Llegué a casa sin avisar. Nadie sabía que había vuelto de Singapur. La casa, una imponente villa en La Finca, a las afueras de Madrid, estaba sumida en ese silencio sepulcral que se había convertido en mi única compañía durante los últimos dieciocho meses. Era un silencio denso, pesado, que se pegaba a las paredes de estuco y mármol como una segunda piel.
Pero entonces, mientras dejaba las llaves sobre la consola de la entrada, oí algo.
Al principio pensé que era mi imaginación, una jugarreta de mi mente agotada por el jet lag y las negociaciones interminables. Pero no. Eran sonidos. Sonidos que venían de algún lugar profundo de la casa. Mi corazón, que llevaba año y medio latiendo en un ritmo plano y monocorde, empezó a acelerarse violentamente. Me quité la chaqueta del traje, sintiendo cómo el frío del aire acondicionado me erizaba la piel, y caminé hacia el ruido. Mis manos temblaban.
El sonido venía de la cocina.
Empujé la puerta batiente y lo que vi hizo que mi corazón se detuviera en seco.
Permítanme presentarme antes de continuar. Me llamo Guillermo Soto. Soy, o al menos eso dicen las revistas de negocios, un visionario del sector inmobiliario en Madrid. Me hice a mí mismo, transformando edificios antiguos del Barrio de Salamanca en residencias de ultra lujo. Todo lo que tocaba se convertía en oro. Tenía poder, influencia y una cuenta bancaria con más ceros de los que podría gastar en diez vidas. Pero todo ese dinero no servía de nada. No podía comprar lo único que yo anhelaba desesperadamente: devolverme lo que había perdido.
Mi esposa, Catalina. Mi Cata.
Murió en un accidente de coche en el Paseo de la Castellana. Un conductor ebrio, un semáforo en rojo que no vio, o no quiso ver. Ella murió al instante. Yo estaba en Dubái cerrando un trato de doscientos millones de euros cuando recibí la llamada que destrozó mi universo.
En su funeral, bajo el cielo gris de Madrid, algo se rompió dentro de nuestras tres hijas: María, Elena y Sofía. Trillizas idénticas de cuatro años, con rizos rubios como la miel y los ojos verdes de su madre. Antes de ese día, nuestra casa era un caos de risas, canciones infantiles y gritos de alegría. Pero ese día, mientras bajaban el ataúd de su madre a la tierra fría, las tres dejaron de hablar.

María dejó de recitar sus poemas del colegio. Elena dejó de preguntar “¿por qué?” a todo lo que veía. Sofía dejó de cantar sus canciones inventadas en la bañera.
Silencio. Dieciocho meses de silencio absoluto. Sin palabras, sin risas, sin llantos. Solo tres niñas pequeñas, tomadas de la mano, mirando a la nada como pequeños fantasmas en vida.
Gasté una fortuna intentando arreglarlo. Contraté a los mejores psicólogos infantiles de la Ruber Internacional, trajimos especialistas de Londres y Suiza. Terapia tras terapia. Las llevé a Eurodisney, pasamos veranos en las mejores playas de Cádiz, les compré cachorros de raza, les construí una casa en el árbol que era más grande que muchos apartamentos.
Nada funcionó. Las niñas seguían encerradas en sí mismas, en una fortaleza inexpugnable de dolor, como si hubieran hecho un pacto sagrado con la tristeza.
Así que hice lo que hacen los hombres cobardes y rotos: huí. Me enterré en el trabajo. Jornadas de dieciséis horas, viajes de negocios cada dos semanas a Nueva York, Hong Kong, Londres. Porque sentarme en esa casa, rodeado de sus recuerdos y del silencio de mis hijas, era como asfixiarme lentamente. Mi mansión tenía doce habitaciones, piscina infinita, pista de pádel y cine privado, pero para mí era el lugar más solitario sobre la faz de la tierra.
Una noche, Marta, mi gobernanta, la mujer que llevaba veinte años cuidando de nosotros como si fuera de la familia, se me acercó en el despacho.
—Don Guillermo —dijo con esa firmeza castellana que la caracterizaba—, ya no puedo manejar esto sola. La casa es demasiado grande y mi corazón ya no aguanta verlas así. Las niñas necesitan más ayuda de la que yo puedo darles. Necesito contratar a alguien más.
Apenas levanté la vista de mis planos.
