¡Misterio en Homún 1993: Pareja Regiomontana Desaparece en Cenote Prohibido!

En el frío noviembre de 1993, bajo el cielo grisáceo de Monterrey, Diego Cabazos y Mariana Escamilla unieron sus vidas en una boda sencilla pero cargada de emociones en la iglesia de la colonia Mitras Norte. Diego, un hombre de 29 años, técnico en refrigeración industrial, había pasado meses trabajando turnos extras en una fábrica local, sacrificando noches de descanso para costear la ceremonia sin caer en deudas. Su rostro, curtido por el trabajo físico, mostraba una mezcla de nerviosismo y felicidad mientras ajustaba el nudo de su corbata frente al altar, esperando a su prometida. Mariana, de 26 años, maestra de primaria en la escuela Benito Juárez, apareció por el pasillo del brazo de su padre, robando el aliento de todos los presentes. Su vestido de novia, de mangas largas y encaje delicado, comprado en una boutique del centro tras meses de búsqueda, reflejaba su esencia: elegante sin ostentación, dulce pero con una determinación que brillaba en sus ojos oscuros. Cuando las puertas de la iglesia se abrieron, el silencio fue absoluto; incluso las lágrimas de doña Carmen, su madre, parecían contenerse en ese instante de pura magia.

Sus votos, escritos con tinta azul en hojas arrancadas de un cuaderno donde Mariana planeaba sus clases, resonaron en la nave de la iglesia con una sinceridad que conmovió a los presentes. “Prometo cuidarte en las buenas y en las malas, siempre estaré a tu lado”, murmuró Diego, su voz temblorosa traicionando la emoción que intentaba controlar. “Prometo caminar contigo hacia donde nos lleve la vida, sin importar lo que venga”, respondió Mariana, apretando su mano con una fuerza que parecía sellar un pacto eterno. El padre Mendoza, quien los había bautizado años atrás en esa misma parroquia, bendijo su unión con palabras cálidas que parecían prometer un futuro lleno de luz.

Como tantas parejas jóvenes de la época, Diego y Mariana soñaban con una luna de miel que marcara el inicio de su vida juntos. No podían permitirse destinos lejanos ni lujosos, pero habían escuchado historias sobre los cenotes de Yucatán, esas pozas de agua turquesa escondidas en la selva, rodeadas de misterio y una belleza natural que parecía sacada de un sueño. Escogieron ese destino con ilusión, planeando cada detalle con la meticulosidad que caracterizaba a Diego: tres días en Mérida como base, visitas a los cenotes de los alrededores y un regreso puntual a Monterrey para que Mariana pudiera retomar sus clases de cuarto grado el lunes por la mañana. Habían ahorrado cada peso, calculado cada gasto y soñado con nadar juntos en aguas cristalinas bajo el sol tropical. Pero lo que comenzó como un viaje romántico hacia las profundidades mágicas de Homún, un pequeño pueblo yucateco perdido entre la vegetación, se transformaría en uno de los casos más desconcertantes y perturbadores que las autoridades de Yucatán hayan enfrentado jamás. Meses después de su última aparición, cuando el nivel del agua descendió en un cenote prohibido cerca de Homún, un hallazgo escalofriante salió a la luz: dos tambos metálicos encadenados con firmeza a la orilla rocosa y, junto a ellos, el vestido de novia de Mariana, completamente enlodado y desgarrado, como si hubiera sido arrastrado por fuerzas desconocidas. Este descubrimiento no trajo respuestas, sino un torrente de preguntas que aún hoy resuenan en el aire húmedo de Yucatán. ¿Qué ocurrió con Diego y Mariana en esas tierras lejanas? ¿Qué secretos guardan las aguas profundas de ese cenote olvidado?

La boda fue un evento íntimo, un reflejo de la humildad y el amor que definían a la pareja. No más de 50 invitados, entre familiares y amigos cercanos, se reunieron para celebrar. En el patio trasero de la casa de los Escamilla, un espacio modesto pero decorado con guirnaldas de papel y flores frescas, doña Carmen había pasado dos días enteros preparando mole con la ayuda de las vecinas, llenando el aire con aromas de chocolate y especias que hacían agua la boca. Los hombres conversaban sobre el trabajo y los partidos de fútbol mientras los niños corrían entre mesas improvisadas hechas de tablones y sillas prestadas. Diego, siempre práctico, había pedido un equipo de sonido a un primo, y la música tropical animaba la tarde, invitando a las parejas a bailar sobre el piso de cemento pulido que brillaba bajo el sol poniente. Mariana reía mientras bailaba con sus hermanas menores, sus damas de honor, y Diego, algo tímido para el baile, la observaba con una sonrisa que no podía ocultar su adoración por ella.

