Cuando atacaron a Pedro Infante en público, Cantinflas hizo algo que pocos vieron

Era 12 de marzo de 1955, un sábado por la noche en el teatro de la Ciudad de México y la ceremonia de los premios de la Asociación Nacional de Actores estaba llegando a su punto culminante. Las luces brillaban sobre los vestidos de lentejuelas y los smokines impecables. La élite del cine mexicano se había reunido para celebrar otro año dorado de su industria.

Mario Moreno Cantinflas estaba sentado en la quinta fila, incómodo en su traje formal. Odiaba estos eventos, la pompa, la artificialidad, las sonrisas falsas y los abrazos vacíos, pero había prometido asistir porque su amigo Pedro Infante estaba nominado a mejor actor por su papel en la escondida. Pedro estaba sentado tres filas más adelante con su esposa, luciendo tranquilo como siempre, con esa sonrisa amable que hacía que millones de mexicanos lo adoraran.

No era solo su apariencia, aunque ciertamente era guapo, era algo más profundo, una calidez genuina, una humildad que brillaba incluso en medio de toda su fama. La categoría de mejor actor fue anunciada. Pedro ganó como todos esperaban. se levantó entre aplausos ensordecedores, besó a su esposa, caminó hacia el escenario con esa gracia natural que lo caracterizaba, recibió el premio, dio un discurso breve y emotivo, agradeciendo a sus colegas, a su familia, al público mexicano que lo había apoyado. Todo iba perfecto, hasta

que no lo fue. Cuando Pedro terminó su discurso y comenzó a bajar del escenario, un hombre se levantó de su asiento en la sección de prensa. Era Armando Celis, un periodista de espectáculos conocido por sus artículos venenosos, por su lengua afilada, por su habilidad para destruir reputaciones con palabras.

“Señor infante”, gritó Celis, su voz cortando el aplauso. Pedro se detuvo girándose hacia la voz. El teatro quedó en silencio. Todos sintieron que algo malo estaba por suceder. “Sí”, respondió Pedro educadamente, sin saber qué esperar. Tengo una pregunta para usted”, continuó Celis ahora poniéndose completamente de pie. ¿No le da vergüenza aceptar ese premio sabiendo que usted no es un actor real? Sabiendo que es simplemente un rostro bonito que la industria ha decidido vender al público.

Un producto fabricado sin talento genuino. El silencio se volvió absoluto. Muero. Nadie se movía, nadie respiraba. Pedro se quedó congelado en los escalones del escenario, su rostro perdiendo color. Mario sintió su sangre hervir instantáneamente. Disculpe, logró decir Pedro, su voz apenas audible en el micrófono que todavía estaba cerca.

Lo que escuchó, respondió Celis con crueldad calculada. Usted no tiene entrenamiento formal, no ha estudiado actuación, simplemente canta bonito y sonríe para la cámara. Ese premio debería ir a alguien con verdadero talento teatral, no a un cantante de cantina convertido en estrella de cine por marketing inteligente. El teatro estalló.

Murmullos de indignación. Algunos gritaban a Celis que se callara, otros abucheaban. Pero Celis continuó alimentado por la reacción. Sus películas son todas iguales. El charro guapo que canta canciones. No hay profundidad, no hay técnica, no hay arte real, solo entretenimiento superficial para masas que no saben reconocer actuación verdadera cuando la ven.

Pedro Infante, el hombre que nunca perdía la compostura, el hombre conocido por su gracia bajo presión, parecía completamente destruido. Su mano apretaba el premio, tan fuerte que sus nudillos estaban blancos. Sus ojos buscaban algún lugar donde esconderse. La humillación estaba pintada en cada centímetro de su rostro.

Mario no lo pensó. Se levantó de su asiento y comenzó a caminar hacia el escenario. La gente se apartaba a su paso. Cantinflas, caminando con propósito, era una fuerza de la naturaleza. Todos esperaban una confrontación épica. Esperaban que Mario destruyera a Celis con palabras, que lo humillara de vuelta, que defendiera a Pedro con el mismo veneno que Celis había usado.

Pero Mario no hizo nada de eso. Subió al escenario, caminó directamente hacia Pedro y puso su mano en el hombro de su amigo. Luego se giró hacia la audiencia, hacia Celis, hacia las cámaras que estaban capturando cada segundo de este desastre. Don Armando”, dijo Mario calmadamente, su voz llegando a cada rincón del teatro.

Tiene razón en algo. Pedro no estudió en conservatorios europeos. No tiene certificados de academias prestigiosas colgando en su pared. ¿Sabe por qué? Porque estaba demasiado ocupado trabajando desde los 13 años para mantener a su familia. demasiado ocupado aprendiendo música en cantinas porque no podía pagar maestros formales, demasiado ocupado viviendo las experiencias reales que luego trae a sus personajes.