2 Enfermeras Desaparecieron del Turno en 1998—17 Años Después Sus Buscapersonas Emiten Señal

Era la madrugada del 14 de noviembre de 1998 en Guadalajara. A las 2:47 am, el Hospital Civil Fray Antonio Alcalde dormía en penumbra, iluminado solo por la mortecina luz de los fluorescentes del pasillo central. En el tercer piso, Gabriela Monserrat Ríos Álvarez, jefa del turno nocturno, repasaba los informes entregados por Laura Beatriz Escamilla Padilla, auxiliar de enfermería, antes de que ésta bajara al área de Rayos X para acompañar a un paciente.
Gabriela, una mujer experimentada y respetada, llevaba años en el hospital, reconocida por su temple y profesionalismo. Laura, mucho más joven, apenas seis meses en el turno nocturno, aún sentía inquietud cada vez que coincidía con Roberto de Jesús Aldrete Gómez, el celador nocturno, cuya presencia no era del todo bienvenida por las enfermeras. Semanas antes, ambas habían presentado una queja verbal por actitudes indebidas de Roberto, pero la administración desestimó el reporte por falta de pruebas.
Esa noche, Laura bajó sola a Rayos X. Gabriela, preocupada por la demora, intentó comunicarse con ella mediante el buscapersonas, pero no obtuvo respuesta. Mientras tanto, los monitores del tercer piso comenzaron a mostrar señales irregulares: un paciente en neurocirugía presentaba arritmia súbita y otro en traumatología activó el botón de emergencia.
Gabriela dejó sus cosas, avisó a un residente y bajó por el ascensor de servicio rumbo a Rayos X. El pasillo estaba desierto. Ni Laura ni el paciente aparecían en los registros recientes. Con una gota de sudor frío recorriéndole la espalda, Gabriela caminó hasta la puerta del cuarto técnico, que encontró apagada. Giró, volvió sobre sus pasos y fue grabada por última vez a las 3:11 am bajando por la rampa de concreto hacia el sótano, sola, envuelta en la penumbra densa del subnivel.
Nunca más se supo de ella.
Al amanecer, la jefa del siguiente turno notó la ausencia de ambas enfermeras y notificó a la dirección. Se inició una búsqueda interna exhaustiva: se revisaron ingresos y egresos, archivos y cámaras de seguridad. Nadie había registrado la salida de Gabriela ni de Laura, ningún vehículo abandonó el hospital esa madrugada.
A las 8:10 am, un supervisor del área técnica encontró dos buscapersonas sobre la mesa de enfermería, ambos descargados y sin energía. La desaparición simultánea de dos empleadas dentro del hospital provocó un escándalo inicial. La prensa local acudió, se cerraron accesos y se interrogó al personal. Sin embargo, en pocos días, las autoridades comenzaron a hablar de fuga voluntaria o trama personal no esclarecida.
Las familias negaron rotundamente cualquier posibilidad de abandono. Pero el caso fue noticia solo por tres días y luego se hundió en el olvido administrativo y la resignación pública.
Los rostros de Gabriela y Laura, tan distintos en edad y trayectoria, aparecieron brevemente en noticieros vespertinos y en carteles de personas desaparecidas en el hospital. Las familias presionaron sin descanso, pero la investigación oficial, encabezada por la Procuraduría de Justicia de Jalisco, cerró el expediente preliminar en seis semanas.
No hubo signos de violencia, ni pertenencias fuera de lugar, ni movimientos bancarios o llamadas posteriores. El informe concluyó que no había indicios de delito y que las mujeres pudieron haberse ido por decisión propia. El archivo fue sellado con tinta gris.
Los padres de Laura comenzaron a deteriorarse y su madre falleció en 2003 tras una larga depresión. Gabriela tenía una hija de 9 años, que en 2004 testificó ante una defensora de derechos humanos: “Mi mamá nunca se fue. Ella me prometió que volvería después del turno.” Esa promesa incumplida se convirtió en un vacío imposible de llenar.
Durante años, las teorías alternas se multiplicaron. Un médico internista fue interrogado por rumores de una relación extramarital con Laura. Una antigua paciente mental afirmó haber presenciado rituales nocturnos en el sótano, aunque su carta fue archivada sin comentarios.
Se insinuó que ambas mujeres huyeron por miedo o secretos personales, pero ninguna línea prosperó. En 2009, una organización civil retomó el caso como desaparición forzada institucional, pero sin respaldo judicial. Los nuevos responsables del hospital negaron negligencia estructural.
