“¡Desaparición en las Alturas! Tres Jóvenes Aventura en el Popocatépetl: Solo Uno Regresó”

En un amanecer de febrero de 1998, el Popocatépetl parecía dormir, pero su silencio era solo una advertencia. San Pedro Cholula, una ciudad que mira al volcán con respeto y temor, se preparaba para una historia que marcaría a sus habitantes para siempre. Tres jóvenes, Ernesto, Daniel y Lucía, decidieron desafiar el peligro y subir a la montaña, buscando aventuras y recuerdos. Sin embargo, solo uno de ellos regresaría, dejando un rastro de misterio y dolor. ¿Qué ocurrió en las laderas del volcán? Esta es la historia de su viaje, de su desaparición y de la lucha por encontrar respuestas.

Ernesto, Daniel y Lucía eran inseparables, una amistad forjada en risas y aventuras. Con 17, 18 y 16 años, respectivamente, vivían los últimos meses de la preparatoria, sintiendo la presión del futuro. La idea de escalar el Popocatépetl surgió de una conversación despreocupada tras una clase de geografía. Daniel, siempre el más audaz, propuso una subida rápida a un claro que había encontrado en un viejo mapa. Aunque Lucía dudó y Ernesto se mantuvo en silencio, el entusiasmo de Daniel arrastró a ambos.

Con el plan en marcha, los jóvenes informaron a sus padres que irían a entrevistar agricultores en Santiago Shalitsintla. Prepararon sus mochilas con cuidado, llevando lo necesario para una noche en la montaña: una tienda de campaña, comida, linternas y una cámara analógica prestada. Daniel, en un gesto simbólico, llevó una bufanda roja que pertenecía a su madre, usándola como amuleto.

Salieron antes del amanecer, tomando un autobús rural que los llevó cerca de la base del volcán. El conductor, un hombre que los conocía de sus caminatas, les advirtió sobre la actividad del volcán, que estaba en fase dos. “Si la montaña habla, más vale escuchar”, dijo, pero Daniel se rió, desestimando el consejo. Ernesto guardó silencio, sintiendo el peso de las advertencias, mientras Lucía sonreía nerviosamente.

Al llegar a su destino, comenzaron a caminar por senderos de tierra apisonada, disfrutando del paisaje y de la camaradería. Ernesto, siempre el observador, capturaba pequeños detalles en su cámara: huellas de pájaros, raíces retorcidas y sombras intrigantes. Después de varias horas de caminata, llegaron al claro, un espacio irregular rodeado de rocas volcánicas. Allí, el Popocatépetl dominaba el cielo con su imponente presencia.

Montaron la tienda y compartieron el almuerzo. Lucía se envolvió la cara con la bufanda roja para protegerse del viento. Las risas y las bromas llenaron el aire, pero la atmósfera cambió cuando, a las 4:30 de la tarde, se reportó una columna de humo del volcán. La mayoría de los habitantes no se alarmaron, pero algunos escucharon sonidos secos como chasquidos provenientes de las laderas. Las radios locales no reportaron nada anormal, y para el mundo allá abajo, la montaña seguía en paz.

A la mañana siguiente, un agricultor avistó a un joven bajando solo, sin mochila ni chamarra, con el rostro pálido. Era Ernesto, que tambaleaba como si hubiera caminado toda la noche. Cuando el hombre se acercó, Ernesto solo dijo: “Quiero ir a mi casa.” Fue llevado de regreso por un grupo de agricultores que alertaron a la policía al darse cuenta de que estaba solo.

Ernesto fue interrogado, pero su relato era confuso. No lloró, no se alteró, solo repetía que se habían dormido temprano y que al despertar, Daniel y Lucía ya no estaban. Sus palabras, monótonas y vacías, generaban inquietud. La tienda nunca fue encontrada, ni huellas, ni ropa, ni la cámara. Solo años después, un bombero local encontraría una bufanda roja atrapada entre las rocas volcánicas, doblada con cuidado, como si hubiera sido dejada allí a propósito.

La primera llamada llegó alrededor de las 10 de la mañana cuando un agente de la policía municipal contactó a los padres de Ernesto. La madre se extrañó al escuchar que estaba solo. “¿Cómo que solo?” preguntó, “Iba con Daniel y con Lucía.” La enfermera no supo responder. Mientras la madre se preparaba para ir al pueblo, la noticia se esparció rápido. Cholula es pequeña, y cuando algo pasa en la montaña, toda la ciudad contiene el aliento.

Los padres de Daniel y Lucía fueron avisados casi al mismo tiempo. El impacto inicial se transformó en una urgencia desesperada. La subida al Popocatépetl, vista antes como una travesura, ahora se convertía en una carrera contra el tiempo. Ernesto llegó a casa al atardecer, acompañado de su madre. No dijo palabra en el camino, solo cargaba su propio cuerpo, como si le pesara. Al pasar por la casa de Daniel, los vecinos se acercaron, preguntaron, intentaron entender. Él bajaba la cabeza, los ojos hundidos, la piel opaca por el frío y el cansancio.

