Volvió de la capital con ojos apagados… y un esposo que sonreía demasiado tranquilo

La niebla bajaba cada madrugada desde las montañas de Zacatecas como un sudario.

Y en el invierno de 1841, cuando Celestina Durán regresó al pueblo con su nuevo esposo, esa niebla parecía más espesa, más fría… como si la tierra misma presintiera que algo antinatural había cruzado sus umbrales.

El carruaje llegó al amanecer.

Las ruedas crujieron sobre el empedrado húmedo.

Los aguadores se detuvieron con sus cántaros a medio camino. Los panaderos dejaron el canasto en el suelo. Las beatas, en fila rumbo a misa, se quedaron inmóviles, sin santiguarse siquiera.

No miraban por curiosidad ordinaria.

Miraban porque Celestina, que había partido seis meses atrás como la hija más hermosa del hacendado don Fermín Durán, regresaba transformada.

Más delgada.

La piel cetrina.

Los ojos hundidos… y al mismo tiempo brillantes, pero con una luz que no era alegría.

No era vida.

Era algo parecido a un aviso.

Junto a ella venía Rodrigo Santillán, un hombre que nadie en el pueblo conocía antes de aquel verano. Apareció en la hacienda de Los Azahares pidiendo trabajo.

Tenía facciones angulosas y ojos claros que parecían atravesar a quien miraba, como si lo que hubiera adentro de las personas le mostrara algo que le daba lo mismo.

Llegó sin antecedentes.

Sin familia conocida.

Con apenas una carta de recomendación de un comerciante de la capital que nadie pudo verificar.

Don Fermín, hombre práctico, orgulloso de su intuición, lo contrató como administrador de las minas de plata que explotaba en las afueras del pueblo.

En tres meses, Rodrigo demostró ser eficiente, meticuloso, capaz de sacar rendimiento donde otros veían agotamiento. Y esa palabra —rendimiento— empezó a sonar como música para don Fermín.

En seis meses, Rodrigo no solo se había quedado.

Se había casado con Celestina.

En la ciudad.

En una ceremonia privada, sin la presencia de la familia, sin la bendición del obispo local, sin las tres amonestaciones que la costumbre exigía.

Cuando el carruaje se detuvo frente a la casona colonial de los Durán —cantera rosa, balcones de hierro forjado, escudo familiar tallado sobre el portón— don Fermín salió a recibirlos con expresión grave.

Doña Remedios permaneció en el umbral retorciendo un pañuelo entre las manos.

No hubo abrazos.

Apenas unas palabras formales, frías como el aire de montaña.

Celestina entró a la casa que había sido su hogar durante veinte años como si fuera una extraña.

Caminaba tres pasos detrás de Rodrigo.

La mirada baja.

Las manos entrelazadas sobre el vientre, en un gesto que podía ser humildad… o miedo.

Y el pueblo, como todos los pueblos pequeños donde la vida transcurre entre misa, mercado y tertulia nocturna en la plaza, empezó a hablar.

En los lavaderos comunales, mientras las mujeres golpeaban la ropa contra las piedras.

En la cantina de don Abundio, entre humo de tabaco y mezcal.

En el atrio de la parroquia de San Francisco, después de la misa dominical, bajo la sombra de los laureles.

¿Qué había pasado en esos seis meses?

¿Por qué Celestina, vivaz, risueña, devota de la Virgen de Guadalupe, aficionada a bordar manteles para un ajuar futuro… regresaba convertida en sombra silenciosa?

Las primeras semanas, los Durán intentaron mantener las apariencias.

Don Fermín anunció que Rodrigo asumiría la administración completa de la hacienda: tierras de cultivo, ganado y minas. No solo las minas.

Fue una decisión insólita. Era entregar demasiado poder a un yerno recién llegado, desplazando a mayordomos que llevaban décadas al servicio de la familia.

Pero don Fermín, férreo, no dio explicaciones.

Doña Remedios organizó una cena de bienvenida para presentar formalmente a Rodrigo ante las familias principales del pueblo.

Los Mendoza.

Los Villarreal.

El padre Anselmo Cortés, párroco que había bautizado a tres generaciones.

