Fingir demencia para lidiar con la nuera.

 

Me llamo An y tengo 68 años. La gente suele decir que a esta edad una mujer debe vivir en paz, cuidada por sus hijos. Sin embargo, solo alguien que nunca ha sido madre podría pensar que la vida de los ancianos es así de sencilla. Vivo sola en una casa pequeña al final de un callejón. Las paredes estÔn descascaradas y el techo de zinc suena cada vez que llueve, pero para mí, es un tesoro. Cada ladrillo y cada teja huelen al sudor y al esfuerzo de los 45 años que compartí con mi difunto esposo.

Tras su muerte, mi Ćŗnica esperanza era Huy, mi hijo. Pero la vida no es un camino de rosas. Cuando Huy se casó con TrĆ¢m, vendĆ­ con alegrĆ­a mis pendientes de boda para comprarle un anillo de oro como regalo de bienvenida. PensĆ© que mi sinceridad ganarĆ­a su afecto, hasta que el aceite medicinal que uso para mis dolores articulares se convirtió en un “olor insoportable” que hizo que mi nuera me desterrara a la cocina para comer sobras sola.

Una tarde, mientras preparaba la masa para unos pasteles, TrĆ¢m y Huy entraron abruptamente en casa. TrĆ¢m, sin rastro de su antigua cortesĆ­a, me lanzó unos documentos de transferencia de propiedad. ExigĆ­a que firmara para vender la casa porque su madre estaba en el hospital y necesitaban dinero urgente. Huy, parado detrĆ”s de ella con la cabeza gacha, repetĆ­a como un autómata: “Firma, mamĆ”, la situación es crĆ­tica”.

Sonreí con amargura. Me tomó 15 años vendiendo pasteles en la calle construir esta casa, y ahora querían cambiarla por una pensión mensual miserable y una cama en un asilo. No firmé; les pedí hasta el día siguiente. Su codicia me hizo comprender una verdad dolorosa: hay hijos que no necesitan a su madre, solo necesitan el nombre de ella en una escritura de propiedad.

Lo que ellos no sabían es que, durante los últimos dos meses, yo había escondido una grabadora y una pequeña cÔmara bajo el armario. Cada insulto y cada plan para declararme demente y arrebatarme mis derechos civiles quedaron registrados.

DespuĆ©s de fallar en sus intentos de manipularme emocionalmente, TrĆ¢m decidió usar la “presión social”. Convocó al comitĆ© vecinal para una mediación, con la intención de mostrarme como una anciana obstinada que impedĆ­a salvar una vida.

En la reunión, TrĆ¢m actuó como la nuera sufrida y ejemplar. Sin embargo, cuando saquĆ© mi certificado de salud mental que confirmaba mi lucidez absoluta y reproduje la grabación donde ella me amenazaba, la sala quedó en un silencio sepulcral. El golpe final fue una fotografĆ­a mĆ­a comiendo sola en el suelo de la cocina el dĆ­a del aniversario de mi esposo, mientras ellos celebraban en la mesa principal. MirĆ© a Huy y le preguntĆ©: “ĀæSi aĆŗn tienes algo de mi sangre, permitirĆ­as que trataran asĆ­ a tu madre?”. Huy se desplomó de rodillas, llorando lĆ”grimas tardĆ­as ante la humillación de TrĆ¢m.

Decidí no dejarle la propiedad a Huy. En mi nuevo testamento, doné la casa a una organización benéfica para convertirla en un hogar para niños huérfanos. Quería que este lugar fuera un refugio de amor verdadero, no un trofeo de codicia. La única condición para Huy fue que, para recibir mis ahorros, debía escribirme una carta de perdón de su propio puño y letra.

Huy cambió de verdad. Dejó su trabajo de oficina para ser voluntario en un centro de asistencia social. TrĆ¢m desapareció de nuestras vidas tras el fracaso de su plan. Mi vieja casa ahora tiene un cartel que dice “Casa de la Paz”, un lugar donde niƱos sin padres me llaman “abuela” con todo el corazón. Una maƱana, Huy me trajo un tazón de caldo caliente y dijo: “Lo cocinĆ© yo, mamĆ”, come”. Lo mirĆ© y sentĆ­ que la vida no era solo amargura. SĆ© que no me queda mucho tiempo, pero me irĆ© entre las risas de los niƱos, con el corazón ligero y en paz.