“Estuve 3 años en el hospital y mis hijos me ignoraron. Al recibir 15 mil millones, volvieron a preguntar por el dinero.”
Durante tres años, mi mundo se redujo a cuatro paredes blancas, el sonido rítmico de los monitores y el olor penetrante a desinfectante. Tras sufrir un derrame cerebral leve, esperaba que mis hijos, Thành, Hạ y Tuấn, fueran mi refugio. Pero sus voces solo llegaron a través de llamadas telefónicas apresuradas: “El seguro se encarga”, “estoy en una reunión”, “tengo proyectos”.
Me quedé sola. Para costear los medicamentos especializados y las cirugías que mis hijos se negaron a pagar alegando deudas personales, tuve que vender mi amada casa, el hogar donde los crié. Me quedé solo con un pequeño terreno y una choza de paja construida por Liễu, una vecina huérfana a la que ayudé en su infancia y que se convirtió en mi verdadera familia mientras mi propia sangre me ignoraba. Sin embargo, el destino tenía preparado un giro inesperado: el gobierno anunció la expropiación de mi terreno para una nueva carretera. La compensación: 15 mil millones de dongs.
La noticia de la fortuna corrió como pólvora. Casi al instante, mis tres hijos, que no habían aparecido en tres años de hospitalización, llegaron a mi choza con bolsas de regalos caros y sonrisas ensayadas.
—¡Mamá! ¿Cómo puedes vivir así? —exclamó Hạ, mi hija, fingiendo horror—. He venido a cuidarte. Vente conmigo a la ciudad.
Thành, el mayor, actuaba como un empresario protector:
—Mamá, cobrar 15 mil millones es peligroso para alguien de tu edad. Podrían robarte o estafarte. Firma este poder para que nosotros gestionemos el dinero y lo pongamos a buen recaudo.
Incluso Tuấn, el menor, al que todavía le enviaba mis ahorros para sus estudios, me abrazaba pidiendo que confiara en sus hermanos. Los miré a los tres. No veían a su madre; veían un cheque con muchos ceros. Recordé las noches de soledad en el hospital y las facturas impagas.
Convocé a mis hijos a una cena en mi modesta choza. El ambiente era tenso, cargado de una avaricia que casi se podía tocar. Thành puso los papeles de cesión sobre la mesa.
—Madre, firma aquí. Es por tu seguridad.
Bebí un sorbo de té y los miré con una calma que los inquietó.
—El dinero ya no existe —dije con voz firme.
El silencio fue sepulcral, seguido de una explosión de gritos.
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo que no existe?! —gritó Tuấn, golpeando la mesa—. ¡Son 15 mil millones! ¡¿Se los diste a esa muerta de hambre de Liễu?!
—Usé gran parte para pagar mis tres años de soledad —respondí—. Y el resto, lo he donado. 10 mil millones para un fondo de apoyo a ancianos abandonados y 5 mil millones para Liễu, como regalo por haber sido la única hija que estuvo conmigo cuando no tenía nada.
Mis hijos perdieron toda compostura. Me llamaron “vieja loca”, “manipulada”. Tuấn, fuera de sí, llamó a la policía local denunciando que Liễu me había estafado. La tensión llegó a su punto máximo en una audiencia pública en la oficina del comité municipal.
Frente a las autoridades y los vecinos que habían sido testigos de mi abandono, mis hijos gritaron que los documentos eran falsos. Pero mi abogada presentó las pruebas: certificados médicos de mi plena salud mental y el testimonio del médico del hospital que confirmó que ninguno de mis hijos me visitó jamás. Los vecinos se levantaron en su contra, abucheándolos por su ingratitud. Mis hijos, avergonzados y derrotados, fueron expulsados del lugar por la propia comunidad.
Días después, Liễu y yo nos mudamos a una casa pequeña y acogedora lejos del pueblo viejo. Ella no quería el dinero, pero la obligué a aceptarlo para que pudiera cumplir su sueño de ayudar a otros huérfanos. Mis hijos intentaron denunciarme por difamación, pero finalmente retiré los cargos; no por amor, sino para cortar el último hilo de negatividad que me unía a ellos. No quería que mi nombre apareciera en ningún papel junto al de ellos nunca más.
Ahora, mientras riego mis tomates en el jardín y escucho a Liễu preparar la cena, finalmente entiendo que la sangre no siempre define a la familia. A veces, la familia es el extraño que te sostiene la mano en la oscuridad, mientras los que llevan tu apellido esperan a que se apague la luz para ver qué pueden heredar.
He perdonado, pero he decidido olvidar. Mi vida comienza ahora, en paz, lejos de la codicia de quienes alguna vez llamé hijos.
Esta historia narra la vida de una madre que, tras ser abandonada por sus tres hijos durante tres años de hospitalización, recibe una indemnización de 15 mil millones de dongs por su terreno. Sus hijos regresan con falsas pretensiones de cuidado para quedarse con el dinero. En un acto de justicia poética, la madre revela que ha donado la mayor parte a la caridad y a la vecina que realmente la cuidó. Tras una tensa confrontación legal donde se demuestra la ingratitud de los hijos, ella corta vínculos con ellos y comienza una nueva vida basada en el afecto genuino y la tranquilidad.
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