—Contrata a quien necesites, Marta. No me importa el coste.
Tres días después, Manuela entró por la puerta.
Manuela no era lo que yo esperaba, si es que esperaba algo. Era una mujer de unos cincuenta años, de Vallecas, con las manos curtidas de trabajar toda la vida y una mirada profunda y oscura que parecía haber visto demasiado. Había estudiado educación infantil por las noches mientras limpiaba oficinas de madrugada y criaba a su sobrino adolescente. Su propia hermana había fallecido dos años antes. Manuela entendía el duelo. Sabía lo que era seguir respirando cuando sientes que te han arrancado el corazón del pecho.
La vi una vez en el pasillo durante su primera semana. Llevaba una cesta con productos de limpieza. Asintió con respeto. Yo ni siquiera la miré a los ojos. Para mí, era solo otra sombra en la casa.
Pero mis hijas sí la notaron.
Manuela no intentó “arreglarlas”. No las obligó a hablar, ni a sonreír, ni las sentó a hacer terapias con muñecos. Simplemente aparecía todos los días, doblando la ropa con delicadeza, tarareando coplas antiguas o canciones suaves mientras limpiaba sus habitaciones. Estaba presente. Era una presencia cálida y constante, como una estufa de leña en invierno.
Y poco a poco, las niñas empezaron a acercarse.
En la primera semana, María la observaba desde el marco de la puerta mientras Manuela hacía las camas. Luego Elena. Luego Sofía. En la segunda semana, Manuela tarareaba suavemente mientras organizaba los juguetes, y Sofía se sentó cerca, solo escuchando. En la tercera semana, María dejó un dibujo hecho con ceras sobre la ropa limpia: una mariposa amarilla. Manuela lo recogió como si fuera el diamante más valioso del mundo. Sonrió, con los ojos brillantes, y lo pegó en la pared. —Es hermoso, mi vida —susurró. Y vi, aunque no quise admitirlo entonces, que los ojos de María parpadearon. Solo un poco. Una chispa.
Semana tras semana, algo milagroso estaba ocurriendo bajo mi propio techo. Algo silencioso, sagrado, algo que yo nunca vi porque nunca estaba en casa. Las niñas empezaron a susurrarle cosas a Manuela, luego a hablar en frases cortas, luego a reír tímidamente mientras ella les enseñaba a hacer rosquillas. A las seis semanas, estaban cantando otra vez.
Manuela no vino a mi despacho a buscar una medalla. No lo anunció. Solo las amó con suavidad, con una paciencia infinita, como quien riega un jardín seco y confía en que la lluvia llegará. Yo no tenía ni idea de que mis hijas estaban volviendo a la vida.
Estaba en Singapur, cerrando un trato enorme para un rascacielos. Estaba exhausto, estresado, vacío. No se suponía que volviera a Madrid hasta dentro de tres días, pero algo dentro de mí, una intuición o quizás el fantasma de Catalina, me dijo: “Vete a casa”. No llamé. Reservé el primer vuelo y me fui.
Cuando atravesé la puerta principal de mi casa en La Finca, esperaba el silencio de siempre. No esperaba nada diferente.
Pero entonces escuché los sonidos.
Risas. Risas cristalinas de niños.
Mi pecho se tensó. Me quedé congelado en el vestíbulo, escuchando. No podía ser. La casa había estado muerta durante año y medio. Pero los sonidos eran reales. Risas, palmadas, vida. Me dirigí hacia la cocina, caminando cada vez más rápido. El aire se me atascaba en la garganta. Llegué a la puerta, mi mano tembló al empujarla, y lo que vi allí detuvo mi mundo entero.
La luz del sol de la tarde madrileña entraba por los ventanales, dorada y cálida, bañando la cocina en un resplandor celestial. Sofía estaba sentada sobre los hombros de Manuela, con sus manitas enredadas en el cabello de la mujer, riendo a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás. María y Elena estaban descalzas, sentadas sobre la isla de mármol de la cocina, moviendo las piernas al ritmo, con los rostros iluminados por una alegría que yo creía extinta.
Estaban cantando. Realmente cantando. “Sol, solecito, caliéntame un poquito…”
Sus voces llenaban la habitación, una música que yo había olvidado que existía. Manuela bailaba suavemente con Sofía a hombros, doblando pequeños vestidos de color magenta mientras tarareaba con ellas, sonriendo como si aquello fuese lo más natural del mundo. Las niñas llevaban vestidos a juego, estaban peinadas, sus mejillas sonrosadas. Parecían vivas.
