Grupo de turistas desaparece en Canadá; hallazgo macabro bajo una cabaña cuatro años después

En la primavera de 2023, la policía canadiense hizo un hallazgo que estremeció al país. Bajo el suelo de una vieja cabaña de caza, perdida en lo profundo del bosque, encontraron tres cuerpos. Cada uno estaba metido en una bolsa gruesa, con alambre de acero apretado alrededor del cuello. Eran turistas que habían desaparecido cuatro años antes. Pero lo peor aguardaba dentro de la casa: en las paredes colgaban fotografías de otras personas, sonrientes, llenas de vida, todas tomadas con el mismo fondo de árboles. Personas que también habían desaparecido. Lo que parecía un caso rutinario de desaparición se convirtió en la historia de un asesino serial que había cazado turistas durante décadas, coleccionando sus rostros como trofeos. Nadie, absolutamente nadie, había sospechado nada.
Todo comenzó en el otoño de 2019. Tres amigos de Vancouver —Mark Hughes, de 32 años; su mejor amigo, David Chen, de 31; y la novia de Mark, Sarah Jenkins, de 29— decidieron hacer una excursión corta. Eran profesionales de oficina, llevaban vidas urbanas comunes, pero amaban la naturaleza. No eran novatos: tenían docenas de rutas de dificultad variada en su historial y siempre se preparaban a conciencia. Esta vez eligieron una travesía de cuatro días por la zona del Lago Okanagan, en la Columbia Británica. El lugar era conocido y popular, pero aún así salvaje y apartado de la civilización.
Eligieron una ruta de dificultad moderada, bien señalizada. Planeaban salir el viernes 27 de septiembre y regresar el lunes 30 por la noche. Llevaban todo lo necesario: equipo profesional, tienda de campaña, provisiones, agua y un teléfono satelital para emergencias. Se sentían seguros y confiados.
La última vez que fueron vistos con vida fue la tarde del jueves 26 de septiembre. Pararon en una gasolinera cerca del límite del Parque Nacional Tweedsmuir, la última oportunidad para cargar combustible y comprar provisiones antes de tomar el camino de tierra hacia el inicio del sendero. El cajero, un hombre mayor con más de veinte años en el puesto, los recordaba bien. Compraron dos botellas de agua, una barra de chocolate y un mapa de la zona, aunque ya llevaban uno. El ambiente era alegre, reían y discutían sobre el recorrido. Mark pagó mientras David y Sarah miraban postales. Estuvieron menos de diez minutos. El cajero notó que su SUV plateada estaba llena de equipo de camping, todo muy profesional. No vio nada sospechoso: solo eran turistas comunes, como los que veía cada temporada. Subieron al auto y se dirigieron al parque. Nadie volvió a verlos.
Cuatro días después, el lunes por la noche, no regresaron. Jessica, la hermana de Sarah, fue la primera en alarmarse. Habían acordado que Sarah la llamaría apenas tuviera señal. La llamada nunca llegó. Jessica esperó hasta la medianoche, luego empezó a llamar ella misma. Los teléfonos de Sarah, Mark y David estaban fuera de cobertura. El martes 1 de octubre, Jessica llamó a la Real Policía Montada de Canadá y denunció la desaparición.
La respuesta fue rápida. Una patrulla fue al inicio del sendero, donde hallaron el SUV perfectamente estacionado al borde del lote. Estaba cerrado y vacío. Todo parecía indicar que habían salido a caminar y debían regresar en cualquier momento, pero no regresaron. Comenzó entonces una operación de búsqueda a gran escala. Helicópteros sobrevolaron la zona. Decenas de rescatistas y voluntarios peinaron el bosque, siguiendo la ruta reportada, revisando cada metro, explorando barrancos y márgenes de arroyos.
El clima era bueno los primeros días, lo que dio esperanza. Pero no había ni rastro: ni equipo abandonado, ni fogatas inusuales, ni ramas rotas, nada que indicara su presencia o un accidente. Habían desaparecido. Los rescatistas estaban desconcertados. La ruta no era tan difícil como para que un grupo experimentado se desvaneciera sin dejar huellas. Por supuesto, los accidentes ocurren: ataques de osos, caídas, inundaciones repentinas. Pero casi siempre queda algún indicio. Aquí, solo había vacío absoluto.
La policía consideró otras posibilidades. Quizá nunca iniciaron la ruta, quizá ocurrió algo entre la gasolinera y el estacionamiento. Pero el trayecto era corto, unos 30 km, y completamente desierto. No hubo señales de accidente ni reportes de personas sospechosas en la zona. Revisaron sus vidas personales y financieras: sin deudas, sin conflictos, sin razones para desaparecer voluntariamente. Eran personas felices, con planes de futuro. Sarah y Mark planeaban casarse el verano siguiente. David acababa de recibir un ascenso. La teoría de una fuga voluntaria se descartó casi de inmediato. Solo quedaba la hipótesis de un accidente, pero la falta de pistas la hacía muy débil.
