La neblina de la mañana descendía como un manto húmedo sobre las laderas de la Sierra Madre en Durango. Detrás de una cabaña de troncos oscurecidos por el humo, Rebeca Castillo arrancaba maleza del suelo helado con los dedos entumidos. Su vestido café, ya desteñido por tantos lavados sin jabón, le colgaba suelto, y una cinta desgastada sostenía su cabello castaño rojizo en una trenza simple.

Tenía veintitrés años, y aun así sus ojos verdes reflejaban una preocupación más vieja que su edad. Dentro de la cabaña, la tos de su padre —ronca, profunda, como si la misma tierra raspase sus pulmones— sacudía las débiles paredes. Años persiguiendo vetas de oro en el cerro lo habían dejado sin aire… y sin dinero. Las cartas del banco y los prestamistas dormían en una caja de lata junto a su catre: fechas, intereses, amenazas. Rebeca las entendía demasiado bien.

Sus hermanos menores, Mateo y Lupita, corrían descalzos alrededor de la casa como si el mundo no pudiera quebrarse. Reían, se empujaban, se escondían detrás del jacal del gallinero. Rebeca los miraba y le dolía el pecho: la infancia en un lugar así era como una vela encendida en medio del viento.

Esa noche, el aire golpeaba las contraventanas. Rebeca se sentó junto al fogón bajo, remendando una camisa rota. Su padre, don Esteban, miraba las llamas con una resignación más pesada que la madera.

—Ya no voy a poder bajar a la mina mucho tiempo —dijo al fin, tras un silencio largo—. Me falta el aire… y el banco no espera.

Su voz temblaba de vergüenza cuando agregó lo que le quemaba por dentro:

—Necesitamos… alguien que nos saque del invierno. Un hombre que pueda proveer. Rebeca… tú… tú tendrías que casarte.

Rebeca siguió cosiendo para que él no notara que le temblaban las manos. No quería ser una moneda de cambio. Quería amor, o al menos elección. Pero al ver la respiración cortada de su padre y el miedo en sus ojos, no pudo discutir. Esa noche, cuando todos dormían, se quedó sola frente a la mesa áspera con un pedazo de vela. Un libro prestado —historias de ciudades lejanas y ferrocarriles de hierro que partían el país como cicatrices brillantes— estaba abierto ante ella. Por un rato, las palabras agrandaron la cabaña. Imaginó una vida donde era algo más que la hija de un minero al final de un camino de tierra.

Un golpe firme quebró el silencio.

No fue un golpecito tímido. Fue constante, seguro, como si quien estuviera afuera supiera exactamente por qué venía. Don Esteban tomó el viejo rifle y abrió la puerta.

En el porche había un hombre alto y ancho, con escarcha en la barba oscura y la luna pegada a los hombros como polvo frío. Llevaba un abrigo de cuero remendado y pantalones de lona. Sus ojos azules, calmados, miraron más allá del rifle hacia la habitación. Se quitó el sombrero con una cortesía seca.

—Me llamo Lalo Vega —dijo—. Vivo más arriba, en la sierra. Me enteré… de sus problemas.

No habló con adornos ni promesas de terciopelo. Dijo que no era rico en oro, pero tenía tierra, trabajo estable, manos fuertes y un lugar propio. Si Rebeca elegía ser su esposa, saldaría las peores deudas con el banco de San Damián y enviaría comida y leña suficientes para sostener a la familia durante el invierno.

La cabaña quedó muda. Mateo y Lupita miraban desde la escalera con ojos redondos. La tos dobló a don Esteban y tuvo que apoyarse en la mesa. Cuando preguntó qué quería realmente aquel hombre, Lalo respondió sin titubeos:

—Una compañera. No una muñeca. Una mujer que sepa trabajar y quedarse a mi lado cuando lleguen tormentas.

Dijo además que lo había visto en el pueblo: negociando precios justos en el puesto de harina, cargando sacos sin quejarse, protegiendo a sus hermanos cuando alguien soltaba una palabra dura. Creía que era más fuerte de lo que ese valle admitía. Luego añadió lo que la dejó sin aliento:

—No la voy a arrastrar. La elección es suya.

Se puso el sombrero y se perdió en la noche.

