El viudo millonario tenía hijos gemelos que no comían nada hasta que su nueva niñera hizo algo inesperado y cambió sus vidas para siempre. Cuando Mariana sale del coche frente a la enorme mansión de Ricardo Navarro, siente un hormigueo de nervios y emoción. No es como cualquier otra casa; es una casa llena de silencio.

Al entrar, ve un largo pasillo, cuadros grandes, ventanales altos que dejan entrar la luz sin calor. Los empleados apenas responden con un saludo corto, como si todo fuera normal, pero ella siente que hay algo extraño en el aire. En ese momento, aparece Ricardo, un hombre alto, bien vestido, con el ceño ligeramente fruncido.

No le ofrece la mano, solo dice buenos días, y eso es suficiente para entender que no está de humor para charlas triviales. Le presenta a los niños, Emiliano y Sofía, gemelos de 8 años. Los señala sin emoción y le dice que ella será su niñera. Los observa de cerca, él con la mirada perdida, ella con los brazos cruzados, ambos vestidos igual, como si fueran imágenes especulares. Mariana les dedica una sonrisa tímida y les pregunta qué quieren de cenar. Los niños la miran y se encogen de hombros. La niña no dice nada.

El niño repite la palabra nada. El corazón de Mariana se encoge un poco porque esto significa que su trabajo no será como ella imaginaba. Ricardo la observa y asiente como si aprobara algo, pero sin emoción. Luego los lleva a todos de recorrido por la casa. Entran al comedor, y ella ve platos finos cubiertos con plata, una mesa enorme sin comida.

Luego van a la sala con sillones de aspecto cómodo, pero nadie parece haberse sentado allí desde hace un tiempo. En el jardín hay juguetes viejos y una mesa redonda para comer afuera que tampoco se ha usado. Los niños pasan sin mirar.

La harina para galletas que Mariana estaba planeando hace dos segundos se le escapa de la mente. Mientras caminan, la niñera nota fotos en los estantes. Ricardo y su esposa Lucía juntos. Sonriendo, abrazándose. Los niños se parecen mucho a Lucía, especialmente Sofía. Mariana siente un nudo en la garganta.

Cuando terminan el recorrido. Ricardo le dice que comenzará a las 8 de la mañana y la deja sola con los niños. En silencio, sola con ellos por primera vez.

Les habla de nuevo con voz suave. Les pregunta cómo están. Nada, solo se escucha el eco de su voz en el pasillo. Eso le confirma que no es solo cuestión de hambre. Algo pasó en casa. Sale de la habitación y ve a Ricardo sentado en su oficina a lo lejos. Él no la mira, pero ella siente su mirada.

Se detiene un momento y continúa su camino hacia la cocina, pensando en qué hacer para que esos niños coman.

Afuera, mientras el sol se pone, las sombras crecen a lo largo de la mansión. Y Mariana se pregunta si esos hilos de silencio pueden romperse con ella. Mira por un momento una galleta que alguien dejó a medio comer en la encimera. Se la lleva a la boca y la prueba sosa, pero hay una chispa de

complicidad en el simple gesto. Cierra los ojos.

Esto es solo el comienzo. Mariana cambió rápidamente. Sin uniforme, sin necesidad de parecer una enfermera o maestra estricta. Eligió jeans cómodos y una blusa de color claro. Se recogió el cabello y bajó a la cocina. Allí conoció a Chayo, la cocinera, una mujer seria de unos 60 años con voz grave.

Mariana se presentó con una sonrisa, pero Chayo apenas alzó la vista de las verduras que estaba picando. «¿Por qué te arreglas tanto? Los niños aquí ni te notan, y el hombre menos», soltó sin filtro. Mariana solo rió suavemente. No le gustó el tono, pero decidió no involucrarse. Mientras Chayo

terminaba la comida, Mariana preguntó cómo les gustaba la comida a los niños.

