“La escuela embrujada: una historia de redención y esperanza”
Mi nombre es Javier, y esta es la historia de cómo enfrenté mis miedos, mis errores y mi pasado en un lugar que parecía sacado de una pesadilla. Todo comenzó cuando acepté un trabajo como velador en una preparatoria ubicada en las afueras de la ciudad. Era un edificio antiguo, con pasillos largos y oscuros, rodeado por un barranco que lo aislaba de todo. Acepté el empleo porque no tenía otra opción. Mi vida estaba llena de deudas, y la memoria de mi hermano Federico, quien siempre me ayudó en los peores momentos, me empujaba a seguir adelante.
Desde el primer día, supe que este trabajo no sería fácil. Don Arnoldo, el velador anterior, me dejó instrucciones claras: respetar ciertos horarios, evitar ciertos lugares y nunca ignorar los ruidos extraños. Pensé que eran supersticiones de un hombre mayor, pero pronto entendí que había algo más en esa escuela.
La primera semana fue relativamente tranquila. Aunque seguía las rutinas de Don Arnoldo, sentía una presencia en los pasillos, como si alguien me estuviera observando. Pero no fue hasta la tercera semana que las cosas comenzaron a cambiar. Una noche, mientras hacía mis rondas, escuché un llanto proveniente del laboratorio de química. El sonido era tan claro que no podía ignorarlo. Me acerqué lentamente, pero cuando llegué, no había nadie.
A partir de esa noche, los eventos se intensificaron. Puertas que se cerraban solas, sombras que aparecían y desaparecían, y voces que susurraban mi nombre. Mi mente quería encontrar una explicación lógica, pero mi corazón sabía que estaba enfrentando algo sobrenatural.
Una noche particularmente fría, decidí enfrentar mi miedo. Armado con una linterna y una lámpara pesada, recorrí los pasillos buscando respuestas. Fue entonces cuando vi la sombra de una mujer en el campo de fútbol. No tenía rostro, pero su silueta estaba perfectamente delineada. Decidí seguirla, y me llevó hasta el laboratorio de química.
Dentro del laboratorio, encontré algo que me cambió para siempre. En una mesa, había un cuaderno viejo lleno de dibujos y notas escritas con una caligrafía temblorosa. Los dibujos mostraban figuras humanas rodeadas de oscuridad, y las notas hablaban de una estudiante que había desaparecido años atrás. Según las palabras escritas, su espíritu nunca había abandonado la escuela.
Esa noche, en lugar de sentir miedo, sentí compasión. Entendí que esa presencia no quería hacerme daño; estaba buscando ayuda. Decidí investigar más sobre la estudiante. Pregunté a los profesores, busqué en los archivos y finalmente descubrí su historia. Su nombre era Sofía, y había sido una joven brillante que soñaba con ser artista. Pero su vida terminó trágicamente cuando cayó al barranco después de una discusión con sus compañeros.
Con esta información, decidí hacer algo que nunca pensé que haría. Compré flores y las llevé al lugar donde Sofía había caído. En silencio, le pedí perdón por el abandono, por el olvido, y le prometí que nunca más estaría sola. Esa noche, por primera vez, la escuela se sintió en paz.
Los eventos paranormales cesaron, y aunque seguía trabajando como velador, ya no sentía miedo. Sentía que Sofía finalmente había encontrado descanso. Mi vida también comenzó a cambiar. Poco a poco, pagué mis deudas, encontré estabilidad y, lo más importante, recuperé la fe en mí mismo.
Hoy, cuando paso por esa escuela, no siento temor. Siento gratitud. Porque, aunque parecía un lugar maldito, fue en esa escuela donde encontré mi redención. Y cada vez que veo el barranco, pienso en Sofía, en su sonrisa, y en cómo su espíritu me enseñó a enfrentar mis propios fantasmas.
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