CUANDO LA ESPOSA SE RINDE
La felicidad no siempre se desvanece por una gran tragedia o por la pobreza extrema; a veces, simplemente se agrieta en el silencio absoluto de la indiferencia. Khuê y Tây se casaron hace siete años bajo las bendiciones de ambas familias, convencidos de que el esfuerzo mutuo haría florecer su hogar. Hoy, con dos hijos —un niño y una niña—, Khuê se siente más sola que nunca. A pesar de vivir bajo el mismo techo, la comunicación ha muerto. Ella se ha convertido en una “ama de llaves de lujo”, un instrumento para que Tây cumpla su meta social de tener una familia, mientras él se mueve por la casa como una sombra fría y distante.
La vida diaria de Khuê es una rutina robótica. Al salir del trabajo, corre a recoger a sus hijos. Mientras otras madres disfrutan el momento, ella lucha con el agotamiento. Una tarde, en la escuela, se encontró con Thúy, una antigua compañera de clase que lucía radiante. Thúy presumía de su esposo atento, quien le daba tiempo y dinero para cuidarse. Khuê, con la ropa empapada en sudor y el cabello desaliñado, solo pudo sonreír con amargura, sintiendo el peso de su propia precariedad.
Tây no solo es ausente emocionalmente, sino también una carga financiera. A pesar de que la casa se construyó en un terreno regalado por el padre de Khuê y con ahorros de ella, Tây apenas aporta una miseria mensual, quejándose constantemente de que Khuê es “derrochadora”. Sus noches terminan siempre igual: él llega tarde, oliendo a alcohol, y ella llora en silencio antes de dormir.
La tensión escaló la noche de la función escolar de su hija mayor, Hân. Khuê le había recordado a Tây el evento con días de antelación. Sin embargo, cuando llegó el momento, él prefirió irse a beber con sus amigos. Sola, con sus dos hijos y una llanta ponchada en el camino, Khuê empujó la motocicleta bajo el sol abrasador hasta llegar a la escuela, con el corazón hirviendo de indignación. Esa noche, cuando Tây regresó ebrio e intentó tocarla, Khuê lo rechazó con asco. La discusión estalló: ella le echó en cara su egoísmo y su falta de apoyo, mientras él, ciego a su propio error, la acusaba de “exagerada”.
La situación empeoró cuando Khuê visitó a su propia familia. Su madre, adicta al juego, la despreció por no darle suficiente dinero, y su hermano menor, un holgazán, solo la buscó para pedirle más. Sin un lugar a donde huir para sanar, Khuê se dio cuenta de que el único hombre que realmente la amó, su padre, ya no estaba en este mundo.
El punto de no retorno ocurrió tras un conflicto con su cuñada, Phượng. Khuê descubrió que el vestido que le había regalado a su sobrina con mucho esfuerzo estaba siendo usado como un trapo para limpiar el piso. Al reclamar y pedir que le devolvieran un préstamo de 10 millones que Tây le había dado a su hermana a espaldas de Khuê, Phượng la insultó.
Al llegar a casa, Tây, influenciado por las mentiras de su hermana, le propinó un bofetón a Khuê. El golpe no solo dolió en su rostro, sino que rompió el último hilo de paciencia que le quedaba. Ya no había vuelta atrás. La “burbuja” de su paciencia finalmente explotó.
Khuê entró en la habitación, sacó el formulario de divorcio que guardaba desde hacía tiempo y firmó con una determinación gélida. Al salir, arrojó el papel frente a su esposo. “Firma”, ordenó ella. Tây, sorprendido y furioso, intentó minimizarlo diciendo que ella actuaba como una adolescente y que debía pensar en los hijos.
Khuê miró a Tây con una mirada que él no reconoció: ya no había dolor, ni ira, solo un vacío absoluto. “He pensado en los hijos durante siete años”, respondió ella con voz firme. “Y precisamente porque pienso en ellos, no puedo permitir que crezcan viendo a su madre marchitarse en este infierno de indiferencia. Mis hijos merecen ver a una madre que se respeta a sí misma”.
Tây se quedó en silencio, sosteniendo el papel que marcaba el fin de su zona de confort. Khuê no esperó su respuesta. Entró a la habitación de sus hijos, los abrazó y, por primera vez en años, sintió que podía respirar. La historia cierra con Khuê empacando lo esencial, no con derrota, sino con la valentía de quien finalmente ha decidido soltar una mano que nunca estuvo dispuesta a sostener la suya. El futuro es incierto, pero al menos, ahora es de ella.
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