Segunda parte: “El Legado del Curandero” Marcos de Angola hacia Minas gerais 1847
Se burlaron de él por comprar al esclavo más viejo en una subasta; su siguiente acción los silenció a todos.
En la calurosa mañana de marzo de 1847, la plaza central de Morada Nova, en Minas Gerais, hervía de actividad. Era día de subasta de esclavos, un evento tanto comercial como social. Entre los terratenientes y comerciantes, un lote en particular provocó desinterés: un hombre anciano, de cabello completamente blanco, cuerpo encorvado y manos temblorosas. El subastador, el Sr. Augusto Ferreira, lo presentó sin entusiasmo.
—El siguiente es Marco, de Angola. Tendrá 65, quizás 70 años. No sirve para el trabajo pesado, obviamente, pero quizás para tareas ligeras. Empecemos en 50.000 réis.
La multitud rio. Incluso a ese precio ridículo, nadie pujó. El precio bajó a 30.000. Nada.
Entonces, una voz clara cortó el murmullo: —¡200.000 réis!
Todos se giraron estupefactos. El postor era Joaquim Santos, un granjero de 38 años, trabajador pero no especialmente próspero, viudo y reservado. La multitud estalló en burlas.
—¡Santos, has perdido el juicio! —gritó Bernardo Costa, uno de los hacendados más ricos—. ¡Pagaste una fortuna por un esclavo que apenas puede andar!
Joaquim, impasible, pagó y se acercó al anciano. —¿Puede caminar hasta mi carreta o necesita ayuda? —Puedo caminar, señor —respondió Marco, con una voz sorprendentemente fuerte y una mirada inteligente.
Mientras se alejaban, las risas continuaban. En la carreta, Joaquim rompió el silencio. —Vi algo en usted que otros no vieron. Vi a un hombre que ha sobrevivido a décadas de esclavitud y aún mantiene dignidad e inteligencia.
Marco lo estudió. —Usted es un hombre inusual, señor Santos. —Mi difunta esposa me enseñó a ver personas, no propiedades —explicó Joaquim—. Murió de una fiebre que el médico local no pudo curar, a pesar de sus sangrías y sanguijuelas.
Joaquim preguntó por el nombre de Marco. —Mi nombre de nacimiento es Donato Marco Antônio. Me llamaban “Dom Marco” en Angola por respeto a mi posición. —¿Qué posición? —preguntó Joaquim. —Yo era curandero, señor. Guardián del conocimiento de las plantas medicinales. Joaquim sintió una creciente emoción. —¿Cree usted en mí, señor? —preguntó Marco—. Otros señores pensaron que el conocimiento africano era primitivo. —Sí, Marco, le creo —dijo Joaquim con firmeza—. Quizás esos 200.000 réis no hayan sido desperdiciados.
Al llegar a la granja, Joaquim instaló a Marco en un cuarto decente de la casa principal, no en las senzalas (barracas de esclavos). Reunió a sus trabajadores y anunció: —A partir de ahora, Marco se encargará de la salud de todos en esta granja.
Hubo un escepticismo visible, especialmente de Pedro, un trabajador libre.
La primera prueba llegó dos semanas después. Maria, una joven esclava, sufrió una quemadura severa en el brazo. Marco aplicó una pomada de babosa (aloe), aceite de copaíba y otras plantas. El dolor cesó en minutos y, en diez días, la quemadura sanó casi sin cicatriz.
Poco después, Pedro, el escéptico, se cortó el pie con una herramienta oxidada. La infección se agravó rápidamente, con peligrosas líneas rojas subiendo por su pierna. Aterrado, pidió al médico, pero Joaquim lo convenció de probar primero con Marco.
Durante tres días, Marco trató a Pedro con tés amargos, cataplasmas de hierbas y reposo absoluto. Al tercer día, la hinchazón y las líneas rojas desaparecieron. En una semana, Pedro estaba curado. Con lágrimas en los ojos, buscó a Marco. —Usted salvó mi pierna, quizás mi vida. Estaba completamente equivocado.
Con el paso de los meses, la fama de Marco se extendió por toda la región. Gente de haciendas vecinas comenzó a llegar buscando sus remedios y consejos. Joaquim, fiel a su palabra, nunca permitió que nadie lo tratara como esclavo. “Mientras pisen mi tierra —decía— aquí todos son hombres libres”.

Una tarde de junio, un carruaje elegante se detuvo frente a la casa de Joaquim. De él descendió el mismísimo Bernardo Costa, el hacendado que se había burlado en la subasta. Traía en brazos a su hijo pequeño, pálido y febril.

—Santos —dijo con voz quebrada—, su viejo esclavo… ¿podría verlo? Los médicos dicen que no pasará la noche.

Joaquim no respondió. Solo miró a Marco, que asintió. En silencio, el anciano entró en la casa, pidió agua hervida, hojas secas y una vela. Permaneció junto al niño toda la noche, murmurando plegarias en kimbundu y aplicando compresas en el pecho del muchacho.

Cuando el sol asomó, el niño dormía profundamente, sin fiebre. Bernardo, con lágrimas contenidas, se arrodilló ante Marco.
—¿Cómo puedo pagarle? —susurró.
—No se paga con oro la vida —respondió el anciano—, se honra viviendo con justicia.

A partir de aquel día, nadie volvió a burlarse de Joaquim Santos ni del viejo africano. Marco siguió curando, enseñando y transmitiendo su saber a los más jóvenes. Decía que el conocimiento debía ser compartido, no encerrado.

Un año después, durante una lluvia de verano, Marco cayó enfermo. Cuando Joaquim acudió a su cuarto, lo encontró sereno, rodeado de plantas secas y una pequeña cruz de madera.
—Señor Santos… —dijo con voz débil—, no lamente mi partida. En Angola decimos que quien enseña a sanar nunca muere… porque vive en las manos de sus discípulos.

Esa noche, el viento pareció traer el canto de tambores lejanos. Marco fue enterrado bajo un gran árbol de copaíba, y sobre su tumba Joaquim grabó una frase sencilla:

“Aquí descansa un hombre libre que devolvió la vida a muchos.”

Con el tiempo, la hacienda de Joaquim se convirtió en un refugio para los libertos. Los rumores hablaban de un lugar donde nadie era propiedad de nadie, y donde las plantas del bosque curaban tanto el cuerpo como el alma.
Y así, la decisión que un día provocó burlas se transformó en una leyenda de esperanza y humanidad en las tierras de Minas Gerais.

Inspirado en los valores de libertad, respeto y sabiduría ancestral. Historia escrita con emoción y respeto.