Les gustaba el arroz con plátano, pero eso fue cuando Lucía estaba viva, dijo Chayo sin detenerse. Mariana notó que les gustaba como si ya no les gustara nada. «¿Y qué comieron ayer?», preguntó. Nada. Mariana permaneció en silencio. Chayo no parecía preocupada. Así son. No comen. Desde que su madre murió,

nadie les ha hecho comer. Ya han pasado cinco niñeras. Todas se han ido.

Mariana estaba curiosa, pero no quería parecer entrometida. Se acercó a la mesa, limpió un poco el área y comenzó a poner los platos. El comedor era enorme, con una lámpara colgante que daba más sombra que luz. Colocó servilletas con figuras de animales que encontró en un cajón.

Nada demasiado llamativo, solo un intento de hacer el momento más agradable. Ricardo apareció puntual, vestido igual que esa mañana, elegante pero sin alma. Los saludó cortésmente, se sentó a la cabecera de la mesa y revisó su celular. Mariana puso los platos y llamó a los niños. Bajaron con calma, de la mano.

Se sentaron uno frente al otro. Nadie habló. Chayo sirvió.

Arroz, pollo asado y sopa caliente. El olor era bueno, pero los niños ni lo miraron. Mariana se sentó junto a ellos, observando cada movimiento. Ricardo levantó la vista por un segundo. «Puedes comer si quieres. No tienes que hacerlo», dijo. Luego volvió a mirar su teléfono. Mariana se inclinó un poco.

«Sofía. ¿Quieres que te ayude con el pollo?» La niña negó con la cabeza.

Emiliano solo miraba su plato como si fuera una pizarra en blanco. Mariana pensó en sus sobrinos, cómo les gustaba hacer formas con su comida. «¿Qué tal si hacemos una cara con el arroz?», sugirió en voz baja. Sofía puso los ojos en blanco. «No queremos comer», dijo Emiliano sin emoción. Ricardo levantó la vista, pero no dijo nada. Mariana sonrió al niño.

«Está bien, no tienen que comer nada, pero pueden contarme sobre su día». Los niños permanecieron en silencio. Chayo observaba desde la cocina con cara de «te lo dije». Ricardo se levantó antes de que pasaran 10 minutos. «Tengo una llamada. Con permiso». Simplemente se fue. Mariana se quedó sola con los niños. El silencio

era pesado, pero no se rindió. Se puso de pie.

Fue por una manzana. La cortó en gajos. La dispuso en forma de estrella en un plato pequeño y lo colocó entre los dos. «No es comida de verdad, es una forma solo para ver si adivinan qué es». Los niños miraron el plato. Un segundo. Dos. Sofía extendió la mano y arregló un gajo. Emiliano hizo otro movimiento.

No se la comieron, pero ya habían tocado algo. Chayo chasqueó la lengua. «Eso no es la cena», murmuró desde la cocina. Mariana ignoró el comentario. Se sentó allí sin decir nada más, solo observando cómo los niños, sin hablar, arreglaban segmento por segmento en una especie de flor. Cuando

terminaron, Sofía empujó el plato hacia Mariana.

«Es un sol», dijo. Emiliano asintió. Mariana sonrió. No era comida, pero era un primer paso. Un sol hecho de manzana en medio del silencio, una casa donde todo era frío. La cena terminó con los platos llenos, pero por primera vez alguien habló, aunque solo fuera un poco.

Mariana limpió todo, lavó los platos, y cuando estaba a punto de subir, Chayo se le acercó. «No te encariñes, nada cambia aquí». Mariana solo la miró. «Ya veremos», respondió sin levantar la voz. Y subió lentamente las escaleras, sabiendo que lo que venía sería más difícil de lo que imaginaba. La mañana comenzó con el suave sonido de los pájaros afuera, pero en la mansión no se oía nada, ni una voz, ni una risa, ni una queja.