Cerca de las 6 de la tarde, cuando el aire comenzaba a refrescar y el cielo se teñía de tonos anaranjados, los novios se despidieron de sus seres queridos. Mariana se había cambiado el vestido de novia por uno azul marino más práctico, y llevaba una maleta pequeña que había empacado la noche anterior con ropa cómoda y trajes de baño. Diego, con una mochila de lona al hombro y un sobre manila que contenía los boletos de autobús y las reservaciones, se aseguró de no olvidar nada. “Cuídense mucho, mijos”, gritó doña Carmen desde la puerta, con la voz quebrada por la emoción mientras el taxi se alejaba por la calle polvorienta. Mariana asomó la cabeza por la ventanilla, agitando la mano con una sonrisa que iluminaba la penumbra de la tarde. Esa sonrisa, tan llena de vida y esperanza, sería el último recuerdo que su familia tendría de ella.

El autobús de las 8:30 de la noche partió rumbo a Mérida, un viaje largo que atravesaría la madrugada. Habían comprado boletos de segunda clase para ahorrar, pero lograron asientos juntos cerca de una ventana. Mariana llevaba consigo un cuaderno de tapa dura, su compañero inseparable, donde anotaba meticulosamente los gastos, los horarios y pequeños dibujos de los lugares que planeaban visitar. En la primera página había pegado un mapa de Yucatán recortado de una revista de turismo, marcando con círculos rojos los cenotes que más le emocionaban: Dos Ojos, Gran Cenote y uno llamado Exkek Ken, del que había leído que escondía estalagmitas dentro del agua. Mientras el autobús avanzaba por la carretera oscura hacia el sureste, Diego revisaba por tercera vez los cálculos en una libreta gastada, asegurándose de que el presupuesto alcanzara para hospedaje, comidas, transportes locales y hasta propinas para los guías. Mariana, agotada por los preparativos de la boda, se quedó dormida con la cabeza recargada en su hombro, el cuaderno abierto sobre su regazo mostrando una lista manuscrita de cosas que no olvidar: cámara, traje de baño, zapatos cómodos, gorra para el sol.

El viaje nocturno transcurrió sin contratiempos, con una parada de 30 minutos en San Luis Potosí donde estiraron las piernas y compraron tortas de jamón y refrescos de cola. Mariana, aún somnolienta, aprovechó para escribir en su cuaderno: “Parada en SLP, 1:20 a.m. Diego compró chicles de menta para el mareo. El chófer dice que llegaremos a Mérida como a las 7 de la mañana”. Su costumbre de registrar cada detalle, heredada de los viajes con su padre vendedor de herramientas, se convertiría en un testimonio crucial meses después, cuando los investigadores intentaran reconstruir sus últimos pasos.

Llegaron a la terminal de Mérida a las 7:15 de la mañana del 15 de noviembre, recibidos por el bullicio matutino y un calor húmedo que los golpeó como una pared invisible, tan diferente al clima seco y fresco de Monterrey al que estaban acostumbrados. Mariana se quitó el suéter ligero que había llevado durante el viaje y lo guardó en su maleta mientras observaba a su alrededor, fascinada por los vendedores ambulantes que ofrecían frutas tropicales en vasos de plástico, jugos de naranja recién exprimidos y tacos de cochinita pibil cuyo aroma especiado era completamente nuevo para ellos. Diego consultó un papel donde había anotado la dirección de la pensión San Carlos: Calle 62 por 69 y 71, centro histórico. Un taxista se acercó ofreciendo sus servicios, pero Diego, recordando las recomendaciones de un compañero de trabajo, optó por un autobús urbano más económico. Subieron a uno pintado de azul y blanco que los llevó serpenteando por las calles del centro histórico. Mariana iba pegada a la ventanilla, maravillada por la arquitectura colonial que jamás había visto de cerca: casonas de dos plantas con balcones de hierro forjado, iglesias de piedra amarillenta y plazas sombreadas por laureles centenarios. “Es muy diferente a Monterrey”, le comentó a Diego con una mezcla de asombro y entusiasmo mientras el autobús se detenía en una esquina señalizada con azulejos que decían “Calle 60”.

