“Mi esposo se fue de viaje de negocios a Singapur por dos meses. Escondió un paquete debajo de la cama y yo le cedí la habitación a mi suegra.”
Mi esposo se llama Quân. Un nombre simple para un hombre que parecía haber sido empaquetado como un producto perfecto: oficinista, de habla suave, siempre impecable, atento y dulce en los momentos precisos. A los ojos de los demás, yo había ganado la lotería conyugal. Mi nombre es Lam. Trabajo en control interno para una corporación en Ciudad Ho Chi Minh. Diez años en un entorno de disciplina y auditoría me enseñaron una lección fundamental: lo que es demasiado liso, demasiado perfecto, suele tener una grieta oculta.
Aquella noche calurosa de fin de mes, Quân llegó a casa inusualmente temprano con una bolsa de camarones cocidos. Con una ternura que antes me derretía pero que ahora me resultaba sospechosa, peló cada uno para mí. Mientras limpiaba sus manos con la precisión de un cirujano, soltó la noticia: se iría a Singapur por dos meses para un proyecto urgente.
—No me siento tranquilo dejándote sola —susurró—. He pensado en pedirle a mi madre que venga a quedarse contigo. Te ayudará y te hará compañía.
Me tensé. Mi suegra, la señora Hòa, era una mujer de palabras amables pero con un corazón que calculaba como una balanza de precisión. Quân insistió en algo extraño: debía dormir exclusivamente en la habitación principal. “Es por tu salud, el colchón es especial”, decía. Esa noche, lo vi inquieto. Empacó a toda prisa, ocultando sus medicamentos con un movimiento torpe que hizo vibrar mi intuición como una cuerda desafinada. Antes de cerrar la puerta para irse al aeropuerto, lanzó una orden final: “Recuerda dormir en el cuarto principal, no se te ocurra irte a otro”.
Apenas Quân se fue, el silencio de la casa se volvió opresivo. Movida por un instinto primario, entré a la habitación principal. Me arrodillé y encendí la linterna de mi teléfono bajo la cama. Allí, pegado con cinta negra en el centro del marco, donde es casi imposible de alcanzar, había un paquete plano del tamaño de dos palmas.
Usando guantes y una percha, lo extraje. Un aroma dulzón, casi nauseabundo, me golpeó. Sentí un ligero mareo instantáneo. Lo envolví en varias capas de plástico y lo escondí. Sabía que Quân no quería que durmiera allí por mi comodidad; quería que inhalara aquello noche tras noche hasta que mi mente dejara de ser mía.
Preparé un paquete falso, idéntico en peso y forma, y lo coloqué en el mismo sitio. Minutos después, llegó la señora Hòa. Su entrada fue una invasión. Sin preguntar, se dirigió a la habitación principal.
—Me quedaré aquí —declaró con autoridad—. Quân dijo que la habitación es grande y el colchón es bueno. No voy a desperdiciarlo mientras tú duermes sola.
Fingí resistencia, sabiendo que cuanto más me opusiera, más se empeñaría ella en quedarse allí. “Es el cuarto de la pareja, me da vergüenza, madre”, mentí. Ella, como esperaba, se impuso usando el “respeto filial” como mazo. Se instaló en la cama, justo encima del cebo falso, convirtiéndose sin saberlo en el peón de mi contraataque.
Llevé la muestra real a Lý, un viejo amigo experto en análisis químicos. El resultado llegó como un balde de agua helada: “Toxicidad severa. Alucinógeno de acción lenta”. Inhalado prolongadamente, causaba trastornos neurológicos, paranoia y depresión. Quân no quería matarme físicamente; quería volverme loca para que cualquier cosa que yo dijera perdiera valor ante la ley y la sociedad, quedándose él con todo bajo la fachada del “marido abnegado”.
Durante dos meses, mantuve la farsa. Hablaba con Quân por teléfono fingiendo cansancio, dándole la información que él quería oír. Él, satisfecho, creía que su plan avanzaba. Mientras tanto, la señora Hòa, instalada en el cuarto principal, se convirtió en mis ojos. Quân la usaba para vigilar que yo durmiera allí, pero ella solo le reportaba lo bien que dormía ella y lo “atenta” que era yo.
Quân regresó antes de lo previsto. Entró a la casa buscando el efecto de su veneno en mi rostro, pero me encontró serena. Lo primero que hizo fue entrar a la habitación principal y, con la excusa de buscar algo caído, revisó bajo la cama. Vi su mano acariciar el paquete falso. Se relajó, creyendo que todavía tenía el control.
Esa noche, cuando intentó cuestionar mi salud mental —”Te noto confundida, Lam, ¿estás bien de los nervios?”—, decidí que el teatro debía terminar.
—¿Te refieres a los nervios que debería haber perdido inhalando el gas que pegaste bajo la cama, Quân? —pregunté con una calma gélida.
Él se quedó de piedra. Saqué mi teléfono y le mostré las fotos del paquete original, el informe de laboratorio de Lý y las grabaciones de seguridad que había instalado en secreto. Su rostro, antes “perfecto”, se desmoronó en una mueca de terror e impotencia. En ese momento, la señora Hòa entró a la habitación, escuchando cómo su hijo confesaba entre sollozos que lo había hecho “por miedo a perderme”, por miedo a que mi independencia me alejara de él.
La decepción de la madre al ver que su hijo la había usado como instrumento para dañar a otra mujer fue el golpe final. No hubo gritos, solo el sonido de una máscara rompiéndose para siempre.
No busqué venganza, busqué libertad. Quân se marchó de la casa esa misma noche, llevando consigo sus pertenencias y su vergüenza. El proceso de separación fue silencioso; él no se atrevió a pelear por nada, sabiendo que yo tenía pruebas suficientes para enviarlo a prisión.
La señora Hòa regresó a su pueblo. Antes de irse, me pidió perdón en un susurro quebrado. “No sabía que mi propio hijo era capaz de esto”, dijo. Yo no la odié; la vi como otra víctima de la manipulación de Quân.
Hoy, mi habitación principal vuelve a ser mía. He cambiado el colchón, las sábanas y, sobre todo, he cambiado mi vida. A veces, la intuición femenina es la única alarma que suena antes del desastre. Aprendí que en el matrimonio, el exceso de perfección es una señal de alerta. Ahora, cuando miro bajo mi cama, solo veo el suelo limpio y vacío. Duermo profundamente, no por un gas, sino porque finalmente soy dueña de mi propia realidad.
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