“En la fiesta de fin de año, canté sobre mi tierra y la reacción del Presidente me dejó helado.”

Las canciones de cuna de la infancia son un refugio de la memoria, un hilo invisible que nos conecta con quienes fuimos antes de que el mundo nos cambiara. Para Ngọc, una joven huérfana que creció con el sonido de las olas, esa melodía era su único tesoro. Bajo las luces doradas de una lujosa fiesta de fin de año, Ngọc, que trabajaba como camarera temporal, tarareó distraídamente una estrofa mientras recogía la mesa. No sabía que esas notas abrirían una herida cerrada hace veinte años y transformarían su vida de sirvienta en la pieza clave de un oscuro secreto familiar.

La fiesta se celebraba en el salón principal de un hotel de cinco estrellas. El ambiente estaba cargado de risas y el tintineo de copas de cristal. Ngọc, moviéndose con la invisibilidad que su uniforme le otorgaba, comenzó a cantar para sí misma:

“Arrorró, puente de madera sobre el río, la garza blanca en el campo… duerme, hermanita mía, que mañana tocaré la flauta para la luna”.

De repente, el estruendo de la fiesta se detuvo. El Presidente Khải, un hombre imponente de unos cuarenta años, se puso de pie bruscamente. Su rostro, antes severo, estaba desencajado por el asombro y el dolor.

—¿De dónde sacaste esa canción? —preguntó Khải, su voz temblando mientras se acercaba a ella.

—No lo sé, señor… la canto desde que era pequeña —respondió Ngọc, aterrada por la atención.

—Esa canción… —Khải cerró los ojos— solo se la cantaba yo a mi hermana pequeña antes de que desapareciera hace veinte años. Ella tenía solo cinco años. ¿Quién eres tú?

La intervención de la subdirectora, Phương Thảo, una mujer de mirada gélida y elegancia afilada, no se hizo esperar. Intentó minimizar el incidente, llamándolo una coincidencia, pero Khải ya estaba decidido. Al día siguiente, Ngọc fue citada a la oficina principal. Allí, Khải le pidió hacerse una prueba de ADN. Sin embargo, en los pasillos, Phương Thảo la interceptó: “No creas que por una canción entrarás en este mundo. A veces, subir demasiado alto sin alas solo garantiza una caída dolorosa”, le advirtió con veneno.

Días después, una misteriosa anciana llamada Hương, ex empleada de la familia, contactó a Ngọc en secreto. Le entregó una foto vieja de una niña con un vestido de flores amarillas y marrones, idéntico al que Ngọc aún conservaba en una caja. “Ten cuidado”, le dijo la anciana. “No fue un secuestro ordinario. Hay personas que matarán para que la verdad no salga a la luz”.

Khải convocó a la familia a una cena formal para anunciar los resultados. El aire era denso, casi irrespirable.

—Ngọc es mi hermana perdida —declaró Khải, sosteniendo el sobre.

Phương Thảo estalló en furia, acusando a Ngọc de ser una estafadora profesional y presentando documentos falsos de antecedentes penales. Pero entonces, el tío Tư, un hombre rudo que conocía los secretos de la familia, se levantó.

—¡Basta, Thảo! ¿O tienes miedo de que confiese que tú pagaste para que se la llevaran hace años?

La sala se convirtió en un campo de batalla de acusaciones. Thảo intentó defenderse, pero Ngọc sacó un as bajo la manga: una cinta de casete que había encontrado en el baúl de su madre adoptiva, la Madre Tám. Al reproducirla, la voz de una joven Phương Thảo se escuchó claramente, negociando la desaparición permanente de la niña para que Khải, hundido en el dolor, perdiera el control de la empresa.

Khải se derrumbó. Las lágrimas rodaron por sus mejillas al darse cuenta de que su confidente más cercana había sido su mayor verdugo. Thảo fue despojada de su poder y entregada a las autoridades, mientras la verdad finalmente brillaba bajo las lámparas de araña.

Khải ofreció a Ngọc la mitad de sus acciones y el puesto de vicepresidenta. Pero Ngọc, mirando sus manos curtidas por el trabajo, negó con la cabeza.

—Durante veinte años fui Ngọc, la hija de la Madre Tám. Crecí con el olor de la sal y el sabor del esfuerzo. Si acepto todo este poder, dejaré de ser yo misma.

Ella eligió un camino diferente. Aceptó una pequeña parte para ser considerada familia, pero regresó a su pueblo costero. Allí abrió una pequeña cafetería frente al mar, donde el aroma del café se mezcla con la brisa salada. Khải la visita a menudo, y aunque las cicatrices del pasado permanecen, han comenzado a reconstruir su vínculo a través de fotos viejas y grabaciones de la canción que los unió.

Ngọc ahora vive en paz, sabiendo que su verdadera riqueza no estaba en las acciones de una empresa, sino en la libertad de ser quien siempre fue.