La búsqueda continuó dos semanas. Cada día ampliaban el radio, saliéndose de la ruta principal kilómetros en ambas direcciones. Helicópteros con cámaras térmicas sobrevolaron de noche. Incluso buzos exploraron la costa del lago. No había motivos para pensar que se hubieran ahogado, pero nada se descartaba. Todo fue en vano. A mediados de octubre comenzaron las lluvias y luego la primera nevada de la temporada. La búsqueda se volvió imposible y peligrosa. La operación se suspendió oficialmente. El informe final fue seco: “La búsqueda se suspende hasta nuevo aviso. Se desconoce el paradero de Mark Hughes, David Chen y Sarah Jenkins.” Para sus familias, fue una sentencia de muerte. Quedaron solos con su dolor y la incertidumbre absoluta.
Los años pasaron. La historia de los tres turistas desaparecidos se convirtió en uno de los muchos misterios sin resolver de la Columbia Británica. Sus fotos colgaban en tablones de anuncios y sus nombres aparecían en las noticias locales cada aniversario. Pero nunca surgió nueva información. El caso acumuló polvo en los archivos y la esperanza de encontrarlos vivos se desvaneció.
Cuatro años pasaron, cuatro largos años de silencio, hasta la primavera de 2023.
A principios de mayo, un cazador llamado Alistair McKinnon revisaba sus viejas trampas en el bosque al norte del lago Onto. Tenía casi 70 años y conocía la zona como la palma de su mano. Ese día, decidió desviarse por un sendero abandonado que no recorría desde hacía años. A unos 40 km en línea recta de donde buscaron a los turistas, tropezó con una cabaña vieja, oculta entre abetos. Era casi invisible a pocos metros. Alistair sabía de su existencia, pero llevaba más de una década sin acercarse. La cabaña se consideraba abandonada, pero algo no encajaba. Al acercarse, percibió un olor nauseabundo, diferente al de un animal muerto. Era denso, pesado, y venía de debajo de la cabaña.
Alistair no tocó nada. Volvió a su cuatrimoto y condujo hasta el pueblo más cercano, donde informó a la policía. Al principio, su relato fue recibido con escepticismo. Una cabaña vieja, un olor extraño: probablemente un animal muerto. Pero Alistair insistió. Al día siguiente, dos agentes lo acompañaron. No había camino, tuvieron que caminar varios kilómetros entre la maleza. Al llegar, comprendieron que el cazador tenía razón. El olor era inconfundible: putrefacción, y provenía del subsuelo. Rompieron el candado y entraron. La cabaña era pequeña, de una sola habitación, con mesa, silla, una cama de metal y una estufa vieja. Todo cubierto de polvo, pero no parecía completamente deshabitada. Había una lata de comida abierta y seca sobre la mesa.
Lo más extraño era el suelo. En una esquina, las tablas parecían más nuevas y de ahí provenía el hedor. Llamaron refuerzos y forenses. Al levantar las tablas, encontraron tierra compactada, pero en un punto estaba suelta, como removida recientemente. Empezaron a cavar. Pronto apareció el borde de una bolsa de lona. Luego otra y otra. Tres en total. Cuando las abrieron, se disiparon todas las dudas: dentro había cuerpos humanos en avanzado estado de descomposición. Dos hombres y una mujer, cada uno con alambre de acero apretado al cuello. Era un triple homicidio, frío y calculado.
Mientras unos trabajaban con los cuerpos, otros revisaron la cabaña. Y ahí el caso dio un giro siniestro. Sobre la cama colgaban recortes de periódicos de personas desaparecidas, de diferentes años y lugares, pero todos dentro de la Columbia Británica. Junto a ellos, fotos clavadas en la pared: grupos de personas, parejas, turistas solitarios, todos sonriendo ante la cámara, con fondos de bosque, montañas o lagos. Parecían felices, despreocupados. Al principio, los detectives no les dieron importancia. Pero uno de ellos, que había trabajado en el caso de los tres desaparecidos en el lago Onto, reconoció a las personas de una foto: tres jóvenes, dos hombres y una mujer, abrazados ante un paso de montaña. Eran Mark, David y Sarah. El detective comparó la imagen con la del expediente. No había duda. Los cuerpos bajo el suelo casi seguro eran ellos. Pero, ¿quién tomó la foto? Y aún más inquietante, ¿quiénes eran las demás personas de las imágenes?
