La noche de los Latin Grammys siempre tiene momentos inesperados, pero este año hubo uno que se robó todas las miradas sin necesidad de escándalo, polémica ni grandes discursos.

Bastó con que Marco Antonio Solís apareciera para que el ambiente cambiara.

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El ícono de la música mexicana llegó con ese porte tranquilo que lo caracteriza, saludando a la prensa, sonriendo, avanzando sin prisa… pero con un detalle que terminó eclipsando todo lo demás.

Desde que puso un pie en la alfombra, el público notó que algo era distinto. Los fotógrafos ajustaron sus cámaras, la prensa se acomodó, y los fans comenzaron a murmurar.

No era un look extravagante ni un anuncio especial: era su compañía. El Buki no caminaba solo, y la forma en que miraba hacia su lado lo decía todo.

A lo largo de la alfombra, Marco Antonio se mostró más relajado que nunca. Habló de música, de proyectos y de la emoción de estar en una nueva edición del evento.

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Pero entre cada pregunta, su atención regresaba una y otra vez hacia esa persona que lo acompañaba, como si todo lo demás pasara a segundo plano.

Esa complicidad, esa cercanía, ese orgullo que no intentaba disimular, hizo que más de uno quisiera saber quién era realmente su “tesoro”.

La reacción del público no tardó. Comentarios, suspiros, admiración… porque más allá de su carrera, de los premios y del legado musical, este momento mostraba otro lado del artista: el personal, el íntimo, el que pocas veces sale a la luz en un evento tan grande.

Y fue precisamente esa espontaneidad lo que convirtió la escena en uno de los instantes más comentados de la noche.

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