EL DINERO MIDE EL CORAZÓN DE LAS PERSONAS

Para la Sra. Hạnh, a sus 70 años, lo que le quitaba el sueño no era el crujido de su rodilla izquierda ni las pastillas para la presión que debía tomar a diario. Lo que la atormentaba era una pregunta recurrente que resonaba en las noches silenciosas, bajo el giro rítmico del ventilador de techo: “Si un día dejara de entregar el dinero de los alquileres a mis hijos, ¿cuántas veces me llamarían ‘madre’ con una voz genuinamente amable?”.

La Sra. Hạnh vivía en una casa de cinco pisos en una calle antigua de Hanói, un logro de décadas de trabajo sacrificado junto a su difunto esposo. La escritura de propiedad estaba solo a su nombre, guardada en el fondo de un cajón junto a fotos amarillentas. En esa casa convivían tres generaciones: ella en el primer piso, su hijo mayor Tuấn con Lan en el segundo, su hijo menor Nam con Hương en el tercero, y los dos últimos pisos divididos en cuatro habitaciones para estudiantes. A los ojos del mundo, era un hogar ejemplar y cálido; por dentro, la economía familiar —desde el mercado hasta las facturas y el estudio de los nietos— dependía de la pensión de la Sra. Hạnh, sus turnos extras en una clínica y los 10 millones de đồng mensuales de los alquileres.

La rutina de la Sra. Hạnh era agotadora. Se levantaba a las 5:30 a.m. para cocinar para sus nietos, Dũng y Na, y se encargaba de las tareas del hogar mientras sus hijos y nueras se quejaban constantemente del costo de vida. Aunque la llamaban “la bendición de la familia”, la Sra. Hạnh empezó a notar que esa gratitud estaba atada al beneficio económico.

Un día, escuchó a su nuera Lan decirle a una vecina: “Es agotador, pero gracias a Dios tengo a mi suegra que cuida a los niños; si no, me moriría pagando a una niñera”. Las palabras, aunque parecían un elogio, sonaron en sus oídos como una transacción. La situación empeoró cuando Lan empezó a reprocharle cualquier descuido menor con los nietos, recordándole que su “deber” era estar pendiente de todo ya que ellos trabajaban duro.

El conflicto latente salió a la luz cuando los hijos empezaron a hablar de “civilización” y “modernidad”. Lan y Tuấn mencionaron lo conveniente que sería vivir en un apartamento con ascensor. Poco después, la sugerencia se volvió directa: “Mamá, deberíamos vender esta casa ahora que el precio del suelo está alto. Compramos dos apartamentos, uno para cada hermano, y tú vives con nosotros. El dinero sobrante se pone en una cuenta a tu nombre y vives de los intereses”.

La Sra. Hạnh sintió un frío glacial. La casa no era solo ladrillos; era el sudor de su esposo fallecido. “No quiero vender”, respondió con firmeza. Sin embargo, la semilla estaba plantada. Escuchó a sus hijos murmurar en las escaleras: “¿Tendremos que esperar a que mamá muera para poder resolver el tema de la casa?”. Esa frase fue el punto de quiebre.

Decidida a conocer la verdad sobre el amor de sus hijos, la Sra. Hạnh ideó un plan audaz. Durante una cena familiar, anunció con calma: “He decidido invertir en la clínica donde trabajo. He hipotecado la casa por 800 millones de dongs para aportar capital”.

El silencio fue sepulcral. Lan dejó caer su cuenco. Tuấn palideció. Pero el golpe maestro fue cuando añadió: “Como tengo que pagar los intereses al banco, a partir del próximo mes ya no entregaré el dinero de los alquileres para los gastos de la casa. Ustedes deberán hacerse cargo de todo: comida, electricidad, agua y el estudio de los niños”.

A partir de ese momento, la “armonía” familiar se desmoronó. Sus hijos y nueras, que antes la llamaban “el pilar de la casa”, empezaron a mostrar su verdadera cara. Lan se quejaba diariamente de que no tenía dinero para el mercado. Hương y Nam se volvieron distantes. Nadie preguntaba por su salud, solo por el estado de la deuda.

Para llevar la prueba al límite, la Sra. Hạnh fingió un desmayo en la clínica. En el hospital, mientras ella “dormía”, escuchó a sus hijos discutir con el médico. No preguntaban por su corazón o su presión; preguntaban si ella estaba “lúcida” para manejar documentos legales y dónde estaba la escritura. Incluso recibió una llamada de un “empleado del banco” (un favor pedido a una amiga) advirtiendo sobre el embargo de la casa si no se pagaban los intereses. Sus hijos entraron en pánico, no por ella, sino por la herencia que veían esfumarse.

Una noche, tras ser dada de alta, la Sra. Hạnh reunió a todos en la sala del primer piso. Con una serenidad imponente, colocó una carpeta marrón sobre la mesa.

“No hay deuda”, dijo. “No hipotequé nada. Todo fue una prueba para ver si en sus corazones yo valía más que estos muros. Y ya tengo la respuesta”.

Sus hijos bajaron la cabeza, avergonzados. Pero ella no se detuvo. Abrió la carpeta y mostró un documento con un sello rojo: su Testamento.

“He ido al notario. Esta casa es mía mientras viva. Nadie tiene derecho a venderla ni a decidir por mí. He estipulado que, tras mi muerte, se dividirá equitativamente, pero también he destinado una parte para el estudio de mis nietos y otra para caridad. Si su comportamiento cambia para mal, puedo cambiar este testamento en cualquier momento, porque sigo estando lúcida”.

A partir de ese día, el ambiente en la casa cambió. Ya no había falsos halagos, sino un respeto distante pero necesario. La Sra. Hạnh dejó de trabajar en exceso. Recuperó una habitación en el cuarto piso para ella sola, un refugio donde leía, cuidaba sus plantas y escuchaba la radio, mirando la ciudad desde lo alto.

La Sra. Hạnh comprendió que los padres pueden cuidar a los hijos toda la vida, pero no siempre ocurre lo mismo al revés. Aprendió que el amor de los hijos a veces necesita ser medido por el dinero para revelar su verdadera pureza. A los 70 años, la casa de cinco pisos ya no era una carga, sino su fortaleza final, y la llave, por fin, estaba firmemente en sus manos.