La pensión San Carlos resultó ser justo lo que esperaban: un edificio colonial adaptado con habitaciones sencillas pero limpias, distribuidas alrededor de un patio central lleno de plantas tropicales. Doña Esperanza, la propietaria, una mujer mayor de rostro amable y acento yucateco cantarín, los recibió con una sonrisa mientras revisaba el libro de registro. “¿Vienen de muy lejos?”, preguntó al notar sus acentos norteños. “De Monterrey, señora. Venimos de luna de miel”, respondió Mariana con una sonrisa tímida que hizo sonreír también a la mujer. “¡Ah, qué bonito! Aquí van a estar muy cómodos. ¿Ya desayunaron? Mi hermana tiene un restaurcito a dos cuadras donde hacen unos huevos motuleños riquísimos”. Diego y Mariana intercambiaron miradas; habían leído sobre ese platillo típico, pero nunca lo habían probado. “Ahorita nos arreglamos un poco y vamos para allá”, respondió Diego mientras doña Esperanza les entregaba la llave de la habitación número siete.

La habitación era pequeña pero acogedora, con dos camas individuales que podrían juntarse, un ventilador de techo que giraba lentamente y una ventana que daba al patio interior, donde se escuchaba el goteo constante de una fuente de piedra. Mariana desempacó sus pocas pertenencias, colocando con cuidado su cuaderno sobre una mesita, mientras Diego estudiaba los mapas turísticos que habían conseguido en la recepción. “Mira”, le dijo señalando un folleto con fotos de cenotes, “aquí dice que hay combis que salen cada hora hacia Homún. Los cenotes están como a 40 minutos”. Después de ducharse con agua tibia y cambiarse de ropa, salieron a conocer el centro de Mérida. El desayuno en el restaurante de la hermana de doña Esperanza fue una revelación: huevos estrellados sobre tortillas tostadas, cubiertos con salsa de tomate, frijoles refritos, plátano frito, jamón picado y queso rallado. “Esto está buenísimo”, murmuró Diego mientras Mariana anotaba en su cuaderno: “Desayuno yucateco, huevos motuleños, $8.50 cada uno, muy sabroso pero pesado”.

Caminaron por las calles del centro histórico durante toda la mañana, explorando cada rincón con ojos curiosos. Visitaron la catedral de San Ildefonso, donde Mariana encendió una veladora “para que nos cuide durante el viaje”, y recorrieron el palacio de gobierno, admirando los murales de Fernando Castro Pacheco que narraban la historia de Yucatán. Diego tomó varias fotografías con su cámara desechable, calculando cuidadosamente cada toma para no desperdiciar el rollo de 24 exposiciones que había comprado. Por la tarde, regresaron a la pensión para planear el día siguiente. Mariana compró postales para enviar a su madre y escribió con letra cuidadosa: “Mamá, llegamos bien. Mérida es hermosa, muy diferente a casa. Mañana vamos a los cenotes. Te quiero mucho”. Diego prefirió hacer una llamada desde un teléfono público en la esquina; la conversación fue breve: “Sí, mamá, llegamos bien. Mariana está muy contenta. No te preocupes, nos cuidamos mucho”.

Esa noche cenaron en un restaurante cerca de la Plaza Grande, probando sopa de lima, cochinita pibil y agua de jamaica. Mariana no dejaba de tomar notas de todo: precios, sabores, direcciones. “Eres muy organizada”, le dijo Diego viendo cómo llenaba las páginas de su cuaderno. “Es que quiero recordar todo”, respondió ella con una sonrisa. “Cuando regresemos a Monterrey, le voy a platicar a mis alumnas sobre los cenotes”. No podía imaginar que ese cuaderno, lleno de detalles minuciosos, se convertiría en una de las pocas pistas que quedarían de su paradero.