Y el alcalde, don Severo Aguirre, veterano de las guerras de independencia, con una vieja marca de sable sobre el hombro.

La cena transcurrió con la rigidez de un ritual funerario.

Rodrigo habló poco, respondió con monosílabos corteses. Sonrió sin que la sonrisa le alcanzara los ojos.

Celestina no pronunció palabra en toda la velada.

Sentada a su lado, manos sobre el regazo, comió apenas. La mirada se le quedaba fija en un punto de la pared donde colgaba el retrato al óleo de su abuelo materno, como si ahí hubiera algo que la jalara.

Doña Eufemia de Mendoza, lengua afilada y caridad pública, intentó conversar con ella sobre la próxima festividad de la Candelaria.

Celestina tardó tanto en responder que Rodrigo intervino por ella.

—Mi esposa aún está débil del viaje —dijo con voz suave—. El cambio de clima la ha afectado. Necesita reposo.

Lo dijo con tal solicitud, con tal aparente preocupación, que nadie pudo objetar.

Pero varios notaron un detalle: mientras hablaba, Rodrigo posó su mano sobre la muñeca de Celestina. Sus dedos largos y pálidos se cerraron alrededor de la carne delicada con una presión que no parecía cariño.

Parecía recordatorio.

El padre Anselmo observó aquello y sintió una inquietud que no supo explicar.

Había algo en Rodrigo Santillán que le producía desasosiego.

No era grosero.

No era altanero.

Al contrario: educado, bien versado en Escrituras cuando conversaban.

Y aun así, en sus ojos había una frialdad, una distancia, como si mirara el mundo desde un lugar donde la luz no llegaba.

Además, había en su devoción hacia Celestina algo enfermizo.

La llamaba mi alma, mi vida, mi único bien en cada frase.

Rechazaba cualquier sugerencia de que ella saliera sola, ni siquiera a misa, argumentando que el frío invernal podía enfermarla.

Y dio órdenes estrictas a los sirvientes: debían informarle si Celestina pedía algo, necesitaba algo, o —lo más extraño— si parecía triste.

Triste.

Como si la tristeza fuera una falta.

En febrero, con lluvias tempranas que volvían lodazales los caminos, Celestina desapareció de la vida social por completo.

No asistía a misa.

No visitaba amigas.

No bordaba en el corredor.

Las pocas veces que alguien la veía era por accidente: una silueta detrás de cortinas de encaje, un rostro pálido en la ventana y luego nada.

Los sirvientes, interrogados con discreción por las comadres, contaban cosas perturbadoras.

Decían que Rodrigo había mandado instalar un cerrojo nuevo en la puerta de la recámara.

Decían que a veces se escuchaban llantos quedos en medio de la noche, pero cuando acudían, Rodrigo les cerraba la puerta:

—Solo pesadillas —decía—. Yo la cuido. No necesitan ayudar.

Decían que Celestina había adelgazado tanto que sus vestidos colgaban como arapos.

Y que cuando la mucama le sugirió ajustar la ropa, Celestina miró hacia la puerta con terror antes de negar con la cabeza.

Doña Remedios intentó intervenir.

Fue marzo cuando reunió valor y enfrentó a su yerno en la biblioteca. Rodrigo revisaba cuentas con meticulosidad obsesiva: cada peso, cada fanega, cada onza.

—Quiero ver a mi hija —exigió doña Remedios, con voz quebrada por la vergüenza de tener que pedir permiso para mirar a su propia niña.

Rodrigo levantó la vista. No parpadeó. Sonrió.

—Celestina descansa —explicó—. El médico de la capital… el doctor Verástegui… diagnosticó una condición nerviosa. Requiere reposo absoluto.

Sacó una carta con membrete elegante, supuestamente firmada por el médico, recomendando aislamiento, quietud, ausencia de visitas.

Doña Remedios, devota y temerosa del escándalo, se retiró sin haber visto a su hija.

Esa noche lloró en los brazos de don Fermín.

Y don Fermín, orgulloso como era, comprendió algo que lo humilló: había entregado a su hija a algo que no entendía.

El padre Anselmo decidió actuar.