Mariana se despertó temprano y fue directo a la cocina. Chayo ya estaba allí moliendo café y cortando fruta con la misma expresión antipática. Mariana dijo: «Buenos días», pero Chayo solo levantó una ceja. Mariana no se intimidó, preparó leche caliente con un poco de canela, tostó pan y

lo puso todo en una bandeja.

Caminó con firmeza hasta los dormitorios, tocó la puerta de la habitación de los gemelos, esperó un segundo y luego entró. Ya estaban despiertos, sentados en la cama, viendo la televisión con el volumen bajo. Mariana colocó la bandeja en una mesita baja. «Hoy no hay reglas», les dijo. Los dos se volvieron a mirarla. «Vamos

a hacer algo diferente».

Nadie respondió, pero tampoco la ignoraron. Mariana les hizo señas para que la siguieran. Bajaron las escaleras en silencio, pasaron por el enorme comedor y directo a la cocina. Chayo los vio y soltó una risa seca. «No pueden estar aquí». Mariana la miró con calma. «Hoy sí pueden».

Chayo la miró con los ojos muy abiertos. «Eso va en contra de las reglas del señor». Mariana respiró hondo. «Entonces yo me haré cargo». Y continuó su camino con los niños a cuestas. La cocina era espaciosa, llena de luz, y con una gran isla en el centro. Mariana sacó harina, huevos, leche y azúcar. Puso todo

sobre la mesa como si fuera un juego. Emiliano se acercó sin tocar nada. Sofía la miraba curiosa.

Mariana les dio a cada uno un bol. «Vamos a hacer panqueques, pero ustedes son los chefs. Yo solo ayudo». Se miraron, como preguntándose si realmente podían hacerlo. Sofía fue la primera en meter las manos en la harina. Emiliano se atrevió a romper un huevo, aunque lo hizo con tanta fuerza que

salpicó su cara. Mariana no se rió, solo le ofreció una toalla.

«Eso pasa cuando te apuras. Está bien». Poco a poco se soltaron, rieron suavemente, mezclaron y probaron. La cocina comenzó a llenarse de un rico olor diferente. Chayo los observaba desde la estufa, con los brazos cruzados. No dijo nada, pero no se fue. Cuando terminaron de cocinar, Mariana puso los panqueques

en platos pequeños y los llevó a la mesa de la cocina, no al comedor.

Se sentó con ellos, les dio miel, rodajas de plátano y un poco de crema batida. Sofía parecía dudosa. Emiliano giraba el tenedor en su mano. Mariana no los miraba directamente; simplemente comió el suyo. Con calma, como si todo fuera normal. Sofía fue la primera. Tomó un trocito pequeño. Mariana

fingió no darse cuenta. Luego Emiliano también lo hizo. No dijeron nada, pero masticaron.

Mariana estuvo a punto de echarse a llorar allí mismo, pero se contuvo. Solo dijo: «Quedaron muy buenos». No respondieron, pero se terminaron la mitad. Fue entonces cuando Ricardo entró. Se detuvo en seco al ver la escena. Los tres sentados en la cocina, platos sucios, harina en la mesa, niños comiendo. Mariana,

lo miró sin moverse.

«Buenos días», dijo. Sofía dejó el tenedor. Emiliano se quedó quieto. Ricardo se acercó serio. «¿Qué están haciendo aquí?» Mariana se puso de pie. «Estamos desayunando. Los niños cocinaron. Fue idea mía». Ricardo miró a los niños. No hablaron. «¿Cocinaron?» Emiliano asintió. Sofía bajó la mirada. «¿Comieron?» Esta vez no dijeron nada. Solo Mariana respondió.

«Sí, por primera vez». Ricardo respiró hondo, miró la mesa y luego a Mariana. «Eso no estaba en el plan». «¿Y qué si estaba en el plan?», preguntó sin levantar la voz. Chayo intervino desde su rincón. «Se metieron donde no debían. Esto no es un restaurante». Ricardo la miró. «Está bien, Chayo. Déjanos solos un

momento». La mujer frunció los labios y se fue.