El 16 de noviembre amaneció despejado en Mérida. Diego despertó temprano por el sonido de los pájaros en el patio de la pensión y encontró a Mariana ya vestida, revisando su cuaderno junto a la ventana. Había dibujado un pequeño mapa con la ruta hacia Homún y anotado los horarios de las combis tras preguntar en la terminal. “La primera sale a las 8”, le dijo mostrándole la página. “Si nos vamos en esa, podemos estar allá antes de las 9 y regresar en la tarde sin problemas”. Desayunaron café con leche y pan dulce en el mismo restaurante del día anterior, optando por algo ligero para no sentirse pesados durante la caminata que les esperaba. Mariana llevaba un vestido de algodón claro y zapatos cómodos, mientras Diego vestía pantalón de mezclilla y una camisa de manga corta. Ambos cargaban mochilas pequeñas con agua, la cámara desechable y toallas prestadas de la pensión. “¿Trajiste el repelente?”, preguntó Diego mientras pagaban la cuenta. Mariana palmeó su mochila: “Aquí está, y también los lentes para el sol”.

La terminal de combis era un caos organizado, con decenas de vehículos pintados de colores brillantes alineados en andenes de cemento, cada uno con un letrero en el parabrisas indicando su destino: Izamal, Motul, Progreso, Homún. Los chóferes gritaban los nombres de los pueblos mientras los pasajeros subían cargando bolsas de mandado, niños pequeños y, en ocasiones, alguna gallina en huacal de madera. “¡Homún, Homún, sale en 5 minutos!”, escucharon gritar a un hombre de mediana edad junto a una combi Volkswagen azul con franjas blancas. Diego se acercó a preguntar el precio mientras Mariana observaba a los otros pasajeros: campesinos con sombreros de palma, mujeres mayores vestidas con huipiles bordados y algunos jóvenes que parecían también turistas.

El viaje hacia Homún fue una experiencia completamente nueva para la pareja regiomontana. La combi avanzaba por carreteras secundarias flanqueadas por enequenales abandonados, sus plantas de agave apuntando como lanzas verdes bajo el sol matutino. Ocasionalmente pasaban junto a haciendas en ruinas, sus muros de piedra mampostería cubiertos de vegetación selvática, testigos silenciosos de la época dorada del henequén a principios del siglo XX. “Miren esos pozos”, les dijo el chófer señalando unas depresiones circulares llenas de agua que aparecían entre la vegetación. “Esos son cenotes naturales. Hay cientos por toda esta zona”. Mariana apuntó inmediatamente en su cuaderno: “Cenotes desde la carretera. Agua muy azul. El chófer dice que hay muchos más escondidos en la selva”. Diego intentó tomar una foto a través de la ventanilla, pero el movimiento del vehículo hizo que la imagen saliera borrosa.

Al llegar a Homún, la combi los dejó en la plaza principal, un espacio rectangular sombreado por árboles de ramón y flanqueado por casas de una planta pintadas en colores pastel. Una iglesia colonial de piedra amarillenta dominaba uno de los lados, mientras que en los otros se distribuían pequeños comercios: una farmacia, una tienda de abarrotes y un restaurante con mesas de plástico bajo una palapa. “El próximo regreso es a las 5 de la tarde”, les informó el chófer antes de alejarse. Diego y Mariana se sentaron en una banca de la plaza para orientarse. El calor era más intenso que en Mérida, y el aire, cargado de humedad y aromas vegetales desconocidos, parecía espeso. Mariana consultó su cuaderno, donde había anotado nombres de cenotes recomendados por otros viajeros: Yaal Utzil, Santa María, Zom Bacal. “Necesitamos preguntar cómo llegar”, le dijo a Diego mientras observaba a un grupo de hombres mayores que conversaban bajo la sombra de un árbol frente a la iglesia.

Se acercaron con timidez al grupo. “Disculpen, ¿saben cómo podemos llegar a los cenotes?”, preguntó Diego con respeto. Uno de los hombres, vestido con camisa de manta y sombrero de palma, los miró con curiosidad antes de responder. “Ah, ustedes vienen de turistas. Sí, hay varios cenotes bonitos por aquí. ¿Cuáles quieren conocer?”. Mariana mostró su cuaderno con los nombres anotados, y el hombre asintió. “Esos están bien para empezar. Yaal Utzil está cerquita, como a 10 minutos caminando. Si quieren algo más aventurero, hay otros más lejos, pero necesitan transporte”. Les explicó que había diferentes tipos de cenotes en la zona: algunos completamente abiertos al cielo, otros parcialmente cubiertos por techos de roca y algunos cerrados que formaban cavernas subterráneas. “Los más seguros para nadar son los abiertos”, les advirtió. “En los cerrados hay que tener cuidado porque a veces no se ve bien el fondo y algunos tienen corrientes raras”. Mariana anotó todo cuidadosamente mientras Diego hacía preguntas sobre distancias y dificultad de acceso.

