Misteriosa desaparición de abuelita y nietos en Ecatepec tras fiesta de cumpleaños

La fotografía muestra tres sonrisas bajo globos de colores. Una abuela sostiene un refresco en la mano, dos niños, exhaustos tras el festejo, se acomodan a su lado. Están sentados en una banqueta de Ecatepec, bajo la luz tibia de un sábado cualquiera. Nada fuera de lo normal. Nadie imagina que, 58 horas después, un helicóptero sobrevolará una brecha lodosa donde apenas pasan las camionetas, que entre la maleza, un tambo oxidado guardará lo que nadie quiere encontrar: pedazos de esos mismos globos, enrollados, embarrados, mudos.
La pregunta no es qué pasó en el camino de regreso. La pregunta es por qué alguien se desvió hacia donde no había regreso.
Doña Alicia Romero, conocida como Licha por sus vecinos, lleva treinta años viviendo en Jardines de Morelos. A sus 62 años, vende gelatinas de cajita en la esquina los fines de semana y hace mandados cuando alguien necesita. No tiene carro, usa combi, a veces mototaxis, y carga bolsas pesadas. Pero ese sábado 16 de marzo de 2019, Licha no cargaba bolsas. Cargaba dos nietos y la sensación de haber comido demasiado pastel.
El cumpleaños era en Ciudad Azteca, en casa de su hermana. Dani, de nueve años, había correteado toda la tarde con los primos. Maya, de seis, se mantuvo pegada a la abuela, envuelta en su chamarra rosa que ya le quedaba corta de las mangas. Cuando la tarde empezó a oscurecer, Licha avisó que ya era hora de irse. La mamá de los niños trabajaba turno doble ese fin de semana en una tienda departamental. El papá andaba en otro lado. Licha era quien los cuidaba.
Salieron cerca de las 7:30 de la noche. La hermana les dio una Coca-Cola de 600 ml para el camino. Los niños querían llevarse los globos. Dani agarró dos, uno azul y uno naranja, ambos metálicos. Maya eligió uno plateado que brillaba con las luces de la calle. Las cintas eran largas, del tipo que se enredan fácil.
En la banqueta, frente a una papelería con letrero de recargas, la tía les tomó una foto. Licha en medio, suéter beige tejido, los niños a los costados con los globos flotando arriba. Un mototaxi verde pasó de largo. Detrás se veía un muro grafiteado y la tarde cayendo despacio. Nadie pensó que esa imagen circularía 48 horas después en todos los grupos de Facebook de la zona.
Caminaron tres cuadras hacia la base de combis. Licha conocía la ruta de memoria, Avenida Central, tomar el Mexibús o una combi que bajara hasta Jardines. Veinte minutos, máximo media hora si había tráfico. Los niños iban callados, ya cansados. Dani dejó que el globo naranja se le escapara a medio camino. No lloró. Maya apretó más fuerte la cinta del suyo.
Antes de llegar a la base, Licha entró a una tienda. Compró paletas y una botella de agua. La cámara de seguridad del negocio la registró pagando en el mostrador, los niños esperando junto a un exhibidor de dulces. Los globos se veían claros en la grabación. El azul ya estaba algo desinflado. El plateado todavía flotaba alto. Eran las 7:42 de la noche.
Salieron de la tienda y doblaron a la izquierda. Ahí empezaba un tramo sin alumbrado. A un lado había un terreno baldío cercado con malla rota. Del otro, una barda larga con un portón de lámina. Ese pedazo de calle siempre estaba oscuro. Los vecinos se quejaban, pero nunca pusieron los postes.
Un hombre que vive cerca declaró después que escuchó el frenazo de una camioneta, luego el ruido de una puerta corrediza cerrándose rápido, una voz grave que dijo: “Apúrale.” No vio placas, no vio color exacto. Cuando salió a la calle ya no había nadie, solo una cinta de globo tirada junto a la banqueta, todavía meciéndose con el viento.
