“A mis 37 años me casé con un ‘tonto’. El día que di a luz, él desapareció; al día siguiente, 30 autos de lujo llenaron mi calle.”

A los 37 años, Lan ya se había resignado a que su vida sería un ciclo eterno de soledad en la pequeña choza de paja que compartía con su madre, al final de la Aldea de las Nubes. En un entorno rural donde las mujeres se casan jóvenes, ella era considerada “pasada de tiempo”. Lan no era fea; de joven fue la más hermosa, pero la muerte temprana de su padre la obligó a quedarse para cuidar de su madre, la señora Cuc.

El destino, sin embargo, tenía un plan trazado con ironía. Una tarde de tormenta, Lan encontró a un hombre herido y desorientado a la orilla del arroyo. Estaba sucio, con una herida grave en la cabeza y no recordaba nada. Al despertar, el hombre mostraba la inocencia y la torpeza de un niño pequeño. Ante las burlas venenosas de los vecinos, Lan tomó una decisión que todos calificaron de locura: se casó con él para protegerlo. Lo llamó Lâm. No sabía que ese acto de compasión pura sería el inicio de un cuento de hadas que transformaría su destino y el de toda la aldea.

La vida con Lâm fue, contra todo pronóstico, el periodo más pacífico de Lan. Aunque su mente era la de un niño, Lâm poseía una fuerza física prodigiosa y un corazón de oro. Él se convirtió en el motor de la casa: cargaba agua, cortaba leña y trabajaba los arrozales con una energía incansable. Su amor por Lan era simple y absoluto; cada día le traía flores silvestres y la miraba con una devoción que ningún hombre “inteligente” le había ofrecido jamás.

Fruto de esa unión nacieron dos hijos, Tit y Na, quienes a diferencia de su padre, resultaron ser niños excepcionalmente brillantes y rápidos. Sin embargo, la felicidad de la familia era una espina en el ojo de la vecina Man, una mujer amargada que no perdía oportunidad para humillarlos, llamando a Lâm “parásito” y sembrando dudas sobre la paternidad de los niños. Lan soportaba todo con la frente en alto, refugiada en la sonrisa honesta de su esposo.

Cinco años pasaron hasta que Lan quedó embarazada por tercera vez. El embarazo fue difícil y, una noche, el parto se adelantó. En medio de la oscuridad y sin transporte, Lâm demostró su heroísmo una vez más: cargó a Lan en una camilla de bambú sobre sus espaldas y corrió durante dos horas a través de colinas y caminos fangosos hasta llegar al hospital del distrito.

Lan dio a luz a un niño sano, pero al despertar de la cirugía, Lâm había desaparecido. Su madre le contó que, tras ver que ella estaba a salvo, Lâm salió corriendo diciendo que debía buscar algo “muy importante”. No regresó esa noche, ni la siguiente. La aldea se llenó de rumores: “El tonto se cansó y huyó con otra”, decían. Lan, con el corazón destrozado y el cuerpo débil, regresó a la aldea en un carro de carga, enfrentando la humillación pública de ser una mujer abandonada.

El momento de mayor tensión ocurrió cuando el carro que transportaba a Lan y a su bebé llegó a la entrada de la Aldea de las Nubes. El pueblo estaba sumido en un caos de murmullos. No era por la llegada de Lan, sino por lo que bloqueaba el camino: una flota de 30 autos de superlujo —Rolls-Royce, Maybach, Bentley— alineados en el estrecho sendero de tierra.

De un Rolls-Royce Phantom negro azabache, un chofer con guantes blancos abrió la puerta. Un hombre bajó. Vestía un traje de diseñador hecho a medida y emanaba un aura de poder y frialdad que helaba la sangre. Era Lâm. Pero ya no era el Lâm ingenuo. Su mirada era afilada, su postura aristocrática.

El administrador de la familia anunció la verdad ante los aldeanos estupefactos: Lâm era en realidad Tran Hoang Lam, el presidente del Grupo Real, una de las corporaciones inmobiliarias más grandes del país. Cinco años atrás, un atentado provocado por su tío para quedarse con la herencia causó el accidente que le hizo perder la memoria. La noche del parto, Lâm sufrió una caída en el bosque mientras buscaba hierbas medicinales para Lan; el golpe en el mismo lugar de la herida original restauró sus recuerdos perdidos, pero borró temporalmente su vida en la aldea. Al recuperar la conciencia plena de quién era, activó su red de seguridad para regresar y reclamar su lugar.

Lam caminó hacia el humilde carro de carga. Ante los ojos de la malvada vecina Man y de todo el pueblo que lo había despreciado, el poderoso presidente se arrodilló en el lodo frente a Lan.

—”Perdóname, Lan. No te abandoné, simplemente olvidé cómo volver a casa”, susurró con lágrimas en los ojos.

Frente a la multitud, declaró a Lan como la única y legítima Primera Dama del Grupo Real y a sus hijos como los únicos herederos. Luego, con una frialdad quirúrgica, confrontó a la vecina Man, entregándole una suma de dinero que llamó “el pago por cada insulto y cada trabajo forzado que me impusiste”, dejándola en la más absoluta vergüenza pública.

La historia cerró un ciclo de justicia y amor. Lâm desmanteló la traición de su tío, quien terminó en prisión de por vida por el intento de asesinato. Lan no se convirtió solo en una esposa de sociedad; estudió, se capacitó y asumió la vicepresidencia del grupo, demostrando que su inteligencia siempre estuvo allí, solo esperando una oportunidad.


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La Aldea de las Nubes dejó de ser pobre. Lâm invirtió en carreteras, escuelas, hospitales y transformó el lugar en un modelo de turismo ecológico, devolviendo con creces la bondad que la tierra le brindó cuando no tenía nada. Cada fin de semana, la familia regresa a la choza original, ahora restaurada, para recordar que la verdadera riqueza no está en los 30 autos de lujo, sino en el corazón de la mujer que fue capaz de amar a un “tonto” sin esperar nada a cambio. La historia de Lan y Lâm se convirtió en la leyenda de la aldea: un recordatorio de que, después de la tormenta más oscura, el amanecer siempre es más brillante para los que siembran bondad.

Misión: Narrar la historia de Lan, una mujer de 37 años que rescata a un hombre amnésico y “tonto” llamado Lâm. Se casan y viven en la pobreza durante cinco años. El día que ella da a luz a su tercer hijo, él desaparece. Al día siguiente, regresa con una flota de 30 autos de lujo revelando que es el presidente de una corporación masiva. El relato termina con la justicia contra quienes los maltrataron y el florecimiento de su amor y de su aldea.