“¡Dejó a mi cuñada toda su fortuna! Le pedí que se fuera de mi casa, me pegó y así fue mi venganza con un ultimátum.”
Mi suegra siempre se jactaba de amar a todos sus hijos por igual, pero la realidad era un plato amargo que me obligaba a tragar cada día. Ella entregó todo su patrimonio —tierras, casas y ahorros de toda una vida— a su hija menor, Huyen, simplemente porque estaba por casarse y “necesitaba una dote digna”. No me sorprendió el favoritismo, pero sí la desfachatez. Cuando le sugerí que, ya que le había dado todo a su hija, lo más lógico era que se mudara con ella, su respuesta no fue una palabra, sino un golpe.
Esa tarde, acababa de poner el último plato de sopa sobre la mesa. El sudor perlaba mi frente tras una jornada agotadora en la oficina, seguida de la rutina inamovible de cocinar para una familia que a menudo veía mi esfuerzo como una obligación invisible. La señora Suong, mi suegra, ya estaba sentada en la cabecera, su lugar preferido: cerca del ventilador y con una vista estratégica de toda la casa, como una reina en un trono que no le pertenecía.
“Escuchen todos”, anunció la señora Suong con una solemnidad ensayada. “Vengo de hacer los trámites en el pueblo. He transferido todas las tierras y las cuentas de ahorro a nombre de Huyen. Ella va a casarse y necesita seguridad. Ustedes ya tienen éxito, tienen esta casa y sus trabajos; pueden valerse solos”.
Lo dijo con una ligereza insultante, como si estuviera repartiendo raciones de arroz y no la herencia de una vida. Tin, mi esposo, dejó caer los palillos, con el rostro contraído por la incredulidad. Mientras tanto, Huyen, que no ha trabajado un solo día en su vida y gasta fortunas en spas y compras con el dinero que yo aporto al hogar, sonreía con una satisfacción rapaz.
Sentí que algo se rompía dentro de mí. Recordé cada vez que ella me pidió dinero para medicinas, para el mercado o para pagar la electricidad. Nunca me dolió dar, pero entender que mi sacrificio solo servía para engrosar el botín de quien me despreciaba fue el límite.
“Felicidades, Huyen”, dije, rompiendo mi silencio de años. “Mamá, ya que le has dado todo a ella, creo que deberías mudarte a su casa. Nuestra casa es pequeña y pronto Huyen tendrá espacio de sobra para cuidarte”.
El silencio que siguió fue sepulcral, hasta que la señora Suong estalló. Se levantó de un salto y, antes de que pudiera reaccionar, su mano impactó contra mi mejilla. ¡Zas! El sonido resonó en la cocina como una explosión.
“¿Quién te crees que eres para echarme?”, gritó con odio. “Esta es la casa de mi hijo. Tú no eres más que una arrimada. ¡Tin es el dueño y yo me quedo aquí el tiempo que me dé la gana!”.
El ardor en mi cara no era nada comparado con el frío que invadió mi pecho. Miré a Tin, quien intentaba calmar a su madre sin atreverse a mirarme a los ojos. Miré a Huyen, que se burlaba comparándome con un perro. Fue entonces cuando mi paciencia, cultivada durante cinco años de humillaciones, se evaporó.
“Se acabó”, sentencié con una voz que no reconocí. “Cinco años cocinando, limpiando y callando mientras tú me tratabas como a una sirvienta. ¿Recuerdas el abrigo de lujo que te compré el año pasado? Dijiste que seguro era dinero de tu hijo. ¿Recuerdas cuando estuve enferma en cama y dijiste que solo fingía para no trabajar? Esta casa la pagamos Tin y yo a medias. Cada ladrillo tiene mi esfuerzo”.
Miré el reloj. Eran las seis de la tarde.
“Tienes tres horas”, le dije a mi suegra. “Tres horas para empacar tus cosas e irte a vivir con la hija a la que tanto amas. Si a las nueve de la noche sigues aquí, llamaré a la policía por allanamiento y agresión”.
La señora Suong se burló, creyendo que era un alarde vacío. Se giró hacia Huyen, esperando apoyo, pero lo que encontró fue el primer golpe de realidad.
“¡Huyen, dale las llaves de tu nueva casa a mamá!”, ordenó la anciana.
Huyen palideció. “Ay, mamá… es que mi prometido es muy especial. No le gusta el ruido ni vivir con personas mayores. La casa es pequeña, no hay sitio para tus cosas”.
El rostro de la señora Suong pasó del rojo de la ira al blanco del shock. La hija por la que lo había dado todo, la que acababa de recibir una fortuna, le cerraba la puerta en la cara antes de que la tinta del contrato se secara. Incluso mi suegro, que siempre fue un fantasma silencioso, se levantó para sentenciar: “Me quedo con mi hijo y mi nuera. Ellos tienen humanidad; tú y tu hija solo tienen codicia”.
A las nueve en punto, cumplí mi palabra. Llamé a las autoridades. No fue un acto de odio, fue un acto de supervivencia. Cuando la policía llegó, la soberbia de mi suegra se convirtió en súplicas patéticas. Lloró, me pidió perdón y llamó a Tin “traidor” por no detener el proceso.
Tin, destrozado entre el deber filial y la justicia, finalmente la ayudó a subir sus maletas al coche para llevarla al pueblo, a vivir de arrimada con un pariente lejano. Huyen desapareció, bloqueando el número de su propia madre para no tener que compartir su herencia.
Ha pasado un mes. La casa está limpia y silenciosa, pero es un silencio pesado. He recuperado mi dignidad y he marcado un límite que nadie volverá a cruzar, pero he perdido la alegría de mi esposo. Lo veo sentado en la oscuridad, cargando con un luto que no puede expresar.
A veces me pregunto si hubo otro camino, pero luego recuerdo el ardor de aquel bofetón y entiendo que, si no hubiera gritado esa noche, me habría convertido en un fantasma dentro de mi propio hogar. Recuperé mi casa, pero la paz total sigue siendo una meta lejana. Al menos ahora, cuando camino por los pasillos, sé que el suelo que piso es realmente mío.
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