Licha nunca llegó a la base de combis. Los niños tampoco. El teléfono de la abuela estaba apagado desde las 8 de la noche. A esa hora, en la casa de Jardines de Morelos, nadie sabía que algo andaba mal. La hija de Licha supuso que se habían quedado a dormir con la tía. No era raro. Los domingos en la mañana, cuando tampoco contestaban, empezó a preocuparse. Pero ya para entonces habían pasado 12 horas y en 12 horas tres personas pueden desaparecer muy lejos de donde alguien las busque.
El domingo 17 por la mañana la hija de Licha marcó cinco veces al celular de su mamá. Las cinco fueron directo al buzón. Mandó mensajes. Nada. Llamó a su tía, la del cumpleaños. La tía le dijo que se habían ido la noche anterior como a las 7:30 caminando hacia las combis. Ahí fue cuando el estómago le dio un vuelco. Primero pensó en un asalto, luego en un accidente, después dejó de pensar y empezó a moverse.
Llamó al papá de los niños, marcó a las vecinas de su mamá, publicó en los grupos de Facebook de Ecatepec. “Ayúdenme a encontrar a mi mamá y a mis hijos. Última vez vista ayer en la noche, Ciudad Azteca.” Subió la foto de la banqueta, la de los globos. En dos horas tuvo 400 comentarios.
A mediodía, un grupo de vecinos se organizó para peinar la zona. Salieron con lámparas, silbatos, un par de perros que alguien ofreció. Revisaron el baldío de la malla rota. Caminaron las orillas del canal de riego. Subieron a azoteas para ver si había algo tirado en los techos. Encontraron una cinta de globo embarrada en un charco, pero nadie pudo confirmar si era de los que llevaban los niños.
El papá de Dani y Maya llegó en la tarde. No dijo mucho. Tenía los ojos rojos. Se sumó a la búsqueda sin quitarse la chamarra, aunque hacía calor. Preguntaron en las bases de mototaxis, en las tiendas, en los puestos de tacos. Nadie recordaba haber visto a una señora con dos niños. O quizás sí, pero no estaban seguros. Los sábados hay mucha gente en la calle.
Uno de los mototaxistas dijo algo que les llamó la atención. Comentó que por las noches, en ese tramo oscuro del baldío, a veces se paraban combis y camionetas que no eran de rutas conocidas. Urbans blancas, algunas sin logotipo, transporte pirata que cobraba más barato y no pedía datos. Gente subía porque les quedaba de paso, pero nadie sabía quién manejaba ni a dónde iban después.
La hija de Licha no esperó más. El lunes 18 en la mañana fue directo a la Fiscalía General de Justicia del Estado de México, oficinas de Ecatepec. Llevó copias de identificaciones, la foto de la banqueta, capturas de pantalla de las últimas conversaciones con su mamá. Le abrieron carpeta de investigación, le pidieron paciencia, le dijeron que iban a solicitar los videos del C5, las cámaras de la zona.
Protección Civil de Ecatepec difundió un oficio de localización con las tres fotografías. Policía Municipal hizo lo mismo en sus redes. Los comentarios se multiplicaron. Algunos decían haber visto a una señora con niños subiendo a una combi en otra colonia. Otros juraban que los habían visto en Coacalco. Nada coincidía. Cada pista llevaba a otra calle vacía.
Mientras tanto, el tiempo seguía corriendo. Ya eran 36 horas. Los investigadores le explicaron a la familia que las primeras 72 horas eran críticas. Después de eso, las probabilidades cambiaban. No dijeron de qué manera. No hacía falta.
El lunes en la tarde, alguien llamó de forma anónima a la línea de emergencias. No dejó nombre. Dijo que había visto una urban blanca entrando de noche por una brecha entre Tecámac y San Lucas Jolocks, que le pareció raro porque no es zona de paso, que las llantas levantaban lodo, que la camioneta traía las luces apagadas. Colgó antes de que le preguntaran más.
Esa llamada llegó a oídos de protección civil de Tecámac. Coordinaron con policía municipal. Revisaron el mapa. La brecha que describía el anónimo era de terracería, usada por tractores y camionetas de carga, rodeada de parcelas y tiraderos clandestinos. Muy poca gente pasaba por ahí, salvo los que conocían el terreno. Era un buen lugar para esconder algo o para que algo no fuera encontrado.