En abril, cuando las jacarandas teñían el pueblo de violeta y el aire olía a tierra mojada y copal, se presentó en Los Azahares con el santo viático.

—Quiero dar la comunión a Celestina —dijo—. No ha venido en toda la Cuaresma.

Rodrigo lo recibió en el zaguán, bloqueándole el paso con el cuerpo.

—Agradezco su cuidado pastoral, padre —respondió—. Pero mi esposa duerme. No es prudente despertarla. En otra ocasión.

El sacerdote insistió. Era su deber velar por las almas.

Rodrigo no alzó la voz. No mostró enojo. Solo repitió, paciente, que no podía recibir visitas.

Cuando el padre Anselmo intentó avanzar, Rodrigo extendió el brazo y plantó la mano en el marco de la puerta.

Y por primera vez la cortesía se resquebrajó.

Algo oscuro se asomó.

—Ella es mía —dijo en voz baja—. Usted no entiende lo que es amarla como yo la amo. Nadie puede. Ella me necesita a mí… y solo a mí. No hay espacio para nadie más en su vida. Ni siquiera para Dios… si eso significa alejarla de mi lado.

El padre Anselmo regresó a la parroquia con el corazón golpeándole el pecho.

Esa noche no durmió.

Rezó el rosario tres veces, buscando discernimiento.

Lo que había visto no era amor.

Era posesión.

Hambre.

Una necesidad tan absoluta que no dejaba espacio para la persona amada, solo para su presencia como objeto.

Al día siguiente convocó a don Fermín, al alcalde don Severo y a don Rafael Mendoza a la sacristía.

Les habló con franqueza: Celestina estaba en peligro.

No podía probarlo ante tribunal.

No había evidencia formal.

Pero como pastor de almas, sabía reconocer maldad disfrazada de virtud.

Don Severo habló de rumores entre peones: Rodrigo había despedido a trabajadores antiguos y reemplazado con hombres traídos de fuera, sin raíces ni lealtades.

Don Rafael mencionó cambios en minas: castigos desmedidos por infracciones menores, siempre “técnicamente legales”, respaldados por contratos impecables.

Todo moralmente atroz.

Decidieron que necesitaban un testigo directo.

Alguien que entrara a la casa y viera a Celestina.

Doña Remedios se ofreció, pero no serviría: Rodrigo ya había demostrado que podía rechazarla.

Necesitaban una estratagema.

Recordaron a Soledad, la nana de Celestina: una mujer zapoteca que la había criado desde nacimiento y ahora vivía en una choza en las afueras, curando con hierbas y rezos.

Soledad también había intentado verla y Rodrigo la había despachado.

Pero Soledad conocía los secretos de la casona.

Pasajes.

Puertas de servicio.

Ventanas que se abrían desde afuera si sabías dónde presionar.

Una noche de mayo, con luna menguante, Soledad entró por la ventana de la cocina.

Atravesó corredores oscuros como fantasma.

Subió escaleras evitando las tablas que crujían.

Llegó a la puerta de la recámara.

Estaba cerrada, pero no con el cerrojo nuevo.

Rodrigo debía estar ausente.

Soledad empujó.

La habitación olía a encierro, a enfermedad, a algo dulzón y podrido que no supo nombrar.

En la cama, una figura yacía inmóvil.

—Niña… —susurró Soledad—. Niña mía, soy yo.

La figura se incorporó lentamente.

Y cuando la vela iluminó el rostro, Soledad tuvo que tragarse el grito.

Celestina —la joven hermosa— ya no existía.

Había una criatura demacrada, cabello enmarañado, piel pegada al cráneo, ojos enormes con fiebre.

Los labios agrietados.

Las manos temblando.

En las muñecas, marcas circulares: hematomas viejos que sugerían ataduras.

—Nana… —murmuró Celestina—. No debiste venir. Él se va a enojar.

Soledad se arrodilló junto a la cama y tomó sus manos heladas.

—¿Qué te ha hecho, hija?

Celestina lloró sin sonido.