Los días siguientes, el pueblo se llenó de murmuraciones. Después de misa, las mujeres decían que al “hombre de la sierra” se le había antojado cazar a una muchacha pobre. En la tienda de raya, los hombres lo miraban con sospecha y mascullaban que nadie subía del país alto con una oferta así a menos que escondiera algo. Rebeca escuchó todo mientras compraba sal y contaba cada moneda dos veces.

Lalo pasaba al atardecer y se sentaba en la baranda del porche, observando cómo el cielo se tornaba azul profundo. No la presionaba. Hablaba del país alto: nieve profunda, agua limpia, valles silenciosos que nadie había visto. Una tarde dijo en voz baja:

—El mundo cambia rápido, Rebeca. A veces te aplasta. A veces aprendes a montarlo.

Dos días después llegaron los acreedores. Caballos limpios, abrigos planchados. Nombraron la cantidad, dijeron que tomarían la mina, la cabaña y hasta la mula si no había pago pronto. Cuando se fueron, el polvo se asentó en el patio como mal presagio. Don Esteban se dejó caer en su silla como un hombre cuyas piernas ya no lo sostienen.

Esa noche, con el rostro iluminado por el fuego, confesó lo indecible a Rebeca:

—Si no llega ayuda… nos quitan todo. A ustedes… los separan. Los mandan a la casa de pobres.

Sus manos temblaban tratando de ocultar el miedo. Rebeca subió al desván y se plantó frente a un espejo agrietado clavado en la pared. La joven que le devolvía la mirada tenía la mandíbula apretada, ojos sombreados por demasiadas noches sin descanso. Ya no era una niña que pudiera esperar que la vida fuera amable.

Al amanecer, las cumbres se volvieron oro pálido bajo un cielo frío y delgado. Rebeca salió al porche; Lalo ya estaba allí, junto a un pequeño carro cargado de sacos y cajas. Dos caballos fuertes exhalaban vapor. Mateo y Lupita se acurrucaban en la puerta. Don Esteban se apoyaba en el marco, encorvado, los ojos clavados en su hija como si se despidiera.

El corazón de Rebeca se partió en dos direcciones. El deber tiraba hacia la puerta; una línea brillante de esperanza tiraba hacia el carro y lo desconocido.

Bajó los escalones y se plantó frente a Lalo. Él no sonrió, no endulzó nada. Solo esperó.

—Me voy con usted —dijo Rebeca, sintiendo que cada palabra le costaba un año—. Como su esposa.

Lalo asintió una vez, como entendiendo el precio. Le ofreció la mano: áspera, cálida. La ayudó a subir al asiento de madera. Las ruedas crujieron y el carro se alejó del único hogar que conocía, la cabaña empequeñeciéndose hasta ser una mancha oscura contra el cielo.

El camino subió durante dos días. El aire se volvió delgado y cortante. Pinos altos cerraban el sendero como gigantes observadores. Por la noche dormían bajo una lona amarrada a un árbol. Rebeca quedaba despierta escuchando a los caballos y el fuego convertirse en brasas. Dudaba. Había atado su vida a un hombre que apenas conocía… pero recordaba la tos de su padre y los pies descalzos de sus hermanos, y apretaba esa elección como se aprieta una piedra en el bolsillo: pesada, pero real.

En la tercera mañana el mundo cambió. Los pinos se abrieron a roca gris y álamos dispersos. El carro se sacudía en terreno áspero. Rebeca observó a Lalo mientras bajaba a estabilizar una rueda y calmaba a los caballos con la voz. Parecía un hombre pobre, sí… pero nada en él era descuidado. Cada cuerda, hebilla y paso era exacto, como si estuviera preparado.

Tarde, llegaron a un paso estrecho entre dos muros de piedra. Lalo detuvo el carro y se quedó inmóvil, riendas en mano. Rebeca preguntó si algo estaba mal.

—Lo peor del camino ya quedó atrás —dijo él—. Pero la siguiente colina… lo cambia todo.

Atravesaron el paso. El sendero dobló entre pinos torcidos y entonces el mundo se abrió.