Las primeras búsquedas se organizaron esa misma noche con ayuda de vecinos y amigos. Usaron linternas, mapas viejos e intentaron rehacer la ruta que los tres habrían seguido. Pero la oscuridad de la montaña engulle más de lo que revela. Solo al día siguiente, con la participación de Protección Civil y los bomberos de Puebla, comenzaron a sobrevolar las áreas más accesibles. Sin embargo, no encontraron rastro alguno de la tienda, los víveres o la cámara analógica.

Ernesto fue interrogado oficialmente tres días después de su regreso. Su testimonio fue mínimo. Confirmó que subieron juntos, que montaron la tienda, que durmieron después de comer y que al despertar, Daniel y Lucía ya no estaban. Dijo que esperó, llamó, buscó cerca, pero el viento y la niebla lo confundieron todo. La policía sugirió una reevaluación psicológica, pero la familia de Ernesto se opuso. Dijeron que el joven estaba traumatizado, que lo dejaran en paz.

Mientras tanto, las familias de Daniel y Lucía convirtieron sus casas en centros de operaciones improvisados. La habitación de Daniel se volvió una sala de mapas y anotaciones. La madre de Lucía llamó a radios comunitarias todos los días pidiendo voluntarios para las búsquedas, y muchos lo hicieron. Durante semanas, grupos de montañistas, soldados y boy scouts rastrearon la región, pero no encontraron señales de los jóvenes.

Los rumores comenzaron a surgir. Algunos decían que la montaña se había tragado a los jóvenes. Otros creían que había habido un accidente y que Daniel intentó salvar a Lucía sin éxito. Sin embargo, una fotografía revelada días después mostraba a los tres de pie, lado a lado, con el Popocatépetl al fondo. Lucía llevaba la bufanda roja, Daniel sonreía y Ernesto sostenía el trípode. Estaban juntos, pero lo que pasó después era un misterio.

El tiempo comenzó a dividirse. Los padres de Daniel vendieron la camioneta de la familia para financiar búsquedas. La madre de Lucía escribió cartas para su hija, todas terminando con la misma frase: “Si tú me ves, no tengas miedo. Aquí seguimos esperándote.” Ernesto terminó la preparatoria sin ceremonia y se mudó a un pueblo llamado San Juan Cozac, donde nadie lo conocía. Consiguió empleo en un taller de bicicletas, pero nunca habló de la montaña.

En el segundo aniversario de la desaparición, la casa de la familia de Lucía estaba llena de velas. La madre, sentada en su lugar habitual, tenía el rostro más delgado y el padre parecía más pequeño. Camila, la hermana de Lucía, ahora con 8 años, ponía cintas de colores en un pequeño árbol en el jardín, como si esperara que eso hiciera volver a su hermana. Todos los años, en febrero, las familias subían hasta un punto cercano a la base del volcán, llevando flores y promesas.

 

En 2001, un periódico de la capital publicó un reportaje investigativo titulado “Popocatepetl: Silencio de un Testigo”. El artículo reabrió la curiosidad pública sobre el caso, centrándose en Ernesto. La pregunta que todos se hacían era: ¿Por qué solo él regresó? El reportaje especulaba sobre una discusión en el campamento, pero no traía pruebas. A medida que pasaba el tiempo, Ernesto llevaba una vida repetitiva, pero el recuerdo de esa noche seguía presente.

Camila, por su parte, se convirtió en una referencia en comunidades que trataban el duelo ambiguo. En 2016, decidió buscar a Ernesto personalmente. Cuando lo encontró, él estaba más delgado y asustado. Después de una conversación reveladora, Ernesto confesó que había visto a Lucía correr hacia las profundidades de la montaña. Camila, sintiendo que había encontrado un nuevo hilo para seguir, comenzó a investigar sobre León Ramírez, un guía que había desaparecido de los registros.

La búsqueda de León llevó a Camila a descubrir más sobre la montaña, y aunque Ernesto se cerró cada vez más, ella continuó su búsqueda. En 2018, encontró una cadena escolar de Lucía en un claro, lo que le dio esperanza. La historia de Lucía y Daniel no se había perdido, y aunque Ernesto nunca volvió a ser el mismo, su conexión con Camila se fortaleció.

Al final, la montaña no había devorado a los jóvenes, sino que había guardado sus secretos, y con el tiempo, Camila aprendió a vivir con la ausencia, transformando su dolor en acción. La historia de Lucía, Daniel y Ernesto continuó viva en los corazones de quienes recordaban, un recordatorio de que el silencio también puede ser una forma de respuesta.