Tres Extraños Idénticos: El Crimen Imperfecto de un Experimento Humano

Era el otoño de 1980. Las hojas comenzaban a cambiar de color en el campus del Sullivan County Community College, en Loch Sheldrake, Nueva York. Para Bobby Shafran, un joven de 19 años nacido el 12 de julio de 1961 en Glen Cove, aquel 15 de septiembre debía ser el inicio de una nueva etapa, un primer día normal de universidad.

Bobby había crecido en Scarsdale, en el seno de una familia de clase media, criado por sus padres adoptivos, Elliot y Louis Shafran. Su vida había sido estable, enfocada en la educación y el deporte. Sin embargo, apenas puso un pie en el campus, la realidad comenzó a distorsionarse.

Los estudiantes no lo miraban como a un extraño. Lo saludaban con una familiaridad desconcertante. Chocaban las manos con él, le daban palmadas en la espalda, y las chicas le sonreían con una calidez que no correspondía a un recién llegado. Pero lo más inquietante no eran los saludos, sino el nombre que pronunciaban.

—¡Hola, Eddie! —¿Cómo estás, Eddie? —¡Bienvenido de nuevo, Eddie!

Bobby, con su cabello rizado oscuro y su complexión atlética, pensó inicialmente que se trataba de una broma elaborada. Nadie parecía notar que él no era quien creían que era. La confusión se disipó cuando Michael Domnitz, un estudiante de 20 años y amigo de aquel misterioso “Eddie” el año anterior, se detuvo en seco frente a él.

Michael lo examinó con incredulidad. —Te pareces exactamente a Eddie Galland —le dijo, atónito—. Tienes el mismo cabello, la misma sonrisa, la misma forma de caminar.

Michael explicó que Eddie era un estudiante que había dejado el colegio el semestre anterior. La curiosidad se transformó en una sospecha palpitante cuando Michael lanzó la pregunta clave: —¿Eres adoptado?

Cuando Bobby confirmó que sí, que había sido adoptado a través de la agencia Louise Wise Services en Nueva York, Michael supo que aquello no era una casualidad. —Creo que tienes un gemelo —dijo Michael.

Esa misma noche, el destino de tres vidas comenzó a reescribirse. Michael le dio a Bobby la dirección y el número de Eddie Galland. Con el corazón martilleando en el pecho, Bobby marcó el número.

Al otro lado de la línea, en una casa en New Hyde Park, Nueva York, contestó Eddie. También tenía 19 años. También había nacido el 12 de julio. También había sido adoptado por la misma agencia. Al escuchar la voz de Bobby, Eddie sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Era como hablar consigo mismo.

—Creo que somos gemelos —dijo Bobby. Eddie rió, una risa nerviosa, incrédula. Acordaron verse esa misma noche. No podían esperar.

Bobby, acompañado por Michael, condujo a toda velocidad hasta la casa de Eddie. Cuando llegaron y Eddie abrió la puerta, el tiempo se detuvo. Los dos jóvenes se quedaron congelados, mirándose el uno al otro como si estuvieran frente a un espejo viviente.

Eran idénticos. Misma altura de 1.80 metros, mismo peso de 70 kilogramos, la misma complexión muscular y esa sonrisa idéntica con hoyuelos. Vestían de manera similar, fumaban la misma marca de cigarrillos (Marlboro) y compartían gestos inconscientes, como la forma de cruzar las piernas o tocarse el cabello.

La reunión fue un torbellino de emociones, abrazos y risas incrédulas, bajo la mirada atónita de los padres de Eddie, Seymour y Evelyn Galland. Seymour, un médico, y Evelyn, una maestra, no daban crédito.

—Cuando Bobby entró, pensé que era Eddie jugando una broma —confesaría después un testigo—. Eran como espejos.

Esa noche llamaron a los Shafran. Ambas familias confirmaron los detalles: los niños fueron adoptados a los seis meses a través de Louise Wise Services, una agencia especializada en adopciones judías. Pero algo no encajaba. Elliot Shafran recordó que la agencia había mencionado chequeos médicos regulares, pero jamás hablaron de un gemelo. Seymour Galland recordó evaluaciones psicológicas anuales disfrazadas de rutina. La agencia les había mentido.

