Familia Desapareció en 1992 en Copper Canyon—23 años Después Excursionista Halla Prueba Aterradora

Era lunes 3 de agosto de 1992, las 7:20 de la mañana, en las afueras de Hermosillo, Sonora. Un Jeep gris modelo Cherokee arrancaba con firmeza. Al volante, Martín Escalante, un hombre de 44 años, empleado de una firma minera, conocía bien la región y tenía todo planificado: mapas, permisos, contactos. A su lado, su esposa Julia del Carmen Baun acomodaba un cuaderno de notas sobre el tablero, mientras detrás, el pequeño Damián, de apenas 8 años, dormía plácidamente, apoyando su mejilla contra una sudadera celeste, con una figura de San Miguel Arcángel colgando del cuello.

Su destino eran las barrancas del cobre, un paraje imponente y desafiante, donde planeaban pasar tres días como cierre de las vacaciones escolares. Julia dudaba, pero Martín la convenció: “Será nuestra última aventura antes de volver al trabajo.” La confianza en su conocimiento y preparación disipó sus temores.

La jornada comenzó sin señales de alarma. Cruzaron Nakorichico al mediodía y cargaron gasolina en un puesto cercano a Guachochi. Un despachador recordaría luego que el niño llevaba una gorra roja y preguntaba por las águilas. Nadie más los vio después.

Quince días después, el 18 de agosto, la hermana de Julia denunció la desaparición al notar que no regresaban ni respondían llamadas. El último rastro comprobable fue una llamada telefónica desde un caserío en Batopilas. Martín solicitó hablar con un tal Germán, pero no se pudo rastrear más.

Se activaron operativos con helicópteros y voluntarios. La Comisión Estatal de Derechos Humanos se sumó, considerando que había un menor involucrado. Pero la vastedad de la sierra Tarahumara, sus cañones y senderos, parecía tragarse cualquier esperanza, igual que el viento arrastraba las hojas de los expedientes policiales que con el tiempo quedaron archivados y olvidados.

Los días se volvieron semanas, las semanas meses, y los rostros de Martín, Julia y Damián desaparecieron de los noticieros. Para la mayoría, era otro caso más de turistas extraviados, una tragedia de montaña, una cifra más.

Pero entre quienes conocían a la familia, algo no encajaba. Julia jamás se habría adentrado sin respaldo, Martín tenía una agenda meticulosa y Damián era un niño protegido. La falta de pistas concretas sembró sospechas: ¿robo, ajuste de cuentas, engaño?

La ruta hacia Urique, especialmente los tramos más aislados, era conocida por su peligro. Rumores hablaban de grupos armados y bandas dedicadas al tráfico de personas, pero no había pruebas, solo conjeturas y silencio.

En la declaración más cruda de la hermana de Julia, recogida en el expediente, quedó una frase que permaneció sin respuesta durante años: “Si están muertos, al menos quiero enterrarles. Si están vivos, quiero saber quién les obligó a callar.”

La búsqueda oficial se prolongó menos de lo esperado para una familia completa. Tras los primeros operativos, la intensidad decreció. En octubre de 1992, el gobierno estatal declaró la investigación en pausa por falta de indicios.

Las carpetas quedaron abiertas, pero sin personal asignado. Las imágenes de los desaparecidos dejaron de circular, salvo en el comedor de la señora Amalia Baesa, madre de Julia y abuela de Damián, donde permanecieron colgadas junto a una veladora perpetua. Años después, la cera ennegreció la estampa del niño.

Entre 1993 y 1995, se recibieron tres llamadas anónimas: una voz masculina decía haber visto a un hombre parecido a Martín en El Paso, Texas; otra señalaba que el niño estaba vivo en Ciudad Juárez. Ninguna pista condujo a nada concreto.

La policía archivó los reportes como testimonios no verificados.

En 1997, la señora Amalia viajó a Batopilas con un reportero local para reconstruir la última ruta conocida. Caminó entre barrancos, preguntó a guías, mostró fotografías. La mayoría negaba haberlos visto; otros bajaban la mirada en señal de compasión o advertían sobre la peligrosidad de la zona.