Las fotos fueron cotejadas con la base de datos de personas desaparecidas. Los resultados fueron escalofriantes. Una mostraba a una pareja joven identificada como Thomas y Maryanne Carter, desaparecidos en 2011 en la misma zona. Su auto fue hallado en el estacionamiento, pero nunca encontraron sus cuerpos. El caso se cerró como accidente. Ahora, sus rostros sonreían desde la pared de la cabaña, a 40 km de donde los buscaron.
La policía comprendió que no estaban ante un crimen aislado. Habían encontrado la guarida de un asesino serial que operaba en esos bosques desde hacía años, quizá décadas. La cabaña era su sala de trofeos. La pregunta era: ¿cuántos rostros desconocidos había en esas fotos y cuántos cuerpos más guardaba la tierra?
Identificar los cuerpos tomó días, pero las pruebas de ADN confirmaron lo obvio: eran Mark, Sarah y David. El siguiente paso era descubrir quién era el dueño de la cabaña. No aparecía en ningún registro moderno. Los detectives bucearon en archivos antiguos y entrevistaron a ancianos de pueblos cercanos. Algunos recordaban a un trampero solitario en los 70 y 80, pero luego murió o se fue. Un exempleado forestal recordó que en los 90, un tal John Bennett, que trabajó en el aserradero, se adueñó de la cabaña sin permiso. Era callado, solitario, siempre reservado.
La policía investigó a John Bennett, de 69 años, jubilado, viviendo solo en las afueras de Castlegar, a 100 km del hallazgo. Había trabajado en la zona, nunca se casó ni tuvo hijos. Solo tuvo un incidente policial en su juventud. Un hombre común, invisible. Los vecinos lo describían como educado, pero distante. Nadie habría sospechado nada.
La policía montó vigilancia y obtuvo una orden de registro. La detención fue al amanecer. Bennett abrió la puerta sin resistencia, en bata, con expresión somnolienta. No mostró sorpresa ni miedo. Su calma era perturbadora.
La casa parecía normal. Pero el sótano estaba cerrado con llave. Al abrirlo, los forenses hallaron lo que buscaban. Era un taller y estudio. Un banco de trabajo, herramientas, pero lo importante estaba en la pared: decenas de mapas topográficos de parques y bosques, todos llenos de anotaciones a mano. Rutas marcadas en rojo, cruces en puntos específicos, fechas junto a algunos. Al cotejar con la base de datos de desaparecidos, los resultados fueron aterradores: más de 25 casos coincidían con las marcas de Bennett. Gente de Canadá, EE.UU., Alemania, Japón. Turistas que vinieron a disfrutar la naturaleza y se convirtieron en presa de una cacería monstruosa.
En un rincón había una caja metálica con pertenencias personales: cámaras, binoculares, GPS, gafas de sol, una pulsera, un reloj. Trofeos, recuerdos de víctimas. Las tarjetas de memoria contenían fotos: la última serie mostraba a una pareja alemana desaparecida en 2018, sonriendo junto a una cascada. La última foto, tomada desde lejos, mostraba a la pareja mirando a la cámara, cansados, confiados. Era el ritual de Bennett: acercarse, ganarse la confianza, tomar la última foto antes de matar.
Bennett fue interrogado. No confesó, no negó, no habló. Su silencio era más aterrador que cualquier confesión. Los investigadores tenían que reconstruir todo a partir de mapas, objetos, fotos. Era un trabajo titánico: enlazar décadas de desapariciones, dar respuestas a familias que pasaron años sin saber.
El expediente contra Bennett por el triple asesinato era irrefutable. Pero los otros casos eran difíciles de probar sin cuerpos ni confesión. Se organizaron búsquedas en los puntos marcados en los mapas, pero el bosque guardaba sus secretos. Solo hallaron restos de antiguos campamentos, nunca restos humanos. Para las familias, la pesadilla continuaba: sabían quién era el responsable, pero no dónde estaban sus seres queridos.
Bennett fue trasladado a un centro de máxima seguridad. No habló, ni con abogados ni con nadie. Asistió a las audiencias en silencio. Dos meses después, fue hallado muerto en su celda, suicidado con el cordón de sus pantalones. No dejó nota, ni explicación, ni remordimiento. Se llevó todos sus secretos a la tumba.
Tras su muerte, el caso de Mark, Sarah y David se cerró. Los esfuerzos por vincularlo a otros casos se desvanecieron. Sin su testimonio, era imposible probar nada más. La cabaña fue quemada por orden de las autoridades. Los mapas y objetos quedaron archivados. Un hombre invisible, que vivió una doble vida durante más de 30 años, resultó ser uno de los asesinos seriales más meticulosos y escurridizos de la historia canadiense. Solo él supo cuántas vidas arrebató en los bosques infinitos de la Columbia Británica. Ese secreto se lo llevó consigo, dejando tras de sí solo silencio, preguntas y el eco de las sonrisas congeladas en las fotos de su pared.
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