Pareja joven desaparece en Alaska: nueve meses después, un guardabosques revela un secreto aterrador en el bosque

La fría llovizna del 12 de septiembre de 2022 caía persistentemente sobre Cooper Landing, Alaska, empapando los senderos de grava entre las cabañas rústicas del Kennai River Lodge. Brenda Riley, gerente del lodge durante casi dos décadas, recorría las habitaciones con su inseparable portapapeles, acostumbrada a la paciencia y al trato con turistas que rara vez seguían los horarios previstos. Aquella mañana, la cabaña 7 estaba asignada a una joven pareja de Oregón: Tessa Sullivan y Finn Hoffman. Ambos debían dejar la habitación antes de las 11:00 a.m., pero al acercarse el mediodía, el coche de alquiler no estaba y la llave no había sido devuelta.

Brenda golpeó la puerta con firmeza. Ninguna respuesta. Llamó a los huéspedes por su nombre, la voz perdiéndose entre el murmullo del bosque mojado. Tras un segundo intento fallido, abrió la puerta con la llave maestra. El interior estaba frío y silencioso, como si el tiempo se hubiera detenido. Sobre la mesa, un ejemplar muy usado de “Aves de la Costa del Pacífico” marcaba una página con un recibo de una cafetería de Anchorage. Una chaqueta ligera de mujer colgaba sobre una silla. En el baño, los cepillos de dientes seguían en su vaso, el champú destapado en la ducha. Dos maletas grandes, una azul y otra negra, estaban listas junto a la pared, como si esperaran una salida que jamás ocurrió. Solo faltaban las personas y su coche de alquiler.

Brenda sintió una inquietud familiar, pero más profunda. No era raro que los huéspedes perdieran la noción del tiempo en una última caminata, pero abandonar todo su equipaje era alarmante. Decidió esperar unas horas más.

Al caer la tarde, sin señales de la pareja, Brenda intentó llamar al número que figuraba en la reserva. Fue directo al buzón de voz. Durante las siguientes 24 horas, la ansiedad creció. La cabaña permanecía intacta, como un instante congelado de vidas interrumpidas.

Finalmente, la tarde del 13 de septiembre, Brenda llamó a la policía estatal de Alaska. Explicó con calma la situación: Tessa Sullivan, 27, y Finn Hoffman, 28, se habían ido hacía más de un día, no hicieron el checkout, dejaron todas sus pertenencias y su coche de alquiler había desaparecido. La información llegó al sargento Miles Corrian, veterano de la policía estatal, quien entendía que en Alaska la línea entre un simple contratiempo y una emergencia podía ser muy fina.

Corrian contactó a las familias. El hermano mayor de Finn, en Portland, confirmó que la pareja estaba de vacaciones en Alaska, su primer viaje a ese estado. El último mensaje recibido era un texto alegre de Finn, enviado tres días antes, el 9 de septiembre, diciendo que iban a hacer senderismo por el Slaughter Gulch Trail.

Con este dato, la investigación se enfocó. Se confirmó el modelo del coche de alquiler: un Ford Escape gris, matrícula de Alaska. Un agente fue al inicio del Slaughter Gulch Trail, a varios kilómetros del lodge. En el aparcamiento solo había cuatro vehículos, ninguno era el Ford Escape. La ausencia del coche era desconcertante: los excursionistas desaparecidos suelen dejar su vehículo en el punto de partida. ¿Habían llegado siquiera al sendero? ¿O tuvieron problemas en otro lugar?

Se inició una búsqueda limitada. Un helicóptero estatal sobrevoló la zona, mientras dos agentes recorrían los primeros kilómetros del sendero a pie, sin encontrar rastro alguno: ni botellas, ni huellas, ni nada que indicara que la pareja estuvo allí.

Al anochecer del 13 de septiembre, la policía estatal emitió un boletín público: Tessa Sullivan y Finn Hoffman estaban oficialmente desaparecidos. Sus sonrientes rostros, tomados de una foto familiar, circularon por los medios y redes sociales, acompañados de súplicas de información.

Los primeros dos días se convirtieron en una semana. La desaparición dejó de ser una preocupación local y se transformó en una operación de búsqueda a gran escala, con equipos de rescate, voluntarios, perros rastreadores y helicópteros. El Ford Escape gris se volvió el fantasma central: la pieza clave que nadie lograba ubicar. Si estaban perdidos, ¿dónde estaba el coche?