En 2012, la Fiscalía General del Estado (FGE) de Jalisco actualizó el estatus a no resuelto y trasladó los archivos a una unidad de resguardo pasivo. Gabriela y Laura se convirtieron en nombres flotantes en redes sociales, recordadas con velas y oraciones en cada aniversario.
El tiempo sedimentaba indiferencia institucional y dolor privado. El sótano 2, clausurado y sellado tras una inundación en 1999, se volvió un espacio fantasma en los planos del hospital.
En mayo de 2015, durante la remodelación del hospital, técnicos descendieron al sótano 2 para renovar cableado y sanear espacios olvidados. El martes 19 de mayo, poco antes del mediodía, abrieron la puerta oxidada del almacén biomédico inactivo.
Allí encontraron dos buscapersonas Motorola modelo Advisor, aún acoplados a sus bases de carga. Al reconectar la energía, ambos emitieron un sonido agudo y sus pantallas cobraron vida, mostrando un mensaje congelado: “Gabi, sube.” El celador respondió: “Estoy sola en Rayos X.”
El mensaje, fechado a las 3:09 am del 14 de noviembre de 1998, nunca fue transmitido por falta de corriente eléctrica. Esa llamada de auxilio atrapada en el tiempo reabrió el caso.
La FGE envió peritos al sótano para analizar los dispositivos y el lugar. Encontraron guantes quirúrgicos secos, cintas con cabello humano adherido, una lámpara industrial rota, y bajo ella, muestras de sangre humana.
En el ala de ginecología, una vibración extraña en una loseta metálica llevó a descubrir un compartimiento oculto con fragmentos óseos en posición fetal, cubiertos por una manta quirúrgica antigua. Había identificaciones clínicas de Gabriela y Laura, un reloj con la inscripción “para Gabi, abril del 98” y una lámpara médica manchada.
Los análisis forenses confirmaron la identidad de las enfermeras y la causa probable de muerte. La Fiscalía encontró documentos inéditos: reportes de acoso laboral firmados por ambas mujeres contra Roberto de Jesús Aldrete Gómez.
Exempleados recordaron discusiones violentas entre Roberto y las enfermeras semanas antes. Un camillero retirado confesó en 2016 haber visto a Roberto ingresar al sótano con guantes quirúrgicos y una lámpara portátil, pero no denunció por miedo.
Con la evidencia acumulada, la FGE emitió orden de aprehensión. Roberto fue detenido en León, Guanajuato, el 24 de febrero de 2016. Su rostro pálido, manos manchadas por su trabajo de chófer, y su palabra única “Ya” marcaron el fin de años de ocultamiento.
La acusación formal incluyó doble feminicidio agravado, ocultamiento de cadáveres, abuso de poder y obstrucción de justicia. La defensa solicitó valoración psiquiátrica, alegando episodios psicóticos posteriores a 2004, pero las pruebas eran contundentes: ADN, huellas, testimonios.
El juicio, iniciado en noviembre de 2016, atrajo a familiares, estudiantes, periodistas y activistas. Se presentó reconstrucción digital del mensaje atrapado en el buscapersonas, fotografías del sótano, evidencias forenses y testimonios que confirmaban el acoso laboral y la cultura de silencio.
La hija de Gabriela, con voz firme, declaró: “Mi madre no se fue. Fue silenciada.”
El veredicto llegó el 4 de abril de 2017: 92 años de prisión sin reducción para Roberto. La frase final del juez resonó en todo México: “La impunidad de los años no borra el horror. La justicia llegó tarde, pero no muda.”
El Congreso de Jalisco aprobó la Ley Gabriela y Laura, protegiendo al personal de salud nocturno con botones de pánico y vigilancia obligatoria.
En agosto de 2018, el hospital inauguró una placa conmemorativa en memoria de ambas enfermeras. La hija de Gabriela encendió una vela, llevando el reloj de su madre, símbolo de un corazón que al fin volvió a latir.
Cada 14 de noviembre, enfermeras jóvenes colocan flores blancas junto a la placa, recordando la historia, el legado y la promesa de no guardar silencio.
La memoria de Gabriela y Laura vive en cada hospital que protege a sus trabajadores, en cada guardia nocturna donde se pregunta por el sótano clausurado, en cada estudiante que se niega a callar.
Cuando todo se apaga, lo único que permanece es la verdad que alguien tuvo el valor de escribir y otro, décadas después, el valor de leer.
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