Título: “Las flores del recuerdo”
Tomás era un adolescente de 14 años, delgado, de cabello oscuro y ojos profundos que parecían guardar secretos. Vivía en un barrio humilde de Ciudad de México, donde las calles estaban llenas de vida, pero también de historias olvidadas. Desde pequeño, su abuela Clara había sido su refugio. Aunque su madre trabajaba largas jornadas y su padre había desaparecido años atrás, Clara siempre estaba allí, con su sonrisa cálida y sus cuentos mágicos que hacían que el mundo pareciera menos cruel.
Sin embargo, todo cambió cuando Clara comenzó a olvidar. Al principio, eran cosas pequeñas: dónde había dejado sus lentes, qué día de la semana era. Pero con el tiempo, los olvidos se hicieron más profundos. Olvidaba nombres, rostros, incluso a Tomás. Su madre, agotada por el trabajo y la responsabilidad de cuidar a Clara, tomó la decisión de llevarla a un asilo. Fue una decisión difícil, pero parecía ser la única opción.
Tomás no entendía cómo podían dejar sola a su abuela, la mujer que había sido su roca en los momentos más difíciles. Aunque su madre le explicó que era lo mejor para ella, él no podía aceptar que Clara estuviera sola en un lugar extraño, rodeada de personas que no conocía.
Por eso, cada tarde, después de la escuela, Tomás tomaba el mismo camino. Cruzaba el parque, recogía una flor silvestre y llegaba al asilo con su mochila colgando de un hombro y el corazón lleno de paciencia. Era su ritual secreto. Entraba despacito, saludaba con una sonrisa a los abuelitos y al personal, y caminaba directo hasta la habitación 214, donde lo esperaba Clara, con su cabello blanco como la nieve y su mirada perdida entre sombras del ayer.
—Buenas tardes, abuela. Le traje su flor favorita —decía él con una ternura que conmovía.
Ella lo observaba, como si lo viera por primera vez.
—¿Y tú quién eres, mi niño?
—Solo un amigo —respondía con dulzura.
Durante meses, Tomás fue su refugio. Le leía cuentos, le pintaba las uñas de color lila, le peinaba el cabello con cuidado, y a veces, le cantaba esas canciones que ella solía tararear cuando él era pequeño. Clara a veces reía, otras veces lloraba… y en ocasiones lo confundía con algún amor perdido, un galán de novela o un hijo que no recordaba. Pero Tomás nunca se molestaba. Para él, cada momento con su abuela era un regalo.
El personal del asilo lo adoraba. Decían que tenía el alma de un anciano sabio, metida en el cuerpo de un adolescente. Mientras muchos residentes recibían visitas de vez en cuando, Clara solo contaba con él. Algunos días eran más difíciles que otros. Había momentos en los que Clara no decía nada, simplemente miraba por la ventana, como si buscara algo que había perdido hace mucho tiempo. En esos días, Tomás solo se sentaba a su lado, sosteniendo su mano frágil, dejando que el silencio hablara por ellos.
Una tarde, mientras él le acomodaba el cabello con sus manos pequeñas pero firmes, ella lo miró con una claridad poco común.
—Tienes los ojos de mi hijo —susurró.
Tomás le sonrió, sin dejar de peinarla.
—Tal vez el destino me los prestó —respondió en voz baja.
Ella bajó la mirada.
—Mi hijo se fue cuando comencé a olvidar… dijo que ya no era su mamá.
Tomás le tomó la mano, cálida, frágil.
—A veces, cuando la memoria se va… también se van las personas. Pero no todos se olvidan.
El tiempo pasó, y Clara comenzó a apagarse lentamente. Su cuerpo se debilitaba, y sus recuerdos se desvanecían como hojas en el viento. Tomás sabía que el final estaba cerca, pero no estaba preparado para perderla. Un día, Clara cerró los ojos para siempre, con paz en el rostro y una flor silvestre en su mesa de noche.
En el velorio, una enfermera se le acercó a Tomás.
—¿Por qué venías todos los días, si ella ni siquiera te reconocía?
Tomás tragó saliva, con los ojos llenos de lágrimas.
—Porque era mi abuela. Todos la dejaron sola cuando enfermó. Pero yo no. Aunque ya no supiera quién era yo… yo nunca la olvidé.
Se hizo un silencio. Afuera, una brisa ligera movía las flores del jardín. Porque a veces, los verdaderos lazos no viven en la memoria… sino en el corazón.
Justo cuando Tomás salía del asilo por última vez, una enfermera lo alcanzó con una cajita en las manos.
—Esto lo dejó Clara para ti… por si algún día ella olvidaba demasiado.
Tomás la miró, confundido, y abrió la caja. Dentro había una foto vieja de él y Clara, tomada cuando él era apenas un niño. En la foto, ella lo abrazaba con fuerza, como si quisiera protegerlo de todo lo malo del mundo. Junto a la foto, había una carta sin abrir. Tomás la tomó con manos temblorosas y comenzó a leer.
“Querido Tomás,
Si algún día llego a olvidarte, quiero que recuerdes esto: tú eres mi mayor regalo. Cada momento contigo, cada sonrisa, cada canción que cantabas para mí, me hacía sentir viva. Aunque mi mente me traicionó, mi corazón siempre supo quién eras. Nunca olvides que te amo, mi niño. Eres mi luz en la oscuridad.
Con amor eterno,
Tu abuela Clara.”
Tomás cerró la carta con lágrimas en los ojos, sintiendo que, aunque Clara ya no estaba físicamente, su amor seguiría viviendo en él para siempre. Salió del asilo con la foto y la carta en su mochila, decidido a honrar la memoria de su abuela en cada paso que daba.
Porque, al final, el amor verdadero nunca muere; vive en los pequeños gestos, en las flores silvestres, y en los corazones que nunca olvidan.
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