Me quedé congelado. Mi maletín de cuero cayó al suelo con un golpe sordo, pero ellas no lo oyeron por la música.
Durante tres segundos, sentí algo maravilloso. Un alivio tan profundo que pensé que me caería de rodillas. Gratitud. Alegría. Un pensamiento cruzó mi mente: Dios mío, Cata, no las has olvidado.
Entonces Sofía gritó: “¡Más fuerte, Manuela, canta más fuerte!”
Y en ese preciso instante, algo cambió dentro de mí. Algo oscuro, caliente y feo subió por mi garganta como bilis.
Celos. Vergüenza. Rabia pura.
Esa mujer, esa desconocida de Vallecas, esa empleada, había hecho lo que yo, su padre, el gran Guillermo Soto, no había podido hacer. Ella había traído a mis hijas de vuelta de entre los muertos. Mientras yo viajaba por el mundo sintiéndome importante, ella estaba aquí, amándolas, sanándolas, siendo el padre y la madre que yo no estaba siendo.
Me sentí reemplazado. Me sentí inútil. Y la odié por ello.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —mi voz estalló en la cocina como un disparo de cañón.
El canto se cortó en seco.
Al instante, el rostro de Sofía se desmoronó. Manuela dio un tropiezo, asustada, y bajó a Sofía de sus hombros con cuidado, dejándola en el suelo. María y Elena se quedaron paralizadas sobre la encimera, con el terror pintado en los ojos.
—Señor Soto, yo… —la voz de Manuela era tranquila, pero vi cómo le temblaban las manos.
—Esto es completamente inapropiado —ladré. Mi voz quebrada por la furia—. La contrataron para limpiar, no para jugar a las familias felices y convertir mi cocina en un circo.
Manuela bajó la mirada, humilde pero digna. —Solo estaba pasando tiempo con ellas, señor. Ellas necesitaban…
—¡No quiero escucharlo! —Grité, con la cara roja y los puños apretados—. Poner a mis hijas sobre las encimeras, cargarlas así… ¿Y si se caen? ¿Y si se lastiman?
—No les pasó nada, señor. Fui cuidadosa.
—¡Estás despedida!
La palabra salió fría, cortante, definitiva.
—Empaca tus cosas. Vete ahora mismo. Quiero que estés fuera de esta casa en diez minutos.
Manuela se quedó allí un momento, sujetando el borde de la isla de cocina. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no discutió. No suplicó. Solo asintió lentamente. —Sí, señor.
Pasó junto a mí con la cabeza en alto, con una dignidad que yo no merecía presenciar, mientras las lágrimas resbalaban silenciosamente por sus mejillas curtidas.
Las niñas no hicieron ningún sonido. Bajaron de la encimera despacio, con cuidado, tomándose de las manos. Sus rostros, que hace segundos brillaban como el sol, ahora estaban vacíos, apagados. Como si alguien hubiera bajado el interruptor de su alma otra vez.
Me miraron. Realmente me miraron. Y lo vi. Miedo. Sus propias hijas le tenían miedo a su padre.
El labio de María tembló, pero no salió ningún sonido. Elena apretó la mano de Sofía hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas que cayeron en silencio. Se dieron la vuelta y salieron de la cocina juntas, sus pies descalzos golpeando suavemente el suelo frío.
La habitación quedó en silencio. Me quedé allí, solo. Los vestidos brillantes que Manuela había estado doblando seguían en la encimera. La luz del sol, que momentos antes había sido cálida y acogedora, ahora se sentía dura, acusadora. Mis piernas fallaron. Me agarré al borde del mármol para no caer.
—¿Qué acabo de hacer? —susurré al vacío.
La casa volvió a estar en silencio. Igual que durante dieciocho meses. Fría. Muerta. Vacía. Me desplomé en una silla, hundí la cabeza entre las manos y, por primera vez desde el funeral de Catalina, sentí todo el peso del monstruo en el que me había convertido. No un padre. Un destructor.
Esa noche me senté solo en mi despacho. La habitación estaba oscura, iluminada solo por la lámpara de escritorio. Un vaso de whisky Cardhu permanecía intacto en mi mano. Miraba la foto en la repisa: Catalina riendo en el Parque del Retiro, sosteniendo a las niñas cuando eran bebés. Su sonrisa era tan brillante que dolía mirarla.