Abajo yacía un valle oculto, abrazado por pendientes empinadas y bosque oscuro. Un río claro lo cortaba como una cinta brillante. Incluso cerca del invierno, parches de prado seguían verdes. En el centro se levantaba una casa enorme, de troncos gruesos y piedra, con porches amplios, ventanas altas, cercas y graneros en líneas ordenadas. Humo subía de las chimeneas.

Rebeca agarró el borde del asiento. Aquello no era el hogar de un pobre hombre de la sierra.

—¿De quién es ese lugar? —susurró.

Lalo la miró por primera vez sin máscaras.

—Es mío —dijo—. Se llama Valle del Venado. La casa… Casa del Risco. Y ahora también es tu hogar….

Las palabras le golpearon más fuerte que el viento.

Dentro, la luz cálida de las lámparas iluminaba paredes de madera. Una chimenea rugía. Alfombras suaves cubrían pisos pulidos. El aire olía a cedro, pan recién hecho y jabón limpio. Rebeca caminó con cuidado, como temiendo romper el mundo.

Lalo respiró hondo.

—Tengo que decirte la verdad —murmuró—. “Lalo Vega” era un nombre… para que me vieran como hombre, no como fortuna. Mi nombre real es Leandro Urrutia. Mi padre fundó una compañía maderera. Bosques, molinos… este valle.

Le confesó que en San Damián lo veían como un premio. Algunas familias intentaron atarlo con hijas de sonrisas vacías. Él se cansó de sentirse comprado, y bajó vestido de pobre buscando a alguien que pudiera ver más allá.

Rebeca sintió calor en las mejillas. No sabía si agradecer al destino o enojarse por el engaño.

—¿Por qué yo? —preguntó.

—Porque te vi pelear por un precio justo —dijo Leandro—. Te vi sostener a tu familia con la espalda recta. Necesito a alguien así cuando vengan los que quieran dividir mi tierra… y mi vida.

Luego añadió, mirando el fuego:

—Y si ahora que sabes la verdad quieres irte… cumplo igual mi promesa. Pago las deudas. Tu familia conserva la mina y la cabaña.

Rebeca se quedó un largo momento mirando las llamas. Pensó en la tos de su padre, en el jardín pobre, en la mesa áspera. Y pensó también en este valle silencioso, y en el hombre que por fin estaba frente a ella sin máscara.

—No necesito un hombre rico —dijo al fin—. Necesito un hombre honesto. Me quedo… si de aquí en adelante no hay secretos.

Leandro cerró los ojos como si le hubieran quitado una piedra del pecho.

—No los habrá.

Los primeros días en Casa del Risco fueron un torbellino de aprendizaje. Rebeca caminó la tierra, preguntó por salarios, por techo, por la escuela pequeña que Leandro había iniciado para los hijos de los trabajadores. Los empleados la observaban con cuidado, sin saber si tratarla como invitada o como dueña. Leandro la escuchaba, de verdad. Si decía “ese techo gotea”, no sonreía con condescendencia; llamaba al capataz y lo arreglaban.

Por un momento, Rebeca creyó que su vida finalmente encontraba un sitio estable.

Hasta que una tarde llegó un carruaje demasiado pulido, con caballos oscuros y botas sin polvo. Bajó una mujer envuelta en capa azul, cabello recogido con precisión de alfiler. Ojos grises, fríos.

Leandro se tensó.

—Tía Catalina Urrutia —dijo—, y el valle pareció encogerse.

Con ella venían dos hombres de ciudad, trajes rígidos, mirada de cuentas y ganancias. Catalina miró a Rebeca de arriba abajo, sin insultarla… pero sin darle un lugar.

—Vaya sorpresa —dijo—. ¿Te casaste sin consultar al consejo?

La palabra “consejo” colgó como nube de tormenta. Los hombres explicaron que la compañía estaba al borde de algo grande: contratos, inversores del este, caminos nuevos, tala masiva que triplicaría ganancias. Y Catalina, con voz suave como cuchillo, dejó caer el veneno:

—Para eso, Leandro, necesitas una imagen adecuada. Una esposa… apropiada para los salones de Durango. No una muchachita de mina con tierra bajo las uñas.

Rebeca sintió el aguijón, pero sostuvo el mentón. Leandro se acercó.

—Es mi esposa. Y mi elección.

Catalina sonrió sin ojos.

—Las elecciones tienen consecuencias.