Mariana no sabía si la iban a despedir en ese mismo instante. Ricardo miró fijamente los platos. Luego a los niños. «¿Les gustó?», preguntó. Sofía hizo un gesto apenas visible. Emiliano dijo en voz baja. «Sí». Ricardo no supo qué hacer con esa respuesta. Tampoco Mariana. Se ajustó la chaqueta. «Está bien, pero no

hagan costumbre». Se fue sin decir otra palabra.

Cuando la puerta se cerró, Mariana se sentó de nuevo. Sofía le alcanzó su tenedor. «¿Podemos cocinar otra vez?» Mariana asintió. «Cuando quieran». La cocina se llenó de ruido de nuevo. Platos, risas suaves, cucharas haciendo clic. No era una comida formal, era algo más, algo más vivo, algo más real.

La regla de oro era simple: sin forzar, solo dejándoles decidir. Por primera vez, funcionó.

La rutina en la casa ya no era la misma, aunque nadie lo dijera en voz alta. Mariana lo notó desde el momento en que bajó las escaleras. Los pasillos ya no se sentían tan fríos, y los niños no se encerraban en sus habitaciones todo el día. Ahora salían, aunque solo fuera para verla cocinar o para

preguntarle algo tonto, como si se podían hacer panqueques en forma de dinosaurio.

Esa mañana, Sofía apareció en la cocina con el cabello despeinado y un animal de peluche en la mano. Mariana estaba lavando los platos. La niña no dijo nada, solo se sentó en la barra y la miró. Mariana le dio un plátano así, sin decir nada. Sofía lo tomó y peló la cáscara con cuidado. Mariana casi no

podía creerlo. No era mucho, pero era algo. Emiliano llegó 2 minutos después.

«Hoy vamos a cocinar». Mariana se secó las manos y se dio la vuelta. «Si quieren». Él asintió y se sentó junto a su hermana. Los dos estaban callados, pero allí estaban juntos, presentes. Ricardo los observaba desde la puerta sin entrar. Solo los miró unos segundos antes de seguir su camino, pero Mariana

lo notó.

Pasaba por donde estaban los niños más a menudo, siempre con excusas—que olvidó algo, que buscaba un papel—pero Mariana sabía mejor. Estaba observando. Ella aún no sabía qué pensar, pero lo permitió. Ese mismo día, Mariana los llevó al patio trasero. Era la primera vez.

¿Ven? Abrió la puerta con una llave que encontró en uno de los cajones de la cocina.

Era un patio grande con árboles altos y una fuente seca. Había juguetes viejos en una esquina, algunos oxidados, pero la hierba estaba verde. Los niños dudaban en salir. Sofía se quedó en la puerta. Emiliano la miró como pidiendo permiso. Mariana siguió caminando sin volverse, como si fuera lo más normal del mundo.

Cuando llegó al centro del jardín, los oyó correr detrás de ella.

Jugaron con una pelota desinflada que encontraron en unos arbustos. Mariana les enseñó un juego de su infancia: lanzar la pelota al aire y atraparla sin dejarla caer. Sofía se reía cada vez que fallaba. Emiliano la imitaba. Mariana los dejaba ganar. Hacía tanto que no reían que sintió que el

aire del lugar había cambiado.

Por la tarde, Mariana los llevó a la sala de juegos, una que había estado cerrada por algún tiempo. Ricardo había ordenado cerrarla porque, según él, traía recuerdos dolorosos. Pero Mariana encontró la llave en una caja de herramientas. Entraron lentamente. El polvo cubría casi todo. Había muñecas,

libros, una casa de madera en miniatura. Una alfombra con caminos pintados.