—¿Qué he hecho, Cata? —mi voz se quebró en la penumbra—. ¿Por qué soy así?
Hubo un suave golpe en la puerta. —Adelante.
Era Marta. Entró despacio y cerró la puerta. No traía té, ni documentos. Se quedó de pie, con los brazos cruzados, mirándome no como a su jefe, sino como una madre mira a un hijo que ha cometido un pecado imperdonable.
—Estaban hablando, señor Soto —dijo ella. Su voz era suave pero afilada como un cuchillo.
Levanté la mirada, con los ojos rojos. —¿Qué?
—Sus hijas. Estaban hablando con Manuela.
Mi pecho se tensó. —Lo sé, Marta. Las vi hoy.
—No, señor. —Negó con la cabeza—. Usted no entiende. No fue solo hoy. Han estado hablando durante seis semanas.
El vaso se resbaló de mi mano. Cayó sobre el escritorio, derramando el licor sobre la madera caoba, pero no me moví. —¿Seis semanas?
—Sí, señor. Frases completas. Historias. Canciones. Manuela las fue trayendo de vuelta, poco a poco, cada día, con paciencia y amor.
Mis manos empezaron a temblar incontrolablemente. —¿Cómo? ¿Por qué nadie me lo dijo?
La voz de Marta se endureció. —Usted nunca estaba aquí para que se lo dijéramos, don Guillermo. Siempre en un avión, siempre en una reunión.
Me cubrí la cara con las manos. —Oh, Dios mío. Marta, lo destruí. Destruí todo en diez segundos de orgullo estúpido.
—Sí, señor. Lo hizo. —No hubo consuelo en su voz—. Esas niñas confiaban en Manuela. Se abrieron a ella. Y usted les enseñó hoy que cuando uno es feliz, o cuando uno ama a alguien, papá se enfada y echa a esa persona.
—Estaba celoso —confesé, mi voz hecha pedazos—. Las vi tan felices con ella… sentí que ya no me necesitaban. Que me habían reemplazado.
—¿Y qué va a hacer ahora?
—Necesito disculparme. Con Manuela. Con las niñas. Necesito arreglar esto.
—Disculparse es un comienzo —dijo Marta, acercándose—. Pero esas niñas no necesitan sus palabras, señor. Lo necesitan a usted. Al de verdad. No al empresario. Al padre.
Asentí lentamente, sintiendo las lágrimas quemarme los ojos. —Hablaré con Manuela mañana. Le pediré que regrese. Le doblaré el sueldo. Haré lo que sea.
Marta me observó durante un largo momento antes de darse la vuelta. —Eso espero, señor. Por el bien de esas criaturas. Porque si no lo arregla ahora, quizás nunca vuelvan a hablarle.
A la mañana siguiente, llamé a Manuela. No contestó. Llamé diez veces. Nada. Le pedí a Marta su dirección. —Vive en Vallecas, señor. En un bloque de pisos cerca de la Avenida de la Albufera. —Iré yo mismo.
Conduje mi Mercedes negro hacia el sur de Madrid. El paisaje cambió de las avenidas arboladas y las mansiones de seguridad privada a calles estrechas, bloques de ladrillo visto y ropa tendida en los balcones. Aparqué en doble fila frente a un portal viejo con la pintura descascarada.
Subí las escaleras hasta el tercer piso; no había ascensor. Llamé a la puerta. La abrió un chico joven, alto, con una camiseta de fútbol y mirada desconfiada. Me miró de arriba abajo: el traje italiano, el reloj caro, los zapatos de piel. Su mandíbula se tensó.
—¿Sí? ¿Qué quiere?
—Busco a Manuela. ¿Vive aquí?
La expresión del chico se endureció. —Tú eres el jefe. El que la echó ayer.
Tragué saliva. —Sí. Soy Guillermo Soto. Cometí un error terrible. Necesito hablar con ella.
El chico dio un paso adelante, bloqueando la entrada. —La hiciste llorar, tío. Llegó ayer destrozada. La humillaste porque sí. Y ahora vienes aquí pensando que puedes arreglarlo con dinero.
—No es dinero. Sé que la herí. Por favor, solo cinco minutos.
—Ella no quiere verte. Vete.