El sendero hacia Yaal Utzil serpenteaba entre árboles tropicales que Diego y Mariana no sabían identificar: ceibas con hojas enormes en forma de sombrilla, zapotes de tronco rugoso y enredaderas que colgaban formando cortinas verdes, creando un ambiente selvático que contrastaba dramáticamente con el paisaje desértico de Nuevo León. Mariana iba fotografiando mentalmente cada detalle para después anotarlo en su cuaderno, mientras Diego se concentraba en no tropezar con las raíces que sobresalían del sendero de tierra apisonada. A los 10 minutos de caminata, tal como había dicho el poblador de la plaza, llegaron a un claro donde se alzaba un letrero de madera pintado a mano: “Cenote Yaal Utzil, cooperación $5”. Un hombre joven, probablemente de la misma edad que Diego, se acercó a recibirlos. “¿Vienen a nadar?”, les preguntó con una sonrisa amistosa. “Sí”, respondió Mariana. “Es la primera vez que visitamos un cenote”. “Van a ver que está padrísimo”, les aseguró el joven mientras les cobraba la entrada y les entregaba un papelito como comprobante. “Por allá está el vestidor”, indicó señalando una pequeña construcción de madera con techo de palma. “Y por favor, no usen bloqueador solar ni repelente antes de meterse al agua porque contamina. Mejor úsenlo después de nadar”.

Diego y Mariana siguieron las indicaciones, cambiándose por sus trajes de baño en compartimentos separados. Ella había elegido un traje de dos piezas modesto, color azul marino, mientras que él llevaba shorts de natación que le llegaban hasta las rodillas. Cuando salieron del vestidor y vieron por primera vez el cenote Yaal Utzil, ambos se quedaron sin palabras. Era una posa perfectamente circular de aproximadamente 30 metros de diámetro, rodeada por paredes rocosas de unos 5 metros de altura cubiertas por vegetación. El agua era de un azul turquesa cristalino que permitía ver hasta el fondo, donde raíces de árboles se sumergían creando formas caprichosas. La superficie estaba tan quieta que parecía un espejo, reflejando las nubes que pasaban lentamente por el cielo abierto arriba. “¿Qué tan profundo está?”, preguntó Diego al encargado. “Como unos 4 metros en el centro, pero hacia las orillas hay partes de 2 metros donde pueden tocar fondo fácil”, respondió el joven. “El agua está a 24 grados todo el año, ni fría ni caliente”.

Mariana descendió por una escalera de madera hasta una pequeña plataforma a nivel del agua. “Diego, ven a ver esto”, le gritó emocionada. “¡El agua está supercara!”. Diego la siguió y ambos se metieron lentamente al cenote. La sensación fue indescriptible. El agua tenía una textura sedosa y una temperatura perfecta que los envolvía como un abrazo tibio. “Es como estar en otro mundo”, murmuró Mariana mientras flotaba boca arriba, observando las plantas que crecían en las paredes rocosas y los pequeños peces que nadaban entre las raíces sumergidas. Diego nadó hacia el centro del cenote y se sumergió para tocar el fondo, descubriendo que efectivamente estaba cubierto por una capa suave de sedimentos y hojas descompuestas. Estuvieron nadando durante casi una hora, explorando cada rincón del cenote y tomando turnos para usar la cámara desechable que habían envuelto en una bolsa de plástico. Mariana insistió en que Diego le tomara una foto flotando en el centro del agua turquesa con los brazos extendidos y una sonrisa radiante. “Esta va a ser mi foto favorita de toda la luna de miel”, le gritó mientras posaba. Diego le tomó tres fotos seguidas, queriendo asegurarse de que al menos una saliera bien.

Cuando finalmente salieron del agua, se sentaron en la plataforma de madera a secarse al sol mientras observaban a otros visitantes que habían llegado: una familia con niños pequeños y una pareja de extranjeros que hablaban en inglés. De regreso en el vestidor, mientras se cambiaban de ropa, Mariana aprovechó para escribir sus impresiones en el cuaderno: “Cenote Yaal Utzil. Increíble. Agua cristalina, temperatura perfecta. Diego nadó hasta el fondo. Tomamos muchas fotos. El encargado muy amable. Entrada $5 cada uno”. También dibujó un pequeño croquis circular con anotaciones sobre la profundidad y las características que más le habían llamado la atención.

