Voy a derramar agua bendita y vas a volver a caminar, y el padre rico se rió, pero…

“Voy a derramar agua bendita y él va a volver a caminar.”
La frase salió de una niña delgadita, con una botellita dorada en la mano, justo en medio de la Plaza de la Constitución, en el Centro Histórico de Ciudad de México.
Y yo, Augusto Meireles, me reí. Me reí fuerte, como quien cree que el dinero lo puede arreglar todo.

Dos años antes, un camión sin frenos había destrozado mi coche en la carretera rumbo a Toluca. Yo sobreviví. Mi hijo, Caio, también. Pero los dos quedamos atados a sillas de ruedas y a un silencio pesado dentro de casa. Doctores, estudios, promesas… nada lograba mover ni un solo dedo de su pie.

La niña se presentó: Luma, siete años, ojos que parecían de adulto.
—No quiero monedas. Solo quiero ayudar.
Caio, con ocho años, apretó mi mano y pidió:
—Déjala intentar, papá.
Ahí fue cuando mi risa murió.

Luma le quitó los tenis con cuidado, como si fueran algo sagrado. Derramó el agua sobre los pies de Caio e hizo círculos lentos con las manos.
—Cierra los ojos e imagina que estás corriendo.
Mi hijo obedeció, serio, respirando hondo. Yo quise detenerla… pero algo en esa calma me sostuvo.

—Está calientito —susurró Caio.
Se me heló el cuerpo. No sentía nada desde hacía meses.
Luma sonrió, como quien reconoce una señal.
—El cuerpo recuerda cuando el corazón deja de pelear.

Al día siguiente volvió con su abuela, Doña Nair, una señora de cabello blanco recogido y voz suave. Sin rodeos, dijo:
—Su problema no vive en la pierna. Vive en la culpa.

Se me revolvió el estómago. Nunca le conté a nadie que el camión era de una subcontratada de mi obra y que yo había presionado el calendario hasta que el chofer trabajó sin dormir.

—¿Quisiste lastimar a tu hijo? —preguntó Luma, sin juzgar.
—No.
—¿Sabías que iba a pasar?
—No.
—Entonces deja de castigarte como si lo hubieras hecho a propósito.

Esa sencillez abrió una grieta en mi pecho. Lloré ahí mismo, en la plaza, con las manos sobre los hombros de Caio, mientras Luma repetía el ritual.
—Piensen en lo que van a hacer cuando estén bien.

Vi la playa, castillos de arena, a los dos de pie. Y de pronto, la pierna de Caio tembló. Luego el pie movió un dedo. Un movimiento pequeño… pero real.

Un hombre con bata, el doctor Álvaro, apareció por casualidad y quedó impactado al examinarlo.
—Esto es una parálisis funcional mejorando. Estímulo sensorial, esperanza, vínculo… todo suma.

Por primera vez, la ciencia no se burló de la fe; solo confirmó el resultado.

En las semanas siguientes, Caio se levantó con apoyo. Yo sentí hormigueo, luego fuerza. Y cuando su madre intentó volver solo por comodidad, Caio fue firme:
—Yo me quedo donde hay amor.

La justicia escuchó. La vida también.

Doña Nair me hizo llamar a la obra y cambiar los turnos. Pedí perdón al chofer, que también había salido herido. La culpa se volvió acción. Y con eso, el aire en casa se hizo más ligero.

Meses después, volvimos a la plaza, caminando despacio, de la mano.
Luma levantó la botellita dorada y me miró:
—¿Todavía te ríes del agua bendita?

Sonreí, sin arrogancia.
—No. Hoy sé que el milagro empieza cuando uno cree lo suficiente como para intentarlo.

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