La noticia era demasiado grande para mantenerse en secreto. El 16 de septiembre de 1980, el periódico New York Post publicó un artículo que cambiaría sus vidas para siempre, titulado: “Gemelos reunidos después de 19 años”. La historia se viralizó al instante, acompañada de una foto de los dos hermanos idénticos.

Pero la historia no terminaba ahí. En Queens, Nueva York, un joven llamado David Kellman compró el periódico. Al ver la foto, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El rostro en el papel era el suyo.

David, nacido el mismo día y adoptado por la misma agencia, llamó temblando a los números que aparecían en el artículo. —Yo soy el tercero —susurró una voz en la línea telefónica.

No eran gemelos. Eran trillizos.

El 17 de septiembre de 1980, los tres se reunieron en Nueva York. La conexión fue inmediata, eléctrica y absoluta. David, criado en un hogar humilde pero lleno de amor por sus padres adoptivos Claire y Richard Kellman (un tendero y una ama de casa), completaba el rompecabezas.

Las similitudes desafiaban toda lógica. Los tres tenían un coeficiente intelectual de 148. Amaban la lucha libre. Preferían mujeres con cabello oscuro. Sus novias notaron que incluso besaban de manera similar. Compartían manías, gustos culinarios y gestos. Era como si nunca se hubieran separado.

La fama llegó como un tsunami. Aparecieron en el programa de Phil Donahue, en Good Morning America y 20/20. En 1981, capitalizando su fama, abrieron el restaurante Triplets Roumanian Steak House en Manhattan. En 1985, incluso hicieron un cameo en la película Desperately Seeking Susan junto a Madonna.

Eran felices. Se mudaron juntos a un apartamento en Nueva York, viviendo la juventud que se les había negado compartir. Sin embargo, bajo la superficie de la euforia, las diferencias de crianza comenzaron a emerger.

David aportaba la calidez de una familia unida y cariñosa. Bobby, la estabilidad de la clase media. Pero Eddie… Eddie era diferente. Criado en una familia de clase alta pero con padres emocionalmente distantes —un padre siempre en el hospital y una madre ocupada—, Eddie siempre se había sentido solo.

Aquí surgió una figura clave: Richard Kellman, el padre de David. Richard, un hombre humilde y trabajador, se convirtió en el padre que los tres necesitaban. Acogió a Bobby y a Eddie como si fueran suyos. Para Eddie, Richard fue un bálsamo, el padre cariñoso que nunca tuvo. —Tú eres el padre que siempre quise —le dijo Eddie una vez, con la voz quebrada.

Mientras los chicos disfrutaban de su reencuentro, los padres no podían ignorar la gran pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué separar a tres hermanos idénticos?

En 1983, Elliot Shafran, Seymour Galland y Richard Kellman fueron a las oficinas de Louise Wise Services exigiendo respuestas. Los funcionarios de la agencia, nerviosos, les dieron una excusa: dijeron que separar a los gemelos facilitaba la adopción y evitaba la competencia entre ellos. Mencionaron que la madre biológica tenía antecedentes de esquizofrenia.

Los padres, aunque no convencidos, parecían aceptar la explicación y se disponían a irse. Pero el destino intervino. Elliot Shafran olvidó su sombrilla en la oficina. Al regresar inesperadamente para recuperarla, vio algo que le heló la sangre: los funcionarios de la agencia estaban abriendo una botella de champán. —Todo salió bien —decían entre risas y brindis.

Elliot irrumpió, furioso. —¿Qué están ocultando? —gritó. Ellos negaron todo, alegando que celebraban otro asunto, pero la semilla de la duda ya era un árbol gigante. Habían sido engañados.

La verdad era mucho más oscura que una simple política de adopción. En 1988, el periodista Lawrence Wright, investigando para The New Yorker, desenterró un secreto monstruoso.

La separación de Bobby, Eddie y David no fue un error ni una medida de bienestar. Fue un experimento.

Un estudio secreto sobre “Naturaleza versus Crianza”, orquestado por el psiquiatra Peter Neubauer y financiado por el Child Development Center. Neubauer, un refugiado austríaco, quería saber hasta qué punto el entorno moldeaba a las personas. Para ello, necesitaba sujetos genéticamente idénticos criados en ambientes diferentes.