De vuelta en la plaza de Homún, con el cabello aún húmedo y la piel bronceada por el sol tropical, la pareja se sentó en el restaurante de la palapa para almorzar. Pidieron cervezas bien frías y un platillo regional que el mesero les recomendó: pollo pibil con arroz y frijoles. Mientras esperaban la comida, Diego revisó el mapa turístico y señaló otros cenotes marcados en la zona. “Mira, aquí dice que hay uno que se llama Santa María, como a 20 minutos caminando desde aquí. ¿Qué opinas si mañana exploramos ese?”, le preguntó a Mariana. Ella asintió entusiasmada mientras anotaba en su cuaderno los nombres de otros cenotes que había escuchado mencionar durante el día: Zom Bacal, San Antonio, X Batún. “El señor de la plaza me dijo que algunos están en propiedades privadas y hay que pedir permiso para entrar”, comentó. “Pero otros son libres, nomás hay que saber cómo llegar”. La comida llegó acompañada de tortillas hechas a mano y salsa de chile habanero que los hizo sudar copiosamente. “Está muy picante”, murmuró Diego limpiándose la frente con una servilleta. “Pero está buenísimo”. Mariana probó apenas una gota de la salsa y decidió seguir con su pollo sin condimento extra. “En Monterrey no comemos nada tan picante”, le dijo riendo al mesero, quien les ofreció más agua de jamaica para calmar el ardor.

A las 5 en punto de la tarde estaban esperando la combi de regreso en la plaza. El viaje de vuelta a Mérida transcurrió en silencio contemplativo, ambos procesando las nuevas experiencias del día mientras observaban el paisaje que ahora les parecía menos extraño. Mariana aprovechó para escribir más detalles en su cuaderno y planificar las actividades del día siguiente. No podían imaginar que esas notas se convertirían en evidencia crucial para los investigadores que, meses después, tratarían de reconstruir sus últimos movimientos.

La mañana del 17 de noviembre comenzó con una lluvia ligera que golpeaba suavemente la ventana de la habitación en la pensión San Carlos. Diego despertó cerca de las 7 y encontró a Mariana ya despierta, escribiendo en su cuaderno mientras escuchaba el repiqueteo del agua en las hojas del patio. “Está lloviendo”, observó Diego acercándose a la ventana. “¿Crees que podamos ir a los cenotes con este clima?”. Mariana cerró su cuaderno y se levantó a mirarlo. “En el restaurante de ayer dijeron que las lluvias matutinas son normales en esta época y que generalmente paran pronto”.

Desayunaron en el mismo lugar de siempre, pero esta vez pidieron tamales yucatecos y atole de masa que la cocinera les recomendó para el clima húmedo. “Los tamales de aquí son muy diferentes a los de Monterrey”, comentó Mariana probando la masa envuelta en hoja de plátano y rellena de cochinita pibil. “Están más húmedos y el sabor es más suave”. Diego asintió mientras consultaba el mapa turístico que ahora tenía manchas de humedad por el clima. “Mira, según este mapa, el cenote Santa María está más lejos de lo que pensábamos ayer”. Decidieron preguntar en la recepción de la pensión sobre las mejores opciones de transporte. Doña Esperanza les explicó que para los cenotes más alejados de Homún era recomendable contratar un taxi o buscar tours organizados, pero que también había opciones más económicas. “Los muchachos del pueblo a veces rentan bicicletas o motocicletas para los turistas”, les dijo. “O si no les importa caminar un poco más, hay senderos que conectan varios cenotes, aunque hay que conocer bien la zona para no perderse”.

La lluvia efectivamente paró cerca de las 10 de la mañana, tal como habían pronosticado en el restaurante. El sol salió con fuerza renovada, creando vapores de humedad que se alzaban desde las calles mojadas del centro histórico. Diego y Mariana decidieron tomar la combi hacia Homún más tarde que el día anterior, esperando que el clima se estabilizara completamente. Mientras tanto, aprovecharon para comprar provisiones en una tienda cercana: más agua embotellada, algunas galletas y un mapa más detallado de la zona de cenotes que había conseguido el tendero de una distribuidora turística local.