Planearon un operativo para el día siguiente. Voluntarios, binomios caninos, personal de ambos municipios, checaron el pronóstico del clima. Había llovido el domingo por la noche. El terreno estaría lodoso, pero transitable. Avisaron a la familia que iban a hacer un barrido. No prometieron nada, solo dijeron que iban a buscar.
La mamá de los niños no durmió esa noche. Se quedó viendo el celular, actualizando las publicaciones, esperando que alguien dijera algo distinto, algo que sirviera. Afuera, Ecatepec seguía encendido, ruidoso, indiferente. Y en algún lugar entre el asfalto y la tierra, tres personas llevaban 58 horas sin que nadie supiera dónde.
El martes 19 amaneció gris. No llovía, pero el cielo tenía ese color de cuando va a caer agua en cualquier momento. El equipo se reunió a las 7 de la mañana en un punto de la carretera Lechería-Texcoco, cerca de la desviación hacia Tecámac. Había tres pickups de protección civil, dos patrullas de policía municipal, una camioneta de fiscalía con dos peritos y un grupo de doce voluntarios que llevaban palos, guantes y bolsas.
El coordinador del operativo desplegó un mapa sobre el cofre de una camioneta. Marcó con plumón rojo la brecha que había señalado la llamada anónima. Trazó un perímetro de búsqueda en forma de peine. Cada cuadrilla iba a avanzar en línea recta, separados por tres metros. Si alguien encontraba algo, levantaba la mano y se detenían todos. Nada de tocar, nada de mover. Primero avisar.
Les dieron chalecos reflejantes naranjas. Les explicaron que no era zona peligrosa, pero sí aislada, que había zanjas y basura enterrada, que movieran la maleza con cuidado. El papá de los niños preguntó si podía ir con ellos. Le dijeron que sí, pero que tenía que quedarse con uno de los grupos, no adelantarse. Él solo asintió. Traía puestos los mismos tenis con los que había caminado toda la búsqueda del domingo. Ya estaban embarrados hasta las agujetas.
Entraron a la brecha cerca de las ocho. El camino era angosto, con huellas de llanta marcadas en el lodo seco. A los lados crecía pasto alto, nopales, arbustos sin flores. Había pedazos de llantas viejas, botellas de plástico, un colchón podrido tirado junto a un poste caído. Más adelante se veía una cerca de alambre y detrás unas cuantas casas de block sin pintar.
Avanzaron despacio. Los perros iban adelante jalando las correas, olfateando el suelo. Uno de ellos se detuvo junto a un montón de ramas secas. El guía revisó. No había nada. Siguieron. El sol empezó a calentar. Algunos se quitaron las chamarras. El ruido era solo el de las botas contra la tierra y el jadeo de los animales.
A 200 metros del camino principal, uno de los voluntarios levantó la mano. Todos se detuvieron. El coordinador se acercó. El hombre señalaba hacia un punto entre la maleza, casi escondido por un nopal grande. Ahí había un tambo de metal azul oxidado con una lona negra encima amarrada con piedras. El tambo estaba de lado, como si alguien lo hubiera empujado y dejado caer.
El coordinador llamó a los peritos por radio. Les pidió a los demás que se alejaran cinco metros y formaran un círculo. Nadie hablaba. Algunos se pusieron los guantes sin que se los pidieran. Otros solo miraban el tambo tratando de calcular qué tan grande era, qué podía caber adentro.
Los peritos llegaron en diez minutos. Uno de ellos tomó fotografías desde varios ángulos. El otro empezó a levantar las piedras con cuidado, una por una. Quitó la lona. Debajo, la tapa del tambo estaba floja. La levantó despacio con las dos manos. Adentro había una bolsa de plástico negra de esas de basura gruesas anudada en la parte de arriba. Nadie se movió.
El perito sacó unas tijeras y cortó el nudo. Abrió la bolsa sin meter las manos. Con una vara de metal fue separando lo que había dentro. Primero salió una maraña de cintas largas de las que se usan para amarrar globos. Estaban embarradas de lodo seco con restos de hojas pegadas. Después aparecieron pedazos de globos metálicos arrugados, uno azul, uno naranja, uno plateado.
