Me llamo Santiago Romero y, hasta hace seis meses, yo era el dios de mi propio universo. Ajusté el nudo de mi corbata de seda italiana mientras observaba la inmensidad de Madrid desde el ventanal panorámico de mi despacho. Me encontraba en la planta 45 de la Torre de Cristal, en el complejo de las Cuatro Torres Business Area. Esa posición me permitía mirar al mundo desde arriba, literal y metafóricamente. A mis 32 años, había construido un imperio tecnológico de fintech que era la envidia del Ibex 35. Todo en mi vida estaba milimétricamente calculado, desde mis inversiones en bolsa hasta la temperatura exacta de mi café cortado matutino.

No había espacio para el error en mi agenda, ni tampoco para la mediocridad. El aroma intenso del café de especialidad se mezclaba con el olor a cuero virgen de los sillones de diseño. Aquel espacio no era simplemente una oficina; era un santuario dedicado al control absoluto. Yo creía firmemente que el éxito era el resultado directo de una disciplina espartana y la eliminación de cualquier “distracción emocional”. Mis empleados me llamaban “El témpano” a mis espaldas, y yo me enorgullecía de esa reputación. Los sentimientos eran un lastre para la cuenta de resultados.

Mis dedos tamborileaban con impaciencia sobre la superficie pulida de mi escritorio de nogal. Estaba revisando el reporte semanal de recursos humanos y un detalle en particular había logrado romper mi habitual compostura estoica. Un nombre aparecía resaltado en rojo: Camila Sandoval.

Se trataba de mi empleada doméstica de confianza. Había cometido el imperdonable error de faltar. Y no era un retraso de minutos por el tráfico de la Castellana; eran tres días consecutivos de ausencia total, sin ninguna justificación, sin un mensaje, nada.

Apreté la mandíbula con frustración. Había contratado a Camila hacía cuatro años, eligiéndola precisamente por su capacidad para ser invisible. Llegaba religiosamente a mi ático en el Barrio de Salamanca a las 8 en punto, dejaba todo como un espejo y se marchaba en silencio. Era perfecta porque nunca pedía adelantos, nunca se quejaba y jamás invadía mi espacio. Pero tras tres días de silencio, Camila había cruzado la línea roja de mi paciencia.

Decidí que esa misma tarde la pondría de patitas en la calle. Tomé mi iPhone, un dispositivo que costaba más que el sueldo mensual de muchos, y busqué su número. Mientras daba tono, ensayaba mentalmente las palabras exactas: frías, cortantes y profesionales. Nada de dramas.

El teléfono sonó una, dos, tres veces. Estaba a punto de colgar y dejar un mensaje de voz fulminante cuando la línea se abrió.

Esperaba escuchar la voz sumisa de Camila llena de excusas. Sin embargo, lo que escuché me heló la sangre. No era la voz de una mujer. Al principio solo se escuchaba una respiración agitada, como de un pajarillo asustado.

—¿Diga? —pregunté con mi tono autoritario de jefe, esperando que Camila dejara de jugar.

—Señor… ¿es usted el señor que le da trabajo a mi mami?

La voz era aguda, claramente infantil y cargada de una urgencia que me golpeó como un puñetazo en el estómago. Me quedé paralizado. Verifiqué la pantalla. Ponía “Camila Casa”.

—Niño, necesito hablar con Camila urgentemente. ¿Está tu madre ahí? —intenté mantener el tono profesional, aunque la extrañeza de la situación empezaba a agrietar mi armadura. Imaginé que Camila estaba demasiado avergonzada para contestar.

—Señor, por favor, no cuelgue… —la vocecita tembló violentamente y escuché cómo el niño rompía a llorar—. Mi mami no despierta. La muevo y le hablo, pero no abre los ojos. Tiene sangre en la boca y está muy fría, señor. Intenté limpiarle como ella me limpia a mí cuando me caigo en el parque, pero la sangre sigue saliendo. Tengo mucho miedo. Ella no se mueve nada.

Mi mundo se detuvo. La imagen de Camila, siempre pulcra, sangrando e inconsciente, chocó violentamente con la realidad aséptica de mi oficina de cristal. La irritación se evaporó, reemplazada por una alarma primitiva.

—Espera, chaval. ¿Cómo te llamas? —me levanté de mi silla ejecutiva de un salto, olvidando el reporte financiero.

—Me llamo Eduardo. Tengo cinco años, señor.

—Eduardo, escúchame bien. Necesito que seas muy valiente, como los jugadores del Real Madrid, ¿vale? ¿Tu mamá respira?