Los trillizos fueron sus conejillos de indias. Fueron colocados estratégicamente en tres estratos socioeconómicos distintos:

David en la clase trabajadora.
Bobby en la clase media.
Eddie en la clase alta.

Nadie pidió consentimiento. Nadie informó a las familias. Durante años, investigadores visitaron a los niños bajo la excusa de “chequeos de rutina” por la adopción. Los grabaron, los entrevistaron, los monitorearon como a ratas de laboratorio. Documentaron sus miedos, sus inteligencias idénticas, sus comportamientos.

Neubauer sabía que los tres niños sufrían problemas emocionales. Sabía que se golpeaban la cabeza contra la cuna, que sentían una soledad inexplicable, un vacío fantasma. Pero no hizo nada. Priorizó los datos sobre la humanidad.

—Nos trataron como ratas de laboratorio —diría Bobby años después—. Neubauer nos robó 19 años por ciencia.

La revelación del experimento fue un golpe devastador, pero para Eddie Galland fue el principio del fin.

Eddie, quien parecía el más vibrante y alegre del grupo, era en realidad el más frágil. Su alegría era una máscara que ocultaba un profundo dolor por la soledad de su infancia y la distancia de sus padres adoptivos. El reencuentro con sus hermanos y el amor paternal de Richard Kellman habían sido su salvación.

Pero en 1995, la tragedia golpeó. Richard Kellman falleció por causas naturales a los 65 años.

La muerte de Richard destrozó a los tres, pero para Eddie fue insoportable. Perdió al único padre que realmente lo había hecho sentir amado. Sumado al trauma de saber que su vida había sido manipulada por un experimento psiquiátrico, Eddie colapsó.

Su salud mental se deterioró rápidamente. Fue internado en centros de salud mental varias veces. La depresión, esa sombra que lo había seguido desde niño, se volvió una oscuridad total.

El 16 de junio de 1995, en su casa de Maplewood, Nueva Jersey, Eddie Galland tomó una decisión irreversible. A los 33 años, se quitó la vida.

Al principio, surgieron teorías de conspiración. ¿Fue realmente un suicidio? ¿Alguien lo silenció porque sabía demasiado sobre el experimento? ¿Era un “crimen imperfecto” para proteger los secretos de la agencia?

Sin embargo, la autopsia y la realidad confirmaron una verdad más triste que cualquier conspiración: Eddie murió por el peso acumulado de los traumas. La soledad infantil, la ausencia parental, el shock de ser un experimento y la pérdida de su figura paterna, Richard, fueron demasiado.

—Eddie era nuestra luz —dijo David con la voz rota—. Pero el estudio nos dejó cicatrices eternas. Eddie podría estar vivo si no nos hubieran separado.

La muerte de Eddie rompió el trío, dejando a Bobby y David con una mitad de sí mismos arrancada.

En 2018, el documental Three Identical Strangers expuso esta historia al mundo, ganando premios en Sundance y provocando indignación global. El documental reveló que Peter Neubauer falleció en 2008 sin haber mostrado jamás remordimiento y sin haber publicado los resultados completos del estudio.

Lo más aterrador es que los archivos del experimento, miles de páginas que contienen los detalles íntimos de la vida de los trillizos y de al menos otros 13 pares de gemelos separados, se encuentran en la Universidad de Yale.

Están sellados. Bajo una orden de restricción impuesta por el propio Neubauer y las instituciones involucradas, los registros no podrán ser abiertos hasta el 25 de octubre de 2065.

Bobby Shafran y David Kellman, ahora hombres maduros, siguen buscando respuestas, pero el muro de silencio es alto. Su historia es un recordatorio brutal de lo que sucede cuando la curiosidad científica pierde su brújula moral.

Tres almas unidas por la sangre, separadas por un secreto mortal. Un monstruo llamado Peter Neubauer jugó a ser Dios con sus vidas. Al final, la ciencia obtuvo sus datos, pero el precio fue la vida de Eddie y la inocencia de tres hermanos.

Esta es la verdad de los crímenes imperfectos: a veces, el villano no lleva un arma, sino una bata blanca y una carpeta de notas. Y a veces, la justicia llega demasiado tarde para salvar a quienes más amamos.