Misterio bajo tierra: Cinco amigos desaparecidos y un testimonio escalofriante 27 años después

El sol de mediados de abril golpeaba con fuerza las calles empedradas de Zacatecas aquella mañana de 1997. La ciudad, con sus edificios coloniales y su aire de historia antigua, despertaba a un día cualquiera, ignorando que estaba a punto de añadir una nueva página oscura a su memoria colectiva. Entre las sombras alargadas que proyectaban las casas, Ricardo Mendoza, de 23 años, caminaba por la avenida Hidalgo revisando por tercera vez su mochila: cinco linternas, baterías de repuesto, agua embotellada y unos cuantos sándwiches envueltos en papel aluminio.

Su madre, doña Carmen, lo había visto salir temprano desde la ventana de su casa en la colonia Sierra de Álica, sin imaginar que sería la última vez. “Vamos a explorar la mina vieja, ma”, le había dicho la noche anterior durante la cena. “Solo la parte turística y un poco más allá. Los güeyes quieren tomar fotos para el proyecto de la universidad.” Doña Carmen había fruncido el ceño mientras servía los frijoles refritos. La Mina del Edén llevaba siglos perforando las entrañas del cerro de la Bufa, y aunque una sección había sido convertida en atracción turística, todos en Zacatecas sabían que sus túneles abandonados se extendían como venas enfermas bajo toda la ciudad.

En la plaza Bicentenario, Ricardo se encontró con sus amigos de la carrera de ingeniería. Javier Huerta, el más alto del grupo, llevaba una cámara Canon colgada al cuello, el fotógrafo oficial de sus aventuras desde la preparatoria. Miguel Salinas, con su característica gorra de los Diablos Rojos, cargaba más provisiones en una mochila militar heredada de su abuelo. Los hermanos Torres, Andrés y Pablo, discutían sobre quién llevaría la cuerda de veinte metros que habían comprado en la ferretería El Águila. “¿Ya nos vamos o qué?”, preguntó Pablo impaciente, ajustándose los lentes redondos que siempre se le resbalaban por el sudor. A sus 19 años era el menor del grupo y constantemente trataba de demostrar que podía seguir el ritmo de los mayores. Andrés, dos años mayor, le revolvió el cabello con cariño fraternal.

El trayecto hasta la entrada de la mina tomó cuarenta minutos caminando. Subieron por la calle Genaro Codina, pasaron frente al teleférico que aún no operaba a esa hora temprana y continuaron por el sendero que bordeaba el cerro. El camino se volvía más escarpado conforme ascendían y Miguel tuvo que detenerse dos veces para recuperar el aliento. “Pinche cigarro”, murmuró, prometiéndose dejarlo por enésima vez.

La entrada turística de la Mina del Edén estaba cerrada; no abrirían hasta las diez de la mañana, pero ellos no planeaban entrar por ahí. Javier había investigado durante semanas en la biblioteca de la universidad y había encontrado referencias a una entrada alternativa en viejos mapas mineros del siglo XIX. “Está como a doscientos metros al norte”, dijo señalando entre los matorrales y las rocas. Efectivamente, oculta entre nopales, encontraron una abertura en la roca: un agujero irregular de metro y medio de altura, reforzado con vigas de madera que el tiempo había oscurecido hasta volverlas casi negras. Un aire frío y húmedo emanaba del interior, trayendo consigo un olor a tierra mojada y algo más, algo metálico y antiguo.

“No mamen, ¿seguro que queremos meternos ahí?”, preguntó Miguel, encendiendo nerviosamente su tercer cigarro de la mañana. Ricardo lo miró con esa sonrisa confiada que siempre ponía cuando estaba a punto de hacer algo estúpido. “No seas güey. Nomás vamos a explorar un rato y tomamos las fotos para el proyecto. Si vemos algo raro, nos regresamos.”

Entraron en fila india, Ricardo al frente con su linterna más potente. El túnel descendía en un ángulo pronunciado, obligándolos a caminar encorvados. Las paredes sudaban humedad y el piso estaba resbaladizo por el lodo acumulado durante décadas.