Los niños no dijeron nada; solo miraban todo con una mezcla de sorpresa y tristeza. Mariana sacudió la alfombra con vigor, abrió las ventanas y dejó entrar la luz. «Esta habitación es suya. Pueden hacer lo que quieran aquí». Emiliano caminó hacia una estantería y tomó un libro. Sofía se sentó en un rincón y abrazó una muñeca vieja.

No hablaron, pero sus cuerpos hablaban por sí solos. A la hora de la cena, Mariana les dejó elegir el menú. «Hoy es su día», les dijo. Sofía pidió quesadillas y Emiliano quiso arroz con plátano. Mariana se puso a trabajar. Chayo observaba desde la distancia con los brazos cruzados. «Nunca

he visto a esos niños rogando por comida», murmuró. Mariana le sonrió. «Yo tampoco».

Cuando se sentaron a comer, los platos no estaban vacíos, pero al menos la comida no quedó intacta. Era como si el hielo lentamente comenzara a derretirse. Esa noche, Mariana se quedó un poco más después de la hora de dormir, leyéndoles un cuento mientras se acomodaban bajo las cobijas.

Cuando terminó, no dijeron nada, pero no le pidieron que se fuera. Permaneció en silencio un rato más. Sofía se giró hacia la pared. Emiliano se acostó boca arriba, mirando al techo. Mariana les acarició el cabello muy suavemente. Ninguno de los dos se movió. Cuando salió de la habitación, Ricardo la esperaba

en el pasillo.

Tenía las manos en los bolsillos, el rostro tenso. Mariana lo miró, sin saber si estaba molesto o curioso. Él rompió el silencio. «¿Qué les hiciste?» Mariana frunció el ceño. «Nada, solo estuve con ellos». Ricardo asintió lentamente. «Hacía mucho que no los veía así». Mariana quiso decir algo más, pero no

lo hizo. Solo lo miró a los ojos.

Él bajó la mirada como si se sintiera culpable. Cada paso que daban era pequeño, pero real, y eso comenzaba a notarse en cada rincón de esa casa, que por fin parecía menos una casa y más un hogar, aunque nadie lo dijera con palabras. El cielo estaba parcialmente nublado, pero el clima era perfecto para estar afuera. No hacía calor, no hacía frío.

Mariana bajó con los niños después del almuerzo. Emiliano llevaba una pelota bajo el brazo y Sofía llevaba un cuaderno donde había dibujado caras tristes con ojos grandes. Mariana no dijo nada al respecto, solo abrió la puerta del jardín sin preguntar a nadie. Chayo la miró desde la ventana de nuevo con expresión de

«vas a meterte en problemas», pero no dijo nada.

Los tres salieron al jardín. Había una mesa larga con bancos de madera en una esquina. Mariana se acercó, la limpió con un trapo y puso unos jugos que había preparado en frascos con pajitas. «Hoy vamos a hacer algo diferente», dijo. Emiliano dejó la pelota en la hierba y se acercó. Sofía se sentó.

Sin soltar su cuaderno, Mariana sacó una caja de cartón. Contenía tijeras de punta redonda, crayones, cinta, botones viejos, hilo, hojas secas y un montón de otras cosas. «Inventemos algo. Un monstruo, un robot, un animal extraño, lo que se les ocurra». Sofía levantó la vista por primera vez en todo el día.

Emiliano sacó unos botones. «¿Esto es basura?», preguntó. Mariana se rió.

«Sí, pero de la basura salen cosas geniales». Pasaron más de una hora allí. Mariana hacía un pájaro con tubos de cartón, Sofía un perro con tapas de botella y Emiliano un robot con latas. Nadie hablaba mucho, pero el ambiente era relajado, incluso alegre. Ocasionalmente, se oían risas suaves.

A Mariana le gustaban ese tipo de momentos, no forzados, naturales, los que salen cuando nadie está fingiendo. Ricardo los vio desde la ventana de su oficina.