Al llegar nuevamente a la plaza de Homún, notaron que el ambiente era diferente al del día anterior. Había más movimiento: campesinos que llegaban en bicicletas cargando productos del campo, mujeres que caminaban hacia el mercadito con canastas tejidas y varios grupos de turistas que consultaban mapas junto a guías locales. “Se ve que los miércoles hay más actividad”, observó Diego mientras buscaban un lugar donde sentarse a planear el día. Se acercaron al mismo grupo de hombres mayores que los había orientado el día anterior, pero esta vez encontraron a personas diferentes. Un señor de aproximadamente 60 años, vestido con guayabera blanca y sombrero de palma, los saludó cordialmente al ver que cargaban mochilas y equipo para nadar. “¿Ayer fueron a Yaal Utzil?”, les preguntó. “Sí, estuvo increíble”, respondió Mariana mostrándole las fotos que habían revelado esa mañana en Mérida. “Ahora queremos conocer otros cenotes, pero no sabemos cuáles están abiertos al público”.

El hombre se presentó como don Evaristo y les explicó que llevaba años trabajando como guía informal en la zona. “Hay cenotes para todos los gustos”, les dijo señalando hacia diferentes direcciones. “Si quieren algo parecido a ayer, Santa María está bien, pero si buscan aventura, hay otros más alejados que casi no conoce la gente”. Mariana abrió su cuaderno y comenzó a anotar mientras don Evaristo describía las opciones: distancias, dificultad de acceso, costos de entrada y características particulares de cada sitio. “¿Y ese de ahí?”, preguntó Diego señalando una anotación en el mapa nuevo que habían comprado, uno llamado Zom Bacal. Don Evaristo frunció el ceño levemente. “Ah, ese está un poco más complicado. No está en la ruta turística regular. Hay que caminar como media hora por senderos que a veces se borran con las lluvias. Pero el agua es muy bonita, de un azul medio verdoso, y casi nunca hay gente”.

Mariana intercambió miradas con Diego. La posibilidad de encontrar un cenote solitario les parecía muy atractiva. “¿Es seguro ir solos?”, preguntó Diego. “Sí, pero hay que saber bien por dónde ir”, respondió don Evaristo. “Si quieren, por 50 pesos los acompaño hasta allá y los espero mientras nadan. O si prefieren ir solos, les dibujo bien el camino y les explico las señales para que no se pierdan”. La pareja consideró las opciones. El tour guiado era más seguro, pero más costoso, mientras que ir por su cuenta sería más aventurero y económico. Finalmente decidieron intentar el viaje por su cuenta, pero pidieron a don Evaristo que les explicara detalladamente la ruta. El hombre tomó una hoja del cuaderno de Mariana y dibujó un mapa cuidadoso: “Salen de la plaza por la calle que está atrás de la iglesia, como si fueran a Yaal Utzil, pero en lugar de tomar el sendero de ayer, siguen derecho por el camino de tierra hasta llegar a un poste de luz. Ahí doblan a la izquierda y caminan hasta ver una cerca de alambre con un portón de madera. Ahí pregunten por don Aurelio, él les cobra la entrada”. Mariana copió el mapa en su cuaderno y anotó todos los puntos de referencia que don Evaristo mencionaba: “Poste de luz CFE, doblar izquierda, cerca de alambre, portón de madera, don Aurelio”. También anotó el precio que el guía les había dicho: “Entrada $8 por persona, más caro que Yaal Utzil porque está más alejado y hay menos visitantes”.

Diego calculó rápidamente el gasto: 16 pesos de entrada, más comida y bebidas, más el transporte de regreso a Mérida. Antes de partir, compraron dos refrescos en la tienda de la plaza y llenaron sus botellas de agua en una llave pública que había junto a la iglesia. Don Evaristo los vio prepararse y les hizo una última recomendación: “Si ven que se está nublando mucho, regrésense rápido. Por estos rumbos llueve de repente y los senderos se ponen resbalosos. Y no se alejen mucho de la orilla del cenote, porque algunos tienen corrientes raras en el fondo”. Iniciaron la caminata siguiendo las indicaciones del guía improvisado. El sendero era efectivamente más largo y menos definido que el de Yaal Utzil. Pasaron junto a milpas donde crecían plantas de maíz de altura desigual, solares con árboles frutales y, ocasionalmente, alguna casa rural de madera con techo de lámina donde los perros ladraban al verlos pasar. Mariana iba consultando constantemente su cuaderno para verificar que siguieran la ruta correcta, mientras Diego cargaba la mochila con sus pertenencias y mantenía un ritmo de caminata constante.