—Me ama… —dijo—. Me ama tanto que no puedo respirar. Me ama tanto que ya no sé dónde termino yo… y dónde empieza él. Dice que sin mí se moriría, que su alma está atada a la mía. Que si intento dejarlo, me seguirá hasta el infierno. Dice que el amor verdadero es así… que duele, que consume, que no deja nada más. Y yo le creo, Nana. Porque no conozco otro amor.

Soledad sintió que algo se partía dentro del pecho.

—Así no se siente el amor, niña…

Pero no pudo terminar.

Pasos en el corredor.

Pesados.

Medidos.

Rodrigo regresaba.

Celestina se puso rígida de terror.

—Vete… por favor… —imploró.

Soledad quiso arrancarla de esa cama.

Pero el instinto de supervivencia ganó.

Escapó por la ventana, bajó por el enrejado de bugambilia y desapareció en la noche.

Detrás escuchó la puerta abrirse y la voz de Rodrigo, suave como terciopelo:

—¿Estabas despierta, amor mío? ¿Te sentías sola sin mí? Ya sabes que no me gusta dejarte sola…

Al día siguiente Soledad contó todo.

El padre Anselmo escribió al obispo de Guadalajara pidiendo intervención.

Don Fermín consultó con un abogado de la capital: anular el matrimonio, forzar un examen médico.

Pero todo tomaba tiempo.

Y Celestina se apagaba como vela.

El pueblo entero vibraba con tensión.

Muchos, ignorantes, decían:

—Ese hombre adora a su mujer… no la deja ni a sol ni a sombra.

Otros, los que miraban con cuidado, sabían la diferencia entre cuidado y prisión.

Junio llegó con calor seco.

Las fiestas de San Juan se acercaban, la feria anual, el ánimo del pueblo.

Y don Fermín, desesperado, anunció un baile en la hacienda.

Esperaba la presencia de su hija y su yerno.

No era invitación.

Era desafío.

Rodrigo no podía rechazar sin escándalo.

Si quería mantener la fachada del esposo devoto, tenía que llevar a Celestina.

La noche del baile, todo el pueblo acudió.

Velas como constelaciones en los corredores.

Mariachis tocando sones y jarabes.

Olor a azahares, cera de abeja, ponche especiado.

Rodrigo entró con Celestina del brazo.

Un silencio ondulante recorrió el salón.

Celestina llevaba un vestido azul de su madre, alterado para disimular su delgadez.

Intentaron peinarla, poner color en sus mejillas.

No sirvió.

Caminaba como sonámbula.

Se sostenía del brazo de Rodrigo no por afecto, sino por necesidad, como si sin él se cayera.

Rodrigo, impecable, la exhibía con sonrisa.

—Mi amada esposa… mi vida… —repetía.

Doña Remedios intentó acercarse, pero Rodrigo se interpuso con sutileza.

Don Rafael Mendoza invitó a Celestina a bailar, por cortesía.

Rodrigo rehusó por ella:

—Mi esposa está débil. No puede bailar con nadie más que conmigo.

Y la llevó al centro.

Un vals lento.

Celestina se movía mecánicamente, cabeza contra el hombro, ojos cerrados.

A muchos les pareció devoción romántica.

Pero quienes miraron de verdad vieron los dedos de Rodrigo clavados en la espalda de Celestina: no la sostenía con ternura.

La sujetaba.

Entonces Soledad entró por la puerta de servicio, empujada por el padre Anselmo.

La nana atravesó la multitud ignorando el escándalo y se plantó frente a Rodrigo.

—Suéltala —dijo, fuerte—. Suelta a mi niña. Ahora.

La música se detuvo.

Rodrigo dejó de bailar, pero no soltó a Celestina.

—Señora, no sé de qué habla —sonrió—. Bailo con mi esposa.

—Tú no la amas —escupió Soledad—. La estás matando.

El salón estalló en murmullos.

Don Fermín avanzó.

El alcalde don Severo también.

El padre Anselmo alzó la mano pidiendo silencio.

Rodrigo soltó a Celestina solo para colocarse delante de ella, como escudo.

—Esta mujer no sabe lo que dice. Yo amo a mi esposa más que a mi vida. La he cuidado, la he protegido… todo por amor. ¿Acaso no es eso lo que Dios manda?