El expediente siguió acumulando polvo. En 2001 fue catalogado oficialmente como desaparición múltiple sin elementos probatorios. La familia rechazó una indemnización simbólica ofrecida por el Estado. “No quiero dinero. Quiero saber quién fue,” declaró Amalia.

Entre 2007 y 2012, foros en línea sobre desaparecidos en el norte de México comenzaron a surgir. En 2010, un usuario anónimo publicó: “El silencio no borra el crimen. Busquen donde el río arranca la tierra.” El comentario fue eliminado por los moderadores, pero fue la primera referencia críptica al lugar donde estaban las pistas.

Mientras tanto, Martín y Julia eran dados por muertos. Pero Damián despertaba dudas: no se hallaron restos infantiles, ni prendas pequeñas, ni objetos suyos. El Jeep nunca apareció. La única pertenencia conocida era una fotografía escolar hallada en casa de Amalia.

En 2013, la Fiscalía Estatal comenzó a revisar casos antiguos con nuevo software. Se detectó una coincidencia en coordenadas y un informe meteorológico reportó una tormenta repentina el 3 de agosto de 1992 en la zona baja del río Urique.

El 21 de junio de 2015, tras lluvias intensas, Benicio Duarte, guía local, exploraba un tramo despejado por deslizamientos. En un terreno blando cedió el suelo, dejando al descubierto una cavidad entre piedras. Allí encontró una maleta endurecida por la humedad, que contenía ropa infantil y una cédula de identidad con la foto de Damián Escalante Baesa.

Se activó el protocolo estatal, y equipos forenses comenzaron excavaciones. A menos de un metro hallaron restos óseos dispersos, dos cráneos, una cuerda deshilachada con cabello, un cuchillo militar oxidado con rastros de sangre seca y una suela infantil deteriorada.

La noticia corrió rápido. Los medios hablaron primero de un hallazgo arqueológico o restos de migrantes. Pero el 24 de junio, un reportero publicó la foto de la cédula y relacionó el hallazgo con el caso Escalante Baeza.

La Fiscalía reconoció la presencia de restos humanos, pero sin confirmar identidad. Sin embargo, se manejaba la hipótesis de que los cuerpos eran de Martín y Julia, mientras que el niño seguía desaparecido.

El cuchillo fue analizado y se confirmó sangre masculina adulta. El ADN mitocondrial confirmó que uno de los esqueletos era Julia y otro Martín. No hubo coincidencias con ADN infantil.

Este vacío generó más preguntas. Había ropa y objetos de niño, pero ningún rastro biológico.

El 2 de julio se reveló que en la base del cuchillo estaban grabadas las siglas GCV. La Fiscalía identificó a Germán Contreras Valtierra, guía turístico con antecedentes, deudor de Martín y vinculado al caso desde 1992.

Un testigo vio a Germán en Batopilas el 4 de agosto conduciendo un Jeep gris, pero el testimonio nunca se integró al expediente. Se emitió orden de localización internacional en 1992, pero Germán murió en 2007 en Texas bajo identidad falsa.

El 15 de julio, un hombre de 31 años en Brownsville, Texas, se identificó como Daniel B., quien tras pruebas de ADN fue confirmado como Damián Escalante Baesa.

Había sido adoptado informalmente en 1993 por una pareja campesina en Texas, sin documentos oficiales, y creció sin recuerdos claros de su infancia.

El 29 de julio, en rueda de prensa, Damián habló con voz baja y firme: “Me arrancaron a mis padres, pero no lograron borrar quién soy.”

Se creó un equipo forense multidisciplinario para investigar. Se reconstruyó la escena: Martín fue acuchillado defendiendo a su familia, Julia estrangulada con golpes previos, y la maleta con ropa y cantimplora de Damián fue un gesto simbólico.

Se hallaron transferencias bancarias vinculadas a redes ilegales de adopción.

En diciembre, se instaló un memorial en la Barranca de Urique. Damián colocó la cantimplora de su padre junto a los nombres grabados.

Damián se estableció en Sonora, rechazó compensaciones y homenajes, y abrió un taller de carpintería. Su historia es un símbolo de lucha contra el olvido y la impunidad.

El caso fue cerrado oficialmente en marzo de 2016, pero su eco sigue vivo, recordándonos que desaparecer no es el mayor crimen, sino hacer como si nunca hubieran existido.