Cerró la computadora sin darse cuenta. Miró fijamente mientras Emiliano mostraba su robot como si fuera un trofeo. Mariana lo aplaudía como si realmente fuera una obra de arte. Sofía le mostró su dibujo y Mariana la abrazó sin alboroto. Simplemente la abrazó como alguien que sabía cuánto valía ese momento.

Ricardo se pasó la mano por la cara. Algo le picaba en el pecho. Más tarde, Mariana trajo una bandeja de galletas que había horneado con los niños el día anterior. Les preguntó si querían una. Emiliano agarró dos. Sofía solo agarró una, pero se la comió toda. Mariana fingió no emocionarse, solo

le dio un vaso de leche y continuó con el juego. Luego jugaron al fútbol. Mariana era la portera.

Sofía gritaba cada vez que Emiliano marcaba. Mariana se tiró sobre la hierba artificial. Fingió que no podía levantarse. Los niños se rieron. La pelota rodó por el césped. Ricardo miró por la ventana de nuevo. Su expresión no cambiaba; solo se quedó allí apoyado en el marco con los brazos cruzados sin decir

nada. Cuando empezó a oscurecer, Mariana recogió todo con la ayuda de los niños. No les pidió que lo hicieran.

Lo hicieron por su cuenta. Guardaron los materiales, llevaron los vasos a la cocina y se lavaron las manos. Chayo no interfirió, pero los observaba de reojo. Su rostro parecía extraño, como si no supiera si estaba enfadada o sorprendida. Una vez en la sala, Mariana les dejó ver una caricatura.

Se sentaron en el suelo con cojines. Emiliano se durmió.

Sofía se recostó contra Mariana sin decir palabra. Cuando Ricardo entró y los vio así, enmudeció. Mariana le hizo señas de que se callara. Él solo asintió. Mariana caminó con él hacia el pasillo. Ricardo no la miró a los ojos, solo dijo: «Gracias». Mariana bajó la vista. «No hice nada

especial». Ricardo respiró hondo. «Hiciste mucho.

No sé cómo, pero lo hiciste». Estuvieron en silencio un segundo. Mariana rompió el momento. «Mañana quiero llevarlos al mercado. Quiero que elijan su comida». Ricardo dudó. «¿Al mercado? Con gente». Mariana asintió. «Vivo». Ricardo no dijo que sí ni que no, simplemente se fue. Esa noche los niños se durmieron sin pedir cuentos.

Mariana los arropó, les dio un beso en la frente y salió de la habitación sin quejarse de cansancio. Afuera, el cielo se había despejado. Había luna. El tipo de noche que se siente diferente, incluso cuando no pasa nada, incluso cuando todo sigue igual. Pero algo se movía por dentro, y eso era suficiente para decir que

esa fue una tarde diferente. La casa tenía lugares a los que nadie entraba. Mariana ya lo había notado.

Había puertas cerradas, cortinas que nunca se descorrían y habitaciones que ni siquiera los niños mencionaban. Una tarde, mientras los gemelos dormían una siesta larga después de correr por el jardín, Mariana aprovechó para limpiar un poco por su cuenta. Subió al segundo piso y comenzó a

explorar un pasillo que nunca había recorrido por completo.

Allí, encontró una puerta diferente a las demás. Era de madera más oscura con una cerradura anticuada y un letrero pequeño, casi invisible. Decía «Estudio». La puerta no estaba con llave. Solo cerrada por dentro. Mariana empujó con cuidado, abriéndola lentamente. Adentro, olía a algo guardado durante años.

No se había podrido, pero había detenido el tiempo.