La investigación se centró en el perfil de la pareja. Tessa, diseñadora gráfica, era meticulosa y alegre, la planificadora del dúo. Finn, ingeniero de software, espontáneo y aventurero, siempre buscando caminos alternativos. Ambos tenían experiencia en senderismo por la Cordillera de las Cascadas, pero Alaska era un mundo aparte: más salvaje, más impredecible, más peligroso.

La hermana de Tessa proporcionó una foto que pronto se hizo viral: la pareja abrazada, sonriente, vibrante. La imagen humanizó el caso, haciéndolo cercano a cualquiera que la viera.

En el puesto de mando, Corrian y su equipo debatían teorías. ¿Habían cambiado de planes y tomado otro camino? ¿Se habían metido por una carretera secundaria y el coche se averió? ¿O fue un encuentro criminal? La segunda hipótesis era inquietante, pero los crímenes violentos al azar eran raros en la región.

La búsqueda fue ardua y frustrante. El otoño de Alaska se imponía: lluvias heladas, barro, vegetación densa. Los perros rastreadores no lograban avanzar. Cada posible pista resultaba un callejón sin salida. El paisaje, vasto e implacable, podía tragarse a dos personas sin dejar rastro.

Al octavo día surgió una esperanza: un anciano en una gasolinera aislada, 100 km al sur de Cooper Landing, aseguró haber visto a la pareja, algo perdida, preguntando por caminos hacia la costa y comprando un mapa. Recordaba un SUV gris, posiblemente un Ford. Era un testimonio frágil, pero era lo único concreto. Los agentes revisaron las cámaras de seguridad, pero las grabaciones estaban corruptas. La pista se desvaneció, llevándose consigo moral y tiempo valioso.

A medida que septiembre se convertía en octubre, la realidad se imponía. Los equipos se reducían, la atención mediática disminuía, los mapas se llenaban de cuadrículas tachadas: enormes esfuerzos sin resultados. La nieve cubría las montañas, el frío sellaba cualquier esperanza de encontrar a la pareja con vida.

A mediados de octubre, con temperaturas bajo cero y la nieve cubriendo todo, el sargento Corrian anunció la suspensión de la búsqueda activa. El caso pasaba a ser un expediente abierto pero inactivo: un caso frío. Para las familias en Oregón, la incertidumbre se volvió un dolor permanente.

El invierno se instaló en la península de Kennai, ocultando bajo su manto blanco el secreto de lo ocurrido a Tessa y Finn.

Nueve meses después, la nieve de 2022-2023 finalmente se retiró. El paisaje de Alaska explotó en un verde violento, los ríos se hincharon y el aire se llenó de mosquitos y el aroma de tierra húmeda. El caso de la pareja desaparecida dormía en los archivos de la policía estatal, sin respuestas.

El 5 de junio de 2023, el guardabosques Elias Vance patrullaba una remota carretera de servicio en el Canai National Wildlife Refuge. Su tarea era rutinaria: inspeccionar estaciones de cebo para osos antes de la temporada de caza. Al acercarse a la estación KB117, lo primero que notó fue el olor: una dulzura nauseabunda mezclada con fermentación. Supuso que algún cazador había usado cebo prohibido o en exceso.

En la pequeña claro del bosque, encontró una escena grotesca: un enorme barril azul industrial derramaba una montaña de pasteles en descomposición y maíz, rodeados de una nube de moscas y avispas. Pero lo que más le impactó fue el hedor subyacente: no era solo comida podrida, era el olor de la descomposición animal… o humana.

Vance se acercó al barril, conteniendo la respiración. Entre la masa de pasteles y maíz, vio algo que no encajaba: las suelas de dos botas de excursionismo negras, cubiertas de lodo, asomando de la mezcla. Eran piernas humanas. Vance retrocedió, helado de terror, y llamó por radio a la policía estatal, reportando el hallazgo de un cadáver.

Cuarenta minutos después, el sargento Corrian llegó y acordonó la zona. La recuperación fue lenta y minuciosa. El cuerpo, masculino, vestido con ropa de senderismo, fue trasladado a la morgue. Dos días después, los registros dentales confirmaron la identidad: era Finn Hoffman.

