“Estaba leyendo la suerte al pie de la montaña, cuando un magnate desilusionado me entregó su Rolex a cambio de un consejo.”

 

Dicen que el árbol siempre se parece a su semilla, pero en mi caso, ese refrán resultó ser una broma pesada del destino. Mi nombre es Thuong, hija del señor Bay Nhat, un curandero y místico respetado en las Siete Montañas de An Giang. Crecí entre el humo del incienso y el sonido rítmico de los gongs, pero siempre odié esa vida. Odiaba la pobreza, el escepticismo de la gente y ese olor a medicina herbal que se pegaba a mi ropa.

Escapé a Saigón con el sueño de ser una oficinista moderna, alguien que solo tocara teclados y recibiera un sueldo fijo. Pero la realidad me golpeó con fuerza. Con mi título de finanzas en mano, fui rechazada en todas partes. Pasé hambre, acumulé meses de deuda y terminé escondida en una habitación de diez metros cuadrados, comiendo fideos instantáneos mientras la dueña de la pensión gritaba amenazas en mi puerta.

En un momento de desesperación, impulsada por el hambre y un viejo libro de astrología que mi padre me obligó a llevar, decidí hacer lo que juré evitar: leer el destino. Pero no en un templo, sino en una transmisión en vivo por redes sociales. Lo que empezó como una parodia para ganar seguidores se convirtió en una pesadilla cuando predije, con una precisión aterradora, que el esposo de una seguidora estaba escondido bajo una cama robando escrituras. Mi fama explotó, pero con ella vinieron las amenazas de la mafia. Tuve que huir de nuevo, esta vez hacia la sagrada montaña Ba Den en Tay Ninh, donde me instalé como una adivina callejera entre la multitud de peregrinos, tratando de ocultarme a plena vista.

Allí estaba yo, sentada sobre un periódico viejo bajo un árbol de cerezas de la India, con tres monedas chinas y mi letrero de cartón que decía: “Lectura de fortuna según su corazón”. No tenía clientes, mi estómago rugía y el calor era sofocante. De repente, unos pasos vacilantes se detuvieron frente a mí.

Era un hombre de unos cuarenta años. Vestía una camisa de marca arrugada y zapatos de cuero cubiertos de polvo. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras profundas y surcados por venas rojas. Emanaba un olor extraño, una mezcla de sudor rancio y un químico dulce, como disolvente o detergente fuerte. No caminaba como un borracho; caminaba como alguien que ha perdido su alma y se dirige directamente al abismo para acabar con todo.

—Si saltas del acantilado, tus enemigos ganarán —le dije en voz alta, deteniéndolo en seco—. Se quedarán con tus bienes, dormirán en tu cama y gastarán tu dinero. ¿Estás conforme con eso?

El hombre se dio la vuelta, temblando. Sus ojos brillaron con una mezcla de furia y sorpresa. Se sentó pesadamente frente a mi puesto. Su nombre era Kiet, un magnate que, según los demás, se había vuelto loco.

—Dices que alguien me hace daño —balbuceó Kiet—. Ellos me vigilan… escucho voces… mi prometida dice que estoy poseído.

Le tomé el pulso. Su corazón latía de forma errática. Mis dedos sentían su piel fría pero húmeda. No era una posesión; era algo más terrenal y siniestro.

—No tienes fantasmas, hermano —sentencié—. Tienes veneno en los nervios. Alguien te está dando drogas psicotrópicas para causarte alucinaciones y paranoia. Quieren que te declares loco para quedarse con tu empresa, o que te suicides para que no estorbes.

Kiet se quedó sin aliento. Me contó que su prometida, Lan, le daba “vitaminas” y leche caliente cada noche para “ayudarlo a descansar”. Fue entonces cuando se quitó su reloj Rolex, una pieza brillante con diamantes, y la puso en mi mano.

—Sálvame. Si tienes razón, este reloj es tuyo. Solo sálvame.

No había tiempo que perder. Llevé a Kiet a un rincón apartado y preparé un “remedio” casero: una botella de agua con un kilo de ajo machacado y zumo de limón.

—¡Bébela! —le ordené.

Kiet bebió aquel brebaje asqueroso y comenzó a vomitar violentamente. El olor a ajo y bilis era insoportable, pero después del ataque, sus ojos se aclararon. La neblina mental se había disipado. Estaba débil, pero por primera vez en semanas, estaba cuerdo.

Regresamos a Saigón en secreto, escondidos en la parte trasera de un camión cargado de frutas para evitar a los hombres que Lan había enviado para vigilarlo. Entramos a su propia mansión como ladrones, usando una llave oculta en el jardín. En el interior, le mostré la realidad de su “casa embrujada”: dispositivos de vibración inalámbricos en la cuna del bebé, altavoces Bluetooth ocultos en las lámparas que emitían llantos grabados y dibujos de rostros terroríficos hechos con polvo fluorescente en las paredes.

—Lan no te ama, Kiet. Ella ama tu billetera —le dije mientras encontrábamos el frasco de pastillas azules escondido en un bote de té—. Esto es lo que te estaba matando.

Planeamos una trampa. Kiet se quedó escondido mientras yo, disfrazada de una prima campesina ingenua llamada “Tham”, enfrenté a Lan a la mañana siguiente. La puse nerviosa con historias de fantasmas y logré que ella misma bebiera un vaso de zumo de naranja donde yo había disuelto dos de sus propias pastillas.

Lan comenzó a alucinar. En su delirio, empezó a gritar confesando que el plan era de un tal “Tai”, el rival de negocios de Kiet. Confesó que quería enviar a Kiet a un manicomio para apoderarse de todo. Kiet grabó cada palabra con su teléfono.

El momento final llegó cuando Tai, el autor intelectual, entró en la mansión con un abogado para obligar a un Kiet “loco” a firmar la transferencia de todas sus acciones. En medio de la sala, bajo el brillo de las cámaras ocultas, Kiet se levantó, perfectamente lúcido, y confrontó a su enemigo.

—El espectáculo terminó, Tai —dijo Kiet con voz de acero.

La policía irrumpió en la habitación. Lan y Tai fueron arrestados. En un último acto de crueldad, cuando Lan intentó usar a su hijo como escudo moral, le revelé la verdad a Kiet frente a ella: él era estéril por una complicación médica de su infancia; aquel niño no era suyo, sino otra mentira de Lan para amarrar la herencia. Kiet perdió su familia ficticia, pero recuperó su libertad.

Kiet me ofreció un puesto de asesora en su empresa con un sueldo de ensueño, pero lo rechacé. Me di cuenta de que no pertenezco al mundo de los rascacielos y las traiciones corporativas. El destino me eligió para ser Thuong, la hija del místico, pero a mi manera.

Regresé a An Giang con una maleta llena de dinero legal para saldar las deudas de mi familia y restaurar el altar de mis ancestros. Mi padre, el señor Bay Nhat, casi se desmaya de la impresión. No me quedé en la ciudad, pero tampoco me convertí en una ermitaña. Abrí una pequeña oficina de consulta llamada “Asesoría Psicológica y Feng Shui de la Maestra Thuong”.

Hoy utilizo la psicología moderna mezclada con la sabiduría de mi padre para ayudar a la gente a desenredar sus vidas, no con magia, sino con claridad. A veces Kiet me visita, trayendo regalos desde Saigón, ahora convertido en un hombre de éxito que sabe mirar dos veces antes de confiar.

Sentada frente a mi casa, mirando las nubes blancas sobre la cima de la montaña, sonrío. Entendí que no importa cuál sea tu oficio, mientras vivas con honestidad y mantengas los ojos abiertos, el cielo nunca te abandonará.