Después de unos cincuenta metros, el pasadizo se abrió en una cámara más amplia donde podían estar de pie. Javier comenzó a tomar fotografías mientras los demás iluminaban diferentes ángulos con sus linternas. Las paredes mostraban betas de mineral brillante, probablemente plata oxidada que creaba patrones fantasmales bajo la luz artificial.

“Chingón para el proyecto”, comentó Andrés pasando su mano por una formación rocosa particularmente llamativa.

Continuaron adentrándose, encontrando bifurcaciones y pasadizos laterales. Ricardo había traído un rollo de estambre rojo que iba atando cada veinte metros para marcar el camino de regreso, una técnica que había aprendido de su tío Raúl, quien había trabajado en minas de carbón en Coahuila antes de morir de silicosis.

Llevaban aproximadamente una hora explorando cuando Pablo encontró algo inusual: una escalera de hierro oxidado que descendía verticalmente hacia la oscuridad.

“¡Vengan a ver esto!”, gritó emocionado. Los demás se acercaron y alumbraron hacia abajo. La escalera parecía bajar al menos unos diez metros antes de perderse en las sombras.

“Yo bajo primero”, dijo Ricardo probando los primeros peldaños con su peso. El metal crujió, pero resistió. Comenzó el descenso lentamente mientras los demás lo alumbraban desde arriba.

“¡Hay otro túnel acá abajo!”, gritó cuando llegó al fondo. “Está más grande que los de arriba.”

Uno por uno fueron bajando. Miguel fue el último y más reticente. “Deberíamos regresar, carnales. Ya tenemos suficientes fotos.” Pero la emoción del descubrimiento había contagiado al grupo. Este nivel inferior parecía más antiguo, con soportes de madera que databan probablemente del periodo colonial. Encontraron herramientas oxidadas, carretillas volcadas y hasta los restos de lo que parecía ser un campamento improvisado de mineros.

Javier estaba en su elemento, fotografiando cada detalle. “Este material vale oro para la tesis”, decía mientras capturaba imágenes de inscripciones en las paredes, algunas en español antiguo. Otras parecían ser marcas de cuenta o símbolos que ninguno podía descifrar.

Fue Andrés quien notó primero que algo andaba mal. “¿Oyeron eso?”, preguntó de repente, levantando la mano para que guardaran silencio. Todos se quedaron quietos, conteniendo la respiración. Al principio solo escuchaban el goteo distante del agua, pero luego lo oyeron: un crujido profundo, como si la montaña misma se estuviera acomodando.

“Es normal en las minas viejas”, dijo Ricardo tratando de sonar tranquilo, aunque su voz delataba nerviosismo. “Las rocas se expanden y contraen por los cambios de temperatura.”

Pero el sonido se repitió, esta vez más fuerte y prolongado, seguido de una lluvia de polvo y piedrecillas del techo. “¡Vámonos a la chingada!”, gritó Miguel y nadie discutió. Corrieron hacia la escalera, pero cuando llegaron el horror los paralizó. La parte superior de la escalera había cedido. Donde antes estaba la abertura por donde habían bajado, ahora había un montón de rocas y tierra. El crujido que habían escuchado había sido un derrumbe parcial.

“No, no, no.” Pablo comenzó a trepar frenéticamente por los escombros, cortándose las manos con las rocas afiladas. “Tiene que haber una forma de salir.” Andrés lo jaló hacia atrás. “Cálmate, cabrón. Vamos a buscar otra salida. Estas minas están llenas de túneles conectados.”

Durante las siguientes horas exploraron metódicamente cada pasadizo del nivel inferior. Ricardo trataba de mantener la calma del grupo, pero conforme pasaba el tiempo y no encontraban ninguna salida, la desesperación comenzó a apoderarse de ellos. Las baterías de las linternas empezaban a debilitarse y tuvieron que apagarlas por turnos para conservar energía.

Miguel tuvo el primer ataque de pánico. Se sentó en el suelo hiperventilando, murmurando algo sobre que iban a morir ahí como los mineros del siglo pasado. Javier tuvo que abofetearlo para que reaccionara. “Contrólate, güey. Alguien va a notar que no llegamos y van a buscarnos.”

Pero, ¿quién los buscaría exactamente? Ricardo había sido vago con su madre sobre el lugar exacto. Los demás habían dado excusas similares en sus casas. Nadie sabía de la entrada alternativa que habían usado. La búsqueda, cuando comenzara, se concentraría en la zona turística de la mina.