El papá de los niños se acercó dos pasos. Uno de los policías lo detuvo del brazo, pero él ya había visto, ya sabía. Se quedó parado ahí, con los brazos caídos, respirando por la boca. No dijo nada, no gritó, solo se dio la vuelta y caminó hacia las camionetas.
El perito siguió revisando. Dentro de la bolsa también había dos tickets de papel térmico del tipo que dan en las tiendas Oxxo o Seven. Estaban arrugados, pero se podía leer la fecha: 16 de marzo 2019, la hora 19:43, el lugar Ciudad Azteca. Los mismos tickets que la cámara de seguridad había registrado cuando Licha compró las paletas y el agua.
Alrededor del tambo, los peritos empezaron a marcar huellas. Huellas de llanta recientes, más anchas que las de un carro normal, pisadas de botas, manchas oscuras en la tierra que parecían de aceite, fibras de algo sintético, quizá de nylon enredadas en una rama. Pusieron números amarillos junto a cada cosa. Tomaron más fotos, llamaron para que llevaran bolsas de evidencia.
El coordinador pidió que extendieran el perímetro, otros cien metros en todas direcciones, que siguieran buscando ahora con más cuidado. El helicóptero que habían solicitado como apoyo llegó cerca de las diez de la mañana. Desde arriba el operativo se veía como un punto blanco rodeado de verde, las camionetas estacionadas en línea, la cinta amarilla que ya habían empezado a desenrollar, las siluetas de la gente caminando lento, agachándose, levantándose.
La noticia llegó a la familia antes del mediodía. No les dijeron todo, solo que habían encontrado objetos de interés que necesitaban que alguien fuera a confirmar. La mamá de los niños subió a una patrulla sin preguntar más. Durante el camino miró por la ventana, las manos apretadas sobre las rodillas.
Cuando llegaron a la brecha, vio el toldo blanco que habían montado como puesto de mando. Vio la cinta amarilla, vio el helicóptero alejándose hacia el norte. Entonces entendió que ya no estaban buscando personas, estaban buscando pistas de lo que les había pasado.
La mamá de los niños bajó de la patrulla con las piernas temblando. Un agente de protección civil se acercó y le pidió que esperara bajo el toldo. Le ofreció agua. Ella no la tomó, solo preguntó si podía ver lo que habían encontrado. El agente le dijo que primero tenía que hablar con el perito, que era protocolo. Ella asintió, pero no dejó de mirar hacia dónde estaba la cinta amarilla.
El perito salió de la zona acordonada después de veinte minutos. Traía puestos guantes de látex y una libreta en la mano. Se quitó el cubrebocas antes de hablar. Le explicó que habían localizado objetos personales que podrían pertenecer a su mamá y a sus hijos, que necesitaban confirmación visual, que no iban a mostrarle todo, solo fotografías de los artículos más reconocibles.
Le enseñó la pantalla de una tablet. Ahí estaban las imágenes, los globos metálicos arrugados, las cintas embarradas, los tickets con la fecha y hora. Ella se tapó la boca con las dos manos. Respiró hondo tres veces antes de poder hablar. Dijo que sí, que esos eran los globos, que Dani había elegido el azul y el naranja, que Maya no soltó el plateado en todo el camino, que su mamá siempre guardaba los tickets en la bolsa del suéter.
El perito anotó todo. Le preguntó si recordaba algún otro detalle, ropa que llevaran, algo que cargaran. Ella mencionó la Coca-Cola de 600 ml, la chamarra rosa de Maya, los tenis de Dani, que eran negros con franjas blancas, el suéter beige de su mamá, el mismo que traía en la foto. El perito siguió escribiendo. Le dijeron que iban a continuar con el rastreo, que si encontraban algo más le iban a avisar de inmediato, que por ahora lo mejor era que regresara a casa, que descansara, que mantuviera el teléfono prendido.
Ella preguntó si creían que seguían vivos. El perito no respondió directo, solo dijo que estaban trabajando en todas las líneas posibles, que no descartaban nada.
Cuando ella se fue, el equipo siguió peinando la zona. Revisaron debajo de piedras, dentro de bolsas de basura tiradas, detrás de arbustos. Uno de los perros se puso nervioso cerca de una zanja con agua estancada. El guía lo dejó olfatear. El perro rascó la tierra, pero no marcó nada. Siguieron adelante.