Era una habitación de tamaño mediano con un escritorio lleno de papeles, una silla giratoria, fotos enmarcadas y una percha con un suéter colgado. Todo estaba en su lugar como si alguien aún la usara. En las paredes había dibujos hechos por niños, algunos firmados con crayón. «Para mamá, con amor». Mariana

sintió un vacío en el estómago.
Allí estaba Lucía, no en cuerpo, sino en cada cosa. Había fotos de ella con los gemelos de bebés en la playa, en el jardín de la casa. Lucía sonreía en todas; parecía viva, parecía feliz. Mariana no pudo evitar acercarse. Tocó un marco de foto con cuidado, como si moverlo pudiera alterar algo

importante. Sobre el escritorio había un cuaderno.
No era un diario, pero tenía cosas escritas a mano. Recetas, listas de quehaceres, notas sobre los niños. Mariana pasó las páginas con cuidado. Una decía: «Emiliano odia los huevos, pero le encanta el pan con canela. Sofía prefiere estar callada, pero dibuja todo lo que siente». Mariana

lo leyó una y otra vez.
Era como si Lucía aún estuviera allí, guiándola desde mil kilómetros de distancia. No sabía cuánto tiempo llevaba en la habitación cuando oyó pasos en el pasillo. Rápidamente cerró el cuaderno y dio un paso atrás. La puerta se abrió de golpe. Era Ricardo. Sus ojos eran duros, su boca firme. «¿Qué

haces aquí?», dijo sin gritar, pero con una voz que dolía. Mariana tragó saliva. «Estaba limpiando.
La puerta no estaba cerrada con llave, solo quería…». Ricardo levantó la mano. «No toques esta habitación». Mariana quiso explicar, pero él ya había entrado. Fue al escritorio, tomó el cuaderno y lo guardó en un cajón. Luego lo cerró con llave. «No entres aquí. Punto».

Mariana no dijo nada. Simplemente salió de la habitación con la cara caliente, bajó rápidamente las escaleras y entró en la cocina. Chayo estaba allí picando cebollas. «¿Qué hiciste ahora?», preguntó, con un tono entre burlón y molesto. Mariana no respondió. Solo se sirvió un vaso de agua. Chayo la miró de reojo. «Entraste

al estudio, ¿verdad?» Mariana asintió sin hablar. Chayo suspiró.
«Nadie entra allí desde que Lucía murió, ni siquiera él se atreve a tocar nada, pero parece que estás sacando todo lo que tenía guardado». Mariana no supo si era un reproche o una observación. Dejó el vaso en la mesa y se sentó. Su cabeza daba vueltas. Lucía no estaba viva, pero se

sentía presente en cada rincón, y esa presencia no dejaba espacio para nadie más.
Ricardo todavía estaba atado a ella, eso estaba claro, pero también estaba claro que los niños empezaban a soltarse, y él no parecía saber qué hacer con ese cambio. Esa noche, Mariana se acercó a los gemelos mientras armaban un rompecabezas. Les preguntó sobre su madre. Sofía miró hacia abajo. Emiliano dijo:

«Ella cantaba mientras cocinaba». Mariana sonrió.
«¿Qué cantaba?» «Una canción vieja, la de los elefantes se balanceaban». Mariana comenzó a cantarla suavemente. Sofía la miró. «¿La sabías?» Mariana negó con la cabeza. «Pero puedo aprenderla». Cantaron un rato. Luego los acostó, les dio un beso en la frente y cuando salió de la habitación,

se quedó un momento afuera. El pasillo estaba oscuro.
Al fondo, se veía la cerrada puerta del estudio. Mariana sabía que no debía volver a entrar, pero también sabía que esa habitación no solo estaba llena de recuerdos, estaba llena de secretos. Y tarde o temprano esos secretos saldrían a la luz porque Lucía ya no estaba, pero su sombra aún gobernaba. Esa

mañana, Mariana bajó con los niños después del desayuno.
Estaban contentos, riéndose por algo que Emiliano había dicho sobre un gato que soñó. Mariana los tomó de la mano, uno a cada lado. La cocina olía a pan recién horneado, y Chayo estaba de mejor humor de lo habitual. Incluso había puesto la radio bajito. Todo parecía ir bien hasta que una voz