Decidieron establecer un campamento base en la cámara más grande que encontraron. Racionaron el agua y la comida, aunque solo tenían provisiones para un día. Pablo, el más delgado del grupo, fue enviado a gatear por los conductos más estrechos, pero todos terminaban en callejones sin salida o en derrumbes antiguos.

El segundo día sin luz solar comenzó a afectar sus mentes. En la oscuridad absoluta, cuando apagaban las linternas para ahorrar baterías, comenzaron a escuchar cosas. Susurros que parecían venir de las profundidades de la mina, pasos que resonaban en túneles distantes. Javier juró haber visto una figura al fondo de uno de los pasadizos, pero cuando alumbraron hacia allá no había nada.

“Son alucinaciones por la falta de oxígeno”, explicó Andrés, quien había estudiado algo de medicina antes de cambiarse a ingeniería. “Necesitamos encontrar una corriente de aire fresco.”

Siguieron buscando cada vez más débiles por la deshidratación y el hambre. Al tercer día, Pablo se desmayó. Su hermano Andrés lo cargó en la espalda mientras continuaban la búsqueda cada vez más errática. Ya no seguían ningún patrón lógico, simplemente vagaban por los túneles esperando un milagro.

Las últimas baterías se agotaron y quedaron sumidos en una oscuridad tan absoluta que parecía tener peso físico.

En la superficie, la búsqueda había comenzado desde el primer día cuando no regresaron a sus casas. Doña Carmen fue la primera en dar la alarma cuando Ricardo no llegó a dormir. Llamó a las casas de sus amigos y descubrió que ninguno había vuelto. La policía municipal organizó grupos de búsqueda, pero como Ricardo había mencionado la Mina del Edén, se concentraron en las áreas turísticas y las entradas conocidas.

Don Roberto Huerta, padre de Javier, contrató a un grupo de exmineros para que exploraran las secciones abandonadas. Durante una semana, docenas de voluntarios peinaron los túneles accesibles, gritando los nombres de los muchachos hasta quedarse roncos. Pero la Mina del Edén era un laberinto de más de seiscientos años de excavaciones, kilómetros y kilómetros de túneles, pozos y cámaras que ningún mapa registraba completamente.

La entrada alternativa por donde habían ingresado los jóvenes permaneció oculta entre la vegetación. El derrumbe había sido interno, no visible desde fuera. Los perros de búsqueda llegaron a pasar cerca, pero el viento que soplaba desde el cerro dispersaba cualquier rastro de olor.

Al décimo día, las autoridades comenzaron a hablar de recuperación en lugar de rescate. Las familias se negaban a perder la esperanza. La madre de los hermanos Torres, doña Esperanza, organizó vigilias de oración en la catedral de Zacatecas. Cientos de personas se unieron encendiendo veladoras y rezando por el regreso de los cinco jóvenes.

Un mes después del desaparecimiento, la búsqueda oficial fue suspendida. Se colocaron las fotos de los cinco amigos en los postes del centro histórico con la palabra “desaparecidos” en letras grandes. Ricardo Mendoza, 23 años. Javier Huerta, 24 años. Miguel Salinas, 22 años. Andrés Torres, 21 años. Pablo Torres, 19 años.

Las teorías comenzaron a circular por la ciudad. Algunos decían que habían sido secuestrados por narcotraficantes, aunque no había ninguna evidencia. Otros especulaban que habían huido a Estados Unidos, pero sus familias sabían que eso era imposible. Los muchachos tenían planes, sueños, novias. Ricardo iba a graduarse ese semestre. Javier tenía una entrevista de trabajo en una empresa minera canadiense.

Doña Carmen nunca dejó de buscar. Cada fin de semana subía al cerro de la Bufa con un grupo de voluntarios explorando cada grieta, cada cueva, cada entrada abandonada. Gastó todos sus ahorros contratando especialistas en espeleología, médiums, cualquier persona que prometiera una pista.

Los años pasaron, las fotos en los postes se decoloraron con el sol y la lluvia. Nuevas generaciones de estudiantes entraron a la universidad sin saber la historia de los cinco amigos que nunca regresaron. La Mina del Edén continuó operando su sección turística, implementando medidas de seguridad más estrictas después del incidente.