Tomé las llaves de mi coche con movimientos nerviosos mientras salía del despacho sin despedirme de nadie.

—Creo que sí respira, pero hace un ruido muy feo… como burbujas cuando explotan. Y estoy solito, señor. No puedo llamar a mi papi porque él se fue y no contesta.

Sentí que algo se rompía dentro de mi pecho. Corrí hacia el ascensor privado.

—No estás solo, Eduardo. Yo estoy contigo al teléfono. Dime dónde vivís.

El niño recitó la dirección con voz temblorosa pero clara. Vivían en Vallecas, en una zona obrera de calles estrechas, muy lejos de mi burbuja de lujo.

—Calle del Monte Perdido, número 24, bajo izquierda. Es el que está al lado de la panadería que huele a pan caliente.

—Voy para allá. No cuelgues. Ábreme la puerta cuando llegue.

—Sí, señor. Mamá me enseñó a abrir los cerrojos por si pasaba algo malo.

Esa frase me destrozó. ¿Qué clase de vida llevaba Camila para entrenar a un niño de cinco años para emergencias de vida o мυerte?

Bajé al garaje, mi BMW rugió cobrando vida y salí disparado hacia el Paseo de la Castellana. Conduje con una urgencia temeraria, zigzagueando entre el tráfico de Madrid, ganándome bocinazos e insultos que ignoré. Hablaba con el 112 desde el otro móvil mientras mantenía a Eduardo en la línea.

Cada semáforo en rojo era una tortura. Cruzar desde el norte financiero hasta Vallecas me llevó treinta eternos minutos. El paisaje cambió drásticamente: los rascacielos dieron paso a bloques de ladrillo visto, ropa tendida en los balcones y aceras gastadas. Era otro país dentro de la misma ciudad.

Frené en seco frente al portal descrito, subí mi coche a la acera sin importarme la multa y corrí hacia el bajo izquierda. El edificio olía a humedad y a comida casera, una mezcla de vidas hacinadas. La puerta se abrió con un chirrido antes de que pudiera tocar.

Ahí estaba Eduardo. Un niño pequeño de ojos negros enormes, inundados de lágrimas, vestido con una camiseta del Rayo Vallecano que le quedaba enorme. Iba descalzo sobre el suelo frío.

—¿Usted es el señor Santiago? —preguntó sorbiendo los mocos.

—Sí, campeón. Soy yo. —Me agaché, sin importarme arruinar mi traje de mil euros contra el suelo sucio—. Llévame con tu madre.

Me tomó de la mano. Sus dedos estaban helados. Entramos en un piso minúsculo: una sola habitación que servía de salón, cocina y dormitorio. La pobreza era absoluta pero digna; todo estaba limpio. En un colchón en el suelo, vi a Camila.

Estaba pálida como la cera, con un tono grisáceo que gritaba gravedad. Había sangre seca en la comisura de sus labios. Me arrodillé a su lado. Su pulso era un hilo débil y errático.

—¿Desde cuándo está así? —pregunté aterrado.

—Desde ayer por la noche. Me desperté porque tosía muy feo. Le puse su manta favorita y le dejé agua, pero no la bebió.

Las sirenas de la ambulancia del SAMUR llenaron la calle. Sentí un alivio físico. Los sanitarios irrumpieron con eficiencia, ignorando la pobreza para centrarse en la vida.

—Está crítica —dijo el médico tras un vistazo rápido—. Hipotensión severa, deshidratación y posible hemorragia pulmonar. Necesitamos trasladarla ya al Hospital Gregorio Marañón. ¿Es usted familiar?

—Soy su empleador —respondí, sintiendo lo ridículo que sonaba—. Pero me hago cargo de todo. Su hijo viene conmigo.

Eduardo se aferró a mi pierna como si yo fuera un salvavidas en medio del océano.

—¿Tiene familia? —preguntó la enfermera.

Miré alrededor. No había fotos. Solo un dibujo en la pared: “Mami y yo”.

—No —dije con firmeza—. Solo me tiene a mí.

Subimos a la ambulancia. Yo fui detrás con mi coche, siguiendo las luces azules como un poseso. En el hospital, el caos de urgencias me abrumó, pero usé mis contactos y mi dinero para que la atendieran de inmediato. La pasaron a la UCI.

Horas después, el médico salió a hablar conmigo. Su rostro era grave.

—Señor Romero, Camila está estable, pero su condición es devastadora. Tiene una tuberculosis avanzada que ha ocultado durante meses. Pero hay algo más… tiene marcas de venopunción en los brazos. Ha estado vendiendo plasma y sangre en clínicas dudosas para conseguir dinero extra. Su cuerpo está agotado. Es un milagro que siga viva.

