“La cuerda que salvó más que vidas: Una historia desde los bordes de México”
En el estado de Chiapas, donde los paisajes parecen dibujados por un artista divino, hay un hombre que camina todos los días con una cuerda en su mochila. Su nombre es Héctor Juárez, un montañista retirado que encontró un propósito inesperado en los bordes del mundo.
Héctor solía escalar las montañas más altas de México, desafiando las alturas y el peligro con cada paso. Pero un accidente en la Sierra Madre lo dejó con una pierna lesionada y un miedo que nunca había sentido antes. Decidió retirarse, pensando que su vida como montañista había terminado. Lo que no sabía era que la cuerda que llevaba consigo no solo serviría para salvarlo a él, sino también a otros.
El primer encuentro
Una tarde, mientras caminaba cerca del Cañón del Sumidero, Héctor vio a un joven parado en el borde de un acantilado. El chico tenía la mirada perdida, como si estuviera viendo algo que nadie más podía ver. Héctor sintió un escalofrío recorrer su espalda; había algo en la quietud del joven que le decía que algo no estaba bien.
Sin hacer ruido, Héctor se acercó y dejó caer su cuerda al suelo, justo a unos metros del chico.
—“Si vas a saltar,” dijo Héctor con voz tranquila, “primero escala. Te prometo que lo que hay arriba también puede ser hermoso.”
El joven, sorprendido, giró la cabeza y miró a Héctor. Por unos segundos, no dijo nada. Luego, sus ojos se llenaron de lágrimas y se dejó caer al suelo, pero no hacia el vacío, sino hacia la tierra firme. Héctor se sentó a su lado, sin hacer preguntas, solo escuchando el llanto del chico.
Ese día, Héctor entendió algo que cambiaría su vida: las cuerdas no solo sirven para escalar montañas, también pueden ser un puente para salvar almas.
Un propósito nuevo
Desde entonces, Héctor comenzó a caminar todos los días por los bordes del mundo: los puentes, los acantilados, los riscos que nadie miraba. Su mochila siempre llevaba una cuerda, pero también algo más: una presencia tranquila, una disposición para escuchar, y una promesa silenciosa de que nadie estaba solo.
En sus recorridos, Héctor conoció a muchas personas al borde. Cada una tenía su propia historia, su propio dolor, su propia razón para estar ahí. Nunca las juzgó. Nunca les preguntó por qué estaban en el borde. Solo les ofrecía su cuerda, simbólica o literal, y les decía que lo que estaba arriba también podía ser hermoso.
Algunos aceptaban su ayuda de inmediato, otros necesitaban tiempo. Pero Héctor nunca se rendía.
Historias desde los bordes
Una vez, encontró a una mujer llamada María, una madre soltera que había perdido su trabajo y temía no poder alimentar a sus hijos. Estaba parada en el borde de un puente, mirando el río que corría abajo. Héctor se acercó y le dijo:
—“¿Sabes? Este puente fue construido por personas que creían que cruzar al otro lado valía la pena. Tal vez tú también puedas construir algo que te lleve al otro lado.”
María lo miró, confundida, pero luego comenzó a llorar. Héctor le ofreció su cuerda y le prometió que la ayudaría a buscar trabajo. Durante semanas, la acompañó a entrevistas, le enseñó cómo preparar su currículum, y finalmente, María consiguió un empleo en una cafetería local.
Otro día, Héctor encontró a un anciano llamado Don Roberto, quien había perdido a su esposa y sentía que su vida ya no tenía sentido. Estaba sentado en el borde de un risco, con una foto de su esposa en las manos. Héctor se sentó a su lado y le dijo:
—“¿Sabes? Cuando escalaba montañas, siempre llevaba conmigo una foto de mi familia. Me recordaba que, aunque estuviera lejos, ellos siempre estaban conmigo. Tal vez tu esposa también está contigo, incluso ahora.”
Don Roberto no respondió, pero después de unos minutos, se levantó y caminó con Héctor hasta su casa. Desde entonces, Héctor lo visitaba cada semana para tomar café y escuchar sus historias.
El día que Héctor necesitó una cuerda
Un día, mientras caminaba cerca de un acantilado en la región de Los Altos de Chiapas, Héctor resbaló y cayó varios metros hacia abajo. Aunque no fue una caída mortal, quedó atrapado en una cornisa estrecha, sin poder moverse. Su pierna lesionada le impedía escalar, y por primera vez en años, Héctor sintió miedo.
Gritó pidiendo ayuda, pero parecía que nadie lo escuchaba. Justo cuando pensaba que no saldría de ahí, escuchó una voz familiar. Era el joven que había encontrado en el Cañón del Sumidero meses atrás.
—“¿Sabes? Tú me dijiste que lo que hay arriba también puede ser hermoso. Ahora te toca a ti.”
El joven lanzó una cuerda hacia Héctor y lo ayudó a subir. Cuando llegaron a tierra firme, Héctor se dio cuenta de algo: la ayuda que había dado a otros ahora regresaba a él.
Un legado desde los bordes
Hoy, Héctor sigue caminando por los bordes del mundo, pero ya no está solo. Las personas que ha ayudado a lo largo de los años ahora caminan con él, llevando sus propias cuerdas y sus propias historias. Juntos, han creado una comunidad que busca a quienes están al borde, ofreciéndoles una cuerda, una palabra, o simplemente una presencia que les diga:
“No tienes que caer para que alguien te vea.”
Héctor no es terapeuta ni policía. Solo es un hombre que sabe que, a veces, una cuerda puede ser más valiosa que mil palabras.
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