En 2024, veintisiete años después de la desaparición, un minero llamado Joaquín Ibarra estaba realizando una inspección rutinaria en una sección poco visitada de la mina cuando escuchó algo que lo heló hasta los huesos. Eran voces débiles, pero claramente humanas, que parecían venir de detrás de una pared de roca sólida.

“Ayuda, por favor, alguien.” Las voces sonaban jóvenes, desesperadas. Joaquín corrió a buscar a sus compañeros, pero cuando regresaron, el silencio había vuelto. Sus colegas lo miraron con escepticismo. “Son los gases de la mina, compa. Te hacen escuchar cosas raras.”

Pero Joaquín no podía olvidar esas voces. Regresó solo al día siguiente con equipo de detección sónico. Colocó el micrófono ultrasensible contra la pared de roca y esperó. Durante horas no escuchó nada más que el usual crujir de la montaña. Estaba a punto de rendirse cuando lo escuchó de nuevo, tan claro como si estuviera a su lado. “Ricardo, tengo sed, mamá.”

El minero salió corriendo de la mina tropezando en su prisa por llegar a la superficie. Fue directamente a la comisaría y exigió hablar con el jefe de policía. “¡Están vivos!”, gritaba. “Los muchachos que desaparecieron hace años están vivos ahí abajo.”

Se organizó una nueva búsqueda, esta vez con tecnología moderna: radares de penetración terrestre, drones con cámaras térmicas, equipos de perforación especializados, pero no encontraron nada. La pared donde Joaquín había escuchado las voces resultó ser roca sólida de varios metros de grosor, sin cavidades detectables detrás.

Joaquín fue ridiculizado en los medios locales. Algunos lo acusaron de buscar fama, otros de haber sufrido un episodio psicótico por la exposición prolongada a los gases de la mina. Perdió su trabajo y tuvo que mudarse a Aguascalientes para escapar del acoso. Pero doña Carmen, ya una anciana de 78 años, lo creyó. Lo buscó antes de que se fuera de la ciudad y lo miró a los ojos. “¿Estás seguro de lo que oyó?”, le preguntó con voz temblorosa. Joaquín asintió. “Señora, llevo treinta años trabajando en minas. Sé distinguir entre el viento y voces humanas. Su hijo está ahí abajo en alguna parte.”

La anciana regresó a la mina con renovada determinación. Convenció a un grupo de jóvenes espeleólogos de la UNAM para que realizaran una exploración no oficial. Durante tres días mapearon meticulosamente cada túnel accesible utilizando tecnología lidar para crear un modelo tridimensional de la estructura interna de la mina. Fue entonces cuando descubrieron la anomalía.

Había una sección del modelo donde los datos no cuadraban, un espacio vacío que no debería existir según los mapas históricos. Estaba ubicado aproximadamente a doscientos metros por debajo de la entrada turística en una zona que había sido sellada después de un derrumbe en 1952.

Obtener los permisos para excavar tomó otros seis meses. Las autoridades no querían arriesgar más vidas en lo que consideraban una misión imposible. Pero la presión mediática y el apoyo público finalmente los obligaron a actuar.

En octubre de 2024 comenzó la excavación. Perforaron durante semanas, centímetro a centímetro, con extremo cuidado para no causar otro derrumbe. El 15 de noviembre, la broca atravesó hacia un espacio hueco. Insertaron una cámara de fibra óptica y lo que vieron los dejó sin aliento.

Era una cámara natural, no parte de la mina original. Y en el suelo, dispersos como muñecos rotos, había cinco esqueletos. La ropa desintegrada por el tiempo aún conservaba restos reconocibles: una gorra de los Diablos Rojos, unos lentes redondos, una cámara Canon con el rollo de película aún dentro.

La recuperación de los restos tomó otros dos días. Los forenses confirmaron las identidades a través de registros dentales. Ricardo Mendoza, Javier Huerta, Miguel Salinas, Andrés y Pablo Torres habían sido encontrados finalmente.

El análisis de la escena sugirió que habían sobrevivido varios días, tal vez hasta una semana antes de sucumbir a la deshidratación.