familiar, fuerte y autoritaria se oyó desde el pasillo.
«Y qué escena tan feliz», dijo una mujer delgada, morena, muy arreglada para tan temprano. Llevaba tacones, un bolso de diseñador y gafas que se quitó con elegancia. Mariana no la conocía, pero por la forma en que los niños se pusieron tensos, supo que era alguien importante. Ricardo apareció

justo detrás de ella.
«Adriana, llegaste temprano», dijo con una sonrisa que no parecía muy sincera. Adriana, la tía y hermana de Lucía, Mariana había oído hablar de ella, pero no la había visto en persona. Sofía soltó la mano de Mariana y se escondió un poco detrás de su padre. Emiliano se quedó quieto. Mariana sintió que el aire

se había enfriado inexplicablemente. Adriana caminó con paso firme hacia los niños. Les dio un beso en la frente a ambos, pero ellos no reaccionaron.
Luego miró a Mariana de arriba abajo. «Y tú eres la nueva niñera». Mariana asintió. «Mucho gusto, soy Mariana». Adriana no le devolvió el saludo; solo sonrió a medias. «Ricardo, ¿podemos hablar en privado?» Él dudó un segundo. «Claro. Acompáñame a la oficina».

Antes de irse, Ricardo le hizo un gesto a Mariana como diciendo «tranquila». Pero ella sintió que él no lo estaba. Tan pronto como la puerta de la oficina se cerró, Chayo se acercó. «Se acerca la tormenta», dijo en voz baja. Mariana no entendió. «¿Por qué dices eso?» Chayo hizo una mueca. «Adriana quiere manejar esta casa.

Siempre lo ha querido, y no le va a gustar lo que estás haciendo con los niños».
Mariana tragó saliva. Ella solo estaba haciendo su trabajo, nada más. Pero Chayo tenía razón. Adriana no parecía cómoda con ella allí. Ese mismo día, Adriana salió de la oficina de nuevo con Ricardo. Se quedó en la casa todo el día, recorriéndola como si fuera la dueña. Mariana la vio entrar en la habitación de

juegos, revisar libros de cuentos, o leer la ropa de los niños.
A la hora del almuerzo, se sentó a la cabecera de la mesa. Ricardo estaba a un lado, los niños frente a ella, Mariana al otro extremo. «Me dijeron que ahora cocinas», dijo Adriana, mirando su servilleta. «Sí», respondió Mariana con calma. «¿Te gusta?» Adriana soltó una risita. «Sí, claro. Me siento

como en casa.
A los niños ricos siempre les gusta jugar a ser pobres un rato». Ricardo la miró, molesto. Mariana respiró hondo. No iba a picar. Después del almuerzo, Sofía quiso dibujar, pero Adriana dijo que tenía que cambiarse de ropa porque estaba toda manchada. Emiliano quiso jugar en el jardín, pero

ella dijo que podía enfermarse por la humedad.
Mariana no dijo nada, pero los niños la miraron como diciendo: «¿Y ahora qué?» Más tarde, Mariana fue a buscar a Ricardo. Lo encontró en el estudio. Él abrió la puerta, luciendo cansado. «¿Todo bien?» Él asintió. «Adriana solo vino a asegurarse de que todo esté bien. Es normal».

Mariana lo miró. «Pero las cosas ya no son normales; son mejores». Ricardo bajó la vista.
«Eso es lo que le molesta». Esa noche, después de que Adriana se fue, Ricardo bajó al patio donde Mariana recogía juguetes. La ayudó sin decir nada durante unos minutos. Luego, sin mirarla a los ojos, dijo: «Ella cree que estás ocupando un lugar que no te pertenece». Mariana se detuvo.

«¿Y tú qué crees?» Ricardo levantó la vista.
«No lo sé, pero los niños te necesitan, y eso pesa más que cualquier