“La ambición de mi suegra: Me pidió 5 mil millones o el divorcio. Mi respuesta la dejó sin aliento.”

 

Mi nombre es Linh, tengo 38 años y soy la Directora Financiera de un importante grupo alimenticio. Mi vida está ligada a números fríos y una presión asfixiante a cambio de un ingreso anual de unos 6 mil millones de dongs. Mi esposo, Huy, un empleado estatal amable, era mi puerto seguro. Nunca me importó ser el pilar económico; desde la casa de cuatro pisos hasta los gastos médicos de mi suegra, lo asumí todo voluntariamente.

Mi suegra, la Sra. Thuy, siempre se jactaba de su “tradición familiar de la vieja Hanoi”, pero tras esa fachada había un cálculo que no imaginé. Aquella noche, durante una cálida cena familiar, un mensaje en mi teléfono mostrando un bono de más de 2 mil millones de dongs encendió la mecha que quemaría mi matrimonio de 8 años. La mirada de mi suegra en esa cifra no fue de orgullo, sino de una codicia peligrosa.

La tormenta comenzó con la historia de “pérdidas” de un pariente llamado Khanh. Thuy sugirió sutilmente que yo pagara una deuda de 1.3 mil millones de dongs de su sobrino. Cuando me negué, su máscara amable desapareció. El domingo siguiente, convocó a toda la familia para presionarme. En mi propia sala, me rodearon usando “el deber de nuera” para obligarme a pagar.

El colmo del descaro fue cuando Thuy exigió que yo entregara anualmente 5 mil millones de dongs a un “fondo familiar” administrado por ella. Casi todo mi esfuerzo anual. Ella me veía como una propiedad, y Huy, el hombre que amaba, permanecía en un silencio cobarde.

Mi paciencia se rompió cuando Thuy me dio un ultimátum: “¡O 5 mil millones o el divorcio! He criado a mi hijo por treinta años, si le digo que te deje, lo hará”. Todos me miraban como a una criminal. Miré a Huy, pero él me evitó.

Sin ira ni lágrimas, me levanté y respondí con frialdad: “Si quieres el divorcio, acepto”. Thuy no tuvo tiempo de celebrar porque asesté el golpe final: “Pero debes saber que esta casa de cuatro pisos está solo a mi nombre, la compré antes de casarme. Inmediatamente después del divorcio, usted y todos aquí deberán irse”.

La noticia fue un shock. Thuy se desplomó en la silla, pálida. Huy también estaba estupefacto. La verdad salió a la luz: Huy siempre había mentido a su familia diciendo que el dinero era suyo para mantener su ego, cuando en realidad dependía totalmente de mí.

El matrimonio terminó en la corte en una mañana lluviosa. No hubo insultos, solo el silencio de un despertar tardío. Huy finalmente tuvo el valor de rechazar mi apoyo financiero y decidió valerse por sí mismo. Thuy envió mensajes de arrepentimiento, pero no respondí.

Me mudé a Saigón, comenzando una nueva etapa. Cada noche, mirando el tráfico desde mi balcón, siento una paz inmensa. No perdí nada; solo recuperé mi vida. Esta historia es una lección para quienes dan por sentado el sacrificio ajeno: la codicia destruye la confianza, y una vez que se pierde el respeto, no hay dinero que pueda reconstruir una familia de verdad.