Pero el informe forense cambió todo. Finn no murió por ataque animal ni accidente: fue asesinado de un golpe contundente en la cabeza. Además, el estado de descomposición revelaba que el cuerpo solo había estado expuesto al ambiente por una o dos semanas. Durante los otros ocho meses y medio, Finn estuvo congelado en algún lugar. No fue un accidente: era un homicidio premeditado. Y lo más inquietante: ¿dónde estaba Tessa Sullivan?

La investigación resucitó. El hallazgo del cuerpo de Finn en el barril, con pasteles específicos de una panadería de Anchorage, llevó a los agentes a rastrear la distribución de esos productos. El barril tenía un sello de una planta pesquera cerrada hacía años. El cebo estaba registrado a nombre de Silas Croft, un guía de caza conocido por su carácter huraño, pero sin pruebas directas contra él.

Mientras tanto, la presión pública crecía. La teoría de que Tessa pudiera estar implicada surgió, pero no encajaba con la evidencia ni con lo que se sabía de la pareja.

El avance crucial vino por azar. El 10 de julio de 2023, dos hermanos pescadores de Anchorage, explorando el lago Tosamina, vieron un destello metálico bajo el agua clara, a 30 metros de la orilla. Al acercarse, reconocieron la silueta de un coche sumergido: era el Ford Escape gris. Llamaron a la policía. El rescate fue complejo. El coche fue extraído y enviado a un taller de pruebas. El GPS, tras arduos trabajos de recuperación de datos, reveló que el vehículo nunca fue al Slaughter Gulch Trail. En cambio, llegó hasta el lago Tosamina, justo al límite de una gran propiedad privada.

El dueño de la parcela, Alistister Finch, era un hombre de 68 años, sin antecedentes, que vivía aislado desde hacía dos décadas. En la subasta de la planta pesquera había comprado varios barriles similares al del crimen. La policía tenía ahora una conexión directa: el barril, el coche y la tierra de Finch.

Con una orden judicial, la policía irrumpió al amanecer en la propiedad de Finch. Encontraron la cabaña oculta entre los árboles, y a Finch sentado, resignado, como si los esperara. La búsqueda reveló un congelador industrial recientemente limpiado y, en un armario, la mochila turquesa de Tessa, con su identificación dentro.

Ante la evidencia, Finch confesó. Relató que el 9 de septiembre había encontrado el Ford Escape atascado en el lodo cerca de su terreno. La pareja pidió ayuda, pero su paranoia y territorialidad lo hicieron reaccionar con hostilidad. Tras una discusión, golpeó a Finn en la cabeza con la culata del rifle, matándolo al instante. Obligó a Tessa, aterrada, a entrar en su cabaña y la mantuvo cautiva durante meses. Ocultó el cuerpo de Finn en el congelador y hundió el coche en el lago. En mayo, Tessa logró escapar por una ventana mientras Finch cortaba leña. Finch buscó sin éxito. Al derretirse la nieve, no pudo seguir ocultando el cuerpo de Finn y lo desechó en el barril, esperando que los osos destruyeran la evidencia.

Nunca supo qué fue de Tessa. La policía organizó una búsqueda centrada en la dirección de huida que Finch describió. Semanas después, en agosto, un equipo encontró un refugio improvisado bajo las raíces de un árbol, a varios kilómetros de la cabaña. Allí estaban los restos de Tessa. El forense determinó que sobrevivió varios días, alimentándose de bayas, pero finalmente sucumbió al frío y la inanición.

Finch fue condenado por asesinato y secuestro. En el juicio, era un hombre vacío, consumido por su aislamiento y paranoia. Fue sentenciado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad.

El caso se cerró oficialmente, pero las familias jamás hallaron paz. Las últimas semanas de Tessa y Finn, llenas de horror y desesperación, dejaron una herida imposible de sanar. Lo que comenzó como una aventura soñada en Alaska terminó en una de las tragedias más oscuras de su historia reciente.

La imagen de la pareja, sonriente y llena de vida, quedó como testimonio de la fragilidad de la felicidad y del abismo al que puede llevar el miedo y la soledad humana.