El padre Anselmo dio un paso al frente, con voz de púlpito.

—Cristo dio su vida por la Iglesia. No la encerró, no le quitó su voluntad. El amor verdadero es libre. Lo suyo es idolatría.

Rodrigo palideció, pero no de vergüenza: de furia.

La máscara cayó.

—Ustedes no entienden… con sus matrimonios tibios. Lo mío es absoluto. Sin ella yo soy nada y ella sin mí también es nada. Nos pertenecemos.

Y entonces Celestina habló.

La voz era débil, pero el salón estaba en silencio.

—No es cierto.

Rodrigo se volvió, conmocionado.

Celestina levantó la vista. Por primera vez en meses había vida en sus ojos.

—Dices que me amas… pero yo no sé qué amas. No a mí. A algo que necesitas que sea. Me miras y no me ves. Me hablas y no me oyes.

Las lágrimas le corrieron por las mejillas.

—Pensé que era pasión… luego devoción… pero ahora sé que es hambre. Un hambre que nunca se sacia. Me estás devorando. Dices que morirías sin mí, pero yo estoy muriendo contigo.

Rodrigo extendió la mano, descompuesto.

—No digas eso… tú me amas. Eres mía.

Celestina retrocedió.

Un paso.

Pero en ese paso cabía una vida entera.

—No soy tuya. No soy de nadie. Soy de Dios… y de mí misma.

Don Fermín y don Severo se colocaron entre Rodrigo y Celestina.

El padre Anselmo tomó a la muchacha del brazo y la alejó.

Rodrigo intentó seguir, gritando de contratos, de derechos, de “ley”.

Pero el pueblo había visto suficiente.

No era demonio literal.

Era un hombre que confundió necesidad con amor y posesión con cuidado.

El médico del pueblo, don Ignacio Torres, examinó a Celestina esa misma noche: desnutrición severa, hematomas en distintas etapas, signos de privación de sueño y angustia.

El alcalde decretó la separación inmediata y abrió investigación por las condiciones en minas.

Rodrigo desapareció esa noche.

Algunos dijeron que huyó al norte.

Otros que se arrojó por un barranco.

Nunca se encontró el cuerpo.

Semanas después, un arriero reportó a un hombre vagando por caminos, repitiendo un nombre como oración torcida:

—Celestina… Celestina…

Celestina sobrevivió… si a eso puede llamársele así.

Recuperó peso.

La salud física volvió.

Pero algo adentro quedó quebrado.

Nunca habló de esos meses.

Nunca se casó de nuevo.

Vivió en la hacienda de su padre dedicada a obras de caridad. Bordaba manteles para iglesias pobres, rezaba el rosario al amanecer.

Las jóvenes del pueblo acudían a ella cuando sufrían en sus matrimonios, cuando el “amor” de un hombre se volvía vigilancia, control, celos como orgullo.

Celestina les hablaba con voz tranquila.

Les enseñaba a distinguir devoción de posesión.

Les repetía algo simple que parecía nuevo para muchas:

—El amor verdadero no encadena.

Los años pasaron.

La historia se volvió leyenda, contada en voz baja como advertencia: no confundan intensidad con amor.

La casona permaneció en pie hasta que don Fermín murió y Celestina se mudó a una casa más pequeña.

Pero en la recámara que fue su prisión, guardó en un cajón algo que nunca mostró.

Una carta.

La única que Rodrigo le escribió durante el noviazgo:

“Eres todo para mí. Sin ti no soy nada. Te necesito más que el aire.”

Cuando Celestina murió, a los 60 años, en la paz de su sueño, las mujeres que prepararon su cuerpo encontraron la carta.

La leyeron y entendieron.

Aquellas palabras que una vez pudieron parecer románticas… revelaban su naturaleza.

No eran promesa.

Eran amenaza.

No eran entrega.

Eran demanda.

Quemaron la carta, como Celestina probablemente habría querido.

Y sus cenizas se mezclaron con el incienso que perfumaba la habitación.

Todavía hoy en Zacatecas, cuando alguien dice amar con una intensidad que ahoga, que exige, que no permite respirar, los ancianos recuerdan:

—Cuidado… eso no es amor.