“El precio de llamarlo hogar”
Claudia Ramírez siempre supo que tener un lugar propio era su mayor sueño. Desde que era niña, había compartido habitaciones, casas prestadas o rentadas, y con cada mudanza su deseo crecía: algún día tendría un espacio que fuera completamente suyo, sin tener que pedir permiso a nadie para colgar un cuadro o cambiar las cortinas.
Después de casarse con Saúl, pensó que ese sueño estaba más cerca. Él era amable, trabajador y parecía tener metas similares. Pero como muchas cosas en la vida, lo que parecía estable pronto mostró grietas.
Saúl tenía una personalidad dual. En público era encantador, en casa se volvía distante. Nunca fue violento, pero su indiferencia calaba como una gota constante. Claudia lo justificaba, como hacen muchas: “Está estresado”, “Necesita tiempo”, “Lo nuestro es diferente”.
Ella trabajaba como diseñadora gráfica desde casa, lo que le permitía ahorrar poco a poco. Vendía ilustraciones por encargo y tenía un blog de arte con el que, sorpresivamente, empezó a ganar dinero. Cada centavo que no se iba en renta o despensa, lo mandaba a su cuenta de ahorros secreta. No por desconfianza… o eso se decía. Era una seguridad, una especie de respaldo emocional.
Después de tres años, Claudia encontró un departamento modesto en Tlalpan. Nada lujoso, pero con buena luz, una pequeña terraza y paredes que podía pintar del color que quisiera. Con la ayuda de un abogado, lo compró con su dinero y lo puso a su nombre, aunque nunca ocultó a Saúl sus intenciones.
—Nos va a cambiar la vida —le dijo una noche mientras le mostraba las fotos en su laptop.
—Sí… está bien —respondió él, distraído, con los ojos fijos en su celular.
Un mes después de la mudanza, Claudia notó un cambio sutil. Saúl ya no dormía en el mismo cuarto. Se quedaba hasta tarde en la sala, luego decía que tenía reuniones de trabajo fuera de la ciudad. Ella lo dejaba ir, queriendo creer en su palabra.
Hasta que un martes, Saúl olvidó su laptop abierta. Claudia, buscando una factura, encontró una carpeta de mensajes con el título “Estrategia”. Y dentro, correos y chats que la hicieron temblar:
“En cuanto termine el papeleo, pido el divorcio. Me quedo con la mitad del departamento. Es mío por derecho, no importa que lo haya pagado ella.”
Claudia no lloró. No gritó. Cerró la laptop y fue a prepararse un té. A la mañana siguiente, no fue a trabajar. En cambio, visitó al mismo abogado que la había ayudado con la compra. Le explicó lo que había encontrado y pidió asesoría.
—No hay nada que temer —le dijo él—. Todo está a tu nombre. Además, el dinero viene de tus ingresos propios. Si intentara reclamar algo, sería ridículo.
Claudia, por primera vez, respiró.
Una semana después, Saúl llegó con un rostro solemne.
—Necesitamos hablar —dijo—. Creo que esto ya no funciona. Quiero separarme.
Ella lo miró con serenidad.
—Perfecto. Yo también lo creo.
Él frunció el ceño, sorprendido.
—Supongo que venderemos el departamento y dividiremos…
—No, Saúl. El departamento es mío. Todo está a mi nombre. Tú sabías eso.
Él quiso protestar, pero Claudia sacó una carpeta con los documentos, incluyendo los extractos bancarios y registros legales.
—Además —agregó— ya hablé con un abogado. Y, Saúl… no quiero pelear. Solo quiero que te vayas. Te doy una semana para buscar dónde quedarte.
Saúl la miró, confundido. No esperaba esa firmeza. No de Claudia.
Y se fue.
Meses después, Claudia volvió a poner música mientras cocinaba. Pintó una pared de azul turquesa. Adoptó una perrita. Invitó a sus amigas a cenar sin preocuparse de que a alguien “le molestara el ruido”. Aprendió a reírse sola en su sala, sin sentirse vacía.
Su hogar ya no era solo un lugar.
Era su paz.
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