La cámara de Javier fue enviada a un laboratorio especializado. Milagrosamente lograron recuperar algunas imágenes del rollo. Las últimas fotos mostraban a los cinco amigos sonriendo, explorando los túneles completamente ajenos al destino que les esperaba. La penúltima imagen mostraba la escalera de hierro por la que habían descendido. La última era completamente negra.

Se encontraron también libretas con escritos desesperados. Ricardo había tratado de mantener un registro de sus últimos días. “Día 3. Pablo está muy mal. No hemos encontrado salida. Las linternas murieron ayer. La sed es insoportable. Si alguien encuentra esto, digan a mi mamá que lo siento, que la amo, que traté de ser valiente.”

El funeral fue el evento más multitudinario en la historia reciente de Zacatecas. Miles de personas acompañaron a las cinco familias mientras llevaban los féretros por las mismas calles empedradas que los jóvenes habían caminado aquella mañana de abril de 1997.

Doña Carmen, apoyada por sus hijas, finalmente pudo despedirse de Ricardo. Pero el misterio de las voces que Joaquín Ibarra escuchó nunca fue resuelto. Los cuerpos habían estado muertos por veintisiete años cuando él juró haberlos oído pedir ayuda. Los escépticos lo atribuyeron a una combinación de gases alucinógenos y el poder de la sugestión. Joaquín, desde su exilio en Aguascalientes, mantuvo su versión hasta el día de su muerte.

La entrada alternativa a la mina fue finalmente localizada y sellada con concreto reforzado. Se colocó una placa conmemorativa con los nombres de los cinco amigos y una advertencia en memoria de quienes perdieron la vida buscando aventura. “Que su tragedia sirva de lección. Estas montañas guardan secretos que es mejor no descubrir.”

La Mina del Edén continúa operando su sección turística, pero ahora los guías cuentan la historia de los cinco amigos como advertencia. Los turistas escuchan con atención, toman sus fotos y se apresuran a salir cuando el recorrido termina. Algunos juran escuchar susurros en los túneles más profundos. Voces jóvenes que piden agua, que llaman a sus madres, que ruegan por una luz en la oscuridad eterna.

Doña Carmen vivió tres años más después de recuperar a su hijo. Sus últimas palabras, según sus hijas, fueron: “Ya puedo dormir. Ricardo ya está en casa.” Fue enterrada junto a él en el panteón de Herrera bajo un mesquite que da sombra a ambas tumbas. Los otros padres también encontraron algo de paz, aunque el dolor nunca desapareció completamente.

Don Roberto Huerta reveló las fotos de su hijo y organizó una exposición en el museo Rafael Coronel. Las imágenes mostraban la belleza oculta de la mina, pero también servían como testimonio final de cinco vidas truncadas por la imprudencia juvenil y la cruel indiferencia de la montaña.

En las noches sin luna, cuando el viento sopla desde el cerro de la Bufa, algunos zacatecanos juran que aún se pueden escuchar las voces, no desde la mina sellada, sino desde el aire mismo, como si las almas de los cinco amigos vagaran eternamente por los túneles invisibles del viento, buscando el camino a casa que nunca pudieron encontrar en vida.

La Universidad Autónoma de Zacatecas estableció una beca en nombre de los cinco estudiantes. Cada año cinco jóvenes de escasos recursos reciben apoyo completo para estudiar ingeniería. Es un recordatorio de que aquellos muchachos tenían futuro, planes, sueños que quedaron sepultados junto con ellos en las entrañas de la montaña.

Joaquín Ibarra murió en 2025, apenas un año después de que encontraran los cuerpos. Su familia dice que nunca superó la experiencia. En sus últimos días, delirando por la fiebre, repetía una y otra vez: “Los escuché. Sé que los escuché. Estaban vivos en algún lugar, en algún tiempo, estaban vivos y pidiendo ayuda.”

Algunos investigadores paranormales han teorizado que lo que Joaquín experimentó fue un fenómeno conocido como “ecotemporal”, donde eventos traumáticos del pasado se manifiestan en el presente a través de ecos inexplicables. Pero para las familias, para Zacatecas, para quienes conocieron la historia, lo importante era que los cinco amigos finalmente habían regresado a casa.

Y así, la Mina del Edén guarda en su silencio eterno los secretos de una tragedia que nunca será olvidada.