“5 años de matrimonio sin tocarme… ¡Esa noche me rozó y rompió el divorcio!”
Lan tenía 29 años y el aura de una mujer que había encontrado la paz en la tormenta. Ante los ojos del mundo, su matrimonio con Huy era una balsa de aceite; no había gritos, ni escándalos, ni reproches públicos. Sin embargo, tras la puerta de su habitación, el frío era más intenso que en el más crudo invierno.
Durante cinco años de matrimonio, Lan nunca supo lo que era sentirse deseada. Huy, su esposo, mantenía una distancia absoluta, retrocediendo un paso cada vez que ella intentaba acercarse. Al principio, Lan pensó que era timidez, pero los meses se convirtieron en años y el contacto físico brillaba por su ausencia. El dolor de ser rechazada se transformó en una herida abierta que supuraba soledad en medio de la noche.
La presión no solo venía del silencio de Huy. Su suegra y su cuñada, Thao, se encargaban de rociar sal en la herida. En cada cena familiar, lanzaban dardos envenenados:
—¿Qué clase de nuera no puede procrear después de cinco años? Seguro tiene algún problema —decían, asegurándose de que Lan las oyera.
Lan soportaba todo con una sonrisa marchita, refugiándose en la cocina, esperando un milagro. Huy nunca la defendía; se limitaba a mirar su plato en un silencio sepulcral. Lan llegó a dudar de todo: ¿Tenía él una amante? No. Huy siempre llegaba a tiempo y su teléfono no ocultaba secretos.
El punto de quiebre llegó una tarde mientras Lan organizaba el archivador familiar. Un sobre gris cayó al suelo. Al abrirlo, el corazón se le detuvo: era una demanda de divorcio firmada por Huy. Sin discusiones previas, sin explicaciones. Él planeaba abandonar el matrimonio en el mismo silencio en el que la había mantenido prisionera durante un lustro.
Esa noche, Lan no durmió. En la oscuridad, observaba la luz que salía del estudio de Huy. Él no entraba en la habitación y ella no salía. Eran dos extraños compartiendo un techo, separados por un abismo de secretos.
La tensión estalló una noche en la que Huy, sintiendo quizás una última pizca de remordimiento, decidió cargar a Lan hasta la cama después de encontrarla dormida en el sofá. Fue la primera vez en cinco años que sus cuerpos estuvieron tan cerca. El calor de Huy era abrumador, casi doloroso por lo desconocido.
Al recostarla, Huy extendió la mano con cautela, como si temiera que ella se desvaneciera. Sus dedos rozaron el abdomen de Lan, justo donde una larga cicatriz surcaba su piel desde la juventud. En ese instante, Huy palideció. Sus ojos se abrieron con un horror genuino y retiró la mano como si se hubiera quemado con brasas.
—Lan… ¿esto es de una cirugía? —balbuceó él, temblando.
Lan, con lágrimas en los ojos, explicó que a los 18 años le habían extirpado un tumor ovárico, pero que el médico aseguró que aún podía ser madre.
Huy se hundió en el borde de la cama, sollozando con una fuerza que Lan nunca le conoció.
—¡Dios mío! Todos estos años pensé que tú no podías concebir y que me lo ocultabas por vergüenza —confesó Huy entre jadeos—. Pero la verdad es que el cobarde soy yo.
Huy reveló su mayor secreto: a los 20 años tuvo un accidente de tráfico que afectó sus nervios, dejándolo con una disfunción que lo hacía sentir “menos hombre”. Por miedo a decepcionarla, por pavor a ver en sus ojos la lástima, decidió no tocarla nunca. Prefirió ser el esposo frío que el esposo “defectuoso”. Huy creía que al divorciarse le daba a ella la oportunidad de encontrar a alguien “completo”.
Lan no sabía si gritar o abrazarlo. Todo el veneno de la suegra, toda la soledad de cinco años, se basaba en una red de malentendidos alimentada por el orgullo herido de Huy.
—El divorcio no es la solución, Huy. La verdad lo es —dijo Lan, tomando sus manos.
Al día siguiente, frente a su madre y su hermana, Huy hizo lo que nunca se atrevió. Puso los informes médicos sobre la mesa y defendió a su esposa.
—Lan no es el problema. El problema he sido yo y mi miedo —declaró con una firmeza que dejó a su madre muda.
Acto seguido, Huy tomó los papeles del divorcio que había guardado tanto tiempo y los rasgó en mil pedazos frente a su familia. Los trozos cayeron al suelo como pétalos marchitos, marcando el fin de una era de sombras.
Pocas semanas después, la pareja se mudó a un pequeño apartamento, lejos de las lenguas viperinas de la familia. No era un palacio, pero era un hogar. Empezaron un tratamiento juntos, no solo médico, sino emocional. Lan descubrió que el matrimonio no es una historia de perfección, sino de valentía para mostrar las cicatrices. Por primera vez en cinco años, Huy no se alejó cuando ella se acercó; se quedó allí, sosteniendo su mano, listo para empezar de nuevo.
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