La puerta se cerró en mis narices. Me quedé allí, en el rellano oscuro que olía a lejía y a comida frita, mirando la madera vieja. Nunca en mi vida me habían cerrado una puerta. En mi mundo, mi apellido abría todas las cerraduras. Aquí, no valía nada.
Volví al día siguiente. Y al siguiente. Al tercer día, Marta me dio otra dirección. “Está en casa de su hermana, en Carabanchel. Está cuidando a los sobrinos.”
Fui allí. Otro barrio humilde, otra gente trabajadora que me miraba como a un extraterrestre. Llamé a la puerta. Una mujer abrió. Tenía un bebé en la cadera. —Busco a Manuela. —¿Usted es el señor Soto? —Sí.
Antes de que pudiera cerrarme la puerta, Manuela apareció por el pasillo. Llevaba ropa de casa, el pelo suelto. Se veía cansada. —Déjalo, Rosa —dijo suavemente a su hermana.
Salió al rellano y cerró la puerta tras de sí. —¿Qué quiere, señor Soto?
—Hablar, Manuela. Por favor.
—No hay nada de qué hablar. Usted dejó muy claro lo que piensa de mí.
—Estaba equivocado. Estaba celoso y fui un estúpido. Pero mis hijas… —se me quebró la voz—. Mis hijas han vuelto al silencio. Desde que te fuiste, no han emitido un sonido. Han vuelto a ser fantasmas.
La mandíbula de Manuela se tensó. Vi dolor en sus ojos. —Eso me duele más a mí que a usted, créame.
—Lo sé. Por eso estoy aquí. No como tu jefe. Estoy aquí como un padre desesperado que ha fallado a sus hijas y te está suplicando ayuda.
Metí la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta y saqué una pequeña caja de cartón. Mis manos temblaban al sostenerla. —Las niñas hicieron esto. Marta lo encontró escondido debajo de la almohada de María.
Manuela dudó. Luego tomó la caja y la abrió despacio. Dentro había tres dibujos. Trazos infantiles, colores vivos. Una mariposa amarilla. Un arcoíris sobre una casa. Tres niñas de la mano de una mujer con el pelo oscuro. Y debajo, escrito con letras grandes y temblorosas en cera roja: TE QUEREMOS. VUELVE POR FAVOR.
La mano de Manuela fue a su boca. Un sollozo escapó de su garganta. Las lágrimas empezaron a caer. —Ellas hicieron esto para ti —dije en voz baja—. Te echan de menos, Manuela. Te necesitan.
Manuela estrechó la caja contra su pecho, como si quisiera meterse los dibujos dentro del corazón. —Señor Soto… Guillermo. Lo que usted hizo dolió. Les enseñó que el amor es peligroso.
—Lo sé. Y voy a pasar el resto de mi vida intentando reparar eso. Pero no puedo hacerlo solo. No sé cómo. Tú las trajiste a la luz. Tú tienes la llave que yo perdí hace años.
Ella levantó la mirada. Sus ojos oscuros me taladraron. —Si vuelvo, las cosas van a cambiar. —Lo que tú digas. El sueldo que quieras. —No hablo de dinero —me cortó—. Hablo de usted. No puede seguir trabajando ochenta horas a la semana. No puede seguir volando a Singapur mientras sus hijas crecen huérfanas de padre vivo. Si voy a ayudarlas a sanar, usted tiene que estar ahí. En el desayuno. En la cena. En los días malos.
Sentí el peso de sus palabras. Toda mi vida había sido el trabajo. Era mi escudo. —No sé si sé hacerlo —admití, con miedo—. No sé cómo parar.
La expresión de Manuela se suavizó. —Entonces aprenderá. Igual que ellas están aprendiendo a confiar otra vez. Un día a la vez.
El silencio cayó entre nosotros en ese rellano de Carabanchel. —Si vuelves —dije—, te prometo que estaré. Cancelaré todo. Empezaré de cero.
Manuela suspiró, secándose las lágrimas. —Dame una semana. Necesito pensar. Necesito estar segura de que esto es real.
—¿Una semana? Manuela, cada día es una eternidad para ellas. —Una semana, señor Soto. Si realmente quiere esto, puede esperar siete días. Quédese con los dibujos. Enséñeselos a ellas. Dígales que los vi. Dígales… que yo también las quiero.
Se dio la vuelta y entró en el piso.
