acción en la cocina.
Desde las 7 hasta las 10 p. m. (hora del Este), los televidentes podrán disfrutar de los retos, la tensión y el talento culinario de los nueve participantes que siguen en la competencia:

Angélica Celaya, Curvy Zelma, Lorena Herrera, Matías Ochoa, Paco Pizaña, Cristina Porta, Celinee Santos, Juan Soler y Salvador Zerboni. Todos ellos luchan por el título de Top Chef VIP y los $200,000 dólares en juego.
Pero la diversión no se queda ahí. A las 10 p. m., Lourdes Stephen y Carlos Adyan llegan con el esperado regreso de Pica y se extiende, en vivo y con un formato más dinámico que nunca.

El programa combinará lo mejor de la farándula, entrevistas exclusivas y acceso privilegiado a lo que ocurre detrás de cámaras en Top Chef VIP.
Para su estreno, el show viene cargado de revelaciones. Imelda Tuñón hablará por primera vez sobre la situación financiera que le dejó Julián, hijo de Maribel Guardia.

Lo que se espera
Además, PeeWee abrirá su corazón sobre su reciente arresto y la inesperada мυerte de su padre.
Y como si fuera poco, Yailín La Más Viral se suma como invitada especial, ofreciendo un vistazo íntimo a su último concierto.

Sin duda, los domingos en Telemundo se transforman en una cita imperdible para los amantes del entretenimiento.
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Aquella tarde parecía igual a cualquier otra, de esas que pasan sin dejar huella, mimetizadas en la rutina de un matrimonio que se presume sólido. El sol de Ciudad de México entraba por la ventana de la recámara con esa luz tibia de las cinco de la tarde, una claridad dorada que siempre me había gustado porque hacía que el polvo flotara como si fueran pequeños recuerdos suspendidos en el aire. Yo estaba doblando ropa recién salida de la secadora, sintiendo el calor de las sábanas en las palmas de mis manos, cuando escuché a Julián decir que iba a meterse a bañar. Su voz sonaba normal. Demasiado normal.
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Pietro Palazzini tenía las manos sumergidas en el agua jabonosa de la cocina del Vaticano cuando los gritos perforaron la calma de la mañana. No eran gritos ordinarios; tenían la frecuencia del terror absoluto, ese que solo surge cuando el mundo conocido se quiebra de golpe. Era el 16 de octubre de 1943. Roma llevaba apenas cinco semanas bajo la ocupación nazi, pero el aire ya se sentía como una soga que se apretaba lentamente.
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El aire acondicionado del aeropuerto internacional de la Ciudad de México zumbaba con una indiferencia metálica, ajeno a la tensión que se cocinaba cerca de la puerta de embarque. Lucía, una mujer pequeña de manos nudosas y espalda ligeramente encorvada por décadas de revisar tareas bajo la luz de bombillas de bajo voltaje, apretaba su bolso contra el pecho. A su lado, flanqueándola como dos columnas de mármol, estaban Mateo y Julián.
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Daniel tiene treinta años, pero sus manos, marcadas por el rastro del trabajo manual y la resequedad del invierno, cuentan una historia de más décadas. Es padre soltero, una etiqueta que en la práctica significa ser el último en dormir, el primero en despertar y el único en sostener un mundo que amenaza con desmoronarse cada quincena. Cría a tres hijos en una casa donde el silencio es un lujo y el espacio una negociación constante.
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Diego se quedó inmóvil dentro de la camioneta, con el motor apagado y las manos todavía aferradas al volante. Sobre el asiento del copiloto descansaba una caja de cartón mal sellada y, justo encima, un sobre manila cuyo color se había rendido ante el paso de los años. Afuera, la noche de Monterrey era una presencia física: tibia, cargada de ese viento seco que baja del Cerro de la Silla y que nunca termina de refrescar las calles. El estacionamiento del edificio, una estructura de concreto con luces amarillentas y parpadeantes, estaba casi vacío.
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El aire bajo el puente de la calle Cuarta olía a humedad estancada y a humo de leña, un aroma que Ava nunca habría asociado con la supervivencia hasta que el mundo que conocía se desmoronó. Marlene no le pidió explicaciones el primer día, ni el segundo. Simplemente le pasó un termo abollado con caldo caliente, observando en silencio cómo Ava alimentaba a su hijo recién nacido, Leo, cuyo llanto quedaba amortiguado por el rugido constante de los autos que pasaban por encima de sus cabezas. La bondad de Marlene no era de esas que se anuncian con trompetas; era una caridad práctica, de manos callosas y gestos breves.
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