A media tarde encontraron otro objeto. Estaba a unos 50 metros del tambo, medio enterrado en el lodo. Era un pedazo de tela rosa desgarrado del tamaño de una mano. Tenía costuras en los bordes como de una chamarra o sudadera. Lo metieron en una bolsa de evidencia. Lo fotografiaron junto a una regla para escala. Anotaron las coordenadas exactas.
Más adelante, cerca de una brecha secundaria que se desviaba hacia un terreno con nopales, hallaron marcas de frenado. Las llantas habían dejado surcos profundos en el lodo, como si alguien hubiera acelerado de golpe o frenado en seco. Los peritos tomaron moldes de las huellas, midieron el ancho, calcularon que era un vehículo tipo camioneta o van, no un auto compacto.
Para las cinco de la tarde, el sol empezaba a bajar y la luz ya no era buena. El coordinador decidió suspender el operativo por ese día. Dejaron marcas en los puntos clave. Acordonaron un área más grande con cinta. Dos patrullas se quedaron montando guardia durante la noche. No querían que alguien llegara a contaminar la escena o a llevarse algo.
De regreso en Ecatepec, la noticia ya había explotado en redes. Los vecinos compartían las fotos del operativo, las tomas del helicóptero, los comentarios se dividían entre los que pedían justicia y los que especulaban. Algunos decían que había sido un secuestro que salió mal. Otros hablaban de trata, de venganza, de un ajuste por deudas. Nadie tenía pruebas, todos tenían teorías.
La fiscalía emitió un comunicado esa noche. Confirmaba que se había localizado evidencia relacionada con la desaparición de Alicia Romero y sus dos nietos, que la investigación seguía abierta, que se estaban analizando las muestras, que solicitaban a la ciudadanía cualquier información sobre vehículos sospechosos vistos en la zona de Ciudad Azteca la noche del sábado 16.
La línea de denuncias anónimas recibió 17 llamadas esa misma noche. Tres mencionaban una urban blanca sin placas. Dos hablaban de una camioneta gris con los vidrios polarizados. Una decía haber visto a un hombre cargando bultos en una brecha, pero no recordaba cuándo ni dónde exactamente. Otra juraba que había escuchado gritos cerca del canal, pero eso había sido el viernes, no el sábado. Cada llamada se registró. Cada dato se cruzó con los demás. Los investigadores armaban el rompecabezas pieza por pieza, pero todavía faltaban muchas y el tiempo seguía avanzando.
Ya habían pasado 72 horas desde la desaparición, el plazo que todos mencionaban, el que marcaba la diferencia entre encontrar a alguien vivo o encontrar otra cosa.
El miércoles 20 por la mañana, el equipo regresó a la brecha. Esta vez llevaban más personal. Habían sumado elementos de la policía de investigación y un especialista en rastreo de fiscalía. También trajeron un dron para tomar imágenes aéreas de alta resolución. Querían mapear cada metro del terreno, identificar puntos que desde el suelo no se veían.
El dron despegó a las 8:30, sobrevoló la zona en cuadrícula grabando todo. Las imágenes se transmitían en tiempo real a una laptop bajo el toldo. El especialista iba señalando áreas de interés, caminos secundarios, montículos irregulares, cambios en la vegetación que podían indicar tierra removida. Marcaron seis puntos para revisar a pie.
Mientras tanto, los peritos seguían procesando lo que habían encontrado el día anterior. Las fibras de nylon se mandaron a laboratorio para análisis. Los moldes de las llantas se compararon con bases de datos de vehículos comunes en la zona. El pedazo de tela rosa se cotejó con la descripción de la chamarra de Maya. Coincidía en color y tipo de costura.
Uno de los puntos que marcó el dron llamó la atención. Estaba a unos 300 metros del tambo en dirección opuesta al camino principal. Ahí el terreno bajaba un poco y formaba una ondonada natural. Había menos vegetación. La tierra se veía más oscura, como si hubiera estado húmeda por más tiempo. Decidieron empezar por ahí.