Sentí náuseas. Camila se estaba desangrando, literalmente, para sobrevivir, mientras yo me quejaba si mi café no estaba a 60 grados.

—¿Por qué? —susurré.

—Para darle de comer al niño. Según lo que balbuceó antes de sedarla, todo era para Eduardo.

Fui a la sala de espera. Eduardo estaba acurrucado en una silla de plástico, abrazando una mochila gastada.

—¿Tienes hambre, campeón? —le pregunté.

Asintió con vergüenza. Le compré un bocadillo de jamón y un zumo en la cafetería. Lo devoró con una voracidad que me rompió el alma, recogiendo hasta las migas.

—¿Cuándo comiste por última vez?

—Ayer por la mañana. Mamá me dejó el desayuno. Pero cuando vi que ella no despertaba, no quise comer más. Guardé mi parte por si ella tenía hambre al despertar. Mamá siempre me da su comida cuando hay poca.

Tuve que mirar hacia otro lado para ocultar las lágrimas. Un niño de cinco años haciendo ayuno voluntario por amor.

Esa noche, me llevé a Eduardo a mi ático. El contraste fue brutal. El niño caminaba descalzo sobre el mármol, mirando los techos altos y las lámparas de diseño con miedo.

—¿Aquí vives tú solito? —preguntó, su voz resonando en el vacío de mi casa.

—Sí, vivo solo.

Y por primera vez, al decirlo, me sentí el hombre más pobre del mundo. Mi casa era un museo frío; la suya, aunque pobre, tenía calor.

Los días pasaron. Camila se recuperaba lentamente en una clínica privada a la que la trasladé, costeando todo el tratamiento. Yo me convertí, de la noche a la mañana, en padre sustituto. Aprendí a hacer tostadas con forma de dinosaurio, a ver dibujos animados y a organizar mi agenda millonaria alrededor de la hora del baño.

Pero la paz duró poco. Una tarde, el conserje llamó.

—Señor Romero, hay un hombre aquí abajo. Dice que es el padre del niño y viene exigiendo llevárselo. Está… alterado.

Eduardo, que jugaba en la alfombra, se puso lívido.

—¡Es mi papá Gustavo! ¡No dejes que me lleve! ¡Es malo, huele a cerveza y pega a mamá! —se aferró a mi cuello temblando.

Bajé al lobby transformado en una fiera. Gustavo era un tipo con aspecto descuidado y aliento alcohólico.

—Tú eres el ricachón que tiene a mi hijo —escupió—. Dámelo o te denuncio por secuestro.

—Eduardo se queda conmigo. Tú lo abandonaste.

—Es mi sangre. Y si quieres que te deje en paz… bueno, todo se puede arreglar con dinero. Dame 5.000 euros y me olvido del crío.

Ahí estaba la verdad. No quería a su hijo; quería venderlo. Saqué mi móvil, pero no para hacer una transferencia, sino para llamar a mis abogados y a la policía. Tenía grabaciones de seguridad y el testimonio médico de los abusos previos.

—Gustavo, tienes dos opciones: o te largas y no vuelves nunca, o te juro que usaré cada euro de mi fortuna para que te pudras en la cárcel.

El cobarde huyó en cuanto vio aparecer a la patrulla que había solicitado preventivamente.

Meses después, la vida había cambiado por completo. Camila se recuperó y la contraté en mi empresa con un sueldo digno y horario flexible. Pero lo más importante fue lo que hicimos legalmente: con el consentimiento de Camila, inicié los trámites para ser el tutor legal y padrino de Eduardo, apoyándolos a ambos.

Una noche, ayudaba a Eduardo con un trabajo del cole.

—Papá Santi —me dijo (ahora me llamaba así)—, la profe preguntó qué quiero ser de mayor.

—¿Y qué dijiste?

—Dije que quiero ser como tú. Alguien que salva a las personas.

Se me hizo un nudo en la garganta. Yo no los había salvado a ellos; ellos me habían salvado a mí. Me habían salvado de mi soledad, de mi egoísmo y de mi vida vacía de plástico y cristal.

Ahora entiendo que el verdadero éxito no está en la Torre de Cristal ni en el Ibex 35. Mi verdadero patrimonio duerme en la habitación de al lado, soñando con superhéroes, y trabaja en la planta baja de mi oficina, sonriendo porque ya no tiene que vender su sangre para vivir.

Soy Santiago Romero, el ex hombre de hielo, y esta es la historia de cómo un número equivocado fue el mayor acierto de mi vida.