Después de 45 minutos de marcha bajo el sol, cada vez más intenso, llegaron finalmente al portón de madera que don Evaristo había descrito. Era una construcción rústica que formaba parte de una cerca de alambre que se perdía entre la vegetación. No había letrero ni señalización turística, solo un camino de tierra que continuaba hacia el interior del predio. “Aquí debe ser”, dijo Diego limpiándose el sudor de la frente. “Vamos a buscar a don Aurelio”. Gritaron “¡Buenos días!” varias veces antes de que apareciera un hombre de mediana edad desde una pequeña construcción de madera que no habían notado inicialmente entre los árboles. Don Aurelio, como efectivamente se llamaba, los saludó con cierta sorpresa. “¿Ustedes cómo supieron de este lugar?”, les preguntó mientras se acercaba secándose las manos en un trapo sucio. “Don Evaristo de la plaza nos dijo cómo llegar”, respondió Mariana mostrándole el mapa dibujado en su cuaderno. “¡Ah, sí, Evaristo me manda turistas de vez en cuando!”, dijo don Aurelio examinando el dibujo. “Pero no vienen muchos por acá porque está retirado y el camino no es fácil”. Les explicó que el cenote Zom Bacal estaba en terreno ejidal y que él era uno de los comisarios encargados de cuidarlo. “Cobramos 8 pesos por persona y pueden quedarse el tiempo que quieran. Nomás no tiren basura y no usen jabones en el agua”.

Pagaron los 16 pesos y siguieron a don Aurelio por un sendero aún más angosto que serpenteaba entre árboles de chicozapote y ceiba. “¿Vienen de muy lejos?”, preguntó el hombre mientras caminaban. “De Monterrey, estamos de luna de miel”, respondió Diego. “¡Ah, qué bueno! Van a ver que este cenote es muy diferente al de ayer. Es más hondo y el agua tiene otro color por los minerales”. Mariana inmediatamente anotó esta información en su cuaderno sin dejar de caminar. Cuando llegaron al borde del cenote Zom Bacal, comprendieron por qué don Evaristo había dicho que era más aventurero. A diferencia de la posa perfectamente circular y poco profunda de Yaal Utzil, este cenote tenía una forma irregular y parecía mucho más profundo. El agua era de un color azul verdoso, más opaco que el del día anterior, y estaba parcialmente sombreado por árboles grandes que crecían en los bordes rocosos. No había escaleras de madera ni plataformas construidas, solo una bajada natural entre las rocas donde podían acceder al agua. “¿Qué tan hondo está?”, preguntó Diego con cierta aprensión. “En algunas partes no se toca fondo”, respondió don Aurelio. “Pero ustedes se ven que saben nadar. No van a tener problemas. Nomás, no se metan a las cuevas que están por allá”, añadió señalando hacia un extremo del cenote donde se veía una abertura oscura en la pared rocosa. “Esas están conectadas con otros cenotes de por aquí, pero es fácil perderse adentro”.

Mariana se cambió de ropa detrás de unos árboles mientras Diego hacía lo mismo del otro lado del cenote. Cuando ambos estuvieron listos con sus trajes de baño, se acercaron cautelosamente al borde del agua. Era evidente que este cenote requería más precaución que el anterior. No había manera de entrar gradualmente, sino que tenían que lanzarse directamente desde las rocas. “Yo me aviento primero”, dijo Diego y se zambulló haciendo un gran chapuzón que resonó entre las paredes rocosas. “¡Está más fría que ayer!”, gritó desde el agua mientras nadaba hacia el centro. “Pero se siente muy bien”. Mariana se lanzó después, experimentando la sensación de caer varios metros antes de tocar el agua. Efectivamente, estaba más fría, pero también más refrescante dada la caminata bajo el sol. El agua tenía una textura diferente, más densa, y cuando intentaron sumergirse descubrieron que la visibilidad era menor debido al color verdoso.

Nadaron durante una hora explorando diferentes secciones del cenote. Diego se atrevió a acercarse a la entrada de la cueva que don Aurelio había señalado, pero sin intentar entrar. “Se ve muy oscuro allá adentro”, le gritó a Mariana, quien