Esa semana fue la más larga de mi vida. Volví a casa y fui directo a la sala de juegos. Las encontré allí, sentadas en círculo, en silencio. Me senté en el suelo con ellas. No me miraron. —Fui a ver a Manuela —dije. Tres cabezas rubias se levantaron al unísono. —Ella vio vuestros dibujos. Les mostré la caja. María estiró la mano y tocó el cartón. —Dice que os quiere mucho. Y que está pensando en volver.
Esa noche, me quedé en casa. Y la siguiente. Y la siguiente. Cancelé mi viaje a Londres. Pospuse la reunión con los inversores árabes. “Pero señor Soto, es un contrato de cincuenta millones”, me gritó mi socio por teléfono. “Me da igual”, respondí, y colgué.
Empecé a desayunar con ellas. Al principio era incómodo. Solo el sonido de las cucharas contra los tazones de cereales. Pero yo estaba ahí. Les leí cuentos por la noche. Al principio, me sentía ridículo haciendo voces, pero lo intenté. El cuarto día, encontré a Sofía llorando en el lavadero, abrazada a un delantal que Manuela había dejado olvidado. Me senté con ella en el suelo frío y la abracé. No me apartó. Lloró en mi hombro hasta quedarse dormida.
Al séptimo día, me levanté al amanecer. Preparé tortitas. La casa olía a café y a vainilla. A las diez de la mañana, sonó el timbre. Marta fue a abrir. Escuché pasos en el pasillo.
Estábamos en el salón. Yo estaba leyendo un libro en voz alta. Las niñas estaban a mi lado, apáticas, pero escuchando. Manuela apareció en el arco de la entrada. —Hola, mis niñas.
El tiempo se detuvo. Los ojos de María se abrieron como platos. —¡Manuela! —gritó Elena. Fue la primera palabra que dijo en voz alta en una semana. —¡Has vuelto! —chilló Sofía.
Las tres salieron disparadas del sofá como tres flechas y se lanzaron contra Manuela. Casi la tiran al suelo, pero ella se arrodilló y las abarcó a las tres en un abrazo inmenso, cálido y maternal. Lloraban, reían, hablaban todas a la vez. —Te fuiste. —Pensábamos que no volverías. —Papá dijo que vendrías.
Manuela las besaba en la cabeza, llorando también. —Estoy aquí. No me voy a ir. Lo prometo.
Luego, levantó la vista y me miró. Yo estaba de pie junto al sofá, con las lágrimas corriendo libremente por mi cara. Asentí con la cabeza, dándole las gracias sin palabras. —Vuestro papá luchó mucho para que yo volviera —les dijo a las niñas—. Fue a buscarme. Me pidió que regresara.
María se giró y me miró. —¿De verdad, papá? Me arrodillé junto a ellas. —Sí, mi vida. Lo hice porque os quiero. Y porque me di cuenta de que tenía que estar aquí. Con vosotras.
Las tres se soltaron de Manuela y corrieron hacia mí. Me abrazaron. Sentí sus bracitos rodeando mi cuello, sus cabezas en mi pecho. Y en ese momento, abrazado a mis tres hijas y con la mujer que nos había salvado sonriendo desde la puerta, supe que era el hombre más rico del mundo. Y no tenía nada que ver con el dinero.
Seis meses después. Es sábado por la tarde en Madrid. El sol de primavera calienta el jardín. Estamos todos fuera. Manuela, que ya no es solo la niñera sino parte de la familia, está enseñando a las niñas a plantar girasoles. —Dicen que a mamá le encantaban —dice María, con las manos llenas de tierra. Me acerco y me agacho junto a ella. —Sí, cariño. Le encantaban. Decía que los girasoles siempre buscan la luz, no importa cuán oscuro esté el día. Como nosotros.
Sofía señala al cielo. —¡Mirad! Una mariposa amarilla revolotea sobre las flores recién plantadas. —Es mamá —susurra Elena. Miro a Manuela y ella sonríe. —Seguro que sí —dice—. Está orgullosa de vosotras.
Miro a mis hijas, sucias, felices, vivas. Miro mi casa, que ya no es un mausoleo sino un hogar lleno de ruido y desorden. He perdido algunos millones este año por trabajar menos. He perdido prestigio en el club de campo. Pero he ganado mi alma. Me prometí que nunca más huiría. Y he cumplido. Porque, al final del día, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde a los que ama?
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