Llegaron al lugar cerca de las diez. Formaron el mismo perímetro de búsqueda. Los perros iban adelante. Uno de ellos, un pastor alemán, empezó a ladrar y a escarvar junto a un matorral seco. El guía lo detuvo, llamó al perito. Se acercaron con palas y rastrillos, quitaron la capa superior de tierra. A unos 20 cm de profundidad encontraron más pedazos de tela, fragmentos pequeños, algunos con lodo incrustado, otros medio quemados en las orillas. También apareció un pedazo de plástico transparente del tipo que se usa para envolver cosas. Tenía residuos pegados que parecían orgánicos, pero no se podía confirmar sin laboratorio.
Siguieron cavando con cuidado. A medio metro hallaron algo más sólido. Era un tenis negro con franjas blancas. Talla infantil. El perito lo levantó con pinzas, le tomó fotos desde todos los ángulos, lo metió en una bolsa. Uno de los agentes volteó a ver al coordinador. Nadie dijo nada, pero todos entendieron.
Extendieron la excavación en círculo. Removieron otros 50 cm de tierra. Encontraron una playera azul enrollada, sucia, con manchas oscuras que podrían ser lodo o algo más. Un pedazo de cinta gris de las que se usan para empacar, un broche de plástico de los que traen algunas chamarras infantiles. Todo se documentó, todo se embaló.
A las 12 del día suspendieron la excavación, no porque hubieran terminado, sino porque necesitaban equipo más especializado. Llamaron a un antropólogo forense. Pidieron georadar para escanear el subsuelo sin tener que seguir cavando a ciegas. Acordonaron el área completa y pusieron vigilancia permanente.
La familia se enteró a media tarde. Esta vez no los llevaron al lugar, solo les informaron por teléfono. Les dijeron que habían localizado más objetos que estaban en proceso de identificación, que en cuanto tuvieran resultados de laboratorio les iban a notificar oficialmente. La mamá de los niños preguntó si ya sabían dónde estaban. La respuesta fue un silencio largo, seguido de un “todavía estamos trabajando en eso”.
Esa tarde el caso llegó a los noticieros locales. Televisoras de la Ciudad de México mandaron unidades móviles a Tecámac. Reporteros intentaron entrar a la brecha, pero la policía no los dejó pasar. Se quedaron grabando desde la entrada. Entrevistaron a vecinos. Algunos dijeron que siempre habían visto movimiento raro por esa zona, que en las noches pasaban camionetas sin luces, que tiraban basura, a veces animales muertos, que nadie se metía porque no era seguro.
Un hombre mayor que tenía una parcela cerca comentó que el sábado en la noche había escuchado un motor acelerando fuerte, que le pareció raro porque no era hora de que pasaran tractores, que vio luces alejándose rápido por la brecha, pero no alcanzó a ver qué tipo de vehículo era, que al día siguiente, cuando fue a revisar sus nopales, notó huellas frescas en el camino que no le dio importancia hasta que vio el operativo.
Mientras los reporteros hacían su trabajo, adentro de la zona acordonada, los investigadores seguían revisando cada centímetro. Levantaron muestras de tierra de cinco puntos distintos. Buscaron indicios de combustible, de acelerantes, de cualquier químico que pudiera dar una pista. Documentaron cada piedra fuera de lugar, cada rama rota, cada irregularidad en el suelo.
El antropólogo forense llegó al caer la tarde, revisó la ondonada con una linterna de luz ultravioleta. En algunas zonas detectó fluorescencia, lo que podía indicar fluidos biológicos. Marcó esos puntos con banderines naranjas. Explicó que al día siguiente iban a hacer excavaciones controladas en esas áreas específicas, que el georadar llegaría en la mañana, que era importante no precipitarse.
Para cuando terminó el día, el sol ya se había ocultado detrás de las montañas. Las sombras cubrían la brecha completa. Las camionetas encendieron las torretas para iluminar la zona. Desde lejos, el lugar parecía un set de filmación. Luces brillantes en medio de la oscuridad, siluetas moviéndose despacio, cinta amarilla ondeando con el viento y en algún lugar entre toda esa tierra removida, las respuestas que tres familias llevaban cuatro días esperando.
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